lunes, 25 de octubre de 2010

E-Mail

Señor y señora Forw@rd
Por: Federico Zertuche

El correo electrónico se ha convertido en una de las herramientas más útiles de nuestro tiempo aunque, paradójicamente, también inútil y carente de sentido según se utilice.

A mi correo llega montón de mails designado en la jerga cibernética como spam, es decir, basura, publicidad y propaganda indeseadas, delirios de gente desocupada, intentos de sacar provecho indebido, o simplemente ruido digitalizado. También recibo a diario y en cantidades cada vez mayores los llamados forwards (Fwd’s), que desde hace tiempo no abro, salvo muy contadas excepciones según quien sea el remitente.

Como se sabe, textualmente forward significa reexpedir, adelantar, y en el caso que nos ocupa, enviar a ulterior destinatario un mensaje. Y eso es efectivamente lo que mucha gente hace a diario: rebotar información; de la que le llega selecciona y reenvía. Hay quien nada más hace eso, nunca o casi nunca envía textos propios, opiniones personales, mensajes individuales y autónomos, no formula ideas, tampoco expresa sus sentimientos o emociones.

En tal sentido, se utiliza el correo electrónico como espejo que refleja otras opiniones, informaciones y textos ajenos, que en muchas ocasiones son, a su vez, forwards reenviados por otras personas: reflejos de reflejos. Todo es ajeno, nada es propio, perteneciente a lo incierto que se confunde en el anonimato de lo masivo, amorfo e impersonal.

En numerosas ocasiones se retransmiten exagerados o escandalosos rumores elaborados con fines aviesos a fin de perjudicar a alguien, sobre todo de carácter político, u otros francamente fantasiosos anunciando calamidades o fenómenos astronómicos de imposoble realización, que se toman a pie juntillas sin el menor reparo crítico o elemental reflexión, sino que se dan por ciertos por el simple hecho de haberlos leído en Internet.

En su deslumbrante libro La selva del lenguaje, José Antonio Marina escribe que “(…) el hombre es un ser de empeños y claudicaciones, renuncia con facilidad a su condición de autor para convertirse en robot, plagiario, altavoz, correveidile, esparcidor de rumores, vozdesuamo, balador de cosas oídas y no comprendidas. Produce entonces un abajamiento de nuestro Mundo mancomunado. Cae en el lenguaje desidioso.”

Y añade: “La sociedad puede suplantar el habla personal por claudicación del sujeto. Claudicación que se produce de varias maneras: por pereza, sumisión, estupidez, cobardía, abandono. El habla del rebaño es siempre un habla desidiosa y pasiva. No hay que esforzarse en hablar ni hay que esforzarse en comprender.”

Una posibilidad del yo es abdicar del yo y de la voz personal. Hablar con “una voz personal” es un acto de autonomía. La estructura de la acción libre se refleja en esa peculiar acción que es hablar.

Habrá, pues, que buscar un nuevo lenguaje: el de la solidaridad desde la autonomía personal. Lo que en términos lingüísticos querría decir la búsqueda de la comunicación desde la autenticidad de la voz propia.

Crear es someter las operaciones mentales a un proyecto creador. ¿Qué define un proyecto creador? En primer lugar, que goce de autonomía. Que se libere de la rutina, del automatismo o de la copia.

Nuestra inteligencia es lingüística. Pensamos, proyectamos, nos comunicamos fundamentalmente con palabras.

Hablamos con los demás, pero también hablamos con nosotros mismos: El habla interna, la voz de la conciencia, el superyó, puede articular un monólogo o un diálogo. Puede adoptar la estructura dialógica, que me permite majear de manera más eficaz mis recursos. Me explico, me pregunto, me animo, delibero, y hasta discuto conmigo mismo como lo haría con un extraño.

El ser humano elabora estructuras narrativas que luego devienen en esquemas y modelos narrativos que nos permiten producir historias a través de las cuales nos explicamos, comprendemos, conocemos y comunicamos el mundo, nuestro mundo personal y subjetivo: sensible, imaginativo, real, afectivo, social, religioso, lógico conceptual, etcétera.

Marina sostiene que: “Lo cierto es que el lenguaje parece que se organiza en modelos y que estos modelos son narrativos. Y esto se ve con claridad al analizar los verbos, cuya complejidad es uno de los grandes alardes de la inteligencia. El verbo contiene un significado y unas instrucciones de uso. Saberlo es saber utilizarlo. Nos impone un sujeto y una serie de complementos.”

“Toda oración tiene un verbo, pero no todas necesitan tener un sustantivo. (…) Cuando el hablante produce una frase, toma enseguida un verbo que proporciona el marco sintáctico para el resto de la frase. Y en este marco se van integrando las otras palabras. Bien, pues este marco es un ‘modelo’.”

Y añade Marina que: “me interesa describir cómo están organizados estos modelos léxicos. Comenzaré con un ejemplo. El verbo dar está incluido dentro de un modelo: la acción por la que la propiedad o uso de una cosa pasa de una persona a otra. Este modelo implica una serie de informaciones: las cosas tienen dueño, sólo las personas pueden ser dueños, el dueño posee el objeto, la posesión es una relación del sujeto con el objeto, el uso suele seguir a la propiedad, el dueño/propietario puede transferir la propiedad o el uso a otra persona por diversos medios. Aquí es donde entra el despliegue léxico: dar, regalar, prestar, alquilar, vender, ceder, subastar, canjear son formas voluntarias de transmitir la propiedad. El robo, la incautación, la expropiación son modos no queridos por el dueño.”

Los modelos narrativos son dinámicos, están organizados jerárquicamente y representan la totalidad del mundo. El sujeto “consiste” en un mapa cognitivo/operativo de enorme complejidad.

La fantasía está en el origen de nuestra capacidad narrativa, es decir, inventora de narraciones. Es un sistema generativo donde se entremezclan imágenes, modelos de situaciones, palabras. En él se unifican tres grandes códigos: el imaginativo, el lingüístico y el afectivo, puesto que también guardamos información afectivamente codificada.

Pues bien, sirvan estas reflexiones de un filósofo, ensayista, pedagogo y humanista tan preclaro como José Antonio Marina para animarnos a adquirir plena autonomía y autenticidad al expresarnos con la voz propia que, sin duda, cada uno de nosotros poseemos, así como la posibilidad de recuperarla o reivindicarla a través de la escritura.

Ficha bibliográfica:
José Antonio Marina, La selva del lenguaje, Introducción a un diccionario de los sentimientos, Editorial Anagrama, Barcelona 1998.

martes, 19 de octubre de 2010

Arturo Pérez-Reverte

Reivindicación de la novela policiaca y de capa y espada


El escritor contemporáneo en lengua española más leído y traducido se llama Arturo Pérez-Reverte; todo un fenómeno literario que al tiempo de ser un best seller posee el maravilloso don de contar aventuras, de urdir y narrar fascinantes historias policiacas que nos enganchan y seducen irremediablemente tanto por las intrigas que propone, por los peculiares personajes que crea, los escenarios por los que discurren, como por las minuciosas investigaciones históricas que acomete y reconstruye en sus novelas y, desde luego, por la gran maestría narrativa que despliega.



