domingo, 25 de abril de 2010

Isak Dinesen/Karen Blixen: Out of Africa

Isak Dinesen, el arte de fabular
Por: Federico Zertuche



Para María Fernanda D.

Cuando por vez primera publicó Seven Gothic Tales, la baronesa Karen Blixen tenía cincuenta y un años; había escrito esos cuentos tras desmoronarse irremediablemente su proyecto de vida y perder a su amante fallecido en África, como una especie de refugio o escape a su dolorosa realidad que, providencialmente, vio transformada justo al dar forma literaria a sus recuerdos, al metamorfosear memoria e imaginación en cuentos, relatos fantásticos, bellas narraciones: una manera creativa de sublimar la muerte de su gran amor Denys Finch-Hatton y la pérdida por bancarrota de su adorada finca cafetalera y hogar en Ngong, Kenya. La gran aventura de su vida que significó África, fue transfigurada por otra, esta vez narrativa, que inicia a esa edad bajo el masculino seudónimo de Isak Dinesen.


En efecto, ya cincuentona, presa de una avanzada sífilis que le contagiara su ex marido, en quiebra económica, con sueños e ilusiones destrozados, se refugia en la propiedad rural y familiar de Rungstedlund, Dinamarca, a recordar, evocar, recrear la vida vivida en un continente exótico al que llegó a amar profundamente luego de permanecer diecisiete años en Kenia, donde la pasión de contar cuentos e historias fantásticas la había ejercido a la usanza primigenia: oralmente, con sus amigos europeos y los nativos africanos: somalíes, kikuyus y masais.





Out of Africa (Lejos de África), es quizá el mejor de sus libros, donde narra en primera persona, de manera rápida y precisa, con un enorme poder de síntesis y evocación, su aventura en ese continente; un libro extraordinario que ha sido recreado de manera magistral en el cine gracias a Sydney Pollack que dirigió la película homónima protagonizada por Meryl Streep, Robert Redford y Klaus María Brandauer, ganadora de siete Oscares de la Academia.

“Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong. El ecuador atravesaba aquellas tierras altas a un centenar de millas al norte, y la granja se asentaba a una altura de unos seis mil pies. Durante el día te sentías a una gran altitud, cerca del sol, las primeras horas de la mañana y las tardes eran límpidas y sosegadas, y las noches frías.”

Así inicia ese bello y entrañable relato que tiene como escenario la vieja colonia británica de Kenya y protagonistas a los nativos, Farah Aden, su mayordomo somalí, Kinanjui, el gran jefe kukuyu, vecino de su finca, los europeos ahí afincados como su marido y primo el barón danés Bror von Blixen-Finecke, de quien luego se divorciara, su amante y gran amor de su vida Denys Finch-Hatton, y su querido amigo Berkeley Cole, fundador del Muthaiga Club de Nairobi, ambos aristócratas ingleses, íntimos amigos y cazadores profesionales de safari, así como la vida cotidiana en su granja de las colinas del Ngong, las costumbres de sus habitantes y tantas aventuras ahí ocurridas.

Con Denys Finch_Hatton en la granja
Denys Finch-Hatton (1887-1931) fue un personaje muy peculiar, dotado de una personalidad encantadora y seductora, muy alto y bien parecido, deportista y aventurero, bien educado y culto, de talante natural: segundo de tres hijos de Henry Stormont Finch Hatton, 13º Conde de Winchilsea, y de su esposa Anne “Nan” Codrington, hija de un Almirante de la Flota Inglesa, fue educado en Eton College y Brasenose College, en Oxford. En 1910, después de un viaje a Sud África se traslada a las colonias británicas del Este africano donde adquiere tierras en la parte oeste del Gran río Rift cerca de lo que ahora es Eldoret. Luego vende su parte a un socio y se dedica a cazar.

En abril de 1918 es presentado a la baronesa Blixen en el Muthaiga Club de Nairobi, pronto es asignado al servicio militar en Egipto durante la Gran Guerra. A su regreso a Kenya luego del Armisticio inicia una amistad cercana con el barón Bror Blixen. Después que Karen Blixen se divorciara de su marido en 1925, Denys se muda a su finca cafetalera e inicia una nueva profesión como organizador y guía de safaris para magnates y aristócratas como el propio Príncipe de Gales.

En este tiempo adquiere un avión biplano, el Gypsy Moth, que tanto
disfrutara con Karen, y de regreso de un viaje a Mombasa se estrella pereciendo con su sirviente. De acuerdo a su voluntad, fue enterrado en una colina de Ngong en la propiedad de Karen Blixen donde aún permanece su tumba, sobre la que, se decía, llegaban a descansar los leones.

Respecto al arte de contar, recuerda la baronesa: “Pero antes –de escribir los primeros de sus famosos Siete Cuentos Góticos- aprendí a contar cuentos… tenía el auditorio perfecto. Los blancos ya no son capaces de escuchar un cuento recitado. Se remueven o se adormecen. Pero los nativos todavía tiene oído. Yo les contaba cuentos continuamente, de todo tipo. Y todo tipo de disparates. Yo decía: ‘Había una vez un hombre que tenía un elefante con dos cabezas’… y al instante estaban deseosos de saber más. ‘¿Oh? Sí, pero Mem-Sahib, ¿cómo lo encontró? ¿Y cómo se las arreglaba para darle de comer?’, o lo que fuese. Les encantaba semejante invención”.

Dice Javier Marías, quien estuvo al cuidado de la edición y traducción del maravilloso cuento Ehrengard, publicado por Anagrama, lo siguiente: “Los cuentos de Isak Dinesen poseen la magia, la eficacia y la impunidad que a menudo acompañan a lo arbitrario, a lo ignorante, a lo irresponsable. Son leales para consigo mismo”.

Y agrega el gran escritor y novelista español esta penetrante
observación en el prólogo del cuento: “Lo más asombroso tanto de Ehrengard como de la mayoría de las obras de Isak Dinesen es, sin embargo, el perfecto cumplimiento de lo que ella misma enunció en su cuento The Blank Page (perteneciente a Last Tales), probablemente la reflexión más inteligente, más clarividente, que jamás se haya escrito acerca del arte de contar cuentos y que muestra hasta qué punto aquella anciana baronesa consumida por la sífilis y rostro cadavérico en sus últimos años sabía lo que a lo largo de su artística vida se había traído en manos:

‘Donde el cuentista es leal, eterna e inquebrantablemente leal a la historia, allí, al final, hablará el silencio. Donde la historia ha sido traicionada, el silencio es tan sólo vacío. Pero nosotros, los fieles, cuando hayamos dicho nuestra última palabra, oiremos la voz del silencio… ¿Quién, entonces, cuenta mejores cuentos que cualquiera de nosotros? El silencio. ¿Y dónde lee uno cuentos más profundos que en la página más perfectamente impresa del más precioso libro? En la página en blanco. Cuando una regia y valerosa pluma, en su momento de mayor inspiración, haya puesto por escrito su cuento con la tinta más rara de todas, ¿dónde, entonces, puede uno leer un cuento aún más profundo, más dulce, más alegre y más cruel que ése? En la página en blanco’. “
Quizá Isak Dinesen no bromeaba cuando una vez dijo: “En realidad, tengo tres mil años y he cenado con Sócrates.” Esto lo explicaría, remata Marías su prólogo.

Isak Dinesen es una escritora única y peculiar, como se ha dicho se inició profesionalmente a los cincuenta y un años, no pertenece a ninguna escuela o tradición literaria, no sigue canon alguno, es fiel a sí misma, incluso en sus anacronismos. Sin embargo, su talento narrativo, su arte de contar cuentos, de fabular, imaginar, de elaborar ficciones muy eficaces la llevaron a ser muy admirada y exitosa en vida y posteriormente. Hemingway, Truman Capote, Vladimir Nabokov, y otros grandes escritores de la época le rindieron pleitesía y la consintieron. Hoy es una prestigiada cuentista mundialmente.

Tengo el enorme gusto de dedicar esta entrada precisamente a una gran mujer, que cuenta cuentos en la mejor tradición de Sherezada en Las Mil y Una Noches, con similar poder de atracción y seducción sobre el lector, a quien envuelve y fascina con sus hermosos relatos estructurados a la manera de cajas chinas o epistolares. Transcribo en seguida una estupenda reseña de un gran narrador, Mario Vargas Llosa, y algunos cabos sueltos del blog de José Julio Perlado por encontrarlos muy agradables y sugerentes. Espero que el lector disfrute este post.



Los cuentos de la baronesa
Por: Mario Vargas Llosa


(Letras Libres, mayo de 1999)

Isak Dinesen, née baronesa Karen Blixen de Rungstedlund, fue una notable escritora, autora de Seven Gothic Tales. Mujer fascinante: renunció a su fácil mundo europeo, y se empeñó en una plantación cafetalera en el corazón de África que terminó por costarle su fortuna. Enferma de sífilis, supo encontrar refugio en la construcción de una obra ajena a las modas literarias.


La baronesa Karen Blixen de Rungstedlund, que fue una gran escritora y firmó sus libros con el seudónimo de Isak Dinesen, debió de ser una mujer extraordinaria. Hay una foto de ella, en Nueva York, junto a Marilyn Monroe, cuando era ya sólo un pedacito de persona consumida por la sífilis, y no es la bella actriz sino los grandes ojos irónicos y turbulentos y la cara esquelética de la escritora los que se roban la foto.

Nació en Dinamarca, en una casa a orillas del mar, a medio camino entre Copenhague y Elsinor, que es hoy algo muy afín a ese ser imaginativo e inesperado que ella fue: un enclave de plantas y pájaros exóticos. Allí está enterrada, en pleno campo, bajo los árboles que la vieron gatear. Había nacido en 1885, pero daba la impresión de haber sido educada con un siglo de atraso, ese que se inició en 1781 y terminó con el Segundo Imperio en 1871, que ella llamaba "la última gran época de la cultura aristocrática". Entre esos años ocurren casi todas sus historias. Espiritualmente, fue una mujer del dieciocho y del diecinueve, aunque, según confesó en una de las charlas radiales de sus últimos años, sus amigos sospechaban que tenía "tres mil años de antigüedad". Nunca pisó una escuela; fue educada por institutrices asombrosas que a los doce años la hacían escribir ensayos sobre las tragedias de Racine y traducir a Walter Scott al danés. Su formación fue políglota y cosmopolita; aunque danesa, escribió la mayor parte de su obra en inglés.

Los cuentos y las historias la hechizaron desde niña, pero su vocación literaria fue tardía; la aventurera, precoz. Ambas las heredó del padre, el simpatiquísimo capitán Wilhelm Dinesen, quien, luego de una arriesgada carrera militar, a mediados del xix se enamoró de los pieles rojas y otras tribus de Norteamérica y se fue a vivir entre ellos. Los indios lo aceptaron y lo bautizaron con el nombre de Boganis, que él puso en la carátula de sus memorias. Terminó ahorcándose, cuando Karen tenía diez años. Como corresponde a una baronesa, ésta se casó muy joven con un vago primo enfermo, Bror Blixen, y ambos se marcharon al África, a plantar café en el interior de Kenia. El matrimonio no anduvo bien (el mal francés que devoró en vida a Isak Dinesen se lo contagió su marido) y terminó en divorcio. Cuando Bror volvió a Europa, ella decidió permanecer en África, manejando sola la hacienda de setecientos acres. Lo hizo por un cuarto de siglo, en una terca lucha contra la adversidad. Su vida en el continente africano, con el que llegó a consubstanciarse y de cuyas gentes y paisajes su irreprimible fantasía compuso una visión sui generis, está bellamente recordada en Out of Africa (1938), tierna y risueña evocación de su peripecia africana y del extraordinario marco en el que transcurrió.

Mientras hacía de pionera agrícola, luchaba contra las plagas y las
inundaciones y administraba sus cafetales, en las primeras décadas del siglo, la baronesa de Rungstedlund no tuvo urgencia en escribir. Sólo garabateó unos cuadernos de notas en los que aparecen en embrión algunos de sus futuros relatos. La atraían más los safaris, las expediciones a comarcas remotas, la familiaridad con las tribus, el contacto con la Naturaleza y los animales salvajes. El primitivo contorno, sin embargo, no le impidió tener una refinada vida cultural, fraguada por ella misma y enriquecida por lecturas y el trato de algunos curiosos representantes de la Europa culta que llegaban a esos parajes, como el mítico inglés Denys Finch-Hatton, esteta y aventurero salido de Oxford con quien Karen Blixen mantuvo una intensa relación sentimental. No es difícil imaginárselos, discutiendo sobre Eurípides o Shakespeare, después de haberse pasado el día cazando leones (no sorprende, por eso, que el único escritor del que Hemingway habló siempre con una admiración sin reservas fuera Isak Dinesen). El aislamiento en aquella plantación africana y el estrecho círculo de expatriados europeos con los que alternaba en Kenia, explican en buena parte el tipo de cultura que sorprende tanto al lector de Isak Dinesen. No es una cultura que refleje su época sino que la ignora, un anacronismo deliberado, algo estrictamente personal y extemporáneo, una cultura disociada de las grandes corrientes y preocupaciones intelectuales de su tiempo y de los valores estéticos dominantes, una reelaboración singularísima de ideas, imágenes, curiosidades, formas y símbolos que vienen del pasado nórdico, de una tradición familiar y de una educación excéntrica, marcada por la historia escandinava, la poesía inglesa, el folclor mediterráneo, la literatura oral africana y las leyendas y maneras de contar de los juglares árabes. Un libro capital en su vida fue Las mil y una noches, ese bosque de historias relacionadas entre sí por la astucia narradora de Sherezada, modelo de Isak Dinesen. África le permitió vivir, de manera casi incontaminada, dentro de una cultura caprichosa, sin antecedentes, creada para uso propio, que aparece como horizonte y subsuelo de su mundo, a la que debe tanto la originalidad de los temas, el estilo, la construcción y la filosofía de sus cuentos.

Su vocación literaria tuvo estrecha relación con la bancarrota de sus cafetales. Pese a que los precios del café se venían abajo, ella, con temeridad característica, se empeñó en proseguir los cultivos, hasta arruinarse. No sólo perdió la hacienda; también, su herencia danesa. Fue, cuenta ella, en ese tiempo de crisis, al comprender que el fin de su experiencia africana era inevitable, cuando comenzó a escribir. Lo hacía en las noches, huyendo de las angustias y trajines del día. Así terminó los Seven Gothic Tales, que aparecieron en 1934, en Nueva York y en Londres, después de haber sido rechazados por varios editores. Publicó luego otras colecciones de cuentos, algunas de alto nivel, como los Winter's Tales (1943), pero su nombre quedaría siempre identificado con sus primeros siete cuentos reunidos en aquella obra, una de las más fulgurantes invenciones literarias de este siglo.

