martes, 27 de julio de 2010

La sociedad cortesana

Un diálogo entre la historia y la sociología
Por: Federico Zertuche



Norbert Elias,
La sociedad cortesana,
Fondo de Cultura Económica.


¿Qué interés podríamos tener los contemporáneos de principios del siglo XXI y tercer milenio por estudiar la sociedad cortesana?

Si nos atenemos a la portentosa investigación de Norbert Elias que se reseña, amén de adentrarnos a uno de los pensamientos sociológicos más originales, agudos y rigurosos de los últimos tiempos, que de paso ha enriquecido el conocimiento histórico, podremos vislumbrar sistemática y empíricamente la génesis y evolución de ese rico y complejo universo que precediera a la sociedad burguesa y marcara su impronta histórica durante siglos.

Si bien es ya de por sí sumamente interesante el análisis y la tan minuciosa como penetrante reconstrucción histórica de la sociedad cortesana que acomete Elias, de los siglos XVI al XVIII, particularmente en Francia, Alemania e Inglaterra, más revelador resulta para el lector adentrarse y familiarizarse a su innovadora metodología sociológica, cuyos aportes para el avance de esa ciencia le sitúan como uno de los sociólogos más destacados de todos los tiempos.

En efecto, las investigaciones de Elias sobresalen por mantener una cuidadosa y armoniosa relación entre teoría y empirismo, sin supeditar a una sobre el otro ni viceversa; tampoco mantiene posiciones dogmáticas, deterministas o monistas que empañan y predisponen el conocimiento. Se aleja, asimismo, de explicaciones historicistas y más bien contribuye a esclarecer el análisis histórico con la imprescindible aportación sociológica a dicha disciplina.

Otra de las aportaciones de Elias es la de despejar mitos o ideas míticas que se
Luis XIV y los miembros de la Academia Francesa de las Ciencias.
Obra de Charles Le Brun.
han dado por verdades en el trabajo científico.

“La idea según la cual la unicidad o irrepetibilidad de los acontecimientos son una nota característica y distintiva de la historia humana (…) va ordinariamente acompañada de otra idea, a tenor de la cual esta ‘irrepetibilidad’ está fundada en la naturaleza del objeto, esto es, en la realidad misma, independientemente de todas las valoraciones de las investigaciones. Sin embargo esto no es así en absoluto.”

Será siempre útil y necesario realizar un análisis suficiente con el fin de distinguir aspectos únicos e individuales de los que son socialmente repetibles en las relaciones históricas, si no queremos caer en simplificaciones o en visiones parciales y por tanto incompletas de la realidad histórica y social que nos proponemos observar y estudiar.

Lo mismo ocurre con el falso dilema entre las dos concepciones que

consideran a la “sociedad” como algo extraindividual o al “individuo” como algo extrasocial. Ambas ideas son ficticias, sostiene Elias. El individuo es inconcebible fuera de cualquier configuración social, y la sociedad, por su parte, inimaginable sin la participación de los individuos. Persona individual y sociedad están indisolublemente imbricados en procesos dinámicos e interdependientes que les dan forma y contenido.

Por ello Elias utiliza el concepto “configuración” para explicar esa situación de interrelación entre individuo y sociedad, en lugar del concepto de “sistema” que por lo general tiende a hacer abstracción de los individuos que lo conforman. Los hombres individuales constituyen conjuntamente configuraciones de diverso tipo, o dicho de otra manera, “las sociedades no son más que configuraciones de hombres interdependientes”.

Así pues, Elias aborda a la sociedad cortesana como la configuración específica que se desarrolló, evolucionó e influyó de forma determinante en Europa aproximadamente entre los siglos XVI y XVII, cuyo paradigma y representación culminante fue la corte francesa de Luis XIV.

A lo largo del libro nos adentramos a un mundo que hoy nos podría parecer
Adam Frans Van der Meulen: Paseo de Luis XIV y
María Teresa delante de Vincennes, 1669.
caprichoso y extravagante, pero que en su momento y circunstancias tenía pleno sentido y estaba perfectamente normado por estrictas reglas de etiqueta y ceremonial que no podían violarse impunemente.

Así, podemos observar
con lujo de detalles las estructuras habitacionales como reflejo exacto de las estructuras sociales, las peculiaridades del complejo entramado cortesano-aristocrático, la etiqueta y el ceremonial observados, las vinculaciones del rey por la etiqueta y las oportunidades de prestigio, la génesis del romanticismo aristocrático, así como otros interesantes aspectos de la sociedad cortesana que el autor aborda en distintos capítulos.

Entre las muchas reflexiones que endereza el autor a través de su extraordinaria obra, podemos rescatar por ahora aquella que refiere que más que las condiciones económicas, sociales o culturales, “…lo que mantiene unidos a los hombres unos con otros en una determinada figura, y lo que hace más duraderos los lazos de tal figura a través de varias generaciones –con ciertos cambios evolutivos-, son tipos específicos de dependencia recíproca de los individuos, o si lo expresamos con un término técnico, interdependencias específicas”.

También nos sorprendemos al constatar que el famoso Rey Sol, a quien se ha caracterizado como el monarca absoluto por excelencia, no era tan absoluto como generalmente se piensa. Y no lo era porque la rígida configuración a la que pertenecía –la sociedad cortesana-, lo tenía atado a una serie de estrictas y complejas reglas, normas y obligaciones que resultaba imposible incumplir. Es más, Luis XIV era el primer obligado a cumplirlas y poner el ejemplo a sus súbditos.

El estricto ceremonial y etiqueta a que estaba compelido el rey se iniciaba desde el momento mismo en que cotidianamente despertaba en sus aposentos: todo un séquito rigurosamente predeterminado conforme a títulos nobiliarios y parentesco con Su Majestad, tenía fijadas determinadas funciones para auxiliar al rey en el ritual de levantarse de la cama, acicalarse, desvestir y vestir y disponerse a iniciar la regia jornada.

Naturalmente, el resto de la enorme corte observaba puntual, atenta y celosamente las normas que según el rango, posición, jerarquía nobiliaria o función en la corte, les correspondían. No está de más señalar la manera en que unos a otros se vigilaban para ponerse en evidencia cuando transgredían el orden establecido. La coacción y la coerción eran instrumentos imprescindibles para mantener la cohesión de la configuración social.

Caer en desgracia del rey, y sufrir por tanto la pena máxima que representaba

ser excluido de la corte y dejar de representar el papel que a cada quien le correspondía, era visto y tenido como un deshonor y una ignominia mayores que la muerte misma.

Por otro lado, resulta interesante, y al mismo tiempo esclarecedor, observar y comparar la escala de valores que movían a los miembros de la sociedad cortesana, por cierto muy distintos de los valores que mueven y articulan la sociedad burguesa-industrial-capitalista de nuestra época.

En todo caso, la investigación de Elias representa una de las cumbres del estudio sociológico contemporáneo, quizá sólo superada por otra de sus obras: El proceso de la civilización que también recomendamos ampliamente, por el doble carácter teórico-empírico con que la acomete, por el fascinante diálogo entre historia y sociología, por la lucidez con que evita dogmatismos, ideas o teorías preconcebidas al abordar los hechos investigados, por su inmensa erudición en los temas tratados y el agudo análisis que prevalece a lo largo del libro.


Nota: Todas las citas entrecomilladas corresponden a la obra reseñada.

Ilustración: Retrato del Rey Sol, Luis XIV, rey de Francia y Navarra, conde de Barcelona, por Hyacinthe Rigaud, circa 1701.

domingo, 18 de julio de 2010

Una historia marítima

San Juan de Ulúa: semilla de discordia.
 Por: Federico Zertuche

Sir Francis Drake
 En memoria de los aguerridos marinos españoles e ingleses del siglo XVI

En 1568 una pequeña flota inglesa dedicada al comercio de esclavos se vio obligada a recalar en San Juan de Ulúa para hacer urgentes reparaciones y provisiones, luego de los estragos sufridos por un huracán en El Caribe. La comandaba John Hawkins y el capitán de la más pequeña embarcación se llamaba Francis Drake quien apenas contaba veintidós años.

Los ingleses fueron abordados por una flotilla española que ahí se encontraba, superior en naves y capacidad bélica. Dadas las circunstancias, los españoles accedieron a las peticiones de Hawkins a fin de reparar sus maltrechas naves para hacerse de nuevo a la mar en situaciones normales, con la condición impuesta de no comerciar y atenerse estrictamente a su cometido mientras eran celosamente vigilados, como buenos enemigos que eran entonces.

Una vez resuelto el apuro, mientras los británicos se aprestaban a hinchar velas fueron sorpresivamente atacados por los españoles que les hundieron un barco, ocasionaron buena cantidad de muertos y heridos y dejaron muy maltrechos al resto que huyó en desbandada como bien pudieron. Hawkins y Drake salvaron naves y pellejo, y luego de penosa travesía Atlántica llegaron por separado a puertos ingleses. Aparte del desgraciado arribo a casa, aquél acusó al segundo de deserción, pero sobre todo a partir de entonces ambos albergaron en sus corazones una fuerte pasión: profundo odio a España y una grande sed de venganza por la afrenta sufrida.