Los derroteros vivenciales y literarios que Pérez-Reverte tuvo que navegar a fin de atracar en el puerto de la Novela fueron poco convencionales y atípicos. Se la pasó mas de veinte años como corresponsal y reportero de guerra cubriendo para la prensa, la radio y televisión los conflictos bélicos más destacados ocurridos en África, Centroamérica, Medio Oriente y Europa, hasta concluir en la Guerra de los Balcanes en Bosnia y Croacia hacia 1994, para dedicarse desde entonces de tiempo completo a la ficción novelística, con inusitado éxito mundial.


Varias de sus novelas han sido llevadas al cine y desde junio del 2003 es académico de número de la Real Academia Española, lo que pone de relieve su gran calidad literaria.


Dedico este post a Pérez-Reverte transcribiendo tres reseñas mías publicadas en distintos diarios y revistas, un perfil biográfico y una relación de su obra, como modesto homenaje y tributo a uno de los escritores vivos que más admiro y disfruto.


El capitán AlatristePor: Federico Zertuche

El mayor inconveniente que encuentro en las novelas de Pérez-Reverte es que concluyen, tienen un final, nada deslucido, por cierto, pero terminan. Pues aquí viene mi ansiedad por una nueva aventura revertiana y la espera para que el autor trabaje a marchas forzadas para gestar y parir otra de igual catadura, género y calidad.

Esta obra nos conduce, en un primer plano, a los folletines y folletones del siglo XIX, particularmente los de Dumas. La aventura, en especial la de capa y espada, vuelve de nueva cuenta por sus fueros para conquistar al lector del siglo XXI que devora feliz cuanta intriga policiaca urde Reverte. En otro plano, nos enfrentamos a la novela policiaca contemporánea, plenamente vigente por lenguaje, percepción, utilización de recursos y personajes muy actuales, así como por una constante preocupación que permea sobre la condición humana individual y social de nuestros días.

La trama policiaca está presente en cada una de sus novelas, ya planteada vía Internet, escondida en una tabla flamenca, entrevista en medio de un intrincado comercio de libros antiguos, raros y valiosos, en el corazón de una batalla napoleónica, al avezarnos en las técnicas del arte del esgrima o del ajedrez, paseando por las calles de Sevilla o en el Madrid de los Austria de los tiempos del Cuarto Felipe, que de pasada conocemos, recordamos o asistimos guiados por un nada aburrido, muy atento y ameno Cicerone de nuestro siglo.

El elenco revertiano se compone de seres a punto del hundimiento que se aferran a una última baza, vividores y tahúres, putas y chulos venidos a menos, soldados de a pie llevados por la leva, pajes de señores menores, en fin, individuos de segundo y tercer planos que de una u otra forma se relacionan con altos burócratas vaticanos y príncipes de la Iglesia ávidos de dinero y poder, marqueses, condes o duquesas, unos nobles y otros no tanto, banqueros o comerciantes inescrupulosos, con generales y almirantes despiadados y no pocas veces ineficientes en la guerra, aunque muy ufanos y condecorados.

Por otro lado, los héroes de Reverte son aquellos que no figuran en la foto oficial, menos aún en portadas de periódicos y revistas sino cuando mucho en la nota roja; son aquellos que aparecen, cuando bien les va, en segundos planos de cuadros de época, como aquellos que pintados en filas posteriores en la Rendición de Breda de Velázquez, atrás de los grandes señores de la guerra que pactan el armisticio, esos anónimos a quienes Reverte reivindica en un close up pictórico, fotográfico y literario entrañable y justiciero en su bello y breve relato La fiel infantería.

Su última novela, en coautoría con su muy joven hija Carlota, quien le ha ayudado en la reconstrucción del Madrid del siglo XVII y con el perfil del también joven personaje Iñigo de Balboa, se centra en las venturas y desventuras de un retirado soldado español de los Tercios de Flandes que con apócrifo rango se hace llamar capitán Alatriste.

El capitán Alatriste malvive en aquel Madrid para ganarse unos cuartos y sobrellevar su soldadesco retiro con cierta dignidad. Acude asiduamente a las tertulias en una taberna de medio pelo con un grupo de amigos entre los que se encuentra el malhumorado poeta Francisco de Quevedo, muy dado a lances temerarios con aceros y viperinos con la pluma.

Por la dudosa profesión que entonces ejerce, que no es otra que la de alquilar su espada al mejor postor, nuestro capitán se ve envuelto en una intriga palaciega en la que ha metido negra mano el Santo Oficio de la Inquisición y el siniestro secretario del rey, Luis de Alquézar, y hasta el poderosísimo conde de Olivares, para tratar de victimar al Príncipe de Gales, heredero de la corona inglesa.

En vilo nos tiene Reverte a lo largo de su relato escrito a la manera del español de ese siglo, pero asequible al que corre, por boca de sus personajes, particularmente la del narrador, el joven vasco Iñigo, que entre criado y paje asiste al capitán Alatriste y hasta llega a salvarle la vida en una emboscada que le tenían tendida sus feroces y malvados enemigos.

Mientras tanto, entre las maldiciones que don Francisco de Quevedo endereza contra su acérrimo rival don Luis de Góngora y contra todo aquel que al amargado poeta se le ocurriera ver pendenciero enemigo con quien batirse al lado de su amigo y mejor espadachín don Diego Alatriste, recorremos los lectores las para atrás reconstruidas calles Mayor, Montera y Alcalá, la Rúa del Prado a fin de presenciar reales y señoriales paseos en carroza, a pie o a caballo, o bien a escuchar y ponernos al tanto de los entretenidos chismes de la época en las gradas de San Felipe.

Y hasta aquí en cuanto a la trama a fin de no adelantar vísperas a quien no haya leído tan entretenida novela.

Comentario aparte merece el fiel trato y retrato que da el autor a la decadencia política, moral, social y económica de las Españas de esa época que, paradójicamente, conocemos como el Siglo de Oro, que no será tal gracias a sus venales y corruptos políticos, ni a sus ineptos gobernantes, tampoco son sus acreedores ambiciosos jerarcas eclesiásticos y menos aún los tan temidos fanáticos del Santo Oficio, ni los intrigantes cortesanos, ni generales o almirantes, casi todos los cuales más bien mostraron el cobre.

Sino que el áureo resplandor y grandeza de esa centuria se adeuda sobre todo, a los magníficos artistas y letrados que parió y crió esa patria: poetas, dramaturgos, novelistas, pintores, juristas y académicos, cuyas vida y obra, portento imperecedero, se fundieron en el Oro que adorna y enriquece el mentado Siglo Áureo.

Arturo y Carlota Pérez-Reverte. El capitán Alatriste, Alfaguara. México, 1997.



La novela marítima vuelve por sus fueros
Por: Federico Zertuche


Después de Homero, Stevenson, Melville o Conrad, lecturas marítimas entrañables que nunca se van, que rondan sin pasaporte o patente de corso por los fiordos de la memoria y la imaginación, por los meandros de la fantasía y el conocimiento, por esos interiores mares surca ahora La carta esférica portadora de un universo novelístico y marítimo deslumbrante y revelador.

