domingo, 28 de marzo de 2010

El polifacético Woody Allen

Woody Allen, el escritor.


Considerado mundialmente como uno de los mejores directores y guionistas de cine, es también talentoso intérprete de Jazz como clarinetista, así como genial y divertido escritor. De hecho su primer trabajo fue como humorista, escribía chistes para destacados periodistas de Nueva York hasta que se independizó a los 17 años y adoptó el seudónimo de Woody Allen, su verdadero nombre es Allan Stewart Königsberg, nacido en Nueva York en 1935.


Como humorista y relator de chistes actuó en numerosos locales de espectáculos y en programas de televisión como en The Colgate Happy Hour; todos los guiones, desde luego, eran suyos y aparecían ya con su nombre en la prensa desde 1955, hasta que incursionó en el cine como guionista y luego como director y actor de sus propias películas, mientras tocaba el clarinete con asiduidad con The New Orelans Jazz Band Aunque dirigió antes cuatro películas exitosas, es con Annie Hall, con la que obtuvo su primer Oscar como mejor director, y salta a la fama internacional. Luego vendría en 19179, Manhattan que lo consagraría como gran director, filmada en blanco y negro, con largas e imponentes tomas de la localidad de Manhattan es considerada como un clásico de la historia del cine, le siguió una larga y prolífica filmografía como director, guionista y actor que conocemos, disfrutamos y admiramos.


Entre sus numerosos libros, artículos, guiones y novelas destacan los siguientes:


Pura anarquía
Adulterios
Tres comedias en un acto
Annie Hall
Balas sobre Broadway
Cómo acabar de una vez por todas con la cultura
Cuentos sin plumas
Hannah y sus hermanas
Interiores
La Bombilla que flota
Manhattan
Maridos y mujeres
Match point
Misterioso asesinato en Manhattan
No te bebas el agua
Perfiles
Sin plumas
Stardust Memories (Recuerdos)
Sueños de un seductor
Todo lo que usted quiso siempre saber acerca del sexo
Zelig
Conversaciones con Woody Allen




Para gozo y disfrute del lector de este blog, he seleccionado un texto de su libro Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, así como un artículo publicado en The New Yorker, titulado Colas de Manhattan, (traducido por Alexis Romay) que transcribo luego de la siguiente nota de prensa que incorporo tardíamente por considerarla de interés y muy oportuna. F.Z.



"Si tuviera más talento me gustaría pasar mi vejez tocando"

Woody Allen actúa en La Fenice, teatro a cuya restauración ha contribuido
LUCIA MAGGI, EL PAÍS,- Venecia - 31/03/2010

"Cada vez que subo al escenario y veo el teatro a rebosar, alucino". Cuando toca el clarinete con la New Orleans Jazz Band, Woody Allen (Nueva York, 1935) tiene esa actitud insegura y modesta que asume en los monólogos de sus películas.



"Si tuviera más talento me gustaría pasar la vejez tocando, pero soy un músico mediocre. De hecho, estoy seguro de que la gente compra la entrada no para escucharme, sino para verme. Si no hubiera realizado alguna película de éxito nadie vendría a mis conciertos", explica a través de un correo electrónico.


Sea por lo que sea, el director estadounidense y su banda pisaron anoche el mítico escenario del Teatro de La Fenice de Venecia. Como suele ocurrir con sus actuaciones, el concierto fue un pequeño acontecimiento en la ciudad y las entradas se agotaron hace ya dos meses. El teatro era un hervidero de hombres en esmoquin y mujeres enfundadas en vestidos largos, a pesar de que se había anunciado que por la noche habría acqua alta.


La relación del creador de Manhattan o Zelig con la ciudad de los canales siempre ha sido muy estrecha. "Adoro Venecia, no me canso de repetirlo", asegura. En esta relajante y tranquila ciudad se casó; a ella acude cada verano con puntualidad casi maniática a presentar una nueva película; en ella intentaba ligarse a través de sus puentes a la espléndida Julia Roberts en el musical Todos dicen I love you. Pero con La Fenice, joya de la corona de la tradición teatral italiana, Allen tiene algo más. Él ha contribuido económicamente a su resurrección tras el espantoso incendio que destrozó el edificio del siglo XVII en 1996.