Tal fue en síntesis la versión inglesa de los hechos que todavía hoy repiten hasta reconocidos historiadores, sin embargo, existe otra que no solamente difiere diametralmente de aquélla, sino que podría explicar y aún justificar la supuesta reacción española aludida.

Veamos otra versión, no de un español, a fin de evitar dudas sobre su imparcialidad, sino de un tercero ajeno a disputas, repasemos, pues, el relato de Augusto Thomazi, capitán de navío, miembro de la Academia de la Marina de Francia y reputado historiador marítimo, de la que da cuenta en su obra Las flotas del oro:

Antes de los acontecimientos que nos ocupan, John Hawkins había cobrado merecida fama por su doble condición de tratante de esclavos y de pirata. Su campaña de 1565 contribuyó a ello: “Partió de Plymouth con cuatro naves –una de 800 toneladas armada con veinticuatro piezas de artillería y las otras tres más pequeñas- recaló primero en Guinea donde por la fuerza de las armas se hizo con cuatrocientos negros que distribuyó en sus naves. Luego puso rumbo a América.” (1)

“Un poco al azar –continúa Thomazi- arribó en primer término a Barbada, donde la aparición de su escuadra suscitó, como de costumbre, grandes inquietudes. Había ahí un gobernador que representaba al rey de España, pero que no disponía de soldados ni de naves. Envió a preguntar a los recién llegados cuál era el objeto de su visita.”

“Hawkins respondió que tenía negros para vender y que si los compraban a un precio razonable no cometería ningún desmán en la isla. Dado que los colonos tenían una gran necesidad de mano de obra y que el precio que pedía Hawkins era inferior al de la Casa de Contratación, la operación resultaba beneficiosa para todos… salvo para el Tesoro español. El gobernador, comprometido por las órdenes recibidas de Madrid y tal vez vigilado por algunos de sus subordinados, no podía autorizarlo abiertamente. Tras algunas horas de negociación, se llegó a un acuerdo para salvar las apariencias.”

“Los ingleses desembarcaron doscientos hombres y dos pequeños cañones que abrieron fuego; el gobernador ordenó izar la bandera blanca y aceptó las condiciones secretamente convenidas de antemano: compra de ciento cuarenta esclavos que se pagaría en canela, pimienta, barricas de tabaco y cueros de primera calidad, y reaprovisionamiento completo de los barcos con víveres frescos.”

Desembarcado el último esclavo, la flotilla se dirigió al canal de Bahamas: habían sabido que de Nueva España iba a partir una flota y, cambiando su profesión de negrero por la de pirata, buscaba la ocasión de apropiarse de lo que pudiera.”

“Pero la flota no apareció. Tras quince días de espera, los víveres y el agua se agotaron y Hawkins fue a buscarlos a Florida. Encontró ahí a (unos) hugonotes de Caligny que, inquietos por su aislamiento, le compraron uno de los barcos para estar en condiciones de abandonar el lugar en caso de necesidad. Como ya nada lo retenía en América tomó la ruta de regreso.” (2)

Los resultados de la expedición fueron muy ventajosos para Hawkins, quien con los beneficios de otra exitosa campaña en 1566, reúne los fondos necesarios para armar una nueva flota de no cuatro sino de seis barcos. La propia reina Isabel proporcionó el buque insignia, el Jesús de Lubeck. Los otros barcos estaban todo lo bien armados como lo permitía su tonelaje. Uno de ellos, el Judith, estaba capitaneado por el joven Francis Drake, quien ya era considerado como experto entre los más avezados lobos de mar.

“La expedición comenzó, -sigue relatando Thomazi-, como las precedentes, con una incursión en la costa africana para cargar las naves de esclavos, pero estuvo a punto de acabar mal: Hawkins fue herido por una flecha envenenada y se recobró de milagro. Por suerte se cruzaron con el Gracia de Dios, un barco portugués cargado de esclavos del que se apoderaron sin mayores dificultades.”

“La travesía del Atlántico, dificultada por el mal tiempo, fue larga; cincuenta y cinco días en el curso de los cuales se produjeron pérdidas en la carga. Con todo, llegaron a la Dominica, donde vendieron una parte. Después, de isla en isla y de puerto en puerto, actuando unas veces con diplomacia y otras intimidando, se deshicieron del resto en condiciones satisfactorias. Quedaban, sin embargo, cuarenta esclavos a bordo del Jesús cuando, en las proximidades de Cuba, la flota se vio azotada por un terrible huracán. Una de las naves fue lanzada a la costa y las otras sufrieron grandes averías. El Jesús, la nave más antigua, fue la que más se resintió de la tempestad: quedó desarbolada, perdió el timón y, como hacía agua, hubo de buscar abrigo. El viento le llevó hacia el interior del Golfo de México y, no sin temeridad, Hawkins decidió poner rumbo a San Juan de Ulloa (Ulúa), el puerto de donde partían y a donde arribaban las flotas de Nueva España.”

“Cuando la flotilla inglesa fondeó –sin izar, por prudencia, bandera alguna- encontró ahí numerosos navíos engalanados. Una lancha cargada de altos funcionarios en traje de gala se acercó al Jesús donde estos personajes se encontraron una desagradable sorpresa: lo que esperaban era la flota que debía traer de España al nuevo virrey, don Martín Enríquez, y se encontraban con el temible Juan Aquines (que así llamaban los españoles a John Hawkins), cuya reputación en el mar de las Antillas era de sobra conocida.”

“Por su parte, Hawkins no estaba menos preocupado al ignorar si había barcos de guerra en el puerto. Pero dio pruebas de audacia. Explicó que el mal tiempo le había llevado contra su voluntad desde las costas de África hasta el Nuevo Mundo y juró que sus intensiones eran perfectamente pacíficas. Pidió que se le dejase entrar en el puerto para reparar sus naves y, a fin de garantizar su seguridad, que se permitiera a sus hombres que ocuparan la batería de cañones que defendía el paso. Estas peticiones estaban expresadas en un tono cortés pero firme y apoyadas por la presencia sobre el puente de numerosos hombres armados cuya actitud era un poco amenazadora. Las autoridades cedieron, no pudiendo hacer otra cosa, y los barcos ingleses fueron a ampararse amarrados junto a los galeones españoles.”

“Embarcados ya en ellos o amontonados sobre los muelles se hallaban todos los productos de Nueva España que la flota debía llevarse, desde el oro y la plata de las minas hasta las mercancías más variadas; menos preciosas pero de gran utilidad. Hawkins estuvo tentado de apoderarse de ellas y no hubiera sido muy difícil: había logrado el mayor golpe de su carrera si consideraciones imperiosas no le hubiesen hecho decidirse a abstenerse ya que, con el nuevo virrey llegarían barcos de guerra probablemente más poderosos que los ingleses quienes, en el estado en que se hallaban no podían ni soñar con combatir. Antes que tomar ninguna actitud era preciso reparar las averías.” (3)

“Pero no acababan de ponerse manos a la obra cuando los vigías anunciaron que la flota se aproximaba. Esta vez sí que era ella y no había menos de trece naves armadas. Iban al mando del general Luján. La situación de Hawkins empezaba a ser peligrosa.”

“Jugándose el todo por el todo, tomó como rehenes a varios personajes importantes de la ciudad. A continuación, envió al buque insignia español a uno de sus oficiales, para que informara al virrey del acuerdo convenido –sin decir, claro está, el modo en que se había logrado- y reclamara su cumplimiento. Don Martín Enríquez y el general Luján no creyeron poder excusarse de mantener este compromiso y aceptaron incluso que las naves españolas fondearan en el puerto frente a las inglesas.”

“Sin embargo, nada más entrar hicieron venir refuerzos de Veracruz y tomaron medidas para combatir a los intrusos. Hawkins se dio cuenta enseguida; habiendo invitado a los rehenes a almorzar con él, comprobó que le habían engañado en lo referente a su categoría y que eran gente de condición inferior cuya suerte no preocuparía lo más mínimo al virrey. Temiendo un ataque, tomó la iniciativa sin previo aviso sobre el buque insignia español que, a los pocos instantes empezó a arder y se hundió.” (Las cursivas son mías).

“El general Luján era hombre de valor. Supo arengar a sus hombres y los ingleses tuvieron pronto que luchar denodadamente para defenderse. Los situados en batería de entrada, atacados por la retaguardia, fueron muertos o hechos prisioneros de modo que sus cañones se sumaron a los de la flota española. Bombardeadas a bocajarro por enemigos muy superiores en número, las naves de Hawkins se encontraron de pronto en el mayor desorden, los mástiles rotos, las vergas caídas y los puentes repletos de muertos y heridos. Una de ellas se hundió; tres –entre ellas el Jesús- fue imposible aparejarlas; sólo dos, el Judith, capitaneado por Drake, y el Mignon, a bordo del cual había pasado Hawkins, consiguieron alejarse, aunque en un estado muy lamentable, llevándose la mayor parte de los hombres todavía ilesos.”