Aunque escribió también una novela (la olvidable The Angelic
Avengers), Isak Dinesen fue, como Maupassant, Poe, Kipling o Borges, esencialmente cuentista. Es uno de los rasgos de su singularidad. El mundo que creó fue un mundo de cuento, con las resonancias de fantasía desplegada y hechizo infantil que tiene la palabra. Cuando uno la lee, es imposible no pensar en el libro de cuentos por antonomasia: Las mil y una noches. Como en la célebre recopilación árabe, en sus cuentos la pasión más universalmente compartida por los personajes es, junto a la de disfrazarse y cambiar de identidad, la de escuchar y decir historias, evadirse de la realidad en un espejismo de ficciones. Semejante propensión llega a su apogeo en "The Roads Round Pisa", cuando la joven Agnese della Gherardesca (vestida de hombre) interrumpe el duelo entre el viejo Príncipe y Giovanni para contarle a aquél un cuento. Ese vicio fantaseador imprime a los Seven Gothic Tales, como a los de Sherezada, una estructura de cajas chinas, historias que brotan de historias y se descomponen en historias, entre las que discurre, ocultándose y revelándose en un ambiguo y escurridizo baile de máscaras, la historia principal.

Karen Blixen en su granja
Sucedan en abadías polacas del siglo dieciocho, en albergues toscanos del diecinueve, en un pajar de Norderney a punto de ser sumergido por el diluvio o en la ardiente noche de la costa africana entre Lamu y Zanzíbar, entre cardenales de gustos sibaríticos, cantantes de ópera que han perdido la voz o contadores de cuentos desnarigados y desorejados como el Mira Jama de "The Dreamers", los cuentos de Isak Dinesen son siempre engañosos, impregnados de elementos secretos e inapresables. Por lo pronto, es difícil saber dónde comienzan, cuál es realmente la historia —entre las historias engarzadas por las que va discurriendo el subyugado lector— que la autora quiere contar. Ella se va perfilando poco a poco, de manera sesgada, como de casualidad, contra el telón de fondo de una floración de aventuras disímiles que, algunas veces, figuran allí como meras damas de compañía, y otras, como en "The Dreamers", gracias al desconcertante final, resultan articuladas y fundidas en una sola coherente narración.


Artificiales, brillantes, inesperados, hechiceros, casi siempre mejor comenzados que rematados, los cuentos de Isak Dinesen son, sobre todo, extravagantes. El disparate, el absurdo, el detalle grotesco e inverosímil, irrumpen siempre, destruyendo a veces el dramatismo o la delicadeza de un episodio. Era más fuerte que ella, una predisposición invencible, como en otros la risa o el melodrama. Hay que esperar siempre lo inesperado en los cuentos de Isak Dinesen. En la inverosimilitud veía ella la esencia de la ficción. Se lo dice al cardenal de "The Deluge at Norderney" la perversa y deliciosa Miss Malin Nat-og-Dag, mientras conversan rodeados por las aguas que sin duda terminarán por tragárselos, al exponerle su teoría de que Dios prefiere las máscaras a la verdad "que ya conoce", pues truth is for tailors and shoemakers (la verdad es para sastres y zapateros). Para Isak Dinesen la verdad de la ficción era la mentira, una mentira explícita, tan diestramente fabricada, tan exótica y preciosa, tan desmedida y atractiva, que resultaba preferible a la verdad.

Lo que el príncipe de la Iglesia predica en ese cuento: Be not afraid of absurdity; do not shrink from the fantastic (No temas lo absurdo, no rehuyas lo fantástico) podría ser la divisa del arte de Isak Dinesen, pero delimitando la noción de lo fantástico a lo que por su desmesura y extravagancia difícilmente encaja en nuestra concepción de lo real y excluyendo la vertiente sobrenatural de lo fantástico, pues, en estos relatos, aunque resucite un muerto y abandone el infierno para venir a cenar con sus dos hermanas —el corsario Morten de Coninck de "The Supper at Elsinor"—, la fantasía, pese a sus excesos, tiene siempre una raíz en el mundo real, como ocurre con las representaciones teatrales o los circos.



Karen Blixen
El pasado atraía a Isak Dinesen por la memoria del ambiente de su infancia, por la educación que recibió y su sensibilidad aristocrática, pero, también, por lo que tiene de inverificable; situando sus historias un siglo o dos atrás, podía dar rienda suelta con más libertad a esa pasión antirrealista que la animaba, a su fervor por lo grotesco y lo arbitrario, sin sentirse coactada por la actualidad. Lo curioso es que la obra de esta autora de imaginación tan libre y marginal, que poco antes de morir se jactaba ante Daniel Gillés de no tener "el menor interés por las cuestiones sociales ni la psicología freudiana" y ambicionar sólo "inventar bellas historias", surgiera en los años treinta, cuando la narrativa occidental giraba maniáticamente en torno a las descripciones realistas: problemas políticos, asuntos sociales, estudios psicológicos, cuadros costumbristas. Por eso André Breton consideró que sobre la novela pesaba una suerte de maldición realista y la expulsó de la literatura. Había excepciones a ese realismo narrativo, escritores que estaban en entredicho con la tendencia dominante. Uno de ellos fue Valle-Inclán; otro, Isak Dinesen. En ambos el relato se hacía sueño, locura, delirio, misterio, juego, ni más ni menos que la poesía.

Los siete cuentos góticos del libro son admirables; pero "The Monkey" lo es más aún que los otros, y, de todos los que la autora escribió, el que mejor sintetiza su mundo disforzado, refinado, de exquisita factura, retorcida sensualidad y desalada fantasía. Todo es coherente y macizo en esta deliciosa joya y por eso resulta difícil decir en pocas palabras de qué trata. En sus breves páginas se las arregla para contar historias muy diversas, sutilmente emparentadas entre sí. Una de ellas es la sorda lucha entre dos temibles mujeres, la elegante priora de Closter Seven y la joven y silvestre Athena, a quien aquélla se ha propuesto casar con su sobrino Boris, valiéndose de todos los medios lícitos e ilícitos, incluidos los filtros de amor, el engaño y el estupro. Pero la indomable priora tiene al frente a una voluntad tan inflexible como la suya en la joven giganta que es Athena, criada a la intemperie de los bosques de Hopballehus, y que no tiene el menor empacho en romperle al galante Boris dos dientes de un puñetazo y en luchar con él cuerpo a cuerpo, en su combate semimortal, cuando el joven, azuzado por su tía, intenta seducirla.



Nunca sabremos cuál de estas dos epónimas mujeres vence en ese forcejeo, porque esta historia es interrumpida de manera fulminante, cuando el lector está por averiguarlo, con la sorprendente irrupción de otra historia, que, hasta entonces, ha estado reptando, discreta como una culebra, debajo de la anterior: las relaciones de la priora de Closter Seven con un mono de Zanzíbar, que le regaló un primo almirante, y al que ella mima. La violenta aparición del mono —entra a la habitación rompiendo la ventana de la priora y presa de fiebre que sólo puede ser sexual— cuando la superiora del claustro está a punto de rematar su emboscada obligando a Athena a aceptar a Boris como esposo, es uno de los episodios más difíciles de contar y más magistralmente resueltos de la literatura. Es un hiato, un escamoteo tan genial como el paseo del fiacre por las calles de Rouen en el que van Emma y León, en Madame Bovary. Lo que ocurre en el interior de ese fiacre lo adivinamos pero el narrador no lo dice, lo insinúa, lo deja adivinar, azuzando con su silencio locuaz la imaginación del lector. Un dato escondido semejante es este cráter narrativo de "The Monkey". La astuta descripción del episodio abunda en lo superfluo y calla lo esencial —las relaciones culpables entre el mono y la priora— y, por eso mismo, esta nefanda relación vibra y se delínea en el silencio con tanta o más fuerza que ante los ojos espantados de Athena y Boris, que presencian la increíble ocurrencia. Que, al final del relato, el saciado mono termine encaramado sobre un busto de Immanuel Kant es como la quintaesencia de la delirante orfebrería que amuebla el mundo de Isak Dinesen.


Entretener, divertir, distraer: muchos escritores modernos se indignarían si alguien les recuerda que ésa es también obligación de la literatura. Las modas, cuando aparecieron los Seven Gothic Tales, establecían que el escritor debía ser la conciencia crítica de su sociedad o explorar las posibilidades del lenguaje. El compromiso y la experimentación son muy respetables, desde luego, pero cuando una ficción es aburrida no hay doctrina que la salve. Los cuentos de Isak Dinesen son a veces imperfectos, a veces demasiado alambicados, jamás aburridos. También en eso fue anacrónica; para ella contar era encantar, impedir el bostezo valiéndose de cualquier ardid: el suspenso, la revelación truculenta, el suceso extraordinario, el detalle efectista, la aparición inverosímil. La fantasía, abundante y excéntrica, enrevesa de pronto una historia con exceso de anécdotas o la encamina en la dirección más infortunada. La razón de esos sacrificios o malabarismos es sorprender al lector, algo que siempre consigue. Sus cuentos suceden en una indecisa región, que ya no es el mundo objetivo pero que aún no es lo fantástico. Su realidad participa de ambas realidades y es, por eso, distinta de ambas, como sucede con los mejores textos de Cortázar.


Una de las constantes de su mundo son los cambios de identidad de los personajes, que viven emboscados bajo nombres o sexos diferentes y que, a menudo, llevan simultáneamente dos o más vidas paralelas. Se diría que una plaga de inestabilidad ontológica ha contagiado a los seres humanos; sólo los objetos y el mundo natural son siempre los mismos. Así, por ejemplo, el renacentista cardenal de "The Deluge at Norderney" resulta ser, al final de la historia, el valet Kasparson que asesinó a su amo y lo suplantó. Pero, en este dominio, la apoteosis de la danza de las identidades la encarna Peregrina Leoni, apodada Lucífera o Doña Quijota de la Mancha, cuya historia transparece, a través de una verdadera miríada de otras historias, en "The Dreamers". Cantante de ópera que perdió la voz, del susto, en un incendio en la Scala de Milán, durante una representación de Don Giovanni, hace creer a sus admiradores que ha muerto. La ayuda en sus designios su admirador y su sombra, el riquísimo judío Marcus Coroza, que la sigue por el mundo, prohibido de hablarle o hacerse ver por ella, pero siempre a mano para facilitarle la huida en caso de necesidad. Peregrina cambia de nombre, personalidad, amantes, países —Suiza, Roma, Francia— y oficios —prostituta, artesana, revolucionaria, aristócrata que vela la memoria del general Zumala Carregui— y fallece, finalmente, en un monasterio alpino, bajo una tormenta de nieve, rodeada de cuatro amantes abandonados, que la conocieron en distintas instancias y disfraces y sólo ahora descubren, gracias a Marcus Coroza, su peripatética identidad. La caja china —historias dentro de historias— es utilizada con admirable maestría en este relato para ir componiendo, como un rompecabezas, a través de testimonios que en un principio parecen no tener nada en común, la fragmentada y múltiple existencia de Peregrina Leoni, fuego fatuo, actriz perpetua, hecha —como todos los personajes de Isak Dinesen— no de carne y hueso sino de sueño, fantasía, gracia y humor.


Con Igor Stravinsky
La prosa de Isak Dinesen, como su cultura y sus temas, no remite a modelos de época; es, también, un caso aparte, una anomalía genial. Al aparecer Seven Gothic Tales, su prosa desconcertó a los críticos anglosajones por su elegancia ligeramente pasada de moda, su exquisitez e irreverencia, sus juegos y desplantes de erudición, y su escaso, para no decir nulo, contacto con el inglés vivo y hablado de la calle. Pero, también, por su humor, la delicadeza irónica y risueña con que en aquellos relatos se referían crueldades, vilezas y ferocidades indecibles como si fueran nimiedades de la vida cotidiana. El humor es en Dinesen el gran amortiguador de los excesos de todo orden que habitan su mundo —los de la carne y los del espíritu—, el ingrediente que humaniza lo inhumano y da un semblante amable a lo que provocaría repugnancia o pánico. Nada como leerla para comprobar hasta qué punto es cierto que todo se puede contar, si se sabe cómo hacerlo.


La literatura, tal como ella la concibió, era algo que a los escritores de su tiempo espeluznaba: una evasión de la vida real, un juego entretenido. Hoy las cosas han cambiado y los lectores la comprenden mejor. Al hacer de la literatura un viaje hacia lo imaginario, la frágil baronesa de Rungstedlund no rehuía responsabilidad moral alguna. Por el contrario, contribuía —distrayendo, hechizando, divirtiendo— a que los seres humanos aplacaran una necesidad tan antigua como la de comer y adornarse: el hambre de irrealidad. –Del blog Mi Siglo, La invención de la realidad, de José Julio Perlado:
TENGO TRES MIL AÑOS Y HE CENADO CON SÓCRATES

“Durante los años que pasé en África, cuando tenía mi granja en las montañas – le dice Isak Dinesen a Truman Capote -, nunca me imaginé que volvería a vivir en Dinamarca. Cuando supe que iba a perder la granja, cuando estuve segura de que no podría conservarla, empecé a escribir los cuentos: para olvidar lo insoportable”. (Truman Capote: “Retratos”.- Anagrama).

“Cuando era jovencita, ir a África estaba muy alejado de mis pensamientos, y tampoco soñaba con una granja africana como el lugar en el que sería totalmente feliz -le confiesa la baronesa a la entrevistadora de “The Paris Review” -. Eso demuestra que el poder de la imaginación de Dios es mucho mayor y más preciso que el nuestro. Pero en la época en la que estaba prometida para casarme con mi primo Bror Blixen, un tío nuestro se marchó de caza mayor a África y volvió lleno de alabanzas hacia el país. Theodore Roosevelt también había estado cazando allí; se hablaba mucho del África Oriental. Así que Bror y yo nos decidimos a probar suerte allí, y nuestros parientes de ambos lados de la familia nos dieron dinero para comprar una granja, que quedaba en las tierras altas de Kenia, no muy lejos de Nairobi. El día que llegué allí, me encantó el país y me sentí como en casa, aunque estuviera rodeada de flores, árboles y animales que no conocía, y de nubes cambiantes sobre las colinas de Ngong, que no se parecían a ningunas nubes que hubiera visto antes.

Entonces, África Oriental era realmente un paraíso, lo que las pieles rojas llamaban “felices tierras de caza”. En mi juventud me gustaba mucho cazar, pero mi mayor interés durante los muchos años que pasé en África fueron los nativos africanos de todas las tribus, en particular los somalíes y los masai. Eran gente hermosa, noble, intrépida y sabia. La vida no era fácil dirigiendo una plantación de café. Más de cuatro mil hectáreas de labranza, y langostas y sequía… y nos dimos cuenta demasiado tarde de que la meseta donde estábamos ubicados resultaba demasiado elevada para poder cultivar café. Creo que la vida allí era bastante parecida a la Inglaterra del siglo XVlll: a menudo escaseaba el dinero, pero la vida seguía siendo rica en múltiples sentidos, con el maravilloso paisaje, decenas de caballos y perros, y multitud de criados”. (Entrevista en “The Paris Review“.-El Aleph).

“Hoy esperaba al cartero – le sigue diciendo a Capote -. Esperaba que me trajera un nuevo paquete de libros. Leo tan rápidamente, que me es difícil estar abastecida. Lo que le pido al arte es atmósfera, ambiente. Algo que escasea en el menú de hoy. Nunca me canso de los libros que me gustan, puedo leerlos veinte veces. Puedo, y lo he hecho. El rey Lear. Siempre juzgo a una persona según su opinión sobre el rey Lear. Naturalmente, uno quiere una página nueva, un rostro diferente. Tengo un talento especial para la amistad; con lo que más disfruto es con mis amigos: moverme, salir, conocer nuevas personas y ganármelas”.
Parecería que estuviéramos escuchando a Isak Dinesen o a Karen Blixen en el porche de esta casa de campo de África mientras filma el respirar de esta conversación Sidney Pollack, el director que acaba de morir. Merly Streep y Robert Redford, adormilados en este cálido porche, sueñan igual que Karen y que Denys Finch. Pasea lejos un león solitario y la escritora entre sueños murmura:

-Fíjese en los leones de ese sarcófago ¿Cómo pudieron haber conocido los etruscos al león? En África era el animal que más me gustaba.
Luego hay un largo silencio y Carla Svendsen, la entrevistadora de “The Paris Review“, le comenta asombrada la cantidad de libros que Dinesen ha leído en su vida.