La última vez que Woody Allen tocó en Italia fue precisamente en 1996 durante la gira Wild man Blues. Anoche, como entonces, fue todo improvisación. En sus conciertos no hay ni programa, ni ensayos y él aparece a los cinco minutos de apagarse las luces. Otra similitud con su manera de rodar las películas. "En mis filmes la improvisación lo es todo. Ignoramos habitualmente el guión, inventamos casi todo sobre la marcha. Sé que se parece a nuestra manera de tocar. Es igual".

Con la misma formación de músicos -Woody Allen (clarinete), Eddy Davis (director musical y banjo), Conal Fowkes (piano), Simon Wettenhall (trompa), Jerry Zigmont (trombón), John Gill (batteria), Greg Cohen (bajo)-, el director se exhibe todos los lunes por la noche en Manhattan, en un club que está debajo de su casa. "Una cita informal entre amigos".


El repertorio apuesta por piezas del jazz clásico de los años veinte y treinta. "Toco la música que escuchaba de pequeño, con la que me formé, la misma que suena en mis películas. Los nombres son Sidney Bechet, gran clarinetista, Woody Herman y la trompa de Bunk Jonhson. Pero también Jerry Martin, George Lewis, los divos de aquella belle époque de Nueva Orleáns. Se trata de un jazz de la vieja escuela, popular y salvaje. Del ragtime al blues y a lo espiritual. Sí, hacer películas es para mí como una terapia, porque durante el año vivo en una vida paralela. La música es mi pasión innata", termina.



Woody Allen como espertatozoide
Para acabar con la crítica freudiana
Las lista de Metterling



Por fin, Venal & Sons acaba de publicar el primer volumen tan largamente esperado de las listas de ropa de Metterling (Las listas completas de ropa de Hans Metterling, vol. I: 437 págs., con una introducción de XXXII págs..; índice; 18,75 dólares), con un comentario erudito del conocido estudioso de Metterling , Gunther Eisenbud. La decisión de publicar esta obra por separado, antes de que se termine la inmensa oeuvre en cuatro volúmenes, es satisfactoria e inteligente, ya que este libro contumaz y espumeante dejará de inmediato sin efecto los desagradables rumores según los cuales Venal & Sons, después de haber cosechado sustanciosas ganancias con las novelas, obras de teatro, cuadernos de anotaciones, diarios y cartas de Metterling, sólo procuraba seguir embolsando copiosos beneficios con el mismo material. ¡Cuán errados han estado los propagadores de esos rumores! Por cierto, la mismísima primera lista de ropa de Metterling


LISTA No. 1
6 pares de calzoncillos
4 camisetas
6 pares de calcetines azules
4 camisas azules
2 camisas blancas
6 pañuelos
Sin almidón



Es la perfecta y casi sublime introducción a este genio problemático, conocido por sus contemporáneos como el “Raro de Praga”. Esta primera lista fue garrapateada mientras Metterling escribía Confesiones de un queso monstruoso, obra de sorprendente importancia filosófica en la que demostró no sólo que Kant estaba equivocado acerca del universo, sino que tampoco nunca había cobrado un cheque. La repugnancia que sentía Metterllng por el almidón es típica de la época, y cuando este paquete de ropa le fue devuelto demasiado rígido, Metterling se puso de mal humor y sufrió un ataque de depresión. Su ama de llaves, Frau Weiser, comunicó a unos amigos que “hace días que Herr Metterling está encerrado en su habitación llorando porque le han almidonado los calzoncillos”. Breuer señaló ya en varias ocasiones la relación entre los calzoncillos almidonados y la sensación permanente que tenía Metterling de que hablaban de él hombres con carrillos (Metterling: Psicosis paranoinco-depresiva y las primeras listas, Zeiss Press). Este tema de la incapacidad para seguir instrucciones aparece en la única obra teatral de Metterling, Asma, cuando Needleman lleva por equivocación a Valhalla la pelota de tenis maldita.
Con Mia Farrow