“Los españoles se apoderaron de los demás barcos, de su carga, de la vajilla de plata de Hawkins y de los cuarenta negros que no habían sido vendidos. Pero no terminaron ahí los desastres. Mientras Drake en el Judith tomaba la ruta de regreso sin ocuparse demasiado de su compañero, el Mignon sufría numerosas tribulaciones. Fue a fondear a una cala desierta de la costa mexicana para reparar sus averías y resultaron ser tan graves que varios marineros desertaron para no correr el riesgo del viaje. Puesto mal que bien en condiciones de navegar, no tardó menos de tres meses en cruzar el Atlántico. Fue necesaria toda la energía de Hawkins para conducir a Inglaterra aquel barco con vías de agua que las bombas apenas podían achicar, velas hechas jirones y una tripulación reducida a la mitad y casi muerta de inanición. Hacía más de dos años que había partido.”

El capitán de navío e historiador francés, Augusto Thomazi, concluye el episodio de marras así: “El relato que hizo de su aventura (Hawkins) –y que los historiadores ingleses repiten aún-, difiere un poco del que acabamos de hacer a partir de numerosos testimonios que concuerdan. Si lo creyéramos, los virtuosos ingleses fueron atraídos a una emboscada por los pérfidos españoles: ‘Así es la vida y la muerte de los mártires’ señalaba él en su informe. Toda Inglaterra se estremeció en una oleada de indignación; en las iglesias se predicaba la guerra santa contra los arteros papistas que acababan de infligir a la reina y a su pueblo, con una humillación que se resintió duramente, crueles pérdidas humanas, económicas y navales; al negrero Hawkins, nombrado baronet, se le encargó organizar la flota destinada a librar una guerra sin cuartel.” (4)

No obstante la disparidad entre ambas versiones, los ingleses, atenidos a la suya, quedaron a la espera de la ocasión propicia para vengar la derrota sufrida, pues, comparada con su rival, Inglaterra era entonces pobre y poco poderosa para emprender un acción militar que subsanase el agravio. Hawkins y Drake siguieron sus respectivas carreras sin perder tiempo ni ahínco para el objetivo que se habían propuesto.

Hawkins llegó a ser tesorero de la reina y en tal posición se empeña en el diseño y construcción de nuevas naves de guerra que a la postre revolucionarían el arte de la navegación.

Por su parte, Drake quien ya había aclarado el equívoco con su antiguo comandante, continúa progresando en su oficio de capitán de navío al que enaltece gracias a una serie de reformas que impulsó, la principal de las cuales consistió en que se diese el mando absoluto de las naves a un capitán marinero, pues hasta entonces, como ocurría en España y en otros reinos, las flotas y barcos individuales eran comandados por militares o gentlemen que nada tenían de marinos e imponían éstos la férrea y medieval jerarquía social de los hombres de tierra que no correspondía en el mar. Como capitán, Drake fue pionero al tener el mando absoluto de su nave. Así, mientras Hawkins diseñaba un nuevo tipo de nave (el galeón inglés de línea), Drake reformó la manera de comandarla.

Adicionalmente, de manera no oficial pero sí oficiosa, Drake emprende sus célebres o condenables correrías, según sean vistas por uno u otro bando, por distintos mares ejerciendo el dudoso y romántico oficio de la piratería a costa de los tributos y exacciones obtenidos por la Corona española. En una espectacular acción logra apoderarse de los arsenales de Cádiz y destruirlos para luego huir sin mayor problema. Es cuando se convierte en leyenda viva, personaje principal de la corte y favorito de Isabel I, a quien surte con abundancia sus arcas.

Irritado por las pérdidas sufridas y la afrenta que significaba la piratería tolerada e impulsada soterradamente por la soberana de un reino con el que mantenía relaciones diplomáticas, el monarca más poderoso de la Tierra en cuyos dominios no se ponía el Sol, decidió acabar con tamaña audacia e imponer ejemplar escarmiento a la temeraria como insolente Albión que pérfidamente osaba desafiar al Imperio; perfecta excusa, además, para retomar viejos anhelos de conquista de un reino al que se creía con derechos sucesorios desde su matrimonio con María I Tudor, antecesora de su media hermana, Isabel I, que infructuosamente tratara de restaurar el catolicismo en Inglaterra y a quien por la represión ordenada contra los protestantes fuera motejada como Bloody Mary.

A tal efecto Felipe II emprende una inusitada carrera para el acopio y construcción de navíos de guerra, a la usanza de entonces: enormes galeones fortificados con pesados castillos de proa y de popa, provistos de largas hileras de cañones a babor y a estribor.

Esas poderosas máquinas de guerra eran capaces de expulsar a la vez una tupida lluvia de municiones, granadas, balas, pedacería de hierro y hasta piedras, desde sus numerosos y potentes cañones que hacían añicos a las enemigas naves y a sus tripulantes, muchos de los cuales eran mortalmente heridos y mutilados por las astillas que como violentas saetas volaban al impacto de los proyectiles. Eran barcos extraordinarios para el abordaje, aunque lentos para maniobrar con rapidez cuando lo exigían las circunstancias debido a su enorme tamaño y diseño. No obstante, dominaron los mares durante décadas.

Enterados los ingleses del febril trabajo en los astilleros españoles y de otras naciones que recibieran cuantiosos encargos de Felipe, empeñado en conformar La Armada Invencible destinada a llevar a cabo la acción punitiva de mayor envergadura jamás emprendida contra nación alguna y que implicaba la conquista del reino inglés, aceleraron sus respectivos aprestos y preparativos celosamente encubiertos en sus astilleros. Quizá fue la primera gran carrera de construcción naval que, en tamaña escala, hayan emprendido dos naciones para hacerse la guerra.

La Armada, la más grande flota de la historia marítima hasta entonces (s. XVI), al mando del duque de Medina Sidonia, don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, Capitán General de Alta Mar y comandante en Jefe, contaba con ciento treinta naves sumadas al buque-insignia San Martín, compuesta por galeones, galeotes, urcas, naos, pataches y zabras. Los marinos, militares y remeros sentenciados a galeras, sumaban cerca de 30 mil efectivos. Aparte de las armas de los soldados (arcabuces, mosquetes, artillería y armas blancas), la flota contaba con 2,431 cañones de diverso calibre y 123,790 tiros de munición de fierro o de piedra.

Se requirieron 11 mil barriles de agua, 14 mil de vino, 11 millones de libras de harinas para panecillos, 600 mil libras de manteca de cerdo, 800 mil de queso e igual cantidad de arroz, 18 mil sacos de frijoles y otros tantos de arvejas (chícharos), 40 mil galones de aceite de oliva y 80 mil de vinagre, en total y conforme a cálculos, suficiente comida y bebida para seis meses.

Entre hombres de tierra había 146 nobles caballeros que implicaban costos y camarotes privados, 238 oficiales libres y 728 sirvientes, 167 artilleros, 180 sacerdotes de los cuales 6 eran cirujanos y 6 doctores que junto con otros sumaban 62 elementos médicos. Aparte de españoles, La Armada contaba con 4,000 efectivos entre portugueses, italianos, alemanes y flamencos, así como cientos de irlandeses e incluso ingleses. El costo total de la empresa fue calculado en 7 millones de ducados.

La Armada fue reunida en Lisboa, capital del virreinato de Portugal, anexado siete años antes a los inmensos dominios de Felipe II. De ahí partió a su destino luego de singular ceremonia presidida por el Cardenal-virrey de Portugal y por el comandante en Jefe de la flota, con la notoria ausencia del rey.

Valgan algunas referencias sobre el comandante en Jefe, don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno: séptimo duque de Medina Sidonia, titular del más antiguo ducado del reino, Grande de España, y uno de los hombres más ricos de Europa, poseía vastas y hermosas tierras cercanas a Cádiz dedicadas entre otras cosas a la producción de los famosos vinos de jerez (sherry) tan apetecidos por los ingleses, quien residía en un modesto palacio propiedad de la familia desde 1297 (que todavía hoy habitan sus descendientes) cercano a la fortaleza de San Lúcar de Barrameda.

De naturaleza pacífica y bondadosa, el duque amaba y disfrutaba de sus heredades y quehaceres que exigían más que cualquier otra cosa en el mundo. No tenía ni quería que ver con asuntos que implicaran violencia, como la guerra, de la que carecía de experiencia alguna; de la marina, ni hablar, el mar le producía mareos y le enfermaba. Por entonces pasaba por un mal momento económico, pues sus deudas que ascendían a 900 mil ducados (cantidad astronómica para la época), le tenían en serios apuros.