- En realidad – dice la escritora con una misteriosa sonrisa – tengo tres mil años y he cenado con Sócrates. Descubrí a Shakespeare muy pronto, y ahora siento que la vida no sería nada sin él.

HABLAR COMO LA LLUVIA

Meryl Streep y Robert Redford en Out of Africa
Tenía una voz excepcionalmente grave y oscura, fantasmal, fuerte, irreal. Su acento en danés era casi arcaico, con las vocales abiertas y arrastradas del “viejo Copenhage“. Tenía una idea fija de lo que debía ser un cuento de Isak Dinesen, o una conversación, o una entrevista. Para un pequeño círculo de admiradores Karen Blixen se había convertido en el Viejo Marino, protagonista del famoso poema de Coleridge. Uno de sus invitados solía “darle pie” para que comenzara un cuento, y ella empezaba con su repertorio de gran dama, capaz de seguir y seguir sin una sola pausa y sin preocuparse de ponerse a la altura del que escuchaba. Otro de sus íntimos amigos decía estar dispuesto a echar una moneda a su contador y escuchar. A veces había en sus ojos una concentración total que casi asustaba, la mirada abstraída, en trance, viviendo totalmente en otro espacio y tiempo. Su hablar conpulsivo reflejaba su estado exaltado, estado de ensoñación, no plenamente consciente de dónde se encontraba.
Hablaba como la lluvia.

Convocaba a sus veladas a invitados imaginarios: a Shelley, a la emperatriz de China, a San Francisco.
Sí, hablaba como la lluvia.
En ocasiones era tan realista, tan abnegada y llena de recursos como la diosa china de la compasión y de la astucia femenina.

“Detesto la literatura – dijo -, y en especial la moderna. Leo con el apetito de una muchacha que piensa que va a encontrar el Príncipe Encantador en los libros”.
A quien le entrevistó para The Paris Review (El Aleph), le dijo:

En África ya había aprendido a contar cuentos. Porque, ¿sabe?, tenía al público perfecto. Los blancos ya no escuchan los cuentos recitados. Se mueven inquietos o se quedan adormilados. Pero los nativos siguen teniendo oído. Les explicaba historias todo el tiempo, de todo tipo. Y toda clase de tonterías. Les decía: “Había una vez un hombre que tenía un elefante con dos cabezas…” y enseguida tenían ganas de escuchar más. “¿Ah? Sí, pero memsahib, ¿cómo lo encontró?, y ¿cómo lograba alimentarlo?” o cualquier otra cosa. Les encantaban esas invenciones. Deleitaba a mi gente de allí hablando en verso para ellos; no tienen rima, ¿sabe?, no la habían descubierto. Yo decía cosas como: “Wakamba na kula mamba” (“La tribu wakamba come serpientes”), que en prosa les habría enfurecido, pero que les divertía enormemente en verso. Y después me decían: “Por favor, memsahib, habla como la lluvia”, así que entonces sabía que les había gustado, ya que la lluvia allí era algo muy valioso.

Estos son los cuentos de Isak Dinesen, cuentos góticos y cuentos últimos, cuentos barrocos y cuentos sorprendentes. Caen intermitentemente, palabra a palabra, y caen con la finura de la literatura oral, abren el espacio de los oyentes y dejan en el campo de la atención el olor de la lluvia.

EL SILENCIO DE LA PÁGINA EN BLANCO


-Tuve un aprendizaje muy duro con mi abuela-me contaba Isak Dinesen- “Sé fiel a la historia”,me decía la vieja arpía, “sé eterna y totalmente fiel a la historia”. “¿Y por qué debo serlo, abuela?”, le preguntaba. “¿Tengo que darte razones, insensata?”, gritaba. “¡Y tú quieres contar cuentos! ¡Vaya, tú eres la que quieres contar cuentos, y soy yo la que tengo que darte los motivos! Escucha, pues: cuando el narrador es fiel, eterna y totalmente fiel a la historia, al final, el silencio habla. Cuando se traiciona la historia, el silencio sólo es vacío. Pero nosotros, los fieles, cuando hayamos dicho nuestra última palabra, oiremos la voz del silencio. Tanto si una pequeña mocosa lo entiende como si no”.

“¿Quién cuenta entonces- continúa la mujer -, un cuento mejor que cualquiera de nosotros? El silencio.¿Y dónde se puede leer un cuento más profundo que en la página mejor impresa del libro más valioso que existe? En la página en blanco. Cuando una pluma, espléndida y noble, en el momento de máxima inspìración, haya escrito su cuento con la tinta más rara de todas, ¿dónde puede uno entonces leer un relato todavía más profundo, dulce, alegre y cruel que ése? En la página en blanco”.

Cerré el libro Últimos cuentos de Dinesen. Me esperaba una página en blanco con todos sus espacios abiertos, con esa sensación de miedo escénico que siempre abren sus dos hojas, el papel sin cubrir, las líneas vírgenes. El relato mejor estaba aún sin empezar. El silencio marcaba su tic-tac. El fluir de la sangre bajaba lentamente del cerebro a la mano y me incliné, me incliné con interés para escribir todo aquello que pensaba que aún nadie había escrito.

OSTRAS Y CHAMPAGNE
Sentada en las grandes praderas al lado de los baobabs y no lejos de los elefantes, o sentada ante la mesa de su granja, “al pie de las colinas de Ngong”, todos sabemos que a Karen Blixen se le daba un motivo en el aire- un motivo musical-literario, el pie para que echara a andar ( una palabra, un nombre) – y su relato se ponía en movimiento según el ritmo cadencioso de las palabras mágicas. El cuento, gótico o no, iba tomando forma igual que la cintura de esas vasijas de invención redondeadas y estilizadas, elevándose cada vez más finas, mejor dibujadas, más fascinantes y deslumbrantes.

Isak Dinesen siempre lo logró con sus palabras.
Le escuchaba arrobado Denys Finch-Hatton, como vimos en “Memorias de África”, recostado en la hierba al lado de la tienda nocturna, en la mano una copa de vino.
Luego le escucharon también, muchos años después, Marilyn Monroe, Arthur Miller y Carson McCullers en un famoso almuerzo americano cuya foto hoy aparece en los periódicos. Allí vemos a una Dinesen envejecida, cuyos ojos, según diría Truman Capote, “con kohl en los párpados, profundos, como animales de terciopelo acurrucados en una cueva, son posesión de mujeres comunes”.
Debió de contarles otra gran historia a aquellos personajes, las mil y una noches de una noche que les hiciera olvidar lo insoportable.

Luego la leyenda dice que Dinesen, ya anciana, sólo se alimentaba de ostras y champagne.
Pero eso ya pertenece al dominio de sus cuentos. Nunca sabremos si es ficción o realidad.

Obra de Isak Dinesen:

La venganza de la verdad 1926.
Siete cuentos góticos, 1934.
Memorias de África (o Lejos de África), 1937 (publicada en 1938), en la que se basa la película homónima.
Las vengadoras angélicas, 1944 (publicada en 1945 con el seudónimo Pierre Andrézel).
Cuentos de invierno, 1942.
Últimos cuentos, 1946.
Anécdotas del destino, 1958, edición póstuma.
Sombras en la hierba, 1960, póstuma.
Ehrengard, 1962, póstuma.
Cartas de África, 1981, póstuma.


Enlaces:
Karen Blixen Museet
Karen Blixen- Isak Dinesen Information Site






viernes, 23 de abril de 2010

Homenaje a José Emilio Pacheco

Discurso de José Emilio Pacheco al recibir el Premio Miguel de Cervantes 2009

Majestades, Señor Presidente del Gobierno, Señora Ministra de Cultura, Señor Rector de la Universidad de Alcalá de Henares, Señora Presidenta del Consejo Nacional para la Cultura y para las Artes de México, Presidenta de la Comunidad de Madrid, Sr. Alcalde de esta ciudad, autoridades estatales, autonómicas, locales y académicas, amigas, amigos, señores y señoras.

1947 es una fecha tan lejana como 1547. Ambas se han hundido en la sombra eterna y son irrecuperables. Tal vez la memoria inventa lo que evoca y la imaginación ilumina la densa cotidianeidad. Sin embargo, del mismo modo que para nosotros serán siempre gigantes los molinos de viento que acababan de instalarse en 1585 y eran la modernidad anterior a la invención de esta palabra, en algún plano es real otra experiencia: la de un niño que una mañana de Ciudad de México va con toda su escuela al Palacio de Bellas Artes y asiste asombrado a una representación del libro convertido en espectáculo.

Salvador Novo adapta y dirige la obra con música de un mexicano, Carlos Chávez, y un español, Jesús Bal y Gal. Novo pertenece al Grupo de Contemporáneos, equivalente exacto del Grupo de 1927 en España. Mucho tiempo después sabré que Novo había conseguido que en julio de 1936 su amigo Federico García Lorca estuviera precisamente en ese Palacio de Bellas Artes para presenciar el estreno mexicano de Bodas de Sangre interpretada por Margarita Xirgu.

A telón cerrado aparece el historiador árabe Cide Hamete Benengeli a quien Cervantes atribuye la novela. Cide Hamete Benengeli ha decidido abreviar la historia para que los niños de México puedan conocerla. La cortina se abre. De la oscuridad surge la venta que es un castillo para Don Quijote. Quiere ser armado caballero a fin de que pueda ofrecer sus hazañas a la sin par Dulcinea del Toboso, la mujer más bella del mundo.

Dos horas después termina la obra. Desciende de los aires Clavileño que en esta representación es un pegaso. Don Quijote y Sancho montan en él y se elevan aunque no desaparecen. El Caballero de la Triste Figura se despide: "No he muerto ni moriré nunca. Mi brazo fuerte está y estará siempre dispuesto a defender a los débiles y a socorrer a los necesitados".

La otra realidad
En aquella mañana tan remota descubro que hay otra realidad llamada ficción. Me es revelado también que mi habla de todos los días, la lengua en que nací y constituye mi única riqueza, puede ser para quien sepa emplearla algo semejante a la música del espectáculo, los colores de la ropa y de las casas que iluminan el escenario. La historia del Quijote tiene el don de volar como aquel Clavileño. Sin saberlo, he entrado en lo que Carlos Fuentes define como el territorio de La Mancha. Ya nunca voy a abandonarlo.

Leo más tarde versiones infantiles del gran libro y encuentro que los demás leen otra historia. Para mí el Quijote no es cosa de risa. Me parece muy triste cuanto le sucede. Nadie puede sacarme de esta visión doliente.

En la mínima historia inconclusa de mi trato con la novela admirable hay a lo largo de tantos años muchos episodios que no describiré. Adolescente, me frustra no poder seguir de corrido la fascinación del relato: se opone lo que George Steiner designó como el aparato ortopédico de las notas. Me duele que las obras eternas no lo sean tanto porque el idioma cambia todos los días y con él se alteran los sentidos de las palabras.

También me asombra que necesiten nota al pie términos familiares en el español de México, al menos en el México de aquellos años remotos: "de bulto" como las estatuillas de los santos que teníamos en casa; "el Malo", el demonio"; "pelillos a la mar", olvido de las ofensas; "curioso", inteligente. Y tantas otras: "escarmenar", "bastimento", "cada y cuando".

Supercherías cervantinas
Ignoro si podría demostrase que el primer ejemplar del Quijote llegó a México en el equipaje de Mateo Alemán y en el mismo 1506 de su publicación . El autor del Guzmán de Alfarache había nacido en 1547 como Cervantes y estuvo en aquella Nueva España que don Miguel nunca alcanzó.

Tal vez el gran cervantista mexicano de hace un siglo, Francisco A. de Icaza, hubiera rechazado como una más de las 'Supercherías y errores cervantinos', que es el título de la obra de Icaza, esta atribución que me seduce. Por lo pronto me permite evocar en este recinto sagrado a Icaza, el mexicano de España y el español de México, a quien no se recuerda en ninguna de sus dos patrias. En todo caso sobrevive en el poema que le dedicó su amigo Antonio Machado: "No es profesor de energía/ Francisco A. de Icaza, sino de melancolía". Y en la inscripción que leen todos los visitantes de la Alhambra. Otra leyenda atribuye su inspiración al mismo mendigo de quien habló también Ángel Ganivet: "Dale limosna, mujer/ pues no hay en la vida nada/como la pena de ser/ciego en Granada".

Como todo, Internet es al mismo tiempo la cámara de los horrores y el Retablo de las Maravillas. No me dejará mentir la Red si les digo que el 30 de noviembre de 2009, en una rueda de prensa en la Feria del Libro de Guadalajara me preguntaron, con motivo del Premio Reina Sofía, si con él yo estaba en camino del Premio Cervantes. "Para nada", contesté. "Lo veo muy lejano. Nunca lo voy a ganar".

Al amanecer del lunes 30 la voz de la Señora Ministra de Cultura, Doña Ángeles González Sinde, me dio la noticia y me hundió en una irrealidad quijotesca de la que aún no despierto. Por aturdimiento, no por ingratitud, apenas en este día doy gracias al jurado por su generosidad al privilegiarme cuando apenas soy uno más entre los escritores de este idioma y hay tantas y tantos dignos con mucha mayor justificación que yo de estar ahora ante ustedes.

Para volver al plano de la realidad irreal o de la irrealidad real en que los personajes del Quijote pueden ser al mismo tiempo lectores del Quijote, me gustaría que el Premio Cervantes hubiera sido para Cervantes. Cómo hubiera aliviado sus últimos años el recibirlo. Se sabe que el inmenso éxito de su libro en poco o nada remedió su penuria.

Cómo nos duele verlo o ver a su rival Lope de Vega humillándose ante los duques, condes y marqueses. La situación sólo ha cambiado de nombres. Casi todos los escritores somos, a querer o no, miembros de una orden mendicante. No es culpa de nuestra vileza esencial sino de un acontecimiento ya bimilenario que tiende a agudizarse en la era electrónica.

En la Roma de Augusto quedó establecido el mercado del libro. A cada uno de sus integrantes -- proveedores de tablillas de cera, papiros, pergaminos; copistas, editores, libreros--le fue asignado un pago o un medio de obtener ganancias. El único excluido fue el autor sin el cual nada de los demás existiría. Cervantes resultó la víctima ejemplar de este orden injusto. No hay en la literatura española una vida más llena de humillaciones y fracasos. Se dirá que gracias a esto hizo su obra maestra.

El Quijote es muchas cosas pero es también la venganza contra todo lo que Cervantes sufrió hasta el último día de su existencia. Si recurrimos a las comparaciones con la historia que vivió y padeció Cervantes, diremos que primero tuvo su derrota de la Armada Invencible y después, extracronológicamente, su gran victoria de Lepanto: El Quijote es la más alta ocasión que han visto los siglos de la lengua española.