Esta novela de Pérez-Reverte acomete una empresa descomunal involucrando al lector en un viaje narrativo/marítimo de insospechadas rutas y derroteros que bien pueden desviarse hacia un solo de trompeta de Miles Davis, o enfilar por un corredor de la universidad de Murcia hacia el cubículo de un maestro cartógrafo quien nos instruirá en su arte-oficio, al tiempo de divertirnos y resolver un enigma que permitirá continuar navegando.


O bien, en Madrid revisando archivos, documentos y cartas del Museo Marítimo, o en Cartagena presenciando con gozo la tremenda paliza que propina nuestro héroe a un enano melancólico, o siguiendo con literaria excitación un relato erótico de sexualidad desbordada, atávica, a la búsqueda de un amor inasible, o navegando en el Carpanta “con un rizo en la mayor y otro en el génova, amurado a babor, rumbo al puerto de Águilas”.

A mediados del XVIII, La Compañía de Jesús, sí, los jesuitas, que ya habían sido expulsados de Francia y Portugal, gozaban aún de inmenso poder en España, en las Indias Occidentales y hasta algunos reductos del Lejano Oriente extendían sus propias y eficientes redes marítimas que la sostenían, enriquecían e interconectaban.

Tenían, evoca Pérez-Reverte, “sus sistemas, sus misiones en Asia, sus reducciones americanas, sus rutas propias, sus feudos de todo tipo. Sus barcos, capitanes y pilotos”. Incluso escuelas e institutos marítimos, aparte de universidades, que les proveían de recursos humanos, técnicos y científicos, en la materia que nos ocupa. De tal suerte que mandaban hacer sus propias cartas de navegación, otros instrumentos y menesteres.


En suma, constituían una potencia marítima, además de espiritual, intelectual y religiosa, hasta que fueran también expulsados de los inmensos dominios de su Majestad Católica quien, de paso, les confiscara sus bienes, que no eran pocos.

Dos siglos y medio después, nuestro héroe, Coy, así, sin apellido, un marino mercante que tiene suspendida su licencia por dos años, desempleado y con exigua billetera, es seducido por el llamado de las sirenas que lleva dentro, esta vez en la persona de Tánger Soto, atractiva funcionaria del Museo Marítimo de Madrid que pronto enrola a aquel en una aventura que de tiempo atrás, con esmero, dedicación y absoluta entrega profesional venía ésta urdiendo y planeando.


Y aquí se inicia un incierto y asombroso derrotero del marino sin barco alejado del mar, suspendido de sus referencias vitales y existenciales, del eje de su marítima cosmovisión. Un amor loco que lo empujó tierra adentro le abre la oportunidad de retornar al mar, navegar y ganarse la vida en su oficio, así que, ¿por qué no aceptar tan tentadora oferta?

Aventura e historia, arte de la navegación prolija y ricamente descrito, ciencia de la cartografía marítima, instrumentos, aparejos, navíos de distintas clases y épocas, buscadores de naufragios, erotismo y amor, Jazz, ambición, intriga, muerte y suspenso policiacos, el discurrir de la vida y la condición humana continuamente cuestionados por un Pérez-Reverte que nos habla del mar, de su natal Cartagena y del Mediterráneo que se abre del milenario puerto de estirpe romana.

El lector tendrá que acometer el voluminoso acervo del vocabulario marítimo, tan ajeno a quienes somos de tierra, a fin de seguir a Coy y demás personajes que no tienen otra forma de expresarse cuando se trata, precisamente, de asuntos marinos. Después de un rato, resulta entretenidamente didáctico y te vas acostumbrando.

Un naufragio ocurrido poco antes de la expulsión de los jesuitas de España, entrelaza a los personajes de la novela, interesados y fascinados por el enigma que representa y un posible tesoro escondido. En tal afán, personajes variopintos, cada uno de ellos muy bien logrado y redondeado, tejen y entretejen la compleja y cambiante urdimbre que va plasmándose a lo largo de la novela, perfilándose y entrecruzándose hacia un destino fatal.


Todos y cada uno de ellos perfectamente plantados en sus respectivas realidades personales e individuales, pero no por ello incuestionables. Al contrario, ya sea por sí mismos o por sus interlocutores, por el propio narrador, por la otredad, traspasa a cada uno de ellos una fulminante e inquietante línea cuestionadora. Todo es cuestionado. O todo puede ser cuestionable, en nuestro mundo nada es cierto de una buena vez y para siempre.

Por otro lado, una historia, en el sentido anglosajón de “story”, que no tenga algo interesante que contar, no es story. Será cualquier otra cosa menos eso. A mi juicio, la razón de ser de la narrativa novelística radica en la elaboración inteligente, bella, interesante y eficaz de un relato, en la posibilidad de contar un cuento seductor, una historia sostenida por una ficción cargada de tal sentido. Lo contrario, escribir sobre el lenguaje y sus técnicas como si fuese novela, es confundir continente con contenido.
Pérez-Reverte es un consumado novelista que siempre tiene algo que contar. Es alguien que disfruta narrar historias y a quien le fascina que otros le cuenten las suyas. Siempre ha sostenido que antes de ser un escritor es un incansable lector, situación que trasluce en sus obras.


La carta esférica, se ofrece como un digno homenaje de un autor contemporáneo a los novelistas clásicos del mar en la mejor tradición occidental. Pérez-Reverte ha logrado alinear su nave y saludar a las de aquellos grandes narradores marítimos, convirtiéndose con esta obra en un clásico de nuestros días. Muy recomendable.

La carta esférica, Arturo Pérez-Reverte, Alfaguara, Madrid 2000.



El sol de Breda -Tras la saga del capitán Alatriste-
Por: Federico Zertuche


Con las anteriores novelas de Pérez-Reverte siempre me sucedió que una vez concluida su última ya abrigaba el deseo de leer la siguiente. Lo mismo ocurre con la saga del capitán Alatriste, aunado al hecho objetivo de que conforme avanzan sus entregas nos encontramos con una obra más acabada y pulida, más sorprendente y bellamente escrita. El sol de Breda, la tercera de la serie, lo confirma a plenitud.

Con inusitada fuerza y vigor narrativos discurre a lo largo de sus páginas el relato de Iñigo de Balboa, paje del capitán, a quien los años de servir al lado de tan bragado personaje, incluso en la guerra en la que participa como mochilero, le han conferido, pese a su temprana edad, temple y precoz experiencia más que suficientes para narrar descarnada y lúcidamente los bélicos episodios que conducen a la rendición de Breda, de la que ha quedado plástico testimonio en el soberbio lienzo de Diego Velázquez.