El evidente enigma de la segunda lista

Radica en los siete pares de calcetines negros, pues hace ya mucho tiempo que es vox populi que Metterling era sumamente proclive al azul. Sin duda, durante años, la mera mención de cualquier otro color lo ponía hecho una furia, y en cierta ocasión dio un empujón a Rilke y lo hizo caer sobre un montón de miel porque el poeta dijo que prefería las mujeres de ojos castaños. Según Ana Freud (“Los calcetines de Metterling como expresión de la madre fálica”, Journal of Psychoanalysis, nov. 1935), este cambio súbito a ropajes más sobríos está relacionado con la infelicidad que le produjo el “Incidente de Bayreuth”. Allí fue donde, durante el primer acto de Tristán, no pudo contener un estornudo e hizo volar el peluquín de uno delos más ricos patrocinadores del teatro. El público se convulsionó, pero Wagner salió en su defensa con el ahora ya clásico comentario: “Todo el mundo estornuda”. Para colmo, Cosima Wagner estalló en sollozos y acusó a Metterling de sabotear la obre de su marido.

Ya nadie duda de que Metterling se sentía atraído por Cosima Wagner; sabemos una vez le cogió la mano en Leipzig y cuatro años más atrde, una vez más, en el valle del Rhur. En Danzig, se refirió tangencialmente a la tibia de Cosima durante el tranbscurso de una tormenta y ella decidió que era mejor no volver a verlo nunca más. De regreso a su casa en estado de agotamiento, Metterling escribió Pensamientos de un pollo y dedicó el manuscrito original a los Wagner. Cuando éstos lo utilizaron para calzar la mesa de la cocina, que tenía una pata más corta, Metterling se enfadó y se cambió a calcetines oscuros. Su ama de llaves le rogó que conservara su azul tan amado o que, por lo menos, hiciera un intento con el marrón, pero Metterling la maldijo exclamando: “Perra, ¿y por qué no escoceses, eh?”.
En la tercera lista

LISTA No. 2


LISTA No. 3
6 pañuelos
5 camisetas
8 pares de calcetines
3 sábanas
2 fundas de almohada

Se menciona por primera vez la ropa de cama: Metterling sentía pasión por la ropa de cama, en especial por las fundas que él y su hermana, cuando eran niños, se ponían sobre la cabeza cuando jugaban a los fantasmas, hasta que un día él se cayó de bruces en una cantera de piedra. A Metterling le gustaba dormir con ropa de cama limpia y lo mismo le sucede a sus personajes de ficción. Horst Wasserman, el herrero impotente de Filete de arenque, comete un asesinato por un cambio de sábana, y Jenny, en El dedo del pastor, está dispuesta a acostarse con Klinesman (a quien ella odia por haber frotado a su madre con mantequilla) “si esto significa dormir entre sábanas suaves”. Es una tragedia el que la lavandería jamás dejara la ropa de cama a satisfacción de Metterling, pero afirmar, como lo ha hecho Ptlatz, que su consternación al respecto no le permitió terminar A dónde vas, cretino, es absurdo. Metterling se permitía el lujo de enviar a lavar sus sábanas, pero no sentía dependencia por eso.


Con Diane Keaton en Annie Hall
Lo que impidió a Metterling terminar el libro de poemas tanto timpo proyectado fue un romance abortado que figura en la “famosa cuarta lista”:


LISTA No. 4
7 pares de calzoncillos
6 pañuelos
6 camisetas
7 pares de calcetines negros
Sin almidón
Servicio especial en 24 horas.



En 1884, Metterling conoció a Lou Andreas-Salomé y de pronto nos encontramos de que a partir de entonces exigió que se lavara la ropa todos los días. En realidad, los presentó Nietzsche, quien le dijo a Lou que Metterling podía ser un genio o un idiota y que intentara averiguarlo. En aquellos tiempos, el servicio especial en veinticuatro horas se estaba volviendo bastante popular en el Continente, sobre todo entre los intelectuales, y la innovación fue bien recibida por Metterling. Al menos era rápido, y Metterling adoraba la rapidez. Siempre se presentaba a las citas temprano –a veces varios días antes y entonces tenían que acomodarlo en el cuarto de huéspedes-. A Lou también le encantaba el envío diario de ropa limpia de la lavandería. Se ponía tan contenta como una niña; a menudo llevaba a pasear a Metterling por el bosque y allí abría el último envío del escritor. A ella le encantaban sus camisetas y pañuelos, pero más que nada adoraba sus calzoncillos. Escribió a Nietzsche que los calzoncillos de Metterling eran lo más sublime que había encontrado en su vida, incluyendo Así habló Zaratustra. Nietzsche se portó como un caballero al respecto, pero siempre sintió celos de los calzoncillos de Metterling y le contó a sus íntimos que le parecían “hegelianos en extremo”. Lou Salomé y Metterling se separaron después del Gran Desastres dela Melaza de 1886 y, sibien Metterling perdonó a Lou, ésta siempre dijo de él que “su mente tenía sombras de frenopático”.