Nada de lo que ocurre en este cruel 2010 -de los terremotos a la nube de ceniza, de la miseria creciente a la inusitada violencia que devasta a países como México- era previsible al comenzar el año. Todo cambia día a día, todo se corrompe, todo se destruye. Sin embargo en medio de la catástrofe, al centro del horror que nos cerca por todas partes, siguen en pie, y hoy como nunca son capaces de darnos respuestas, el misterio y la gloria del Quijote.


Reseña biográfica

Poeta y ensayista mexicano nacido en Ciudad de México en 1939.Empezó a brillar desde muy joven en el panorama cultural mexicano, gracias a su dominio de las formas clásicas y modernas y al enfoque universal de su poesía.

Además de poeta y prosista se ha consagrado también como eximio traductor, trabajando como director y editor de colecciones bibliográficas y diversas publicaciones y suplementos culturales. Ha sido docente universitario e investigador al servicio de entidades gubernamentales.

Entre sus galardones se cuentan:
Premio Nacional de Poesía, Premio Nacional de Periodismo Literario, Premio Xavier Villaurrutia, Premio Magda Donato, Premio José Asunción Silva en 1996, el Premio Octavio Paz en el año 2003, el Premio Federico García Lorca 2005, el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda en 2004, la XVIII edición del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2009 y el Premio Cervantes en 2009.

Como traductor se le deben en especial versiones de Cuatro cuartetos, de
T. S. Eliot, de Cómo es (Samuel Beckett), Un tranvía llamado deseo (Tennessee Williams), Vidas imaginarias (Marcel Schwob) y De profundis (Óscar Wilde). Ha editado la Antología del Modernismo y obras de autores como Federico Gamboa y Salvador Novo.

Su poema Alta traición es quizá el más célebre entre la juventud mexicana. En su obra narrativa transfigura el mundo infantil y adolescente en el escenario cada vez más ruinoso de la ciudad de México (El viento distante y otros relatos (1963), El principio del placer (1972),
Las batallas en el desierto (1981)... En Morirás lejos (1967) trata sobre distintas épocas de persecución (nazismo, guerra romana contra los judíos).

Obra:


Lírica
Los elementos de la noche (1963)
El reposo del fuego (1966)
No me preguntes cómo pasa el tiempo (1970)
Irás y no volverás (1973)
Islas a la deriva (1976)
Desde entonces (1979)
Los trabajos del mar (1984)
Miro la tierra (1987)
Ciudad de la memoria (1990)
El silencio de la luna (1996)
La arena errante (1999)
Siglo pasado (2000)
Tarde o temprano (2000; poesía completa, ampliada en la edición de 2010)
Como la lluvia (2009)
La edad de las tinieblas (2009)


Narrativa
La sangre de Medusa y otros cuentos marginales (1959)
El viento distante (1963)
Morirás lejos (1967)
El principio del placer (1972)
Las batallas en el desierto (1981)
Tarde de agosto (1992)


Selección de poemas
Los elementos de la noche
Bajo el mismo imperio que el verano ha roído
Se deshacen los días.
En el último valle
La destrucción se sacia
En ciudades vencidas que la ceniza afrenta.
La lluvia extingue
El bosque iluminado por el relámpago.
La noche deja su verano.
Las palabras se rompen contra el aire.
Nada se restituye ni devuelve
El verdor a la tierra calcinada.
Ni el agua en su destierro sucederá a la fuente
Ni los huesos del águila volverán por las alas.

La falsa vida

Alguien te sigue a veces en silencio.
Las cosas nunca dichas
Se transforman en actos.
Atraviesas la noche en las manos del sueño,
Pero el otro, implacable,
No te abandona: lucha
Contra la irrealidad, la falsa vida
Donde todo es ocaso.
Frágil perseguidor que eres tú mismo,
Lo has obligado a ser, en guardia siempre,
El minucioso espejo que no olvida.
Pompeya
La tempestad de fuego nos sorprendió en el acto
De la fornicación.
No fuimos muertos por el río de la lava.
Nos ahogaron los gases. La ceniza
Se convirtió en sudario. Nuestros cuerpos
Continuaron unidos en la piedra:
Petrificado espasmo interminable.
Miseria de la poesía
Me pregunto qué puedo hacer contigo
Ahora que han pasado tantos años,
Cayeron los imperios,
La creciente arrasó con los jardines,
Se borraron las fotos
Y en los sitios sagrados del amor
Se levantan comercios y oficinas
(con nombres en inglés naturalmente).
Me pregunto qué puedo hacer contigo
Y hago un pseudo poema
Que tú nunca leerás
―o si lo lees,
En vez de una punzada de nostalgia,
Provocará tu sonrisita crítica.

El mar sigue adelante

Entre tanto guijarro de la orilla
No sabe el mar en dónde ha de romperse.
¿Cuándo terminará su infernidad que lo ciñe
A la tierra enemiga,
Como instrumento de tortura,
Y no lo deja agonizar,
No le otorga un minuto de reposo?
Tigre entre la hojarasca
De su absoluta impermanencia.
Las vueltas
Jamás serán iguales;
La prisión
Es siempre idéntica a sí misma.
Y cada ola quisiera ser la última,
Quedarse congelada
En la boca de sal y arena
Que está diciendo siempre: adelante.

El fuego

En la madera que se resuelve en chispa y llamarada,
Luego en silencio y humo que se pierde,
Miraste deshacerse con silencioso estruendo la vida.
Y te preguntas si habrá dado calor,
Si conoció alguna de las formas del fuego,
Si llegó a arder e iluminar con su llama.
De otra manera todo habrá sido en vano.
Humo y ceniza no serán perdonados
Pues no triunfaron contra la oscuridad,
Leña que arde en una estancia desierta
O en una cueva que sólo habitan los muertos.

Manual de urbanidad

Para qué tanta ceremonia, indirectas,
Puñaladitas bajo cuerda, gasto suntuario,
Cortina de humo o envoltura contaminante
De una desnuda frase: No puedo verte
O No te soporto.
Es decir, soy ciego
A nuestra humana luz compartida.
O bien, no resisto
El peso de otra dolencia errante agregada
A mi invencible pesadumbre.

El silencio


La vida, más feroz que toda muerte.
Jorge Guillén, Clamor
La silenciosa noche. Aquí en el bosque
No se escuchan rumores.
Los gusanos trabajan.
Los pájaros de presa hacen lo suyo.
Pero yo no oigo nada.
Sólo el silencio que da miedo. Tan raro,
Tan escaso se ha vuelto en este mundo
Que ya nadie se acuerda de cómo suena,
Nadie quiere
Estar consigo mismo un instante.
Mañana
Dejaremos la verdadera vida para mañana.
No asco de ser ni pesadumbre de estar vivo:
Extrañeza
De hallarse aquí y ahora en esta hora tan muda.
Silencio en este bosque, en esta casa
A la mitad del bosque.
¿Se habrá acabado el mundo?

Fin de mundo

“El 18 de mayo del 50
Se va a acabar el mundo.
Confiésate y comulga y encomienda tu alma
A la misericordia de Dios Padre
Y pídele a la Virgen que ruegue por nosotros.”
Todo esto me dijeron varias personas.
El 18 de mayo esperé el terremoto,
El diluvio de fuego, la bomba atómica.
Como es obvio, no pasó nada.
Hay otras fechas para el fin del mundo.

Elogio de la fugacidad

Triste que todo pase…
Pero también qué dicha este gran cambio perpetuo.
Si pudiéramos
Detener el instante
Todo sería mucho más terrible.
¿Pueden imaginar a Fausto de 1844, digamos,
Que hubiera congelado el tiempo en un momento preciso?
En él hasta la más libre de las mujeres
Viviría prisionera de sus quince hijos
(Sin contar a los muertos antes de un año),
Las horas infinitas ante el fogón, la costura,
Los cien mil platos sucios, la ropa inmunda
—Y todo lo demás, sin luz eléctrica y sin agua corriente.
Cuerpos sólo dolor, ignorantes de la anestesia,
Que olían muy mal y rara vez se bañaban.
Y aún después de todo esto, como perfectos imbéciles,
Nos atrevemos a decir irredentos:
“Qué gran tristeza la fugacidad,
¿Por qué tenemos que pasar como nubes?”

Irrealidad

Como fantasma de un espectro vuelvo
A este mundo con mi experiencia que ya no sirve.
Me abruma
Atestiguar cómo todo ha cambiado hasta la irrealidad;
Cómo fantasía alguna fue capaz
De imaginar cuanto hay ahora, todo lo que es
―Y desde luego nadie esperaba.
La lengua de las cosas
La lengua de las cosas debe ser el polvo donde se comunican sin
Hablarse.
El polvo o la sombra que proyectan.
Demencia de las cosas cuando su voluntad se rebela
Y se esconden frenéticas o se niegan a funcionar obstinadas.
Únicos medios de rebelión a su alcance,
Únicas formas de decirnos que no somos sus amos,
Aunque tengamos el poder
De destruirlas y olvidarlas.

José Andrés Rojo
Una historia de amor
EL PAÍS, 23 abril, 2010

Una vez que aquel muchacho, Carlitos, fue a casa de Jim quedó tan impactado por la belleza de la madre de su amigo que se enamoró de manera irremediable. Volvió al mundo con la sensación de estar viviendo el mayor de los acontecimientos y ya no dejó de pensar en ella. Así que unos días después, y cuando estaban en clase de "lengua nacional como se llamaba el español", pidió permiso y salió. Les estaban enseñando el pretérito perfecto del subjuntivo: hubiera o hubiese amado. Se fue de la escuela, fue a casa de su amigo, tocó el timbre. Lo cuenta José Emilio Pacheco, que dentro de unas horas recibirá en Alcalá el Premio Cervantes, en su novela Las batallas en el desierto (Tusquets). Le abrió la madre de Jim: "Nos sentamos en el sofá. Mariana cruzó las piernas. Por un segundo el kimono se entreabrió levemente. Las rodillas, los muslos, los senos, el vientre plano, el misterioso sexo escondido. No pasa nada, repetí". Y fue armándose de valor, hasta que lo dijo: "Porque lo que vengo a decirle –ya de una vez, señora, y perdóneme—es que estoy enamorado de usted".

La novela tiene esas frases cortas, esa velocidad, pero José Emilio Pacheco es, ante todo, poeta. En alguna de sus artes poéticas ha escrito: "Tenemos una sola cosa que describir: / este mundo". En otra: "No tu mano / la tinta escribe a ciegas / estas pocas palabras". Así que no es hombre de alardear, ni de proclamas excesivas, y ha ido paso a paso construyendo ese montón de versos por los que hoy recibe el premio más importante de cuantos celebran la obra de un autor en lengua española.

En Sombras de obras, Octavio Paz escribió: "La poesía de José Emilio Pacheco se inscribe no en el mundo de la naturaleza sino en el de la cultura y, dentro de éste, en su mitad de sombra. Cada poema de Pacheco es un homenaje al No; para José Emilio el tiempo es el agente de la destrucción universal y la historia es un paisaje en ruinas". No hay que ir muy lejos en Tarde o temprano, la reunión de sus poemas que Tusquets acaba de publicar, para encontrar uno que en el que, con extrema sencillez y contundencia, atrape la devastadora labor de las horas. Se titula Antiguos compañeros se reúnen y dice: "Ya somos todo aquello / contra lo que luchamos a los veinte años".

En Las batallas del desierto, que inspiró una película (Mariana, Mariana) y una canción del grupo Café Tacuba (Las Batallas), hay también algo de eso: la drástica mirada que constata que todo se acaba, que nada dura. "Demolieron la escuela, demolieron el edificio de Mariana, demolieron mi casa, demolieron la colonia Roma. Se acabó esa ciudad.

Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años". Así que seguramente es cierta esa querencia por el No. Pero también en Pacheco hay, y también lo destacaba Octavio Paz, "la voz del Sí". Ese Sí que constituye el haberse rendido al desafío de escribir versos, aunque parezca una tarea condenada al fracaso. Así lo expresaba en otro poema: "No hay justificación de mi arrogancia / Al hacer un poema como si fuera importante. / Y desde el muelle sin esperanza arrojarlo / Al abismo sin fondo". Señor Pacheco, muchas felicidades.


jueves, 15 de abril de 2010

Francisco Javier Clavijero



Clavijero y la Ilustración
Por: Federico Zertuche


Sin duda podemos destacar al jesuita Francisco Javier Clavijero entre los mexicanos más ilustrados de la Nueva España, justo en el sentido que el siglo XVIII imprimiera a esa categoría como peculiar cosmovisión y actitud intelectual.

Menciono tal gentilicio no obstante que el México independiente todavía no cobraba vida pero ya el término y sus implicaciones nacionales, como entidad sociológica, eran muy claros en la conciencia de buena parte de la sociedad novohispana y ciertamente en el propio Clavijero.

Francisco Javier Mariano Clavijero Echegaray, nació en Veracruz el 9 de septiembre de 1731, hijo de don Blas Clavijero, natural de las montañas de León, España, y de doña María Isabel Echegaray, criolla de familia oriunda de Vizcaya. Don Blas, educado en la Francia de Luis XIV, protegido del poderoso duque de Medinaceli, pasó a la Nueva España con altas recomendaciones y pronto funge como Alcalde Mayor de Tezuitlán y luego en Xicayán de la Mixteca.

Desde temprana edad, Francisco Javier tuvo contacto con los indígenas súbditos de su padre, con quienes se aficionó afectuosamente y cuya cultura despertara genuina curiosidad, a grado tal de aprender sus lenguas, en particular el náhuatl, la otomí y la mixteca, que tanto le valieran luego en la gran obra de su vida, señaladamente a favor de los indios y de su historia.

Efectuó sus primeros estudios en Puebla, en los colegios de San Jerónimo
Templo y Colegio de la Compañía de Jesús, Tepoztlán, Morelos.
donde estudió gramática y San Ignacio, a cargo de jesuitas, donde se inició en filosofía, latín y teología; al terminar, sintió vocación por el sacerdocio e ingresó al seminario de esa ciudad, donde estuvo poco tiempo pues decidió convertirse jesuita por lo que en 1748 se trasladó al colegio que la orden tenía en Tepoztlán, allí perfeccionó sus conocimientos de latín, aprendió griego antiguo y los idiomas francés, portugués, italiano, alemán e inglés, que sumados a las tres lenguas indígenas y al español materno, le hicieran consumado políglota.

A decir del padre Mariano Cuevas, a quien debemos la primera publicación en su texto original de la Historia Antigua de México, cuyo manuscrito y hológrafo conservara durante 18 años, señalaba que éste poseía “una notable capacidad intelectual y prodigiosa retentiva” que le valieron pronto, luego de sus estudios, las importantes cátedras de letras y filosofía en la misma Prefectura de Estudios del Real Colegio de San Ildefonso, donde concluyera aquellos. (1)

Atento lector de Aristóteles, Clavijero también estudió, con pleno conocimiento y anuencia de sus superiores, a filósofos entonces modernos como Descartes, Gassendi, Leibniz, o Newton, que como hombre ilustrado se sentía obligado estar al corriente de los progresos de dicha ciencia. Ya como maestro se empeñó en implementar una serie de reformas en el método de enseñanza de la filosofía en seminarios y colegios donde impartió cátedra.