La magnífica reconstrucción de esa parte de la campaña de Flandes, vista desde la óptica de los soldados de a pie, esos levantiscos, andrajosos, mal y poco pagados, pero arrojados, valientes y disciplinados a la hora de tomar aceros, arcabuces y mosquetes y hacer estallar la artillería para destazar al infiel y hacerlo volar en mil pedazos —la fiel infantería de las Españas tan temida en Europa durante el áureo siglo—, sólo es posible por quien ha sido testigo excepcional de guerras y revueltas, posee fina pluma, talento narrativo, sensibilidad, oficio y rigor en la investigación histórica, así como buena dosis de imaginación creativa.

En efecto Pérez-Reverte, veterano reportero de guerra, incansable lector de toda la vida, diestro narrador de aventuras en la mejor tradición occidental de Dumas, Kipling, Verne o London, ha revitalizado y recreado a fin de siglo y de milenio posindustrial cibernético y mediático, las novelas de capa y espada, la vena aventurera y romántica proyectada por un hombre plenamente plantado en su época, en los tiempos que le ha tocado vivir. De ahí, creo yo, la fascinación de millones de lectores en las más dispares lenguas y geografías.

El sol de Breda, un astro que se muestra avaro, huidizo, lánguido y breve en esas nórdicas latitudes, ilumina oblicuamente entre frías brumas, nieblas y pertinaces lluvias, el fragor y la atroz carnicería de las batallas que libran imperialistas tercios españoles al servicio de la Católica Majestad y de la vera fe, junto a sus aliados valones y eternos separatistas, contra los patriotas protestantes neerlandeses que resisten al extranjero imperio.

Entre cruentos asaltos, escaramuzas, emboscadas, batallas en regla, el prolongado sitio a Breda y otras bélicas acciones, descritas con crudo realismo, verosimilitud y apego histórico, discurren las andanzas del capitán Alatriste y su fiel escudero, enrolados en el tercio de Cartagena que, en un momento dado, a falta de pago por largos y sufridos meses y maltratos por el maestre decampo, se amotina hasta su conjura por el mismísimo don Ambrosio Spínola y Grimaldi, capitán general del ejército; quien, por cierto, portando armadura negra, es figura central en el cuadro de Velázquez e inmortalizado por el genio sevillano.

Don Francisco de Quevedo y Villegas, el insigne poeta, bravucón, malhablado e intrigante amigo de correrías y lances de Alatriste, no podría faltar en la historia, aunque en esta ocasión aparece sólo a través de misivas, sonetos y recuerdos, pues pasado de edad y menguado en salud para la guerra, permanece en la villa de Madrid atento a las noticias del frente flamenco y ocupado en sus eternas diligencias en la corte.

En todo caso, esta tercera novela sobre la saga de Alatriste trata directa y enfáticamente de la guerra, no en los mapas, planos o tienda del militar estratega, ni de sus consecuencias políticas o consideraciones históricas, sino de la matanza y el degüello, de la sangre vertida, del miedo y el horror, los sudores, la impiedad y la carnicería desatados en el campo de batalla por la infantería que mata para vivir, para "no ser acuchillada como oveja en el matadero", o bien para morir con dignidad y honra.

El capítulo "El degüello" es una de las narraciones más vívidas, verosímiles, espeluznantes y sangrientas que he leído acerca del desarrollo de una batalla y de su desenlace final: la persecución, remate, degüello y saqueo del derrotado. Impresionante descripción de la batalla ocurrida en el molino de Ruyter; sólo a través de los recursos que la ficción novelística confiere pueden lograrse los efectos y la proximidad a los hechos, acciones y personas magistralmente resueltos por el autor.

No es casual ni mero resultado mercadotécnico que las de Pérez-Reverte sean las novelas en español más vendidas y leídas en el mundo entero.

Por otro lado, salta a la vista que no se trata de literatura light, como algunos envidiosos escritores afirman, sino de novelas históricas y de aventuras escritas con depurado estilo, fluida y transparente prosa, rigor y prolija investigación en lo que toca a la reconstrucción histórica, refrescante humor, prodigiosa imaginación en la elaboración de la ficción y, sobre todo, tensión y acción permanentes que mantienen en vilo al lector, de las cuales suelen carecer muchos aburridos y/o desabridos detractores de Pérez-Reverte.

"Entretener, divertir, distraer: muchos escritores modernos se indignarían si alguien les recuerda que ésa es también obligación de la literatura", advierte Mario Vargas Llosa.

Arturo Pérez Reverte, El sol de Breda, Alfaguara, México, 1999.

Semblanza y obra


Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, España, noviembre de 1951) se dedica en exclusiva a la literatura, tras vivir 21 años (1973-1994) como reportero de prensa, radio y televisión, cubriendo informativamente los conflictos internacionales en ese periodo. Trabajó doce años como reportero en el diario Pueblo, y nueve en los servicios informativos de Televisión Española (TVE), como especialista en conflictos armados.

Como reportero, Arturo Pérez-Reverte ha cubierto, entre otros conflictos, la guerra de Chipre, diversas fases de la guerra del Líbano, la guerra de Eritrea, la campaña de 1975 en el Sahara, la guerra del Sahara, la guerra de las Malvinas, la guerra de El Salvador, la guerra de Nicaragua, la guerra del Chad, la crisis de Libia, las guerrillas del Sudán, la guerra de Mozambique, la guerra de Angola, el golpe de estado de Túnez, etc. Los últimos conflictos que ha vivido son: la revolución de Rumania (1989-90), la guerra de Mozambique (1990), la crisis y guerra del Golfo (1990-91), la guerra de Croacia (1991) y la guerra de Bosnia (1992-93-94).

Desde 1991 y, de forma continua, escribe una página de opinión en XLSemanal, suplemento del grupo Correo que se distribuye simultáneamente en 25 diarios españoles, y que se ha convertido en una de las secciones más leídas de la prensa española, superando los 4.500.000 de lectores.


El húsar (1986), El maestro de esgrima (1988), La tabla de Flandes (1990), El club Dumas (1993), La sombra del águila (1993), Territorio comanche (1994), Un asunto de honor (Cachito) (1995), Obra Breve (1995), La piel del tambor (1995), Patente de corso (1998), La carta esférica (2000), Con ánimo de ofender (2001), La Reina del Sur (2002), Cabo Trafalgar (2004), No me cogeréis vivo (2005), El pintor de batallas (2006), Un día de cólera (2007), Ojos azules (2009) y Cuando éramos honrados mercenarios (2009) son títulos que siguen presentes en los estantes de éxitos de las librerías, y consolidan una espectacular carrera literaria más allá de nuestras fronteras, donde ha recibido importantes galardones literarios y se ha traducido a 34 idiomas. Arturo Pérez-Reverte tiene uno de los catálogos vivos más destacados de la literatura actual.

El 3 de marzo de 2010 publica El Asedio.

A finales de 1996 aparece la colección Las aventuras del capitán Alatriste, que desde su lanzamiento se convierte en una de las series literarias de mayor éxito. Por ahora consta de los siguientes títulos, que han alcanzado cifras de ventas sin parangón en la edición española: El capitán Alatriste (1996), Limpieza de sangre (1997), El sol de Breda (1998), El oro del rey (2000), El caballero del jubón amarillo (2003) y Corsarios de Levante (2006). Hacía mucho tiempo que en el panorama novelístico no aparecía un personaje, como Diego Alatriste, que los lectores hicieran suyo y cuya continuidad reclaman. Un personaje como Sherlock Holmes, Marlowe, o como Hércules Poirot.