Pero entonces, ¿qué hacía Medina Sidonia en Lisboa como comandante en Jefe de La Armada Invencible? Dos meses antes de la lisboeta ceremonia, el duque recibió una carta del secretario del rey, don Juan de Idiáquez, en la que le informaba que el entonces comandante en Jefe de La Armada, don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, estaba agonizando. Aunque no le ofrecía directamente el puesto, le informaba que Felipe II lo había nombrado Capitán General de Alta Mar.

Angustiado por una dignidad que no sabía ni podía honrar dadas sus limitaciones en tales artes, escribe una larga misiva a su soberano rogándole lo exima y excuse de tamaña responsabilidad que excedía, con mucho, sus capacidades, amén que por la situación que atravesaba, su bolsillo no alcanzaba a financiar lo que correspondía en semejantes casos. “Así que, Señor, -escribe el duque- por el interés en el servicio a Su Majestad, y por el amor que le abrigo, expongo a usted […] que yo no poseo ni aptitud, capacidad, salud o fortuna para tal expedición. La falta de cualquiera de esas cualidades sería suficiente para excusarme, y mucho más, la falta de todas ellas, lo que es mi caso presente.”

El duque concluía su carta con un énfasis que ningún hombre osaba tenerse ya que constituía un desafío a su rey: “Esto es todo lo que puedo responder. He escrito con toda franqueza y verdad, lo que es mi deber; y no tengo duda que Su Majestad en su magnanimidad me hará el favor que humildemente suplico de no confiarme una tarea en la que ciertamente no tendré éxito; por no entenderla, por conocer nada de ella, no gozar de salud y no tener dinero para sufragar los gastos.”(5) (Traducción libre del inglés por el autor de este ensayo).

En todo caso, la decisión estaba tomada y el rey no estaba acostumbrado a que sus nombramientos fuesen rechazados, al tiempo que era un hombre que nunca admitía estar equivocado. La razón por la que Flipe se empeñó en nombrarlo comandante en Jefe fue simplemente porque era duque. Una gran flota real sólo podía ser comandada por un prominente aristócrata. Exactamente por la misma razón, Isabel nombró a Lord Howard of Effingham para comandar la suya. El moribundo comandante Santa Cruz, no obstante que era el más famoso marino de España, artífice principal de la victoria de Lepanto, era ante todo marqués.

No obstante, el propio Flipe II envió carta personal de respuesta a Medina Sidonia en la que, entre otras cosas, le instaba a aceptar la encomienda diciéndole que el duque no tenía de qué preocuparse ya que la empresa estaba enteramente dedicada al servicio de Dios. Dios le apoyaría y, por lo tanto, no podría fallar. Una vez leída la regia y piadosa misiva, no le quedó más remedio que dirigirse a Lisboa acompañado de 22 nobles caballeros y de 40 sirvientes.

En su brillante estudio y bello relato The Voyage of The Armada, el historiador inglés David Howarth, quien por cierto suscribe los hechos de San Juan de Ulúa según la versión inglesa, sin entrar en mayores descripciones e incluso incurriendo en errores como situar aquél fuerte en Honduras, señala con agudeza que para la mentalidad de nuestro siglo, tales regias opiniones (la carta de Felipe) pueden parecernos fanáticas, dogmáticas, santurronas, ilógicas y desesperadamente confusas, pero el caso es que eran sinceras.(6) En la mente de Felipe, la mezcla de pensamiento militar y religioso constituía un indisoluble embrollo. El Dios que concebía tenía los vicios y ambiciones de un tirano de esta Tierra, lo que siempre ha sido filosóficamente imposible, sentencia Howarth.

Parafraseando y traduciendo a éste historiador: en todos sus problemas como gobernante, ¿cómo podía distinguir entre su propia voluntad y la voluntad de Dios que casi siempre se parecía a la suya? (A la de Felipe II). Nunca podría y nuca lo hizo. En casi todos sus proyectos, él explicaba que seguía los designios de Dios, y si ocurría la feliz coincidencia de que los propósitos de Dios trajeran como resultado el incremento de su poder, cuánto que mejor. Inevitablemente los asuntos religiosos y militares estaban mezclados en su mente y en la de casi todos los españoles de su época.

Ello explica porqué Felipe era la Más Católica Majestad. El creía que fue designado por Dios para defender la verdad contra infieles y herejes. Mientras el Papa era el Vicario de Cristo, Felipe era sus propios ojos, el Campeón de Dios, igual al Papa en función de designios divinos, mientras Europa se escindía conforme a las lealtades y respectivas fobias en torno a la Reforma y la Contrarreforma. Adalid de ésta última fue hasta su muerte. Tal mutación histórica de la Cristiandad europea, signada por la modernidad y la tradición, traería consecuencias inevitables en la constitución, manera de ser y de proyectarse en las dos Américas: la anglosajona y la ibérica.

Pero retomemos el hilo de la historia. El rey, inamovible en El Escorial, nunca vio a su Armada o a su ejército, tampoco a sus comandantes y éstos nunca tuvieron contacto entre sí. Felipe giraba órdenes y despachos por escrito, regía el mundo y los destinos más dispares, complejos y alejados a través de una estructura endemoniadamente burocrática y centralista. No delegaba en subalternos más que asuntos secundarios y de menor importancia.

Quizá ahí radica la razón intrínseca del fracaso de La Armada: el rey creía que él solo podía organizar una enorme operación de guerra sin estudiarla plenamente, sin consultar a casi nadie, sin consejo alguno ni de sus propios comandantes para decidir y emprender tamaña aventura. Tampoco entendía de navegación y nunca abordó una nave excepto como pasajero.

Felipe se atenía a la Divina Providencia y a los informes y órdenes que recibía de y giraba a sus tres principales operadores de la empresa: el marqués de Santa Cruz, al mando de la flota; Alejandro Farnesio, duque de Parma, sobrino de Felipe y comandante del ejército en Flandes, y un conspicuo personaje: don Bernardino de Mendoza, embajador en París y ex Embajador en Londres de dónde había sido ignominiosamente expulsado por instigar un atentado contra la reina Isabel. En París, Mendoza operaba una portentosa red de espionaje que reclutaba hasta dobles espías, prominentes informantes como el propio embajador inglés en esa corte, sir Edward Stafford, y montaba intrincadas campañas de desinformación; en todo caso, un personaje digno de una novela de John Le Carré.

No obstante o a pesar de dicha red, Felipe estaba mal informado y tenía una percepción errónea de la situación. Adicionalmente, señala Howarth en la obra referida, quizá ningún monarca dispuesto a emprender una guerra haya estado tan equivocado sobre sus enemigos: El rey estaba predispuesto a creer que los protestantes ingleses eran un minoría opresora; que la mayoría eran católicos dispuestos a apoyar a su Armada; y finalmente, el mayor error de todos: que Inglaterra le daría la bienvenida como rey o en su defecto, a su hija la Infanta Isabel, como reina.

Con ese telón de fondo, parte de Lisboa La Armada Invencible el 30 de mayo del Anno Domine de 1588.

Las órdenes del rey estipulaban que debería dirigirse directamente al canal de la Mancha vía el cabo de Finisterre y La Coruña para encontrarse en tierras inglesas, en Margate, con el duque de Parma que con 17 mil hombres de sus Tercios de Flandes cruzarían el Canal desde los Países Bajos donde estarían apostados. Apoyados los Tercios por 48 cañones de asedio que sobre carros transportaba La Armada, terminarían con toda resistencia inglesa que, según cálculos, no contaba con capacidad alguna de aguante ni estrategia de defensa. Adicionalmente, los consejeros de Isabel decidieron concentrar su ejército en Essex y no en Margate, que era el lugar idóneo. Todo estaba a favor de España, solo era necesario llegar a la costa.

Sin embargo, a los dos días un fuerte viento norte-nordeste provocó que La Armada quedara clavada por cuatro días en Finisterre sin poder avanzar. Entonces Medina Sidonia ordenó la arribada forzosa a La Coruña donde sólo entraron parte de los barcos; el resto se dispersó por varios puertos de Galicia. Recalaron ahí por un mes; hasta que recibieron dos escuadras que sin conocer la orden habían seguido el viaje hasta el canal de la Mancha, donde llegaron a divisar la escuadra enemiga, y al verse solas, regresaron. El 21 de julio La Armada se hizo de nuevo a la mar sabiendo que el enemigo esperaba.

El 30 de julio La Armada entra por el Canal en formación de inmensa media luna. Al día siguiente surgió a la retaguardia la escuadra británica al mando de lord Howard de Effingham a bordo del buque-insignia Ark Royal, junto con Francis Drake, vicealmirante y su subordinado más famoso, al mando del Revenge (Venganza), así como de John Hawkins, contralmirante y capitán del Victory.