Luego fue enviado a la Ciudad de México para completar su formación

Antiguo Colegio de San Ildefonso, México, D.F.
teológica y filosófica en el Colegio de San Pedro y San Pablo, allí convivió con estudiantes de la talla de José Rafael Campoy, Andrés Cavo, Francisco Javier Alegre, Juan Luis Maneiro, Pedro José Márquez y otros más que han sido llamados "los humanistas mexicanos del siglo XVIII". En ese tiempo, cuando aún no había concluido sus estudios, se dedicó a la docencia y fue prefecto del Colegio de San Ildefonso. Después como un hecho excepcional ya que aún no había sido ungido con las órdenes sacerdotales, le encomendaron la cátedra de retórica en el Seminario Mayor de los jesuitas.

Hacia 1755 fue consagrado sacerdote y a partir de entonces se dedicó por completo a actividades ligadas a la docencia e investigación; estuvo enseñando en el Colegio de San Gregorio, creado al inicio de la Colonia para impartir educación y formación cristiana a jóvenes indígenas, allí pasó cinco años durante los cuales siguió cultivándose.

Dice su primer biógrafo, colega y amigo, el padre Juan Luis Maneiro: ''En esos cinco años, examinó con ojos curiosísimos todos los documentos referentes a esta nación mexicana, los que, como dijimos antes, se conservaban en gran número en el contiguo Colegio de San Pedro y San Pablo, y con enorme esfuerzo sacó de allí preciosos tesoros que más tarde dio a conocer para el bien público en la historia que dejó a la posteridad.” (2)

Su paso por el Colegio de San Gregorio no estuvo exento de percances, en una carta el padre Pedro Reales provisor de la Orden de la Compañía de Jesús le reclama: ''de haber sacudido enteramente el yugo de la obediencia, respondiendo con un no quiero a lo que se le encarga, como ayer sucedió, o por lo menos esa respuesta se le dio al superior, que a la verdad no sé qué camino tomar para que Vuestra Reverencia se componga y contenga en su deber. Mudanza de lugar es poco remedio, y ninguna satisfacción a la vida y ejemplo que Vuestra Reverencia ha dado, abstrayéndose casi todo del fin único de los que viven en ese Colegio, y entregándose a otros cuidados y estudios que le embargan.” (3)

Cabe aclarar que esos "otros cuidados y estudios que le embargan", no eran otros que los códices aztecas y libros de la época de la conquista que se guardaban en el colegio vecino, como apreciada herencia de don Carlos de Sigüenza y Góngora al Colegio de San Pedro y San Pablo. ''Clavijero —dice Maneiro en su biografía— siguió a Sigüenza como ejemplo en sus investigaciones y, viendo aquellos volúmenes, se llenó de sumo placer por razón de la sincera benevolencia con que amaba a los indios. Y no dejaba de admirar el pulido papel de los antiguos indígenas antes de serles conocida la cultura europea. En cuanto a aquellas inscripciones jeroglíficas, siempre las retuvo en su memoria y nunca cesó de entregarse a admirables esfuerzos con el fin de comprenderlas''. (4)

En 1764 le trasladan a Valladolid (hoy Morelia) para hacerse cargo de la
Antiguo Seminario Mayor, hoy Centro Cultural Clavijero, Morelia, Michoacán. 
asignatura de filosofía en el seminario mayor de la localidad, en donde, a decir de Mariano Cuevas, “tuvo entre sus discípulos al jovencito Miguel Hidalgo y Costilla”. (4) La buena labor desarrollada le valió para ser enviado a Guadalajara una población más importante, donde también le fue encargada la cátedra de filosofía. Es allí en donde redactó y concluyó su tratado de ''Physica Particularis'' que junto con ''Cursus Philosophicus'' revelan su pensamiento filosófico-científico, a tono con la Ilustración de la época.

Vale la pena destacar la curiosidad de Clavijero en la iconografía de los antiguos mexicanos que despertara en su juventud cuando tuvo acceso a la colección de pinturas, manuscritos, códices y textos de sabios nativos, reunida y heredada luego a los jesuitas por el ilustre matemático e historiador don Carlos Sigüenza y Góngora, a quien Clavijero describe así: “Este grande hombre es uno de los más beneméritos de la historia de México, porque formó a grandes expensas una copiosa y selecta colección de manuscritos y de pinturas antiguas, y se empleó con la mayor diligencia y tesón en ilustrar las antigüedades de aquel reino” [...] “Este doctísimo mexicano, como aficionado al estudio de la antigüedad, reunió un gran número de pinturas antiguas parte compradas a grande precio y parte que le dejó en su testamento el nobilísimo indio don Juan de Alva Ixtlixóchitl, el cual las había heredado de los reyes de Texcoco sus ascendientes.” (5)

Asimismo Clavijero conoció y estudió otra famosa colección, la formada por don Lorenzo Boturini, a la que se refiere así: “Esta preciosa colección de antigüedades mexicanas, secuestrada por el suspicaz gobierno de México a su erudito y laborioso dueño, se conservaba en gran parte en el archivo del virrey. Yo vi algunas de estas pinturas, que contenían algunos hechos de la conquista y algunos bellos retratos de los reyes de México.” (6)

Otra que estudió “con diligencia y me ha sido útil para mi historia”, fue La Colección de Mendoza, 63 pinturas hechas para el primer virrey de México don Antonio de Mendoza, a la que se añadieron explicaciones en lengua mexicana y española para mandarlas al emperador Carlos V. Sin embargo nunca llegaron a su destinatario pues el navío en que se enviaron fue apresado por corsarios franceses y conducido a Francia. Las pinturas tuvieron diversos destinos, aunque fueron publicadas en 1692 en París.

Pero volvamos a la vida de nuestro personaje, hacia 1767, siendo profesor en el Colegio de Guadalajara, lo sorprende el decreto de Carlos III por el cual se ordenaba la expulsión de los jesuitas de todos los dominios españoles.

Según relata Cuevas: “sin más equipaje que una muda de ropa y su breviario, fue embarcado el 25 de octubre de 1767 en el paquebot llamado Nuestra Señora del Rosario. Entre mil sufrimientos y un naufragio, del que se salvó invocando Nuestra Señora de Guadalupe, llegó a Italia y allá fue destinado por sus superiores a Ferrara; mas luego, cuando ya concibió su idea de escribir su historia de México, trasladóse a Bolonia, donde el ambiente literario y la cercanía de bibliotecas y archivos tanto le habían de ayudar para llevar a feliz término su empresa.” (7)

En Italia se dedica a sus investigaciones históricas y aún cuando le faltaban los

códices, libros de consulta y de los primeros cronistas españoles que había estudiado, guardaba en su memoria la información necesaria como para escribir la obra que siempre había acariciado, La Historia Antigua de México. Por esos días llegó a sus manos un libro titulado Investigaciones filosóficas sobre los americanos escrito por un autor prusiano llamado Cornelius Paw. Ese libro le reveló a Clavijero la ignorancia que tenían en Europa sobre la naturaleza y cultura americana y lo animó a iniciar su obra para mostrar la verdad de la historia de los mexicanos y desmentir argumentada y puntualmente los despropósitos de Paw.

Durante varios años trabajó en su Historia, consultando las bibliotecas italianas que tenían libros sobre el tema, enviando correspondencia a sus amistades en México para que consultaran las obras allí guardadas y le enviaran notas sobre tal o cual libro o códice. Finalmente pudo comunicar que había concluido la obra que narra la realidad cultural del México de antes y durante la conquista española.

Originalmente la obra fue escrita en español, sin embargo Clavijero la tradujo al italiano con ayuda de hablantes nativos para pulir el lenguaje antes de imprenta, así fue como en 1780 salió a la luz y rápidamente fue recibida por estudiosos de la época con gran satisfacción al grado que no pasó mucho tiempo antes que fuera traducida al inglés y al alemán. A decir de eruditos, la Storia antica del Messico pasaría a ser la primera y más leída obra en la Europa del Siglo de las Luces que diera a conocer las culturas indígenas. Habrían de pasar muchos años antes que fuese publicada en el idioma original, ¡hasta 1945!, gracias justamente a don Mariano Cuevas.

La edición en español, editada y prologada por el padre Cuevas, publicada por esa benemérita casa que es Editorial Porrúa, consta de cuatro tomos, el primero incluye una descripción natural: tierra, clima, montes, ríos y lagos, minerales, plantas animales y hombres, que da cuenta del acucioso empeño y oficio naturalista e incluso etnográfico de Clavijero, que luego Alexander von Humboldt reconociera y admirara. Relata, asimismo, la historia de los toltecas, chichimecas, olmecas y demás naciones que ocuparon el Anáhuac antes que los aztecas. Narra la fundación de México-Tenochtitlán, los sucesos ocurridos y sus primeros monarcas hasta la muerte del rey Ahuízotl. Incluye también el relato de los tiranos de Acolhuacán, Tezozomoc y Maxtlaton, y la restitución del rey Nezahualcóyotl al reino cuya capital era Texcoco, gracias a su alianza con los aztecas y los tepanecas, la famosa triple alianza.

El tomo II se ocupa de los sucesos del rey Moctezuma Xocoyotzin, noveno rey de México hasta el año 1519. Hace un elogio del rey Nezahualpili, hijo y sucesor de Nezahualcóyotl. Luego se ocupa de la religión de los aztecas, de sus dioses, templos, sacerdotes, sacrificios y obligaciones, ayunos y austeridades; de su cronología, calendario y fiestas, de los rituales alrededor del nacimiento, matrimonio y funerales. Un estudio etnográfico, cuando ésta disciplina aún no era reconocida como tal. Trata del gobierno político, militar y económico, de los juicios, leyes y penas, de la agricultura, caza, pesca y comercio, de sus juegos, trajes, alimentos y utensilios; de su lenguaje, poesía, música y danzas, medicina, pintura, escultura, arquitectura y otras artes.

El Tomo III cubre desde la llegada de los españoles, y de los sucesos ocurridos hasta la caída de Tenochtitlán, pasando por la muerte de Moctezuma, de Cuiltahuác y Cuauhtémoc, las batallas, alianzas y demás hechos militares hasta el fin del imperio. Incluye cuadros de la descendencia de Cortés y de Moctezuma II. El Tomo IV contiene nueve disertaciones sobre temas específicos que Clavijero consideró apropiado tratar por separado para mayor abundamiento de su Historia, así como dos catálogos, el de escritores y el de gramáticos de lenguas indígenas.

Como puede observarse por la sola descripción estructural y temática, tratase de una obra monumental, integral, de visión y enfoque multidisciplinarios. Bien señala don Luis González Obregón: “Una obra que con excelente método, aceptable crítica y selecta erudición, limpia de fastidiosos textos y en estilo elegante, trazara el cuadro de la civilización indígena y de la conquista hispánica no la tuvimos hasta la aparición de la Storia antica del Messico.”

Clavijero también escribió una notable Historia de la Antigua o Baja California en la que da pormenorizada cuenta de la colonización y civilización pacíficas de la península por parte de sus antiguos hermanos jesuitas, entre los que destacan el incomparable andariego y grande hombre de bien don Eusebio Francisco Kino, y los padres Salvatierra, Ugarte y Píccolo, sin olvidar al almirante don Isidro de Atondo y Antillón, quien comandara la primera expedición.

Como en su Historia Antigua de México, inicia la de California con un detallado estudio naturalista y etnográfico, para dar paso a la épica colonización iniciada por el padre Kino y continuada por sus colegas jesuitas, la fundación y establecimiento de misiones, vicisitudes, evangelización y civilización de los naturales, hasta la expulsión de los jesuitas por el decreto de Carlos III. Es pertinente recordar que mientras la Baja California fue colonizada por los jesuitas, la Alta California, partiendo de aquella península, lo fue por los franciscanos de igual manera pacífica y mediante el establecimiento de misiones, impulsada por don José de Gálvez, visitador general de la Nueva España, e iniciada por el venerable padre Fray Junípero Serra.

Sorprende que tan magnífica descripción y acuciosa historia -por muchos años la más ambiciosa y completa, muy reputada hasta el día de hoy- fue escrita por alguien que nunca puso sus pies en dicha tierra, sino atenido a informaciones, memorias y otros documentos dejados por los jesuitas, y al testimonio verbal de otros que pudo recabar directamente, elaboró tan docta como amena historia que pasara a la posteridad como modelo en su género, esto es, una obra clásica.

Clavijero escribió también un una gramática y un diccionario de la lengua náhuatl, hasta hoy inéditos, una advocación sobre la Virgen de Guadalupe, tres opúsculos que confirman la modernidad de su pensamiento: Proyectos útiles para adelantar el comercio de la Nueva España, los Frutos en que puede comerciar la Nueva España y su Breve descripción de la provincia de México. Antes de morir, dice Miguel León-Portilla, elaboraba un trabajo referente a la participación de los indígenas tlaxcaltecas en la colonización del norte novohispano.

En 1787, a la temprana edad de 55 años fallece Clavijero víctima de un total agotamiento que se tradujo en dolorosa infección vesicular. A decir del padre Mariano Cuevas, “Fue enterrado en la Iglesia de Santa Lucía, en la cripta de los jesuitas mexicanos. Dos veces, en 1924 y en 1927, al visitar nosotros esa cripta, tratamos de identificar los restos del ilustre veracruzano, pero es ya humanamente imposible y tenemos que contentarnos con la sola glorificación de su memoria.” (8)

Así sea, rindamos pues tributo a uno de los más insignes e ilustres hombres de letras, filólogo, políglota, historiador, teólogo, filósofo, humanista e indigenista mexicano de todos los tiempos.


Notas bibliográficas

(1) Cuevas, P. Mariano, Prólogo, Historia Antigua de México, de Francisco Javier Clavijero, Editorial Porrúa, México, 1958. Pág. IX.
(2) Maneiro, Juan Luis, Vida de Clavijero, incluida en Vidas de mexicanos ilustres del siglo XVIII, prólogo, selección, introducción y notas de Bernabé Navarro, México, Biblioteca del Estudiante Universitario, 1956.
(3) Maneiro, Juan Luis, Ibidem.
(4) Cuevas, P. Mariano, Opus Cit., Pág. X.
(5) Clavijero, Francisco Javier, Historia Antigua de México., Tomo I, páginas 21 y 31, Editorial Porrúa, Colección de Escritores Mexicanos, 2ª edición, México 1958.
(6) Clavijero, Ibidem., página 32.
(7) Cuevas, P. Mariano, Opus Cit., pág. XI.
(8) Cuevas, P. Mariano, Opus Cit., pagina XII.

lunes, 5 de abril de 2010

Walt Whitman: Hojas de Hierba

Walt Whitman
El poeta del Nuevo Mundo



Preámbulo de Francisco Alexander, traductor de la edición de Hojas de Hierba publicada por Marymar Ediciones, Buenos Aires 1977.