Alatriste encarna a un capitán español de los tercios de Flandes -de hecho no es capitán, pero qué más da-. Una figura humana, con sus grandes virtudes y sus grandes defectos, perfectamente trazada, minuciosamente situada en su tiempo -siglo XVII- y su geografía, rodeada de amigos que han hecho historia, partícipe de las más principales hazañas de su época. Un personaje para siempre.

Arturo Pérez-Reverte ingresó en la Real Academia Española el 12 de junio de 2003, leyendo un discurso titulado El habla de un bravo del siglo XVII.













jueves, 7 de octubre de 2010

Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010

Me ha dado una enorme alegría enterarme de la noticia del otorgamiento del Nobel de Literatura 2010 a Mario Vargas Llosa. Uno de los más grandes novelistas de la actualidad, un ensayista notabilísimo, un pensador liberal de talla mundial, y un hombre comprometido con su tiempo. Es un premio que honra, además de al designado, a la lengua en que escribe, patrimonio de una comunidad hispanoparlante de más de 400 millones de seres humanos en una veintena de países. Quiero rendir un modesto tributo desde este blog reproduciendo una reseña que publiqué el año 2000 cuando recién salió a la venta su novela La fiesta del Chivo. Transcribo, asimismo, una entrevista concedida a Juan Cruz en Nueva York horas después de enterarse del Nobel. He querido añadir un luminoso artículo de Enrique Krauze aparecido hoy, 13 de octubre, en el diario El País, pues lo considero como uno de los homenajes más entrañables y hermosos de los ya muchos que he leído en ocasión del Nobel.

Radiografía del despotismo
Por: Federico Zertuche


Para: María Fernanda, en recuerdos caribeños.
Sobrevolar La Española obliga al observador atestiguar un inusitado contraste geográfico: una mitad de la Isla rebosa de verdes vegetales mientras que la otra luce coloreada de pardos surgidos de la tierra desnuda, deforestada. Si uno llega a Santo Domingo proveniente de Puerto Príncipe en vuelo que exige pocos minutos, cual breve ascensión curva de reducida longitud de onda, aquella impresión se torna patente y desconcertante.

La capital dominicana lucía como un exuberante y tropical jardín surcado por calles y avenidas bulliciosas animadas por mulatos y negros de cadencioso andar con sabor a merengue y otros caribeños ritmos. Un turista como yo y mi acompañante, nos sentíamos libres de la opresión, recelo y desconfianza que hasta hacía unas horas nos acompañaron el en Haití de Baby Doc. Santo Domingo exultaba paz, discreto orden, prosperidad y, sobre todo, plácida alegría.

Era difícil imaginar que veintitantos años atrás la sociedad dominicana –a lo largo de tres décadas- todavía era presa del pánico, la ignominia, el crimen, el saqueo, la vejación sistemática, la crueldad inaudita; víctima de profundas humillaciones y del siniestro ejercicio de la Maldad que sobre ella ejerciera uno de los tiranos más abyectos de la Historia, equiparable a Calígula, Nerón, Stalin, Hitler o Mao, por su infinita capacidad para actualizar sus abominables perversiones sobre un pueblo inerme.

En la tienda del Hotel Jaguara, donde a la sazón nos hospedábamos, adquirí una biografía del Benefactor muy bien documentada y escrita por un estadounidense, que devoré estupefacto durante mi viaje por la Dominicana. Ahora lamento haberme deshecho de ella ya que se había descuadernado completamente y la considere como un lastre para el resto de nuestro periplo por el Caribe que apenas iniciábamos. No obstante, quedé marcado por ella.

La fiesta del Chivo no sólo recreó mi memoria de ese entrañable país sino que resucitó mi conciencia y mi escaso conocimiento de la histórica etapa que padecieron los dominicanos en la entonces llamada La Era, como orondamente ordenaba designar el régimen. Me movió también a reafirmar mi absoluto rechazo a toda forma de dominación despótica y tiránica y a mi consiguiente adhesión por la Razón Democrática. Y como siempre, disfruté enormemente de otra estupenda novela del extraordinario narrador y creador de ficciones que es Vargas Llosa.

Como ya ha sido ampliamente difundida y reseñada, incluyendo su presentación en Bellas Artes, ante nutrida concurrencia por Adriana Sandoval y Juan Villoro, con comentarios del autor, tengo la impresión de que el público que aún no la ha leído tiene, cuando menos, referencias sobre el tema y personaje central, así que trataré de ocuparme más de su estructura, de la narración propiamente dicha, del estilo y tratamiento novelístico que imprimió el autor a esa ficción edificada sobre una historia real, de la poderosa imaginación del escritor peruano y del claro y llano lenguaje que nos aterriza suave y verosímilmente en el entorno dominicano donde transcurre.

Sería vano esperar de esta novela juicios ideológicos o políticos, o análisis del poder, pues no se trata de ensayo, filosofía, historia o tratado de moral, ni siquiera es historia novelada o novela histórica, sino novela sustentada y armada a partir y alrededor de una ficción narrativa construida sobre hechos históricos.

Aunque política, moral, historia, sociedad, sexo, violencia, codicia y otras dimensiones de la condición humana están implícitos, por constituir partes inseparables del hombre y la sociedad –el contexto de la trama, el teatro social-, no es por razones edificantes o condenatorias que se incluyan y formen parte de la novela, sino como marco referencial que confiere sustento y verosimilitud a la ficción.

Ahora bien, la obra está estructurada desde varios ángulos abiertos por distintos narradores, incluyendo el omnisciente, ya individuales o colectivos, de planos descriptivos que se intercalan sincrónicamente a partir y hasta concluir el testimonio melodramático –hilo conductor intermitente- de un personaje ficticio y cardinal: Uriana Cabral. En ella se resumen las violencias, inequidades, engaños y desengaños, traumas, humillaciones y tiranía sexual que El Chivo (macho cabrío) llevara al paroxismo durante La Era del Terror-Pánico que instaurara sobre toda una nación.

Por otra parte, no es difícil deducir los prolijos y acuciosos empeños que tuvo que emprender Vargas Llosa para recrear el entorno (el paisaje novelístico), los escenarios y personajes: profunda investigación, estudio y conocimiento, entrevistas a personajes y personas del común relacionadas directa o indirectamente con La Era, con el Generalísimo y sus allegados, una aguda observación física del país, de su pueblo y costumbres, cultura e historia, de su lenguaje, creencias, supersticiones, mitos y religión, de las calles, avenidas, parques, edificios públicos, clima, flora y fauna, y un largo etcétera que el autor reconstruye, acomoda, dosifica y describe magistralmente a lo largo y ancho de su novela.