La quinta lista


LISTA No. 5
6 camisetas
6 calzoncillos
6 pañuelos



Confundió siempre a los estudiosos, principalmente por la total ausencia de calcetines. (Por cierto, Thomas Mann, años más tarde, se interesó tanto por el problema que escribió toda una obra de teatro sobre el tema: Las calcetas de Moisés que, en un descuido, se le cayó de un albañal). ¿Por qué este gigante de la literatura sacó súbitamente los calcetines de su lista semanal? No fue, como afirman algunos estudiosos, una señal de su creciente locura, aun cuando Metterling por aquel entonces había adoptado ciertas extrañas características en su conducta. Por ejemplo, creía que lo seguían o que él seguía a otra persona. Contó a unos amigos íntimos algo acerca de una conspiración gubernamental para robarle el mentón; y, en cierta ocasión, durante unas vacaciones de Jena, no pudo decir otra cosa que la palabra “berenjena” durante cuatro días seguidos. Sin embrago, estos ataques fueron temporales y no explican la desaparición de los calcetines. Tampoco lo hace su emulación de Kafka quien, durante un breve período de su vida, dejó de llevar calcetines debido a un sentimiento de culpa. Peor Eisenbud nos asegura que Metterling siguió llevando calcetines. ¡Simplemente dejó de enviarlos a la tintorería! ¿Y por qué? Porque, en esa época de su vida, consiguió una nueva ama de llaves, Frau Milner, quien consintió en lavarle los calcetines a mano (gesto que emocionó tanto a Metterling que legó a esa mujer toda su fortuna, que consistía en un sobrero negro y un poco de tabaco). Asimismo, ella inspiró el personaje de Hilda en su alegoría cómica El icor de mamá Brandt.

Es obvio que la personalidad de Metterling empezó a fragmentarse en 1894, según podemos deducir en parte de la sexta lista:


LISTA No.6
25 pañuelos
1 camiseta
5 calzoncillos
1 calcetín



Ya no resulta sorprendente que, en aquel período, iniciara un análisis con Freud. Lo había conocido años antes en Viena cuando losdos acudieron a la representación de Edipo, ocasión en la que Freud tuvo que ser sacado del teatro presa de un ataque de sudor frío. Las sesiones fueron tormentosas y, si damos crédito a las anotaciones de Freud, el comportamiento de Metterling fue hostil. En cierto momento, amenazó con almidonar la barba de Freud y con frecuencia decía que éste le recordaba a su tintorero. Poco a poco, las extrañas relaciones de Metterling con su padre salieron a la palestra. (Los estudiantes de nuestro autor ya se habían familiarizado con el padre deMetterling, un pequeño funcionario que a menudo ridiculizaba a Metterling comparándolo con una salchicha). Freud escribe acerca de un sueño clave que le describió Metterling:

“Estoy en una cena con unos amigos cuando de pronto entra un hombre con un bol de sopa en una traílla. Acusa a mi ropa interior de traición y, cuando una dama me defiende, a ésta se le cae la cabeza. Lo encuentro divertido en el sueño y me río. Pronto todo el mundo se ríe salvo mi tintorero, que parece serio y se queda sentado poniéndose gachas en los oídos. Entra mi padre, recoge la frente de la dama y sale corriendo con ella. Corre hasta la plaza pública gritando: “¡Al fin! ¡Al fin! ¡Al fin! ¡Una frente propia! Ahora no tendré que depender de ese idiota de mi hijo”. Esto me deprime en el sueño y siento la urgente necesidad de besar la ropa del burgomaestre. (En este momento, el paciente se pone a llorar y se olvida del resto del sueño.)”.

Con los conocimientos adquiridos gracias a este sueño, Freud pudo ayudar a Metterling, y los dos se hicieron bastante amigos fuera del psicoanálisis, aunque Freud jamás permitió que Metterling se pusiera a sus espaldas.