Walt Whitman, el más grande de los poetas norteamericanos, nació en West Hills, Long Island (“la Paumanok pisciforme donde yo nací”), cerca de Brooklyn –entonces una aldea que empezaba a crecer enfrente de Nueva York-, el 31 de mayo de 1819.Descendiente de dos razas robustas –de labradores ingleses por la línea paterna, y de marineros holandeses por su “madre perfecta”-, Walt no tuvo otra educación formal que la que pudo recibir en una escuela primaria de Brooklyn. Todo lo demás lo debió en tres fuentes: la vida activa y varia de la ciudad que se alzaba al otro lado del East River (su “Mannahatt”, a la que ha celebrado en dos poemas y en muchas alusiones dispersas); el contacto íntimo con la naturaleza (hizo dos grandes excursiones a pie: una hasta los Grandes Lagos fronterizos al Canadá, y otra hasta Nueva Orleáns, manteniéndose con lo que le pagaban por artículos que enviaba a los periódicos); y sus lecturas copiosas, pero desordenadas (los clásicos griegos, Shakespeare, Hegel, Cervantes, Dante, la Biblia, los poetas románticos ingleses, algún libro de ciencia popularizada, las epopeyas indostánicas). El mismo nos ha contado como hacía muchas de esas lecturas en la soledad, entre las rocas de su isla nativa, “en la presencia total de la naturaleza, bajo el sol, ante las bastas perspectivas del paisaje o del mar”.

En medio de una sociedad puritana, regulada por los más exigentes convencionalismos, Whitman tuvo el valor de ser un bohemio. En diversas épocas de su vida ejerció los oficios más disímiles: fue maestro de escuela, carpintero, tipógrafo, director de periódico, empleado público, enfermero de hospitales. De esas ocupaciones, la más acorde con sus aptitudes y la que más había que influir en su desarrollo literario, fue la de tipógrafo: ella le puso en relación con redactores de revistas y periódicos, y de ese oficio pasó insensiblemente a colaborar, con poesías y artículos primerizos, mediocres y convencionales, que le sirvieron, no obstante, para alentar sus ambiciones literarias y para abrirle las puertas de los círculos periodísticos de Nueva York. En 1846 obtuvo el cargo de director del “Brooklyn Daily Eagle”, periódico en que publicó sus primeros artículos importantes; en ellos expresaba sus convicciones democráticas y liberales, y se declaraba heredero del espíritu que inspiró a la Revolución Francesa y a la guerra de independencia norteamericana. En efecto, su padre, aunque hombre de pocas letras, fue un librepensador, , y había transmitido a su hijo el entusiasmo del siglo XVIII por los ideales de libertad y por los principios de la igualdad de los derechos humanos. Walt recordaba siempre con veneración que, de niño, había visto cierta vez a Lafayette, y cómo, en su adolescencia, había leído con fervor los escritos de Thomas Paine; con el mismo enardecimiento, me figuro, con que algunos alumnos de mi generación devorábamos las páginas inflamadas de González Prada y de Montalvo.


 











Despedido del “Brooklyn Daily Eagle” por haber expresado con demasiado calor sus opiniones antiesclavistas, Whitman pasó a desempeñar la dirección de otro periódico, el “Brooklyn Daily Freman”. Mientras tanto, había estado madurando su facultad poética, y tenía escritos ya los primeros poemas –el núcleo- de sus “Hojas de Hierba”, que los publicó en 1855, precedidos por un prefacio personal y vigoroso como ellos. Esa primera edición de “Hojas de Hierba” era un libro poco voluminoso, que él mismo imprimió, y que tuvo la virtud de provocar el entusiasmo de Emerson, el cual, en una carta que se ha citado mil veces, saluda a Whitman “al principio de una gran carrera” y declara que su libro es “la creación más extraordinaria de ingenio y sabiduría que los Estados Unidos han producido hasta ahora”. Pero la voz del maestro de Concord había de ser una de las muy pocas de alabanza y aliento que iba a oír el poeta en su propia patria. Las otras voces fueron de protesta y escándalo. Como sucede siempre en tales casos, los detractores más virulentos de Whitman eran precisamente aquellos que menos lo comprendían y que menos podían comprenderle: desde el Ministro que lo destituyó por el delito de haber escrito “Hojas de Hierba”, hasta los críticos puritanos que prescribían, en revistas y periódicos, lo que debían o no debían leer sus castos suscriptores, pasando por los clérigos, por las autoridades que prohibían la venta del libro, y por los hipócritas oficiosos que llegaron a pedir la intervención de un cuerpo tan hipócrita como ellos, la Sociedad para la Supresión del Vicio, con el fin de que se destruyera hasta le original del libro vitando. ¡Y qué es lo que estos cruzados de la virtud encontraban tan diabólico en los poemas de Whitman, para que así los persiguieran? Pues ciertos pasajes “inmorales” e “indecentes” que habían lastimado su pudor virginal.

Desde entonces, Walt Whitman vivió para su libro, que fue creciendo, con sucesivas adiciones y “anexos”, como un organismo viviente, con la sola interrupción terrible de la Guerra Civil, que conmovió a los Estados Unidos desde 1861 hasta 1865. Durante esos años, como enfermero voluntario, Whitman recorrió incansablemente los campos de batalla y los hospitales militares, asistiendo a los enfermos, heridos y moribundos de los Estados del Norte y del Sur, sin mostrar preferencias y con igual abnegada ternura para todos. Fruto de la reacción emocional de Whitman ante esa tremenda lucha, en la que se jugaba la suerte de la unidad nacional y el destino de la democracia naciente, fueron los admirables poemas de guerra publicados en 1865 con el título general de “Drum-Taps” (“Redobles de Tambor”); el ensayo “Democratic Vistas” (“Perspectivas Democráticas”), la más importante de sus obras en prosa; y las cartas que escribió a su madre durante los años de la guerra, recogidas en el libro póstumo “The Wond-Dresser” (“El Curador de Heridas”).

Whitman vivió en Washington hasta 1873, año en que, atacado de parálisis se retiró a la ciudad de Camden, en el Estado de Nueva Jersey, donde residió hasta su muerte, que llegó plácidamente para él, como lo había invocado en uno de sus poemas, el 26 de marzo de 1892. En los últimos años de si vida tuvo paz, holgura económica y el sereno gozo de ver cómo iba extendiéndose y afirmándose su fama: en Inglaterra, sus amigos y admiradores daban a conocer sus poemas al público británico, primero en forma de prudentes selecciones y, mas tarde, en su desnuda integridad. En el continente europeo, Francia, Italia, Alemania y Dinamarca se apresuraron a hacerlo suyo por medio de magníficas traducciones al mismo tiempo que interpretaban con ardor el “mensaje” del Poeta del Nuevo Mundo.

Dije que Whitman es el más grande de los poetas norteamericanos. Es también el primero de ellos en el orden cronológico. Hasta el año 1855 –en que aparece la primera edición de “Hojas de Hierba”-, la poesía que han producido los Estados Unidos casi no es otra cosa que la poesía de Inglaterra trasplantada al suelo de América. Poe, Whittler, Bayard, Taylor, Longfellow, fueron sin duda poetas norteamericanos, pero sólo por el accidente de su nacimiento; sus odas y sonetos y baladas reflejan tan poco el ambiente físico de su vasto y maravilloso país como los sentimientos e ideales de su pueblo. Cuando, por excepción, condescienden a tratar algún tema patrio, escriben (como Longfellow) extensos poemas narrativos sin realismo, de inspiración europea ultrarromántica, que lo mismo podían haber sido escritos por cualquiera de los poetas contemporáneos del Viejo Mundo, o (como Whittler) poemas de ocasión, especie de folletos patrióticos y humanitarios en verso, principalmente antiesclavistas. Edgar Poe, con sus poesías melifluas y extraterrenales (“tintineo sempiterno de campanitas musicales”, las llamaba Whitman); Bayard Taylor, cantando temas románticos y pastoriles de España, de Noruega y hasta de Oriente, y traduciendo el Fausto de Goethe; Longfellow (a quien nadie lee ahora, como no sean los estudiosos de la literatura ylos colegiales delos Estados Unidos) con sus poemas del pasado legendario de Europa y con sus traducciones de los viejos poetas españoles y de Dante: he aquí tres versificadores –a los que podría juntarse Emerson como poeta- a quienes, creo yo, bien podrían los manuales de historia de la literatura describir como poetas ingleses de segunda o tercera categoría, nacidos en los Estados Unidos.



Contrastando con ellos, Walt Whitman se presenta como el poeta más original, más vigoroso, más individual, más intensamente personal que han producido los Estados Unidos. No sólo que no imita a los grandes modelos del Viejo Mundo, sino que rechaza deliberadamente la ingente herencia poética de Europa (aceptando de ella nada más que los elementos que él pueda adaptar a sus fines) como algo que allá mismo ha dejado o pronto dejará de expresar los ideales de la realidad actual y que, en todo caso, poca o ninguna validez puede tener respecto de la joven y vigorosa sociedad de la que es él, por su propia designación, el cantor y el poeta. Animado de ese convencimiento, rompiendo las ligaduras que le atan a las tradiciones que no quiere ver perpetuadas en su Nuevo Mundo, escribe, corrige y amplía incansablemente, durante 37 años, sus “Hojas de Hierba”, el libro de su vida que, mirado bajo uno solo de sus aspectos, es, para decirlo con las palabras de Carl Sandburg, “el juramento más solemne que se ha escrito, expresado con los más impetuosos acentos, de que los Estados Unidos significan algo y se dirigen a alguna parte; es la más clásica propaganda que los Estados Unidos han hecho de sí mismos como una nación como objeto, destino, estandartes y almenaras”.

“Hojas de Hierba” es, por supuesto, mucho más que eso: es la confesión total de un hombre tolerante, bueno, comprensivo y misericordioso, que poseyó el don poético genial y quiso explicar suposición respecto de Dios, del Universo y de los problemas eternos del hombre. Whitman encuentra en la democracia la solución de estos problemas. Sin cesar celebra las virtudes de la democracia: sólo en ella podrán todos los hombres y mujeres realizar sus ideales más nobles, y alcanzar la suprema perfección inherente a su jerarquía de seres humanos.

Pero no nos engañemos, ni hagamos a Whitman un flaco servicio con nuestro engaño. Por incapacidad de compresión o por mala fe, muchos lectores del poeta –entre ellos críticos profesionales, catedráticos y otros intelectuales- han pregonado y pregonan la inutilidad de las exaltaciones de Whitman, y se burlan diciendo que la democracia no ha hecho caso de “su poeta”, y que el “average man”, o sea el hombre común y corriente a quien Whitman canta y a quien ofrece “todos los dones del universo”, es precisamente el que menos lo lee, o el único que no lo lee.

Sí, el “average man” no lee a Whitman; pero esos pontífices no han querido o no han podido explicar, que no lo lee porque vive en sociedades que, cuando no son la negación de la democracia, son apenas simulacros de ella, y que el hombre común y corriente a quien Whitman canta y para quien escribió, lo leerá cuando exista en el mundo la democracia a que está destinado. Nunca fue Whitman lo bastante ingenuo como para como para imaginar que, en el siglo XIX y en los Estados Unidos, estaba celebrando a la democracia. El sabía que la verdadera democracia tardaría mucho en advenir, pero tenía derecho a creer que los hombres y las mujeres que le rodeaban en su país y en su época, eran el antecedente necesario y la raíz de esa futura sociedad ideal.

De manera que quienes todavía persisten en asentar dogmáticamente que Walt Whitman no es el poeta del pueblo. Confiesan, sin quererlo, que los Estados Unidos, aún hoy, distan de ser la democracia soñada por él. Y si eso es verdad del país más rico y próspero de la tierra, no acertamos a adivinar dónde podría surgir la democracia whitmaniana. Sólo vemos por todas partes, cerca y lejos, la amenaza de aquello precisamente que Whitman, poeta de la libertad, más execraba: la tiranía, en forma de sistemas totalitarios grandes y pequeños.

Bajo este aspecto, pues, “Hojas de Hierba” es, si se quiere, otra Utopía: la democracia de Whitman y su “average man” no existen aún en la tierra. En cuanto a la religión, Whitman cree en su utilidad como uno de los elementos que han de constituir su sociedad ideal, como uno de los medios de que el hombre y la mujer alcancen su perfecta armonía y equilibrio espirituales, y como un instrumento de concordia y benevolencia; pues es enemigo del formalismo religioso y de la coerción eclesiástica, y así, proclama francamente que la democracia no puede ser compatible con la supervivencia de ninguna casta sacerdotal.



Los detractores de Whitman le han acusado asimismo de la más cruda sensualidad, y ha habido críticos que han llegado a representarlo como un animal que se revuelca, plácida e irreflexivamente, en el cieno de sus propias sensaciones. Estos ataques se apoyan en una parte muy pequeña de la obra entera del poeta: en ciertos pasajes del vasto “Canto a Mi Mismo” y en algunos poemas de “Hijos de Adán”. Tampoco en este caso –por mojigatería o por inexplicable ofuscamiento de su facultad crítica- ha podido esa clase de jueces decir la verdad clara y sencilla, que consiste en que Walt Whitman, antes que su amigo Edward Carpenter, antes que Havelock Ellis, antes que los otros apóstoles de la doctrina de la esencial pureza y dignidad de lo sexual, comprendió que nada hay de pecaminoso en ese impulso fundamental de toda la vida, y que, en su afán de cantar al hombre y a la mujer cabales, celebró también, con pasión, los nobles atributos de su sexo, sin que le importase ofender con ello la pudibundez de los puritanos, de los tontos y de los hipócritas. El mismo ha explicado su posición respecto de este delicado asunto, en uno de sus ensayos, con estas palabras, que debían haber bastado para acallar la voz de la gazmoñería: “Dulce, sensata, serena Desnudez de la Naturaleza. ¡Ah, si pudiera conocerte realmente, una vez más, la pobre humanidad enferma, lasciva de las ciudades! ¿No es entonces indecente la desnudez? No, en sí misma no lo es. Indecentes lo son vuestros pensamientos, vuestros temores, vuestra respetabilidad.”

Walt Whitman es el poeta del optimismo, de la alegría, de la claridad; su obra es rica y variada como el mundo. Su voz es la voz poética más intensa que haya vibrado jamás en el continente americano. Las opiniones que importan –no las de los mojigatos ni la de los miopes- han consagrado a Whitman no sólo como un clásico de la literatura de su patria o de la del Nuevo Mundo, sino como una de las figuras sublimes de la historia humana, y le han asignado un lugar junto a Confucio, Sócrates, Dante, Homero, Shakespeare, Cervantes.

Es oportuno presentar en este momento a Whitman, con su espíritu inflamado y su voz apasionada, ante los americanos de la América española, que tanto necesitamos afirmarnos y reconfortarnos con su evangelio de libertad, de amplitud espiritual, de respeto a la persona humana, de tolerancia y de amor.

Francisco Alexander
Quito, 1952.