Las majestuosas palmeras canas, el Malecón, el incesante desconcierto de ruidos de Santo Domingo, los olores, el Jaragua reconstruido, la avenida Máximo Gómez, Sansón, el impertinente loro de la tía de Urania, la Casa de Caoba, las provincianas y empalagosas crónicas sociales de El Caribe y otros diarios, el Chevrolet azul celeste modelo 1957, son tan importantes como los personajes: La Inmundicia Viviente, Negro, la Prestante Dama, Cerebrito Cabral, Su Excelencia misma, Sister Mary, el Presidente Fantoche, Ramfis y Radhamés Trujillo, Salvador Estrella Sadhalá y los demás conspiradores, así como otros tantos del elenco –reales o ficticios- que desfilan por la tragicomedia tropical dominicana tan hábilmente recreada por el autor.

A un lado del Generalísmo, personaje que por su inaudita truculencia es dingo de figurar arquetípicamente en un sinfín de novelas u obras de teatro, dadas las infinitas posibilidades literarias y dramáticas que abre su extraordinaria cuanto aberrante biografía, a su lado, decía, discurre otro de manera paralela y discretamente, como moviéndose entre sombras, tras bambalinas, en segundos y terceros planos esquivos, alguien que no sólo elude protagonismos, sino más bien proclive al mutismo mimético, como mero objeto o instrumento inofensivo del que se puede prescindir o cambiar de sitio sin que ocurra nada trascendente: Joaquín Balaguer.

Menudo de porte, imperturbable tras sus corteses maneras y enigmática sonrisa, obediente y sumiso ante el amo, ilustrado y de pluma lista para el alago al poderoso: Dios y Trujillo: una interpretación realista, título de su obra reeditada cada año por el Instituto Trujilloneano (grotesco remedo de la venerable Smithsonian Institution), era aquel un asceta que había renunciado a los placeres de la vida (soltero, sin amantes de uno u otro sexo, abstemio, honrado y sin ambiciones materiales), ajeno a afanes de dominación despótica o siquiera ligeramente escandalosa, renuente a la violencia, prudente, frío y calculador en materia política a fin de servir eficazmente a Su Excelencia.

Un hombre de tal perfil, en medio dela vorágine política poblada de asesinos, ladrones, arribistas, depredadores profesionales, cínicos y desvergonzados férreamente dominados y tratados como marionetas por el Generalísimo, no sólo pudo sobrevivir los 31 años que duró la tiranía y ocupar casi todos los altos puestos públicos habidos y por haber, sino salir indemne del colapso de la dictadura, controlar el desplome, negociar con tirios y troyanos su desenlace y liderar la transición en calidad de presidente de la República, cargo que, con breves alternancias, siguió ejerciendo durante casi un cuarto de siglo.

Todavía en pleno siglo XXI, ciego desde hacía una veintena de años, con el vigor de sus 94 primaveras (apenas se podía mover), se lanzó como candidato presidencial en el 2,000. Todo un enigma cuya única pasión, al parecer, era el ejercicio puro del poder, sin adornos ni ostentaciones, sin desplantes teatrales ni adjetivos extrapolíticos, asexuado y oculto, sin explicitar o demostrar determinada ideología que le pudiese caracterizar, sin dar la cara: justo en las antípodas de su antiguo y legendario amo.

Contrapunto del sátrapa en lo que atañe a las formas y manifestaciones del poder, excepto en detentarlo para sí, conservarlo y ejercerlo, es en éste vértice donde se encuentra con su tutor al revés. El discreto, secreto, taciturno y callado alumno quiere superar al maestro en lo esencial, despojando las groseras apariencias.

En todo caso, la riqueza de una novela, como cualquier obra de arte, radica no sólo en el tema o los personajes, sino en la manera en que son tratados, por la forma y el estilo en que se abordan, en la narración misma, en la arquitectura o entramado que los sostiene, en fin, por la peculiar óptica y perspectiva que imprime el autor al recrear la materia prima elegida. Sin prescindir, desde luego, de una historia atractiva que contar de manera eficaz, poblada de personajes y situaciones interesantes. Continente y contenido en perfecto equilibrio y armonía que logran las grandes novelas como las de Vargas Llosa.

Mario Vargas Llosa, La fiesta del Chivo, Editorial Alfaguara, México 2000.

Recibiendo el Nobel del Rey de Suecia, Gustavo A.


ENTREVISTA HORAS DESPUÉS DE RECIBIR EL NOBELVargas Llosa: "La literatura es lo mejor que me ha pasado"

JUAN CRUZ - Madrid - 07/10/2010 Diario EL PAÍS

Mario Vargas Llosa estaba exultante. Pero no perdía esta tarde ni el sentido del humor ni el equilibrio que le ha dado rigor a su obra. Estaba sorprendido de haber sido galardonado con el premio, y estaba agradecido, aunque temeroso aún de que fuera una broma. Durante 14 minutos tanto él como su mujer, Patricia, que están en Nueva York porque el nobel 2010 da clases en Princeton, pensaron que el secretario de la Academia Sueca era "un impostor". Y le dieron 14 minutos para que ratificara que no era una tomadura de pelo. "Cuando pasaron los 14 minutos ya pude disfrutar de esta sorpresa".


¿Una sorpresa, de veras? "Déjeme que le diga antes por qué creía que era broma. Hace años le hicieron una trastada así a Alberto Moravia, el novelista italiano. Fue una noticia fea, que a él le cogió desprevenido. Entonces, inmediatamente que me dijo Patricia que habían llamado de la secretaría del Nobel nos pusimos en guardia".
Además, ya no estaba en las listas. "Y no crea, eso me tranquilizó. Estar en las listas era una pesadilla anual, porque mucha gente llamaba para indagar si era cierto que iba a ganar el Nobel. Todo eso abonaba la idea de que pudiera ser una broma una noticia que luego resultaría tan grata".


Mario Vargas Llosa se había convencido, a lo largo de los años, de que él no era un escritor para este premio. ¿Y por qué? "¿Por qué? Porque llegué a la conclusión de que yo no estaba en la identikit del Nobel; yo soy un escritor conflictivo, tomo posiciones incómodas, me equivoque o no siempre digo lo que me parecen las cosas, y todo eso me hizo creer que no era el escritor que encajara con la manera de ver la literatura por parte del jurado".


Pero la Academia Sueca ha hablado de usted, de su obra, le decimos a Mario Vargas Llosa, teniendo en cuenta precisamente esas posiciones suyas. "Aún no he visto esa declaración. ¿Me la puede leer?" Dice que le dan el Nobel a Mario Vargas Llosa "por su cartografía de las estructuras del poder y sus incisivas imágenes de la resistencia individual, la revuelta y la derrota".


"¿Dicen eso? Es magnífico. Me alegro mucho. ¡Ojalá fuera verdad. En efecto, de eso va mi obra, de la resistencia del individuo ante el poder, de la lucha de los hombres por salvar su individualidad en un mundo en el que la libertad está tan acosada. Esa nota expresa muy bien lo que yo pienso".


Y desmiente muchas cosas, muchos tópicos que se dicen sobre usted. ¿Se quedarán sorprendidos sus críticos, enmudecidos, quizá? "No creo que los deje más enmudecidos que a mí; para mí esa nota es una sorpresa. Pero no creo que mis críticos enmudezcan nunca, de todos modos".