Medina Sidonia se negó a forzar el desembarco en Plymouth, como le aconsejaron sus asesores, “[…] y cuando el enemigo se había colocado detrás en una maniobra fantástica, le plantó cara con sus barcos nuevamente en media luna después de una virada magistral.”(7) La formación hacía casi inexpugnable a La Armada. Los ingleses contaban con treinta naves más, desprovistas del pesado castillo de proa y reducido el de popa las hacía más ligeras y rápidas, amén de su artillería móvil y de mayor alcance. Medina Sidonia se inclinaba por el abordaje para el que sus galeones ofrecían ventaja. Effingham prefería combatir de escuadra a escuadra, como un marino.

“En el primer encuentro, la división de (Pedro de) Leiva, (favorito del rey, brillante y popular comandante), que cerraba el saliente norte de España (de la media luna), resistió briosamente la acometida del navío del almirante inglés, el Ark Royal, que con sus escoltas venía a favor del viento, pero evitaba cuidadosamente la excesiva proximidad a los garfios españoles. Frustrados en su primera ofensiva, los ingleses se retiraron.”(8) (Los paréntesis son míos).

Medina Sidonia ordenó a su flota dirigirse hacia Calais, plaza en poder de Francia que abrió sus repletos almacenes a los españoles. En el trayecto, Drake logró apoderarse del Rosario al mando de Francisco de Valdés. La idea era encontrarse con el duque de Parma que había reunido a su Tercios y a una flotilla ligera de transporte muy cerca de ahí, en Dunkerque, mientras los ingleses se situaron cerca de Calais para impedir la salida de los españoles. Una de las instrucciones del rey se había cumplido: enlazar La Armada con el ejército de Parma.

El duque Farnesio respondió al emisario de Medina Sidonia que sus tropas de asalto estarían dispuestas a zarpar en seis días, pero antes La Armada tendría que anular a la escuadra inglesa para proteger luego la travesía del Canal frente a 40 naves holandesas que vigilaban ante Dunkerque y Ostende para impedir la operación. De tal forma, el combate naval en batalla frontal era inevitable. Lo que lo evitó no fueron los hombres sino la naturaleza aprovechada por un genial ardid de Drake:

La tarde del 7 de agosto una fuerte brisa de mar y una intensa marea fueron utilizadas por los ingleses para enviar unas barcazas de 150 toneladas bien recubiertas y cargadas con toneles de pez y brea. Remolcadas por chalupas y luego abandonadas al viento se dirigieron incendiadas hacia la flota española. Esos moles flotantes de fuego desconcertaron a los españoles y rompieron su formación al levar anclas justo cuando las condiciones no lo recomendaban, así que los fuertes vientos, la marejada y la tormenta que crecían dispersaron la flota en total desconcierto, muchos barcos chocaron entre sí y otros cayeron ante el graneado cañoneo inglés.

Lo que siguió, es también conocido. En todo caso, el duque de Medina Sidonia llegó a España sólo con once naves, salvándose en total setenta y cinco. Dos tercios de los marinos perecieron. Para los fines de nuestra historia, lo cierto fue que Hawkins y Drake lograron cumplir con creces su mayor anhelo vital: vengar la antigua derrota de San Juan de Ulúa.

Sir John Hawkins

A partir de entonces, España inicia una larga etapa de decadencia que culmina con la pérdida de su hegemonía marítima; por su parte, Inglaterra se vuelve Regina maris durante casi tres centurias.



Ficha técnica: La ilustración aparecida arriba a la derecha corresponde a la obra Derrota de la Armada Invencible, óleo sobre tela de Philippe-Jacques Loutherbourg, circa 1796. (Para ampliarla, haga click encima).
  
Felipe II, por Tiziano


Notas bibliográficas

(1) Thomazi, Augusto, Las flotas del oro, Torre de la Botica, Editorial Swan, Madrid 1985. Pág. 75
(2) Thomazi, Augusto, Opus cit.. Págs. 75 y siguientes.
(3) Thomazi, Augusto, Ibidem.
(4) Thomazi, Augusto, Ibidem.
(5) Carta citada por Howarth, David, The Voyage of the Armada –The spanish story- Penguin Books, New York, N.Y., 1987. Págs. 24-25.
(6) Howarth, David, Opus cit, Págs, 31-32
(7) de la Cierva, Ricardo, Yo, Felipe II –Las confesiones del Rey al doctor Francisco Terrones-“, Planeta, Barcelona 1991.

(8) De la Cierva, Ricardo, Opus cit.

jueves, 8 de julio de 2010

Beato de Liébana





Gran suceso editorial e iconográfico del siglo VIII
Por: Federico Zertuche

En el anno domini 711 un ejército comandado por Táriq ibn Ziyad cruza el estrecho llamado actualmente de Gibraltar iniciando así la dominación musulmana de la península Ibérica que duraría ochocientos años. Hasta entonces reinaba intermitentemente la dinastía visigoda convertida al cristianismo a partir de Teodosio el Grande en el año 380.

A través del estrecho llamado a partir de entonces Gibraltar, antes las columnas Melkart por los fenicios, las columnas de Heracles por los griegos, o columnas de Hércules, el nombre romano de Heracles, desde ahí los musulmanes ocupan y expanden rápidamente su dominación en virtud de la enorme debilidad interna debida a desgastantes guerras de sucesión entre los pretendientes visigodos, así como a epidemias y hambrunas que asolaron a la población, y a constantes incursiones de los francos. En sólo tres años la península fue ocupada con excepción de la Cordillera Cantábrica, donde se levantan los Picos de Europa.

Como consecuencia de la represión musulmana contra la práctica de los ritos y demás ceremonias cristianas, así como por la dominación política y militar ejercida en los territorios conquistados, muchos católicos buscan refugio en la región Cantábrica, donde un excepcional y carismático líder, don Pelayo, se hace nombrar jefe de los rebeldes. Luego de una famosa batalla ocurrida en Covadonga, en la que Pelayo extermina a un ejército de berberiscos y árabes enviado para acabar con la resistencia cristiana, nace el reino de Asturias con don Pelayo como primer soberano y adalid de la causa católica.


Monasterio de Liébana
Es en dicha región donde un monje del Monasterio de San Martín de Turiento, situado en las estribaciones de los Picos de Europa de la comarca de Liébana, en Cantabria, llamado Beato, e inmortalizado como Beato de Liébana, concluye en el 776 un libro que le hará célebre y tendrá una influencia decisiva por cerca de cinco siglos: Comentarios al Apocalipsis de San Juan.

Desde luego, el libro fue elaborado a la usanza de entonces, en el scriptorium del Monasterio: a mano, utilizando diversas tintas, plumas y pinceles con que imprimían estilizadas caligrafías sobre pergamino para relatar la historia, en este caso el Apocalipsis y los comentarios, que intercala con artísticas ilustraciones, dibujos y pinturas en miniatura a fin de recrear el relato; luego, los folios se encuadernaban y se empastaban con finas y resistentes pieles, dando como resultado una auténtica joya bibliográfica e iconográfica como efectivamente fue el caso del Beato de Liébana: una gran obra de arte.

Ahora bien, el libro adquirió inmediata fama y repercusión debido al contexto histórico en el que fue escrito y que brevemente hemos relatado. El Beato lo hizo con deliberado propósito no sólo religioso sino social y político, a fin de estimular la cohesión de los naturales en torno a los valores, principios y religión cristianos en su lucha contra el invasor infiel, enemigo de su religión y en una palabra de su Dios, identificándolo con la Bestia y el Anticristo apocalípticos; la Babilonia del Apocalipsis -La gran ramera- sería ahora Córdoba, y a los fieles se prometía el regreso de Cristo (la Parusía) quien derrotaría al enemigo, celebraría el Juicio Final e instaurará por siempre el reino de Cristo en la Tierra.


Como sabemos, en ese tiempo se identificó a Santiago (“matamoros”) como santo patrono de los cristianos ibéricos, a donde según la tradición entonces iniciada el Apóstol llegó, predicó y evangelizó a Hispania; incluso se identificó a Compostela (Campo de Estrella) como el sitito a donde se llevaron desde Mérida sus reliquias que desde entonces reposan en la Catedral de Santiago de Compostela. Santiago era hermano de San Juan, el autor del Apocalipsis, ambos hijos de Zebedeo.

Por otra parte, el Beato de Liébana inicia una abierta polémica con el arzobispo de Toledo, Elipando, quien sostenía que Cristo no era hijo de Dios sino que fue adoptado, argumento conocido como la herejía adopcionista, y que resultaba favorable a los intereses políticos de los musulmanes pues así Cristo era rebajado a mero profeta. Por cierto, Elipando era tolerado y controlado por los jefes islámicos.

La polémica del Beato de Liébana con el arzobispo de Toledo tuvo gran repercusión en la época a grado tal que Alcuino de York y el emperador Carlomagno, así como el Papa, se pusieron al lado del Beato a quien respaldaron resueltamente. En el 791 el rey asturiano Alfonso II El Casto traslada la capital del reino a Oviedo y poco después se inicia la Reconquista. Se puede decir que es en tal contexto cuando surge el germen de la identidad española.