La obra poética de Whitman está reunida en la monumental Hojas de Hierba, que como se ha dicho, el poeta fue añadiendo, corrigiendo e incrementando a lo largo de las muchas ediciones que él mismo se encargó de supervisar cuidadosamente hasta su muerte. Sin embargo, podemos distinguir distintas etapas, temas y libros que el poeta caracterizó acorde a la siguiente estructura temática:
- Los prefacios de Hojas de Hierba
- Hojas de Hierba:
- Dedicatorias
- Al partir de Paumanok
- Canto a mi mismo
- Hijos de Adán
- Calamo
- Salut au Monde!
- Canto del camino Real
- En la barca de Brooklyn
- Canto del respondedor
- Nuestro antiguo follaje
- Canto de alegrías
- Canto del hacha
- Canto de la exposición
- Canto del cedro
- Canto a las ocupaciones
- Canto de la tierra rodante
- Juventud, día, ancianidad y noche
- Aves de paso
- Procesión en Brodway
- Restos del naufragio
- A la vera del camino
- Redobles de tambor
- Conmemoraciones del presidente Lincoln
- Arroyos de otoño
- Pensar en el tiempo
- Murmullos de la muerte celestial
- Tu, madre, con tus hijos iguales
- Del mediodía a la noche estrellada
- Cantos de despedida
- Horas de un septuagenario
- Adiós mi fantasía



Whitman ha influido poderosamente en numerosos poetas tanto norteamericanos, europeos como iberoamericanos, ha sido una de las voces poéticas más vigorosas e impactantes; podemos decir que se trata de un poeta fundacional, a partir del cual se inicia una nueva manera de decir las cosas, de enunciar los acontecimientos de los hombres, de referir sus pasiones, de nombrar sus hechos y ocupaciones, de cantar a la naturaleza y a la vida.



Y es un poeta fundacional puesto que inaugura un canto radicalmente nuevo, inédito: aquel que destaca la igualdad esencial de todos los hombres y mujeres, que alaba la belleza de los cuerpos y su sexualidad como energía vital y amorosa, que exige igualdad de oportunidades y canta a la democracia como panacea liberadora y justiciera, que aprecia la grandeza de la creación tanto en una brizna de hierba como en “el trabajo de las estrellas”, quien ha puesto patas arriba credos, iglesias y santurrones al subrayar la divinidad implícita en nuestra propia humanidad.

Quizá el primer iberoamericano que escribió sobre Whitman fue José Martí, quien viviendo en Nueva York redactó una laudatoria crónica en la que elogia el talento del creador de Leaves of Grass, y enviara para su publicación en 1887 a “El Partido Liberal”, que, por cierto, influyera en varios escritores, y en Rubén Darío para que éste conociera al poeta estadounidense y posteriormente escribiera un poema en su honor.

También influyó en la poesía de Pablo Neruda, Jorge Luis Borges tradujo Hojas de Hierba, también lo hizo León Felipe; Federico García Lorca le dedica en su libro Poeta en Nueva York su famosa Oda que reproducimos aquí. En fin, el impacto de Whitman ha sido y sigue siendo enorme, fundamental y nutricio, por ello hemos querido dedicarle esta entrega que esperamos disfrute el lector. F. Z.

Selección de poemas de Whitman


Una hoja de hierba

Creo que una hoja de hierba, no es menos
que el día de trabajo de las estrellas,
y que una hormiga es perfecta,
y un grano de arena,
y el huevo del régulo,
son igualmente perfectos,
y que la rana es una obra maestra,
digna de los señalados ,
y que la zarzamora podría adornar,
los salones del paraíso,
y que la articulación más pequeña de mi mano,
avergüenza a las máquinas,
y que la vaca que pasta, con su cabeza gacha,
supera todas las estatuas,
y que un ratón es milagro suficiente,
como para hacer dudar,
a seis trillones de infieles.
Descubro que en mí,
se incorporaron, el gneiss y el carbón,
el musgo de largos filamentos, frutas, granos y raíces.
Que estoy estucado totalmente
con los cuadrúpedos y los pájaros,
que hubo motivos para lo que he dejado allá lejos
y que puedo hacerlo volver atrás,
y hacia mí, cuando quiera.
Es vano acelerar la vergüenza,
es vano que las plutónicas rocas,
me envíen su calor al acercarme,
es vano que el mastodonte se retrase,
y se oculte detrás del polvo de sus huesos,
es vano que se alejen los objetos muchas leguas
y asuman formas multitudinales,
es vano que el océano esculpa calaveras
y se oculten en ellas los monstruos marinos,
es vano que el aguilucho
use de morada el cielo,
es vano que la serpiente se deslice
entre lianas y troncos,
es vano que el reno huya
refugiándose en lo recóndito del bosque,
es vano que las morsas se dirijan al norte
al Labrador.
Yo les digo velozmente, yo asciendo hasta el nido
En la fisura del peñasco.


Versión de León Felipe

De Canto a mi mismo:

Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que diga ahora de mí, lo digo de ti,
Porque lo que yo tengo lo tienes tú
Y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.
Vago… e invito a vagar a mi alma.
Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra
Para ver cómo crece la hierba del estío.
Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí,
De esta tierra y de estos vientos.
Me engendraron padres que nacieron aquí,
De padres que engendraron otros padres que nacieron aquí,
De padres hijos de esta tierra y de estos vientos también.
Tengo treinta y siete años. Mi salud es perfecta.
Y con mi aliento puro
Comienzo a cantar hoy
Y no terminaré mi canto hasta que muera.
Que se callen ahora las escuelas y los credos.
Atrás. A su sitio.
Sé cuál es su misión y no la olvidaré;
Que nadie la olvide.
Pero ahora yo ofrezco mi pecho lo mismo al bien que al mal,
dejo hablar a todos sin restricción,
y abro de par en par las puertas a la energía original de la naturaleza
desenfrena
da.

Versión de León Felipe


 










Creo en ti, alma mía, el otro que soy
No debe humillarse ante ti,
Ni tu debes ser humillada ante el otro.
Retoza conmigo sobre la hierba, quita
el freno de tu garganta,
no quiero palabras, ni música,
ni rimas, no quiero costumbres
ni discursos, ni aún los mejores,
sólo quiero la calma, el arrullo de tu
velada voz.
Recuerdo cómo yacíamos juntos cierta
diáfana mañana de verano,
cómo apoyaste tu cabeza en mi cadera
y suavemente te volviste hacia mí,
y apartaste la camisa de mi pecho, y
hundiste la lengua hasta mi corazón
desnudo,
y te extendiste hasta tocar mi barba,
y te extendiste hasta abrazar mis pies.
Prontamente crecieron y me rodearon
la paz y el saber que rebasan todas
las disputas de la Tierra,
y sé que la mano de Dios es mi
prometida,
y sé que el espíritu de Dios es mi
propio hermano,
y que todos los hombres que alguna
vez vivieron son también mis
hermanos, y las mujeres
hermanas y amantes,
y que el amor es la sobrequilla de la
creación,
y que son incontables las hojas rígidas
o lánguidas en los campos,
y las hormigas pardas en los pequeños
surcos,
y las costras de musgo en el cerco
sinuoso, las piedras apiladas, el saúco,
la hierba carmín y la candelaria.

Versión de León Felipe

Estoy enamorado de cuánto crece al aire libre,
de los hombres que viven entre el ganado,
o de los que paladean el bosque o el océano,
de los constructores de barcos y de los timoneles,
de los hacheros y de los jinetes,
podría comer y dormir con ellos semana tras semana.
Lo más común, vulgar, próximo y simple,
eso soy Yo,
Yo, buscando mi oportunidad, brindándome
para recibir amplia recompensa,
engalanándome para entregar mi ser
al primero que haya de tomarlo,
sin pedir al cielo que descienda cuando yo lo deseo,
esparciéndolo libremente para siempre.

Versión de León Felipe




Estos son en verdad los pensamientos
de todos los hombres en todas las
épocas y naciones, no son originales míos,
nada o casi nada son,
si no son el enigma y la solución del enigma,
nada son.
Esta es la hierba que crece
dondequiera que haya tierra y agua,
este es el aire común que baña el globo.

Versión de León Felipe

Con estrépitos de música vengo,
con cornetas y tambores.
Mis marchas no suenan solo para los victoriosos,
sino para los derrotados y los muertos también.
Todos dicen: es glorioso ganar una batalla.
Pues yo digo que es tan glorioso perderla.
¡Las batallas se pierden con el mismo espíritu que se ganan!
¡Hurra por los muertos!
Dejadme soplar en las trompas, recio y alegre, por ellos.
¡Hurra por los que cayeron,
por los barcos que se hundieron en la mar,
y por los que perecieron ahogados!
¡Hurra por los generales que perdieron el combate y por todos los héroes
vencidos!
Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes
vencidos!
Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes más
grandes de la Historia.

Versión de León Felipe

¡Quién va allí?
Grosero, hambriento, místico, desnudo… ¿quién es aquél?
¿No es extraño que yo saque mis fuerzas de la carne del buey?
Pero ¿qué es el hombre en realidad?
¿Qué soy yo?
¿Qué eres tú?
Cuanto yo señale como mío,
debes tú señalarlo como tuyo,
porque si no pierdes el tiempo escuchando mis palabras.
Cuando el tiempo pasa vacío y la tierra no es más que cieno y
podredumbre,
no me puedo parar a llorar.
Los gemidos y las plegarias adobadas con polvo para los inválidos;
y la conformidad para los parientes lejanos.
Yo no me someto.
Dentro y fuera de mi casa me pongo el sombrero como me da la gana.
¿Por qué he de rezar?
¿Por qué he de inclinarme y suplicar?
Después de escudriñar en los estratos,
después de consultar a los sabios,
de analizar y precisar
y de calcular atentamente,
he visto que lo mejor de mi ser está agarrado de mis huesos.
Soy fuerte y sano.
Por mi fluyen sin cesar todas las cosas del universo.
Todo se ha escrito para mí,
y yo tengo que descifrar el significado oculto de las escrituras.
Soy inmortal.
Sé que la órbita que escribo no puede medirse con el compás de un
carpintero,
y que no desapareceré como el círculo de fuego que traza un niño en la
noche con un carbón encendido.
Soy sagrado.
Y no torturo mi espíritu ni para defenderme ni para que me comprendan.
Las leyes elementales no piden perdón.
(y, después de todo, no soy más orgulloso que los cimientos desde los
cuales se levanta mi casa).

Así como soy existo. ¡Miradme!
Esto es bastante.
Si nadie me ve, no me importa,
y si todos me ven, no me importa tampoco.
Un mundo me ve,
el más grande de todos los mundos: Yo.
Si llego a mi destino ahora mismo,
lo aceptaré con alegría,
y si no llego hasta que transcurran diez millones de siglos, esperaré…
esperaré alegremente también.
Mi pie está empotrado y enraizado sobre granito
Y me río de lo que tú llamas disolución
por que conozco la amplitud del tiempo.

Versión de León Felipe


Walt Whitman, un cosmos, el hijo de
Manhattan,
turbulento, carnal, sensual, comiendo,
bebiendo y procreando,
no es un sentimental, no mira desde
arriba a los hombres y mujeres ni se
aparta de ellos,
no es más púdico que impúdico
¡Quitad los cerrojos de las puertas!
¡Quitad las puertas mismas de sus quicios!
Quien degrada a otro me degrada a mí,
y todo lo que hace o dice vuelve a la postre a mí.
La inspiración mana y mana de mí,
Me recorren la corriente y el índice.
Pronuncio la contraseña primordial,
doy la señal de la democracia,
nada aceptaré, lo juro, si los demás
no pueden tener su equivalente
en iguales condiciones.
Voces desde hace largo tiempo
enmudecidas me recorren,
voces de interminables generaciones
de cautivos y de esclavos,
voces de enfermos y desahuciados,
de ladrones y de enanos,
voces de ciclos de gestación
y de crecimiento,
y de los hilos que conectan las estrellas,
y de los úteros y de la savia paterna,
y de los derechos de los pisoteados,
de los deformes, vulgares, simples,
tontos, desdeñados,
niebla en el aire, escarabajos que
empujan bolitas de estiércol.
Voces prohibidas me recorren,
voces de sexo y de lujuria,
veladas voces cuyo velo aparto,
voces indecentes por mí purificadas
y transfiguradas.
No me tapo la boca con la mano,
trato con igual delicadeza
a los intestinos que a la cabeza
y el corazón,
la cópula no es para mí más grosera
que la muerte.
Creo en la carne y en los apetitos,
y cada parte, cada pizca de mí
es un milagro.
Divino soy por dentro y por fuera, y
santifico todo lo que toco o me toca,
el aroma de estas axilas es más
hermoso que una plegaria,
esta cabeza más que los templos,
las biblias u todos los credos.

Versión de León Felipe

Creo que podría volverme a vivir con los animales.
¡Son tal plácidos y tal sufridos!
Me quedo mirándolos días y días sin cansarme.
No preguntan,
ni se quejan de su condición;
no andan despiertos por la noche,
ni lloran por su pecados.
Y no me molestan discutiendo sus deberes para con Dios…
No hay ninguno descontento,
ni ganado por la locura de poseer las cosas.
Ninguno se arrodilla ante los otros,
ni ante los muertos de su clase que vivieron miles de siglos
antes que él.
En toda la tierra no hay uno solo que sea desdichado o venerable.
Me muestran el parentesco que tienen conmigo,
parentesco que acepto.
Me traen pruebas de mi mismo,
pruebas que poseen y me revelan.
¿En dónde las hallaron?
¿Pasé por su camino hace ya tiempo y las dejé caer sin darme cuenta?
Camino hacia adelante, hoy como ayer y siempre,
siempre más rico y más veloz,
infinito, lleno de todos y lo mismo que todos,
sin preocuparme demasiado por los portadores de mis recuerdos,
eligiendo aquí solo a aquel que más amo y marchando con él en un abrazo
fraterno.
Este es un caballo ¡Míralo!
Soberbio,
tierno,
sensible a mis caricias,
de frente altiva y abierta,
de ancas satinadas,
de cola prolija que flagela el polvo,
de ojos vivaces y brillantes,
de orejas finas,
de movimientos flexibles…
Cuando lo aprisionan mis talones, su nariz se dilata,
y sus músculos perfectos tiemblan alegres cuando corremos en la pista…
Pero yo solo puedo estar contigo un instante.
Te abandono, maravilloso corcel.
¿Para qué quiero tu paso ligero si yo galopo más de prisa?
De pie o sentado, corro más que tú.

Versión de León Felipe


Para mí, una brizna de hierba no vale menos que la
tarea diurna de las estrellas,
e igualmente perfecta es la hormiga, y así un grano de
arena y el huevo del reyezuelo,
y rana arbórea es una obra maestra, digna de
egregias personas,
y la mora pudiera adornar los aposentos del cielo,
y en mi mano la articulación más menuda hace burla
de todas las máquinas,
y la vaca, rumiando con inclinado testuz, es más bella
que cualquier escultura;
y un ratón es un milagro capaz de asombrar a millones de
infieles.


Versión de Márie Manet


Mira tan lejos como puedas, hay
espacio ilimitado allá,

cuenta tantas horas como puedas, hay
tiempo ilimitado antes y después.
Mi cita ya ha sido concertada y es
segura,
allí estará el Señor, esperando que yo
llegue en perfectas condiciones
allí estará el gran Camarada, el amante
verdadero que he anhelado.
Versión de León Felipe

Dije que el alma no es superior al cuerpo,
y dije que el cuerpo no es superior al alma,
y nada, ni Dios siquiera, es más grande
para uno que lo que uno mismo es,
y quien camina una cuadra sin amar al prójimo
camina amortajado hacia su propio funeral,
y yo o tú podemos comprar la flor y nata
de la Tierra sin un céntimo, sin un céntimo
en el bolsillo,
y mirar con un solo ojo o mostrar un grano
en su vaina, desconcierta las enseñanzas
de todos los tiempos,
y no hay oficio ni empleo en el que un joven
no pueda convertirse en héroe,
y el objeto más delicado puede servir
de eje al universo,
y digo a cualquier hombre o mujer:
que tu alma se alce tranquila y serena
ante un millón de universos.