En el volumen II, se anuncia que Eisenbud se hará cargo delas listas 7-25 que incluyen los años de la “tintorería particular” de Metterling y el patético malentendido con los chinos de la esquina.


Colas de Manhattan

Hace un par de semanas, Abe Moscowitz se murió de un infarto y vino a reencarnar en una langosta. Lo atraparon en la costa de Maine y lo enviaron a Manhattan, donde fue a parar a un tanque de un lujoso restaurante especializado en mariscos. En el tanque había otras langostas, una de las cuales lo reconoció: «¿Abe, eres tú?», preguntó la criatura levantando las antenas.
«¿Quién es? ¿Quién me habla?», dijo Moscowitz, todavía confundido por el místico desbarajuste post-mórtem que lo había transmutado en un crustáceo.
«Soy yo, Moe Silverman», dijo la otra langosta.


«¡A-la-bao!», chilló Moscowitz al reconocer la voz de un antiguo compañero de gin rummy, un juego de cartas.

«Hemos renacido», explicó Moe. «Como un par de langostas de dos libras».
«¿Como langostas? ¿Así es como termino luego de haber vivido una vida justa? ¿En un tanque en Third Avenue?».


«El Señor trabaja de maneras misteriosas», explicó Moe Silverman. «Mira a Phil Pinchuck. El tipo se fue del aire por culpa de un aneurisma, y ahora es un hámster. Se pasa el día corriendo en la estúpida rueda. Durante años fue profesor en Yale. Lo que digo es que a estas alturas le gusta la rueda. Pedalea y pedalea, corriendo hacia ninguna parte, pero con una sonrisa».

A Moscowitz no le gustaba su nueva condición en lo absoluto. ¿Por qué un ciudadano decente como él, un dentista, un hombre a todo que merecía volver a la vida como un águila en pleno vuelo o acurrucado en el regazo —y recibiendo caricias en su pelaje— de una mujer sexy de la alta sociedad habría de regresar ignominiosamente como el plato fuerte en un menú? Era su cruel destino ser delicioso, convertirse en el “Especial del día”, acompañado de una patata asada y un postre. Esto llevó a un debate entre las dos langostas sobre los misterios de la existencia, de la religión, de cuán caprichoso era el universo cuando alguien como Sol Drazin, un pastuzo que ambos conocían del negocio de comida por encargo, había regresado luego de un infarto fatal como un semental que preñaba a unas adorables potrancas de pura raza y recibía por ello altos dividendos. Sintiendo lástima por sí mismo y furioso, Moscowitz nadó de un lado a otro, incapaz de adoptar la resignación budista de Silverman ante la posibilidad de ser servidos a la termidor.

En ese momento, entró en el restaurante y se sentó en una mesa cercana nada más y nada menos que Bernie Madoff. Si Moscowitz se había sentido amargado e irritado con antelación, ahora jadeaba mientras su cola batía el agua con igual fuerza que el motor de un yate Evinrude.

«No me lo puedo creer», dijo, incrustando sus pequeños ojos —que asemejaban semillas de pimiento— en las paredes de cristal. «Ese ladrón que debería estar tras las barras, dando pico y pala en la roca, haciendo chapas de carros, se las agenció para escurrirse de la reclusión de su apartamento y ha venido a agasajarse con una cena de delicadezas marinas».

«No te pierdas la piedra de su inmortal amada», apuntó Moe, echándole un vistazo al anillo y los brazaletes de la señora M.

Moscowitz contuvo su reflujo ácido, una condición que lo perseguía de su vida anterior. «Él es la razón por la que estoy aquí», dijo ya en estado de agitación extrema.
«Dímelo a mí», dijo Moe Silverman. «Yo jugué golf con el hombre en la Florida —dicho sea de paso, el tipo mueve la bola con el pie cuando no estás mirando—».


«Cada mes me enviaba un extracto de cuenta», despotricó Moscowitz. «Yo sabía que esos números lucían demasiado buenos como para ser kosher, y cuando bromeé diciéndole que aquello parecía una estafa Ponzi, se atragantó con su kugel. Tuve que revivirlo con la maniobra de Heimlich. Al final, después de toda esa vida de altura, resulta que el tipo era un fraude y mi valor neto era igual a un quilo prieto. P.D.: Tuve un infarto al miocardio que fue registrado en unos laboratorios de oceanografía en Tokio».