¿Y cuál fue su primer pensamiento, la primera reflexión sobre su historia como escritor? "Fíjese que pensé, primero que nadie, en Carlos Barral; él hizo que recibiera un estímulo formidable cuando me presenté al premio Biblioteca Breve con La ciudad y los perros; hizo lo imposible porque yo saliera adelante. Y Carmen Balcells, claro; Carmen me empujó literalmente a la literatura; los dos dieron por mí una batalla inolvidable. Los he citado en todas partes ahora que me han dado el Nobel. Y he citado a España, porque sin ese país hubiera sido imposible la difusión de mi obra, y por tanto el entusiasmo que me dio para seguir escribiendo. Y algo que quiero que recoja, Carmen Balcells e Isabel de Polanco fueron en las últimas épocas de mi vida, cuando ya se aceleró la publicación de mis obras en España y en América, fundamentales en mi trayectoria editorial. Y nunca olvido eso. No olvide usted de hacerlo constar".


Vargas Llosa está a punto de publicar
El sueño del celta, en la que se exige otra vez, como autor, una disciplina que es propia de los buenos periodistas. A ese valor, el del periodismo, alude en esta respuesta. "El periodismo me ha dado la obligación de confirmar, de verificar, me ha enseñado lo importante que es la perseverancia. Si no hubiera tenido esa disciplina no hubiera sido un escritor; sigo verificando, sigo corrigiendo, obsesivamente. Es un gozo para mí escribir, sin duda, pero si detrás no hubiera este esfuerzo no hubiera escrito las historias que ahora forman parte de mi vida. Es una servidumbre y un gozo, un gran gozo".

Es un momento para resumir. ¿Qué ha sido su escritura, qué será ahora? "Mi escritura", dice Vargas Llosa, "es mi vida, es lo que soy. Soy la literatura que he hecho. Toda, y el periodismo también. Con respecto al futuro, voy a hacer todo lo posible para que la vida no cambie. Esta es una inyección de entusiasmo; pero mi vida no va a cambiar. Seguiré teniendo iniciativas, posiciones; esa libertad que ejercito seguirá siendo mi libertad como escritor, como periodista y como ciudadano. Siempre tendré los mismos compromisos; ahora, además, habrá más obligaciones, que someteré al orden que siempre me ha dado la escritura, mi trabajo".


"La literatura", terminó Mario Vargas Llosa, "es mi manera de vivir, como decía Flaubert. No tendré otra, con sus sumas y sus restas, esa es la felicidad de mi vida. La literatura me ha dado lo mejor que tengo; los amigos, las experiencias. La entraña de mi vocación no es otra que la literatura, y de ella sale todo lo que soy y todo lo que tengo. Es lo mejor que me ha pasado".


Vargas Llosa: conciencia de nuestro tiempo
ENRIQUE KRAUZE
(EL PAÍS, 13/10/2010)

El Premio Nobel otorgado a Mario Vargas Llosa es un acto de justicia con la literatura y con la libertad, palabras inseparables como sabía muy bien ese remoto maestro de Vargas Llosa que fue Isaiah Berlin. La obra de Berlin rescató y ponderó el papel liberador de la literatura en la tradición rusa. El escritor debía ser conciencia crítica de su tiempo y de su sociedad. En nuestro tiempo latinoamericano, en nuestra sociedad y nuestra lengua, nadie encarna ahora esa conciencia como Mario Vargas Llosa.


En sus novelas y ensayos, nuestro continente aparece como el escenario de un drama terrible hecho no solo de pobreza, desigualdad y crimen, sino de corrientes mentales muy profundas y dogmatismos de toda índole que no son mero reflejo de las injustas estructuras económicas internas o externas, sino engendro directo de dictadores de derecha o izquierda, y obra colectiva de castas militares, políticas, religiosas, intelectuales, burocráticas. Estas elites han sido, para Vargas Llosa, el factor fundamental en la postración social y económica de la región. Ellas son el blanco profético de su obra.


Hay una poética editorial en la obra de Vargas Llosa, una alegre y zigzagueante energía creativa que va de los temas políticos y sociales a los eróticos y amorosos, y viceversa. En su vertiente central, su obra se finca en una indignación primigenia frente a las muchas caras de la opresión y el fanatismo del poder en América Latina: la infamia de los jefes y militares en sus primeras novelas, la injusticia social y la corrupción política en Conversación en La Catedral, los delirios religiosos en La guerra del fin del mundo, los fanatismos de la identidad racial en su extraordinario (y poco leído) libro de ensayos La utopía arcaica, el desdichado y cruento utopismo guerrillero en Historia de Mayta y, por supuesto, el caudillismo de Trujillo, ese paradigma del brutal dictador latinoamericano, en La Fiesta del Chivo. Pero no se trata -nunca se trata- de una literatura de tesis. Se trata de una alta recreación de esos extremos de la maldad y la miseria humana, escritos para revelarlos, para combatirlos, para exorcizarlos.


Pero está también la otra vertiente, la lúdica y erótica, la que ha hecho sonreír, gozar y sonrojar a mujeres y hombres en todos los idiomas. Vargas Llosa la ejerce -así parece- como un remanso de libertad para reponer el alma luego del esfuerzo de aquellas tremendas novelas libertarias. En Pantaleón y las visitadoras o Los cuadernos de don Rigoberto escapan sus otros demonios y duendes, sus sueños y ensueños amorosos. Son la otra cara, más risueña, de su permanente lucha por la libertad.


Esta América nuestra que nació en los albores del siglo XIX con un proyecto liberal (republicano, democrático, federal) desvió muy pronto su rumbo hacia la adopción esencialmente reaccionaria del orden antiguo (corporativo, jerárquico, dogmático, represivo y cerrado). Tiempo después, derivó hacia el alineamiento entusiasta -teñido casi siempre de populismo- con los regímenes totalitarios del siglo XX: fascistas o comunistas. En el tránsito perdió más de un siglo y medio, solo para redescubrir, hace apenas 20 años, que el proyecto original era el único deseable. Este reencuentro de América Latina con su ideario fundacional debe mucho, desde hace mucho, a la pluma de Vargas Llosa.


Contra viento y marea -como se titula su obra ensayística- Vargas Llosa ha librado una de las más notables batallas intelectuales de la historia latinoamericana. Tras su distanciamiento del régimen cubano -origen de su desencuentro con la anquilosada clerecía de izquierda en América Latina-, Vargas Llosa regresó, casi en la soledad y por cuenta propia, a la tradición liberal europea, inglesa y rusa. Sus adversarios han querido interpretar su liberalismo como una ideología indiferente a los desheredados. La imputación es enteramente falsa y la mejor prueba está en el desempeño de Chile, Brasil y hasta del propio Perú, donde un sano liberalismo económico acompañado de proyectos de responsabilidad social asequibles (apartados del populismo y del estatismo) ha desatado un progreso sustancial en el marco de la democracia. Ese ha sido, justamente, el modelo liberal que ha pregonado desde los años setenta, en textos y foros incontables, Mario Vargas Llosa.