En todo caso, el libro del Beato sobre los Comentarios del Apocalipsis tuvo desde un principio esa impronta religiosa, social y política, además, desde luego, de un inmediato reconocimiento por su enorme valor estético, bibliográfico e iconográfico, a grado tal que al poco tiempo fue reformado redactándose una versión definitiva y a partir de entonces fue copiado en muchas ocasiones elaborándose nuevas versiones por diversos autores de otros monasterios en cuyos scriptorium editaron durante los siglos X y XI los otros Beatos, como se conocen a los ejemplares que toman como canon y modelo al de Liébana.


Uno de los más bellos códices sobre los Comentarios al Apocalipsis del Beato de Liébana es sin duda el Beato de Fernando I y Sancha, elaborado por el monje y amanuense Facundus quien lo terminara en el año 1047, por encargo del conde de Castilla y rey asturleonés Fernando I y de su esposa la reina Sancha. Esto acontecía justo alrededor del año mil, del Milenio y las prédicas milenaristas. Sobre éste códice, Umberto Eco afirma que “Sus fastuosas imágenes han dado lugar al mayor acontecimiento iconográfico de la historia de la humanidad”. Sin ninguna duda podemos afirmar que en gran medida el conocimiento y divulgación en la actualidad del Beato de Fernando I y Sancha, y de los "Beatos" en general, se lo debemos a don Manuel Moleiro y su fecunda labor a través de M. Molerio Editor. 

Notas iconográficas
Las ilustraciones que aparecen arriba, La Gran Teofanía (con los dos ángeles encima y el círculo en medio del cual aparece el cordero divino) y Siega, vendimia y lagar de la ira de Dios, corresponden al códice Beato de Fernando I y Sancha, elaborado por el amanuense Facundus y concluido en 1047, por encargo del conde de Castilla y rey asturleonés Fernando I y su esposa la reina Sancha. Imágenes tomadas de M. Molerio Editor.


Los cuatro jinetes del Apocalipsis

En la entrega anterior titulada Escatología, Apocalipsis y Milenarismo, se insertó la ilustración Los cuatro jinetes del apocalipsis, que corresponde a la misma obra.

Para ampliar y apreciar mejor las imágenes haga clic encima de ellas.

Sobre La Gran Teofanía se reproduce la siguiente Nota:

"La gran Teofanía se continúa con esta miniatura del Beato de Facundo (folio 117 reverso, formato 300 x 245 mm., diámetro del círculo 215 mm.) que une dos pasajes del texto en una única imagen (Apoc. IV 2 y 6b-8a, así como V 6a y 8) para constituir la visión del Cordero místico." Pero el ilustrador se toma libertades con el texto. Así los cuatro Seres del Tetramorfos, que simbolizan a los cuatro Evangelistas (llevan cada uno un libro) no lleva cada una seis alas, sino un solo par, cubierta de ojos; por otra parte, están encima de una especie de disco inspirado en las famosas ruedas del carro de Yahvé, en Ezequiel (I 15), según una fórmula muy antigua que es frecuente en la iconografía del Tetramorfos. En cuanto a los Veinticuatro Sabios, se reducen a doce solamente, que realizan las acciones descritas (Apoc. V 8): cuatro de ellos "se arrodillan", otros cuatro "tienen cítaras" (siempre de tipo árabe), y los cuatro últimos tienen en su mano "copas de oro llenas de perfumes". En el centro, finalmente el Cordero, portador de la cruz asturiana está en posesión de un relicario que simboliza el Arca de la Alianza. Sobre el círculo figura la puerta abierta al cielo, un arco en herradura contiene el trono divino (Apoc. IV 2) "con el Que se sienta sobre este trono"La síntesis de los pasajes IV-4 y V-2 del Apocalipsis es muy frecuente. Se la encuentra incluso en a los folios 121v y 122 del Beatus de Saint Sever. Tomado de M. Moleiro Editor.

De la otra ilustración, Siega, vendimia y lagar de la ira de Dios, reproduzco esta nota de M. Molerio Editor, que bien vale la pena leer a fin de adentrarnos mejor a este maravilloso universo iconográfico de hace mil años:

"Cualquiera que lea el texto del Apocalipsis ve claro que anuncia alegóricamente un enorme castigo divino. De hecho, es un anuncio previo del Juicio Final. Pero, quien vea la miniatura a que da lugar, se lleva una sorpresa, porque en ningún momento se tiene tal tensa sensación, sino, por el contrario, creemos que estamos ante escenas de la vida cotidiana rural, controladas o protegidas desde lo alto. Quienes siegan la mies, cortan los racimos de la vid y prensan las uvas son personas comunes, campesinos, con la ayuda, en el último trabajo, de algún animal.


Realmente se nos presentan ciertas faenas del campo similares a las que se ven en los mensarios contemporáneos, en manuscritos y, poco después, portadas esculpidas. Es tan claro el sentido del texto que ni aun Beato, tan dado a la especulación espiritual, intenta otra exégesis. La nube blanca es la Iglesia que refulge en la claridad de su paciencia. El hijo del hombre es Cristo, señor de su iglesia. Su corona son los ancianos y la hoz, el poder de su maldición. El ángel que grita anuncia la predicación. La Iglesia desea el día del Juicio y lo recuerda a Dios. En la siega y vendimia se alude al pueblo que, por no haber hecho penitencia, será arrojado a la gehenna. El vendimiador será el propio Jesucristo. Si se dice que el lagar ha de estar fuera de la ciudad es porque ésta es la Iglesia. En el día del Juicio la sangre alcanzará a todos, llegará a las cuatro partes del mundo.

En la imagen destaca la capacidad de ordenar la superficie que poseen los miniaturistas tanto como la sensibilidad cromática que les lleva a combinar los colores de un modo inédito en la zona superios, donde se manifiestan todos los ángeles y Jesucristo. La nube es casi completamente blanca y cándida, y el ángel va tocado con una corona sin precedentes. Porta la mayor hoz de las varias que se ven. En el piso intermedio se desarrollan las labores de siega y vendimia, como trabajos rurales cotidianos, siendo en cada caso dos personajes los que llevan a cabo las faenas rurales, armados de las correspondientes hoces."

-En seguida reproduzco una relación de los Beatos que se conservan actualmente tomada de Arteguías.com


Los Beatos "Mozárabes" del siglo X
Los beatos conservados son 27 y de ellos 24 conservan miniaturas. Son libros que van del siglo X al XIII. Los más antiguos se consideran prerrománicos por haberse realizado en los siglos X y XI y posteriormente su estilo evoluciona al románico pleno (siglos XII y XIII).
Concretamente hay:· Ocho del siglo X· Seis del XI· Nueve del XII· Dos del XIII· Una hoja suelta de Silos. Siglo IX· Una en la colección Ryland (Mánchester) S XIII

Antes de seguir, hemos de aclarar que respetamos la denominación "mozárabe" por tradición y porque así se encuentra en la mayoría de las fuentes, pero como indica el Profesor Yarza es completamente falso que los beatos fueran obras de artistas mozárabes, sino que están realizados en los monasterios del reino leonés (León, Zamora, Palencia...) eso sí, en el periodo del arte prerrománico que se suele denominar mozárabe (siglos X y XI hasta la llegada del románico) desde que apareciera tal denominación artística en los estudios y publicaciones de Manuel Gómez Moreno.

Las miniaturas de todos los beatos hacen referencia al propio Apocalipsis, no a los Comentarios, por lo que se cree que se copiaron en los beatos a partir de un libro visigodo del texto juanino. Éste sería el prototipo de los que los demás descienden. Después son varias las ramas estilísticas, pero no iconográficas, en que ese primer prototipo se halla diversificado.

Aunque en cada copia de beato se manifiesta la genialidad de su artífice y las modas de cada época, su iconografía permanece rígidamente invariable. Esta repetición hubiera sido imposible sin la sujeción a un solo prototipo. En frase de J. Camón Aznar:Estas ilustraciones nos describen momentos únicos caprichosamente compuestos, uniendo temas que no están juntos en el texto y que a veces sólo por aventuradas y vagas referencias es posible unirlos en la misma ilustración. Y, sin embargo, los miniaturistas no se permiten ninguna alteración ni ninguna libertad que modifique la iconografía inconmovible.
Esa unidad iconográfica permite afirmar que, en el siglo X, ninguno de los Beatos que conocemos -frente a la tesis de Gómez Moreno, que coloca como inicial al de Magius- pudo ser utilizado como prototipo. Es difícil determinar la época del original. Desde luego puede afirmarse que es cercano al siglo VIII, o al IX, y quizá formado por iconografías procedentes de diversas fuentes.


La peculiar y misteriosa estética de estas miniaturas mozárabes siempre ha magnetizado a quienes las han visualizado. Lo fundamental de estas miniaturas es la expresividad del dibujo mediante una alineación firme, con rayas que llevan en sí una intención expresiva. Su desarrollo es plano, hierático, carente de claroscuros y perspectivas espaciales, de intenso color, etc. Todo ello colabora en generar una gran expresividad y dramatismo.