«Conmigo se hizo el duro», dijo Silverman, buscando instintivamente en su carapacho una píldora de Xanax. «Al principio me dijo que no tenía espacio para otro inversor. Mientras más me rechazaba, más quería yo que me aceptara. Lo invité a cenar y como le gustaron los blintzes que cocinó Rosalee, prometió que la próxima vacante sería mía. El día que me enteré que se haría cargo de mi cuenta me emocioné tanto que corté la cabeza de mi esposa en nuestra foto de bodas y puse la suya. Cuando me enteré de que estaba en la ruina, me suicidé saltando del techo de nuestro club de golf en Palm Beach. Tuve que esperar media hora para el salto mortal: era el número doce en la cola».

En ese momento, el capitán escoltó a Madoff hasta el tanque de las langostas, en donde el astuto y fastidioso personaje analizó los diferentes candidatos de agua salada y sus potencialidades en términos de suculencia y señaló a Moscowitz y a Silverman. Una atenta sonrisa apareció en la cara del capitán mientras llamaba a un camarero para que extrajera el par de langostas del tanque.

«¡Esto es el colmo!», gritó Moscowitz, preparándose para la atrocidad suprema. «¡Me despoja de los ahorros de toda una vida y después me devora enchumbado en mantequilla! ¿Qué clase de universo es éste?».

Moscowitz y Silverman, cuya ira alcanzaba dimensiones cósmicas, empezaron a balancear el tanque hasta que lo derribaron de la mesa, rompiendo sus paredes de cristal y empapando el piso de lozas hexagonales. Las cabezas se volvieron mientras el alarmado capitán contemplaba el panorama atónito. Empecinadas en la venganza, las dos langostas se escabulleron rápidamente hacia Madoff. Llegaron a su mesa en un instante y Silverman se le tiró al tobillo. Moscowitz, canalizando la fuerza de un poseso, pegó un brinco desde el suelo y con una de sus tenazas gigantes engrampó fuertemente la nariz de Madoff. Gritando de dolor, el canoso artista de la estafa saltó de la silla en lo que Silverman le estrangulaba el empeine con ambas pinzas. Los comensales no podían dar crédito a sus ojos al reconocer a Madoff, y empezaron a vitorear a las langostas.

«¡Esto es por las viudas y las obras de caridad!», gritó Moscowitz. «¡Gracias a ti, el Hatikvah Hospital es ahora una pista de patinaje!».

Madoff, incapaz de librarse de los habitantes del Atlántico, salió disparado del restaurant y huyó chillando entre el tráfico. Cuando Moscowitz apretó el agarre de tornillo de banco en su tabique y Silverman le atravesó el zapato, persuadieron al tramposo de que se declarara culpable y pidiera perdón por su estafa monumental.

Al final del día, Madoff estaba en el Lenox Hill Hospital, lleno de verdugones y contusiones. Los dos renegados platos fuertes, saciadas sus iras, tuvieron sólo la fuerza suficiente como para dejarse caer en las frías y profundas aguas de Sheepshead Bay, donde, si no me equivoco, Moscowitz vive con Yetta Belkin, a quien reconoció de cuando hacía las compras en Fairway. En vida, ella siempre se había asemejado a un pez platija, y luego de su fatal accidente aéreo había regresado como tal.

7 pares de calzoncillos
5 camisetas
7 pares de calcetines negros
6 camisas azules
6 pañuelos
Sin almidón










martes, 23 de marzo de 2010

Joan Manuel Serrat

En momentos en que Joan Manuel Serrat convalece luego de una operación de un nódulo de pulmón, ya fuera del hospital, que le obligó a modificar el calendario para su gira de promoción del disco Hijo de la luz y de la sombra, en el que rinde homenaje al poeta Miguel Hernández, del cual dimos cuenta en este espacio, he querido reproducir el siguiente texto de mi admirado y entrañable escritor Manuel Vicent, por considerarlo digno de ser conocido y divulgado a través de todos los medios. Espero lo disfrute el lector. F. Z.