Como sus homólogos en la literatura rusa, Vargas Llosa es ante todo un artista "comprometido", como se decía en los años cincuenta en el París que frecuentó. Pero su compromiso, mucho más afín a Camus que a Sartre, no consiente las abstracciones nebulosas ni la fácil y autocomplaciente "corrección política". Menos aún se pasma en el ejercicio narcisista del estilo. Su obra, rica en paradojas y contrastes, espejo de glorias y miserias, es un prodigio de convergencias: tiene la precisión, la armonía y el equilibrio clásico del siglo XVIII, el aliento romántico de las grandes novelas francesas o rusas del XIX y la voluntad (controlada) de experimentación del XX (la influencia admirablemente asimilada de Faulkner, por ejemplo).


Su pensamiento y su persona pública son inseparables del carácter político de sus novelas. La prueba está en su columna quincenal en EL PAÍS y en sus ensayos en las revistas Vuelta y Letras Libres. En el papel de reportero parece un cadete de la libertad. Se mete a menudo en las trincheras del mundo (Bagdad, Gaza, Congo, Haití, Darfur), da su testimonio y nunca ha temido ser impopular. La única voz que cuenta, lo lleve donde lo lleve, es la de su conciencia.


Con su triunfo triunfa la literatura en español (con la que la Academia Sueca ha tenido una deuda impagable). Después de Cela y Octavio Paz, pasaron largos 20 años. El Nobel le fue negado a Borges, y parecía vedado a Vargas Llosa. Al premiarlo, la Academia lo honra y se honra, recobrando el nivel de sus mejores galardonados.
También triunfa la literatura latinoamericana y la peruana. El país trágico, profundo y variopinto del Inca Garcilaso, de Poman de Ayala, de Mariátegui y Vallejo, tiene por fin el Nobel que se merece. Y gana España, el hospitalario país que le abrió los brazos en momentos de incomprensión y desdicha.

El Premio llega en el mejor momento para América Latina. Aunque el caudillismo, el militarismo, el redentorismo revolucionario, el populismo, los nacionalismos obtusos, los fanatismos de la raza o la religión y el dogmatismo ideológico siguen presentes, desde hace 20 años el avance de la democracia entre nosotros es continuo. Vargas Llosa ha sido, después de Octavio Paz, su más firme defensor.


Premio al compromiso moral, a nuestra literatura y a nuestra lengua, a España, Perú y Latinoamérica, el Premio a Vargas Llosa tiene otra faceta de verdadera justicia poética.
Me refiero al hombre que lo recibe. Quien lo conoce lo reconoce: persona caballerosa y atenta, trabajador incansable y disciplinado, hay en su rostro, detrás de la sonrisa, un atisbo de melancolía frente a la necedad del mundo y la certeza, plena en él, de la inexistencia de otro mundo. Lo que sí existe son los lazos humanos concretos, y existe la familia y la amistad. Por eso su premio debe mucho a su familia: a Patricia, su mujer, a sus hijos y a su numerosa prole de nietos.

Pero lo mejor de este reconocimiento está por venir: sus libros multiplicados como panes y la comunión de los lectores nuevos con dos palabras inseparables: literatura y libertad.


Enrique Krauze es escritor mexicano, director de la revista Letras Libres.

Obras de Mario Vargas Llosa

Ficción:

El desafío, relato (1957)
Los Jefes (1959)
La ciudad y los perros (1962)
La casa verde (1966), Premio Rómulo Gallegos
Los cachorros (1967)
Conversación en La Catedral (1969)
Pantaleón y las visitadoras (1973)
La tía Julia y el escribidor (1977)
La guerra del fin del mundo (1981)
Historia de Mayta (1984)
¿Quién mató a Palomino Molero? (1986)
El hablador (1987)
Elogio de la madrastra (1988)
Lituma en los Andes (1993), Premio Planeta
Los cuadernos de don Rigoberto (1997)
La Fiesta del Chivo (2000)
El Paraíso en la otra esquina (2003)
Travesuras de la niña mala (2006)
El sueño del celta (2010)

Ensayo:

Carta de batalla por Tirant lo Blanc, prólogo a la novela de Joanot Martorell (1969)
García Márquez: historia de un deicidio (1971)

Historia secreta de una novela (1971)
La orgía perpetua: Flaubert y "Madame Bovary" (1975)
Entre Sartre y Camus, ensayos (1981)
Contra viento y marea. Volumen I (1962-1982) (1983)
La suntuosa abundancia, ensayo sobre Fernando Botero (1984)
Contra viento y marea. Volumen II (1972-1983) (1986)
Contra viento y marea. Volumen III (1964-1988) (1990)La verdad de las mentiras: ensayos sobre la novela moderna (1990)
Carta de batalla por Tirant lo Blanc (1991)
Un hombre triste y feroz, ensayo sobre George Grosz (1992)
Desafíos a la libertad (1994)
La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo (1996)
Cartas a un joven novelista (1997)
El lenguaje de la pasión (2001)La tentación de lo imposible, ensayo sobre Los Miserables de Victor Hugo (2004)
El viaje a la ficción, ensayo sobre Juan Carlos Onetti (2008)

Teatro:

La huida del inca (1952)
La señorita de Tacna (1981)
Kathie y el hipopótamo (1983)
La Chunga (1986)
El loco de los balcones (1993)
Ojos bonitos, cuadros feos (1996)
Odiseo y Penélope (2007)
Al pie del Támesis (2008)
Las mil y una noches (2010)
AutobiografíaEl pez en el agua (1993)
PelículasPantaleón y las visitadoras (1975)

Otras obras y publicaciones:
A Writer's Reality, ("Una realidad de un escritor") colección de conferencias dictadas en la Universidad de Siracusa (1991)
Making Waves, ("Haciendo olas") selección de ensayos de Contra viento y marea, publicado sólo en inglés (1996)
Nationalismus als neue Bedrohung, selección de ensayos políticos, publicado sólo en alemán (2000)
El lenguaje de la pasión, selección de artículos de la serie Piedra de toque (2001)
Diario de Irak, selección de artículos sobre la guerra en Irak (2003)
Un demi-siècle avec Borges, entrevista y ensayos sobre Borges, publicado sólo en francés (2004)
Mario Vargas Llosa. Obras Completas, Vol. III Novelas y Teatro (1981-1986), (2005)
Dictionnaire amoureux de l’Amérique latine, ensayos publicados inicialmente sólo en francés, (2005)
Diccionario del amante de América Latina, versión en español, (2006)
Israel/Palestina. Paz o guerra santa, recopilación de artículos, (2006)
Diálogo de damas, poemas relacionados con las esculturas de Manolo Valdés, Aeropuerto Barajas de Madrid (2007)
Ma parente d'Arequipa, octobre 2009, textos cortos, en francés
Comment j'ai vaincu ma peur de l'avion, octobre 2009, textos cortos, en francés
Sables y utopías, recopilación de sus artículos y cartas sobre América Latina (2009)