Versión de León Felipe


Cíñete a mí

Cíñete a mí, noche del sereno desnudo; ¡cíñete a mí,
noche ardiente y nutricia!
Noche de vientos del Sur, noche de grandes y pocos luceros,
tú, que en la paz cabeceas, loca, desnuda noche de estío.
Voluptuosa sonríe, ¡oh, tierra de fresco aliento!
Tierra de árboles adormilados y líquidos,
tierra ya sin luz del ocaso, tierra de montes con cumbre de niebla,
tierra donde derrama cristales el plenilunio azulado,
tierra con manchas de luz y de sombra en las aguas del río,
tierra de límpido gris y de nubes que para mí son
más vivas y claras,
tierra de abrazo anchuroso, tierra ataviada con flor de manzano
sonríe ya, que tu amante se acerca.


Versión de Márie Manet

De Hijos de Adán:
Como Adán al amanecer

Como Adán al amanecer,
Salgo del bosque fortalecido por el descanso nocturno,
Miradme cuando paso, escuchad mi voz, acercaos,
Tocadme, aplicad la palma de vuestra mano a mi
cuerpo cuando paso,
No tengáis miedo de mi cuerpo.

Versión de Francisco Alexander




De Redobles de Tambor:

La caballería atraviesa un vado

El escuadrón se extiende en orden de batalla entre las
islas llenas de verdura,
Avanza serpenteando, sus armas resplandecen al sol
-escuchad el retintín rítmico,
Contemplad el río de plata, en el chapotean los caba-
llos y se paran a beber con negligencia,
Contemplad a los hombres de rostros curtidos; cada
grupo, cada individuo, un cuadro; su postura
indolente en la silla,
Algunos salen a la rivera opuesta, otros acaban de
entrar en el vado – en tanto que,
Rojos y azules y blancos como la nieve,
Los estandartes ondean alegremente al viento.

Versión de Francisco Alexander


El regimiento en marcha

Con su nube de escaramuzadores a la vanguardia,
Ya con el ruido de un disparo solitario que restalla
como un latigazo, ya con una descarga irregular,
Las profundas hileras avanzan y avanzan, las densas
brigadas se adelantan,
Reluciendo tenuemente, fatigándose bajo el sol –los
hombres cubiertos de polvo,
Suben y bajan en columnas siguiendo las ondulaciones
del suelo,
La artillería va con ellos –las ruedas retumban, los
caballos sudan,
Mientras avanza el regimiento.

Versión de Francisco Alexander


Reconciliación

Que a todos se diga: hermoso es como el cielo,
hermoso es que la guerra y sus lúgubres gestas sean al
fin derrotadas,
que sin cesar, Muerte y Noche, con manos fraternas y
suaves, las mancillas laven del mundo;
pues murió mi enemigo; un hombre, divino como yo mismo,
está muerto:
y le miro yacer, con blanco semblante y muy quieto, en el ataúd
-y me acerco,
me inclino, y rozan mis labios, en el ataúd, su faz blanca.
Versión de Márie Manet



¡ADIOS, MI FANTASÍA!¡




Adiós, mi Fantasía!
¡Adiós, querida compañera, amada mía!
Me voy, yo no sé adónde
O a qué fortuna, ni si te volveré a ver.
Así, pues, adiós, mi Fantasía.



Ahora, por última vez –déjame mirar atrás un momento;
El tic tac del reloj que hay en mi, es más lento, más débil.
Salgo, cae la noche, y pronto cesarán los golpes apagados de mi corazón.
Mucho tiempo hemos vivido, hemos gozado, nos hemos acariciado juntos;
¡Delicioso! -ahora la separación- Adiós, mi Fantasía.



Más no me apresuraré demasiado,
En verdad mucho tiempo hemos vivido, hemos dormido,
nos hemos filtrado, nos hemos confundido realmente en uno;

Entonces, si morimos, morimos juntos (sí, seremos uno),
Si vamos a cualquier parte, iremos juntos al encuentro de lo que suceda,
Quizá estaremos mejor y más gozosos, y aprenderemos algo,
Quizá eres tú quien realmente me conduce ahora a los verdaderos poemas (¿quién sabe?)
Quizá eres tú quien realmente palpa, quien descorre el
cerrojo mortal –así, por última vez,
Adiós- y, ¡salud!, mi Fantasía





Versión de Francisco Alexander

De Conmemoración del Presidente Lincoln:

¡OH, CAPITAN! ¡MI CAPITAN!

¡Oh, Capitán! ¡Mi capitán! Terminó nuestro espantoso
viaje,
El navío ha salvado todos los escollos, hemos ganado
el premio codiciado,
Ya llegamos a puerto, ya oigo las campanas, ya el
pueblo acude gozoso,
Los ojos siguen la firme quilla del navío resuelto y
audaz;
Más, ¡oh, corazón, corazón, corazón!
¡Oh, las rojas gotas sangrantes!
Ved, mi Capitán en la cubierta
Yace frío y muerto.

¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán! Levántate y escucha las
campanas;
Levántate, para ti flamea la bandera, para ti suena
el clarín,
Para ti los ramilletes y guirnaldas engalanadas, para
ti la multitud se agolpa en la playa,
A ti te llama la masa móvil del pueblo, a ti te vuelve sus
rostros anhelantes;
¡Ea, Capitán! ¡Padre querido!
¡Que tu cabeza descanse en mi brazo!
Esto es un sueño: en la cubierta
Yace frío y muerto.

Mi capitán no responde, sus labios están pálidos e
Inmóviles,
Mi padre no siente mi brazo, no tiene pulso, ni
voluntad,
El navío ha anclado sano y salvo; su viaje, acabado y
concluido,
Del horrible viaje el navío victorioso llega con su trofeo;
¡Exultad, oh playas, y sonad, oh campanas!
Más yo con pasos fúnebres,
Recorro la cubierta donde mi Capitán
Yace frío y muerto.


Versión de Francisco Alexander

De Calamo:

En los senderos no transitados

En los senderos no transitados,
En la vegetación que crece en las márgenes de las
charcas,
Fugitivo de la vida ostentosa,
De todas las normas promulgadas, de los placeres,
ganancias, convenciones,
A los que durante mucho tiempo he ofrecido sacrificios
para alimentar a mi alma,
Son claras para mí ahora las normas aún no
Promulgadas, es claro para mí que el alma,
Que el alma del hombre por el cual hablo, se regocije
Con los camaradas,
Aquí, solo, lejos del bullicio del mundo,
Adaptado a las cosas, escuchando aquí las palabras de
las lenguas aromáticas,
Ya sin rubor (pues en este lugar retirado puedo expresarme
Como no me atrevería a hacerlo en otra parte),
Bajo el peso de una vida recatada y, que no obstante,
encierra todo lo demás,
Resuelto a no cantar hoy día otros cantos que los de la
adhesión viril,
Los proyecto a lo largo de esta vida substancial,
Dejo como herencia los tipos de amor atlético,
En esta tarde de este delicioso septiembre de mi año
cuadragésimo primero,
Empiezo, para todos aquellos que son jóvenes, o lo han sido,
A revelar el secreto de mis noches y de mis días,
A celebrar la necesidad de los camaradas.


Versión de Francisco Alexander

Cuando supe al caer el día

Cuando supe al caer el día que mi nombre había sido
recibido con aplausos en el Capitolio, no fue para
mi una noche feliz la que siguió a ese día,
Y tampoco fui feliz en la orgía, ni cuando se realizaron
mis propósitos,
Pero el día en que abandoné al amanecer el lecho de
la salud perfecta, reposado, cantando, y aspiré el
aliento maduro del otoño,
Cuando vi a la luna palidecer en occidente y desaparecer
en la luz matinal,
Cuando erré solo por la playa y me desnudé y me
sumergí en el mar, riéndome con las frescas aguas,
y vi la salida del sol,
Y cuando pensé que el amigo de mi corazón, mi amado,
estaba ya en camino para unirse a mi, ¡oh, entonces
fui feliz!
Oh, entonces mi respiración me fue más dulce, y durante
Todo aquel día los alimentos me fueron más
Nutritivos y transcurrió bien el hermoso día,
Y llegó el siguiente lleno de igual gozo, y con el
siguiente, al atardecer, llegó mi amigo,
Y aquella noche, cuando todo estaba en silencio, oí el
rumor de las aguas que trepaban sin descanso por
la playa,
Y escuché el murmullo del líquido y de las arenas, y
era como si a mi me estuviese dirigido y me felicitara
en un susurro,
Pues aquel a quien amo yacía dormido junto a mí, bajo
el mismo cobertor, en la noche fresca,
En la quietud de los rayos de la luna otoñal su rostro
se inclinaba hacia mí,
Y su brazo descansaba ligeramente sobre mi pecho –y
Aquella noche fui feliz.


Versión de Francisco Alexander

A un desconocido

¡Desconocido que pasas! No sabes con cuánto ardor te
contemplo,
Debes ser el que busco, o la que busco (esto me viene
como en sueños),
Seguramente he vivido contigo en alguna parte una
vida de gozo,
Todo se evoca al deslizarnos el uno cerca del otro,
fluidos, afectuosos, castos, maduros,
Tú creciste conmigo, fuiste un muchacho conmigo o
una muchacha conmigo,
He comido contigo y he dormido contigo, tu cuerpo
ha dejado de ser sólo tuyo y ha impedido que mi
cuerpo sea sólo mío,
Tú me das el placer de tus ojos, de tu rostro, de tu
carne al pasar; tú me tocas la barba, el pecho,
las manos, en cambio,
No debo hablarte, debo pensar en ti cuando esté
sentado solo o me despierte solo en la noche,
Debo esperar, no dudo que te encontraré otra vez,
Debo cuidar de no perderte.


Versión de Francisco Alexander



Federico García Lorca
Oda a Walt Whitman


Por el East River y el Bronx
los muchachos cantaban enseñando sus cinturas
con la rueda, el aceite, el cuero y el martillo.
Noventa mil marineros sacaban la plata de las rocas
y los niños dibujaban escaleras y perspectivas.

Pero ninguno se dormía,
ninguno quería ser río,
ninguno amaba las hojas grandes,
ninguno la lengua azul de la playa.

Por el East River y el Queensborough
los muchachos luchaban con la industria,
y los judíos vendían al fauno del río
la rosa de la circuncisión,
y el cielo desembocaba por los puentes y los tejados
manadas de bisontes empujadas por el viento.

Pero ninguno se detenía,
ninguno quería ser nube,
ninguno buscaba los helechos
ni la rueda amarilla del tamboril.

Cuando la luna salga
las poleas rodarán para turbar al cielo;
un límite de agujas cercará la memoria
y los ataúdes se llevarán a los que no trabajan.

Nueva York de cieno,
Nueva York de alambres y de muerte:
¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla?
¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?
¿Quién el sueño terrible de tus anémonas machadas?

Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman,
he dejado de ver tu barba llena de mariposas,
ni tus hombros de pana gastados por la luna,
ni tus muslos de Apolo virginal,
ni tu voz como una columna de ceniza:
anciano hermoso como la niebla
que gemías igual que un pájaro
con el sexo atravesado por una aguja,
enemigo del sátiro,
enemigo de la vid,
y amante de los cuerpos bajo la burda tela.

Ni un solo momento, hermosura viril
que en montes de carbón, anuncios y ferrocarriles,
soñabas ser un río y dormir como un río
con aquel camarada que pondría en tu pecho
un pequeño dolor de ignorante leopardo.

Ni un solo momento, Adán de sangre, macho,
hombre solo en el mar, viejo hermoso Walt Whitman,
porque por las azoteas,
agrupados en los bares,
saliendo en racimos de las alcantarillas,
temblando entre las piernas de los chauffeurs
o girando en las plataformas del ajenjo,
los maricas, Walt Whitman, te señalan.

¡También ese! ¡También! Y se despeñan
Sobre tu barba luminosa y casta,
rubios del norte, negros de la arena,
muchedumbres de gritos y ademanes,
como gatos y como las serpientes,
los maricas, Walt Whitman, los maricas
turbios de lágrimas, carne para fusta,
bota o mordisco de los domadores.

¡También ese! ¡También! Dedos teñidos
apuntan a la orilla de tu sueño
cuando el amigo come tu manzana
con un leve sabor de gasolina
y el sol canta por los ombligos
de los muchachos que juegan bajo los puentes.

Pero tú no buscabas los ojos arañados,
ni el pantano oscurísimo donde sumergen a los niños,
ni la saliva helada,
ni las curvas heridas como panza de sapo
que llevan los maricas en coches y terrazas
mientras la luna azota por las esquinas del terror.

Tú buscabas un desnudo que fuera como un río,
toro y sueño que junte la rueda con el alga,
padre de tu agonía, camelia de tu muerte,
y gimiera en las llamas de tu ecuador oculto.

Porque es justo que el hombre no busque su deleite
en la selva de sangre de la mañana próxima.
El cielo tiene playas donde evitar la vida
y hay cuerpos que no deben repetirse en la aurora.

Agonía, agonía, sueño, fermento y sueño.
Este es el mundo, amigo, agonía, agonía.
Los muertos se descomponen bajo el reloj de las ciudades,
la guerra pasa llorando con un millón de ratas grises,
los ricos dan a sus queridas
pequeños moribundos iluminados,
y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.

Puede el hombre, si quiere, conducir su deseo
por vena de coral o celeste desnudo.
Mañana los amores serán rocas y el Tiempo
una brisa que viene dormida por las ramas.

Por eso no levanto mi voz, viejo Wlt Whitman,
contra el niño que escribe
nombre de niña en su almohada,
ni contra el muchacho que se viste de novia
en la oscuridad del ropero,
ni contra los solitarios de los casinos
que beben con asco el agua de la prostitución,
ni contra los hombres de mirada verde
que aman al hombre y queman sus labios en silencio.
Pero si contra vosotros, maricas de las ciudades,
de carne tumefacta y pensamiento inmundo,
madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño
del Amor que reparte coronas de alegría.

Contra vosotros siempre, que dais a los muchachos
gotas de sucia muerte con amargo veneno.
Contra vosotros siempre,
Faeries de Norteamérica,
Pájaros de la Habana,
Jotos de Méjico,
Sarasas de Cádiz,
Apios de Sevilla,
Cancos de Madrid,
Floras de Alicante,
Adelaidas de Portugal.

¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas!
Esclavos de la mujer, perras de sus tocadores,
abiertos en las plazas con fiebre de abanico
o emboscados en yertos paisajes de cicuta.

¡No haya cuartel! La muerte
mana de vuestros ojos
y agrupa flores grises en la orilla del cieno.
¡No haya cuartel! ¡Alerta!
Que los confundidos, los puros,
los clásicos, los señalados, los suplicantes
os cierren las puertas de la bacanal.

Y tú, bello Walt Whitman, duerme a orillas del Hudson
con la barba hacia el polo y las manos abiertas.
Arcilla blanda o nieve, tu lengua está llamando
camaradas que velen tu gacela sin cuerpo.
Duerme, no queda nada.

Una danza de muros agita las praderas
y América se anega de máquinas y llanto.
Quiero que el aire fuerte de la noche más honda
quite flores y letras del arco donde duermes
y un niño negro anuncie a los blancos del oro
la llegada del reino de la espiga.