Las figuras se colocan escalonadamente. La figura humana queda supeditada a los ropajes y son resaltados (como ocurrirá en el románico) los ojos y manos para intensificar la tensión espiritual.

Los fondos son de gran intensidad cromática representando paisajes idílicos o dividido en varias fajas de diferentes colores, fuertes y llameantes.

Algunas de las escenas que recogen los diferentes beatos son: el Arca de Noé, Noé con su familia y la paloma que le trae la rama de olivo, las siete Iglesias de Asia, la aparición del Cordero a los Justos, escenas de los Apóstoles, el Cordero rodeado por el Tetramorfos y la Jerusalén celestial con sus 12 puertas de arcos de herradura.


El Beato Magio o de San Miguel de Escalada o Morgan El Beato Magio o Morgan es el más antiguo conocido pues data del año 926 (para Camón Aznar: 958) y lo realizó el monje Magio o Magius en el monasterio mozárabe leonés de San Miguel de Escalada, de ahí que se conozca como el "Beato Magio".Este Beato se encuentra actualmente en la Biblioteca Morgan de Nueva York.

El Beato Primero de la Biblioteca NacionalBeato escrito en el Monasterio de San Millán en la primera mitad del siglo X. Conserva tan solo 27 miniaturas con fuerte influencia musulmana.

El Beato de El Escorial se encuentra en la Biblioteca del Monasterio de El Escorial. Se cree escrito en el Monasterio de San Millán.Fue realizado en la segunda mitad del siglo X. Conserva 52 ilustraciones.

El Beato de Tábara (año 970) es un códice de 168 folios y sólo nueve miniaturas del centenar que poseía. Actualmente se encuentra en el Archivo Nacional de Madrid.Se cree que se le añadieron dos folios procedentes de otro Beato: el del Monasterio de San Salvador de Tábara de donde toma su nombre.Destaca el dibujo de la Torre de Tábara en la que están representados el scriptorium del Monasterio de San Salvador, los calígrafos y los miniaturistas (Senior, Emeterio y un ayudante).Comenzó la obra el maestro Magius, pero al fallecer éste, se hizo cargo de ella su discípulo Emeterio y la monja Eude.

El famosísimo Beato de Gerona (970) fue realizado por el monje Emeterio y la monja Eude en el siglo X. Tiene 568 folios escritos a dos columnas y 114 miniaturas (algunas de ellas a toda una página e incluso doble página).Por tanto, es el beato con más ilustraciones conservado.Fue donado a la Catedral de Gerona en 1078. Se cree que su origen es leonés y que posiblemente se llevó a cabo en el Monasterio de Tábara, en la provincia de Zamora.

Beato de Valcavado. Beato conservado en la Biblioteca del Colegio de Santa Cruz de la Universidad de Valladolid. Fue compuesto, a instancia del abad Sempronio del monasterio de Santa María de Valcavado (Palencia), por un monje llamado Oveco en el año 970.El manuscrito consta en la actualidad de 230 folios (han desaparecido 14 folios y es muy probable que sean suyos los cinco folios con las genealogías conservados en la Biblioteca Nacional de Madrid).La escritura es la redonda visigótica. En la actualidad consta de 87 miniaturas, algunas en doble folio y otras a folio completo. Pertenecen al estilo de la escuela leonesa iniciada por Magio.

Beato de Seo de Urgell. Beato guardado en Museo Diocesano de Urgell de origen leonés (Monasterio de San Salvador de Tábara).El códice está compuesto en la actualidad por 239 folios, siete folios numerados en romano y 232 en árabe, y miden 398 x 270 mm. La escritura que emplea es la llamada visigótica redonda en dos columnas. Es obra de Senior terminado en el año 975. Tiene 114 miniaturas, algunas ocupando dos folios.

Los Beatos "Mozárabes" del siglo XILa miniatura española del siglo XI se apega a la tradición prerrománica nacional o mozárabe del siglo anterior, llegando incluso a la plenitud de su expresionismo.Es a partir de la segunda mitad del siglo XI cuando comienza a combinarse la tradición castiza española con los nuevos aires románicos, produciéndose las miniaturas de más intensa expresividad del románico europeo.



Beato de Fernando I o "Segundo de la Biblioteca Nacional "El más bello y completo de todos los beatos. Es obra del mitad del siglo XI (1047) y fue escrito y miniado por Facundo.Cuenta con 624 páginas a 2 columnas y 35 líneas de escritura visigótica. Sus dimensiones son 380x295 mm. Está encuadernado en piel.Lo más importante es que cuenta con 98 excelentes miniaturas que, aunque continua con la tradición de los beatos prerrománicos hispanos, empieza a apuntar ya mayores influencias europeas.Se conservó en la Colegiata de San Isidoro de León, hasta que Felipe V, en la Guerra de Sucesión, lo requisó y envió a la Biblioteca Real. Actualmente se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid.

El Beato de San Millán de la Cogolla, hoy en la Real Academia de la Historia tiene el gran interés de que intervinieron dos artistas de cronología y concepción artística diferente (se comenzó en la primera mitad del siglo XI y se terminó en la segunda mitad de esa centuria).El primer artista sigue apegado a la tradición mozárabe de los beatos del siglo X, mientras que el segundo crea sus miniaturas básicamente en estilo románico. En total tiene 49 ilustraciones.


Beato de Silos. El Beato del Monasterio de Santo Domingo de Silos fue copiado por los monjes Domingo y Munio e iluminado con 106 miniaturas por el prior Pedro entre 1091-1109. Se conserva en la British Library de Londres. Permanece en él la tradición mozárabe, aunque se considera que existe una yuxtaposición de estilos con el románico, representado en su famosa miniatura del Infierno y el Peso de las Almas de San Miguel.

-Reproducimos en seguida dos textos que aparecen en la edición facsimilar del Beato de Fernando I y Sancha, del prestigiado editor catalán M. Molerio, quien recientemente editó y publicó esta excepcional obra casi idéntica a la original.


Del editor al lector
El Año Jubilar Lebaniego de 2006 me ha brindado el pretexto perfecto para realizar una edición exquisita del Beato de Fernando I y Sancha, reyes de Castilla y León en los difíciles tiempos del año 1000. Una edición que siempre quise hacer pero que otros proyectos iban dejando postergada en el tiempo, una y otra vez, con el riesgo de quedarse en una ilusión, en uno de tantos proyectos interesantes que, por falta de tiempo, nacen y mueren en mi cerebro.

Facundo, el calígrafo de este códice, nos dice que terminó su trabajo en el año 1047. Diez años antes Fernando I había sido coronado imperator del reino de León. Quizás este fue el motivo que impulsó a Fernando y Sancha a patrocinar un códice tan espectacular, tan digno de un imperator. Un códice que ha perdurado a través de los siglos y que quizás sea la memoria más presente de un rey singular, navarro de nacimiento, castellano por adopción y leonés por devoción. Un rey que quiso ser enterrado en León antes que en Oña o Arlanza.

Este libro está concebido de forma que el texto del Apocalipsis, que sirvió de guión a los miniaturistas, se pueda leer al mismo tiempo que se ven las miniaturas. El placer de ver no está reñido con el de leer en beneficio de una mejor comprensión. Además podrá simultanear miniaturas y textos del Apocalipsis con la sabia opinión del profesor Joaquín Yarza Luaces. No hemos encontrado una forma mejor para facilitarles el disfrute de tanta belleza y sabiduría.

No quiero desaprovechar este momento para agradecer al profesor Yarza en nombre mío, de los miniaturistas, del escriba Facundo y de Beato de Liébana el que haya encontrado tiempo suficiente, en su apretada agenda, para que este libro sea una realidad.

El profesor John Williams, en su prólogo, nos guía hacia el camino correcto para entender mejor las razones que llevaron a Fernando I y Sancha a convertirse en patrocinadores del único Beato que, según nos consta, ha sido un encargo real y no monástico. Siempre he deseado que el profesor Williams escribiese en uno de nuestros estudios y le estoy muy agradecido por poder contar con su visión, breve pero reveladora. Nunca han hecho falta muchas palabras para decir grandes cosas.

El conocimiento, palmo a palmo, del territorio donde vivió Beato y las circunstancias que rodearon la vida y obra del polifacético presbítero y abad del monasterio de San Martín de Turieno, donde escribió su Comentario al Apocalipsis, hacen de don Joaquín González Echegaray el autor ideal, nadie sabe más de Beato, para contarnos su vida y su obra.
González Echegaray juntamente con A. del Campo Fernández han traducido al español todos los textos que escribió Beato. Creo que su texto es una aportación imprescindible porque nos amplía la visión, casi siempre parcial, que muchos autores tienen sobre la obra del más universal de todos los lebaniegos.

Creo que todos los que tenemos un sentimiento de admiración por Beato y su obra tenemos una deuda de gratitud con don Joaquín González Echegaray por alejar la figura del abad de San Martín de Turieno del estereotipo con que nos familiarizó el combativo arzobispo de Toledo, Elipando. Gracias, don Joaquín, en nombre propio y de Beato.

Manuel Sánchez Mariana ha sido, durante muchos años, el conservador del Beato de Fernando I y Sancha en la Biblioteca Nacional. No creo que pudiéramos encontrar a alguien más adecuado para escribir sobre las características físicas del códice. Muchas gracias, don Manuel, por su valiosa aportación para que este libro sea un referente imprescindible para todo aquel que quiera saber mucho sobre el Beato o los Beatos.

Todas las miniaturas están reproducidas a su tamaño natural y con sus colores reales, lo que permitirá al que las observa tener una visión certera de estas imágenes turbadoras y en algunos casos intimidatorias, pero siempre dotadas de una magia excepcional que hace que todo aquel que las ve no pueda olvidarlas. Para evitar cualquier contaminación las hemos silueteado en la mayoría de los casos, con la finalidad de concentrar la atención en la esencia de la miniatura.

M. Moleiro ha hecho un gran esfuerzo para que una obra de enorme calidad gráfica y con los mejores autores, aquellos que más podían decirnos sobre Beato, su obra y las fascinantes miniaturas que esconde el Beato de Fernando I y Sancha, pueda estar al alcance de todos. Este ha sido uno de los motivos que más me empujó a llevar a cabo esta obra: es un homenaje a Beato y a todos los lebaniegos.
Manuel Moleiro








Prólogo
Este es el único códice de los Comentarios al Apocalipsis de Beato del que existe constancia cierta de que debe su origen a un encargo real y no monástico. El patrocinio de Fernando, rey de León, y de su reina, Sancha, se hace notar en un acróstico en el folio 7: FREDENANDUS REX DEI GRA[TIA] M[EMO]R[I]A LIBER / SANCIA M[EMO]R[I]A L[I]BRI (Libros en memoria de Fernando, rey por la gracia de Dios, y de Sancha). El mecenazgo de la pareja real vuelve a ser conmemorado en un colofón que aparece en la conclusión del Comentario a Daniel (f. 316), donde además se identifica al amanuense, Facundo, y se registra la fecha de finalización del manuscrito: año 1047.
Esto sucedía diecisiete años después de que, Fernando, conde de Castilla e hijo de Sancho el Mayor de Navarra, se casase con Sancha, la hermana del finado rey asturleonés, Bermudo III. Con este matrimonio, Fernando se aseguraba la soberanía del reino más extenso de la España cristiana y, con él, una autoridad que, según la tradición, emanaba de los herederos del antiguo reino de los visigodos, anterior a la invasión de los árabes. Además, su título era el único que llevaba implícitas pretensiones imperiales. Emulando a su padre, Fernando puso en marcha una serie de iniciativas que ayudaron a catalizar la introducción de los estándares culturales y eclesiásticos europeos, y, de forma particular, los procedentes de Francia.


Gracias a sus exitosas campañas militares, que le permitieron convertir en sus tributarias a ciudades musulmanas como Sevilla o Toledo, Fernando pudo establecer una capital que exaltaba ostensiblemente la autoridad de sus monarcas, con un palacio y una nueva capilla palatina destinada a servir de repositorio de los huesos del erudito san Isidoro –cuya gran enciclopedia del saber antiguo se podía encontrar prácticamente en cualquier biblioteca europea que tuviese cierto renombre–, y con un tesoro real que incluía objetos extraordinariamente suntuosos que proclamaban la magnificencia y piedad de sus soberanos. Si bien es cierto que León era una de las ciudades más grandes que los peregrinos atravesaban en su camino hacia el gran santuario de Santiago de Compostela, y que las iglesias leonesas, incluida la capilla palatina de San Isidoro, reflejaban las novedades empleadas a lo largo de la ruta entre Toulouse y Santiago, los auténticos dinamizadores de la evolución de León como centro de mecenazgo artístico y de cambio fueron la iniciativa real y el deseo de establecer un complejo palatino que funcionase como un símbolo de autoridad. Sus resultados son visibles en las obras que coleccionaron o propagaron Fernando y sus descendientes en León y en las instituciones de su interés. El mecenazgo de Fernando y Sancha sembró el germen de la apertura del resto de la Península a las influencias del Norte de la propia Península, incluyendo un vocabulario artístico en el umbral del nuevo estilo románico que sustituiría al de tradición hispánica.

El códice de los Comentarios al Apocalipsis de Beato, objeto de la presente edición, fue una parte importante de ese tesoro real, reflejándose en la elegancia de los materiales, generosamente empleados en su confección, tales como el oro, la plata y la púrpura, y en la pulida técnica empleada en su escritura e iluminación que denota un gusto sublime digno de un encargo “imperial”. Su contenido, los Comentarios al Apocalipsis del monje asturiano Beato de Liébana, enaltece un aspecto venerable de la tradición literaria y devocional hispánica. En ningún lugar de la obra es tan evidente su gran ambición artística como en las imágenes preliminares: la gran Alfa a modo de frontispicio, con la imagen de Cristo en pie, la página con la cruz, el acróstico, las páginas dedicadas a los evangelistas, los árboles genealógicos y las elaboradas iniciales y título del folio 30. El detalle exquisito y la naturalidad con que son representados los ropajes en el ciclo de los evangelistas (ff. 7v-10), las voluminosas cabelleras, los pequeños puntos rojos en las mejillas y la ancha boca con el labio inferior bien perfilado, destacan estas miniaturas de las que, a continuación, ilustran el Apocalipsis.

Este manuscrito constituye el primer encargo artístico conocido de Fernando y Sancha y también el más tradicional. Pertenece a la familia de Beatos cuyo ejemplar más antiguo que se conserva fue realizado por Magio a mediados del siglo X (Nueva York, Pierpont Morgan Library, M644). Sin embargo, el Beato de Fernando I y Sancha no es fruto de la copia de este Beato ni de ninguno de los que se conocen hoy en día. De hecho, el sistema ornamental, especialmente las iniciales, incluyendo la gran Alfa, difiere de la fórmula empleada por Magio y es más próximo a la propiciada en Castilla, principalmente en el monasterio de Valeránica, donde, durante la segunda mitad del siglo X, trabajó Florencio, el más destacado calígrafo de toda la Península. ¿Sirvió un Beato castellano de modelo del Beato de Fernando I y Sancha, o, por el contrario, éste adquirió sus rasgos castellanos a partir de otras fuentes? A pesar de que no ha sobrevivido ninguno, estamos bastante seguros de que Florencio realizó por lo menos una copia de los Comentarios al Apocalipsis.

El estilo de la escritura ha sido tildado de “arcaico” y, artísticamente, el Beato de Fernando I y Sancha es, con la excepción del caso especial que es el Beato de Silos (Londres, British Library, Add. Ms. 11695), de 1109, el último Beato cuyo estilo puede catalogarse como “mozárabe”. Al mismo tiempo, la articulación de la figura humana anticipa la nueva dirección que va a tomar el arte de la época. En el arte del siglo X, cuyas fórmulas en la aplicación el color y composición fueron todavía seguidas en este Beato, los pliegues de los ropajes, incluso en las versiones más sofisticadas tales como las de las figuras del Beato de Magio, eran representados siguiendo una técnica rutinaria que ignoraba o incluso contradecía la relación natural entre esos ropajes y las figuras que los vestían. Sin embargo, en el Beato de Fernando I y Sancha, especialmente en los frontispicios antes resaltados como cualitativamente singulares, se emplearon formas elípticas con el fin de señalar la presencia de los muslos en su posición correcta, y formas circulares para resaltar las rodillas. Este énfasis en la estructura orgánica de las figuras confirió una mayor coherencia axial a su composición. Las figuras del Beato de Fernando I y Sancha permanecen firmemente ancladas al plano horizontal, incluso en los casos en que no se pretende abrir el espacio a través de una ilusión tridimensional. Resulta especialmente destacable que estos pasos en aras de una representación artística más racional, propia del período románico, emerjan incluso antes de que se produzcan los contactos de Fernando con la gran abadía burgundia de Cluny, en la década de 1050. Como resultado, o al menos eso parece, de tener un conocimiento más amplio de lo que acontecía al norte de los Pirineos, el estilo del Libro de Horas de Fernando I y Sancha (Universidad de Santiago de Compostela, Ms. Res. 1), realizado en 1055, refleja todavía una mayor proximidad con el estilo románico. Esta “evolución” es especialmente visible en la página con la gran Alfa basada en el Beato de Fernando I y Sancha.

El Beato de Fernando I y Sancha es un testigo excepcional del papel galvanizante que tuvo el patrocinio de los monarcas de Castilla y León en el ensalzamiento de la tradición hispánica, a la vez que se establecían los fundamentos de una transformación cultural de dimensión europea.
John Williams
Pittsburg University

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