Para Serrat
MANUEL VICENT, EL PAÍS, 21/03/2010

A través de un paisaje recio del profundo Aragón, por la carretera que va de Teruel a Zaragoza, por Utrillas y Hoz de la Vieja, llegué al antiguo pueblo de Belchite, que conserva intactas todavía las ruinas de la Guerra Civil. Los espectros de las iglesias bombardeadas y las calles cegadas por los escombros han quedado como testimonio de aquel encarnizado horror. En este viaje tuve que hablar de literatura a alumnos de secundaria entre la algarabía de unas aulas de instituto llenas de adolescentes cuyas hormonas se hallaban disueltas en el aire de una primavera explosiva. Probablemente todos ignoraban la tragedia que sufrieron sus antepasados sobre aquella tierra adusta. Yo mismo, en lugar de hablarles de héroes de ficción, pude haberles contado una historia real. Belchite fue tomado por los dos bandos de la Guerra Civil, ganado y perdido tabique a tabique con la bayoneta desnuda. Poco antes de iniciarse la última batalla, unos padres mandaron a su hija, una niña llamada Ángeles, que fuera a decirles a sus tíos que estaban entrando en el pueblo los nacionales, pero cuando llegó a casa de sus tíos, los nacionales ya los habían fusilado, a ellos y a otros parientes. La niña volvió a su casa y se encontró con que sus padres también habían sido asesinados. Viéndose sola con toda su familia exterminada comenzó a correr bajo el fuego, dejó el pueblo atrás, atravesó la llanura, se perdió por los montes y no cesó de caminar junto a los bruñidos raíles del tren hasta llegar a Barcelona. Años después esta adolescente se casó con un anarquista catalán represaliado, que se llamaba Josep Serrat; la pareja vivió en el Poble Sec entre gente vencida y allí les nació un niño, que con el tiempo sería un insigne artista muy famoso. Joan Manuel Serrat acaba de crear unas canciones sobre versos de Miguel Hernández, otro ser inocente, muerto en una cárcel franquista, aplastado por el fanatismo de un tiempo atroz. Pude haberles contado a aquellos alumnos de literatura que sobre las ruinas descarnadas del viejo Belchite la primavera estaba depositando algunas flores sencillas, del mismo modo que han germinado en la voz de Serrat muchas palabras de amor desde el terror de aquella niña que huyó de la sangre y llegó al mar a través de una tierra muy dura.

domingo, 14 de marzo de 2010

Mexicanos monárquicos

Discurso de ofrecimiento de la Corona en Miramar, pintura de
Cesare Dell Acqua, 1877 Castillo de Miramar.
Una historia de notables
Por: Federico Zertuche


En el siglo antepasado la formación de grupos de notables fue un recurso manido en las incipientes naciones iberoamericanas. A falta de instituciones y tradición democrática, las élites los integraban con celebridades a fin de dirimir conflictos que no podían superarse mediante las endebles reglas establecidas y la general desconfianza hacia quienes las aplicaban.


Después de casi siglo y medio, parece que tal manía ha reaparecido en México: grupo de San Ángel, notables por la Alianza, los notables mediadores en el conflicto del sindicato de electricistas (SME) y otros de similares hierbas, salvadores todos de la Patria.


El 10 de abril de 1864, una asamblea de emperifollados notables -en representación de los conservadores y reaccionarios del convulso México de entonces-, hizo acto de presencia en el castillo de Miramar, vicino a Trieste, para manifestar al archiduque Fernando Maximiliano de Habsburgo el beneplácito de la nación mexicana que, encarnada en otro puñado de notorios, lo habían “elegido” como emperador de México.


Presidiendo a los notables, don José María Gutiérrez de Estrada pronunció en aquella ocasión el discurso de ofrecimiento de la corona. Alguien que, como señala Egon Caesar Conte Corti: “Con seguridad ningún hombre ha tenido nunca en una hora tan decisiva tan poca autoridad para hablar en nombre de un país y de un pueblo como este mexicano que desde hacía un cuarto de siglo estaba fuera de su patria y que, ahora, se atrevía a prometer en nombre de su pueblo al archiduque, desorientado y engañado sobre la verdadera situación...” (1)


“Con voz temblorosa por la emoción –narra el conde Corti en su espléndida biografía- el archiduque leyó en español su respuesta al discurso en francés de Gutiérrez de Estrada. Decía que gracias al voto de los notables de México, ahora se podía considerar como elegido del pueblo mexicano [...] Por eso podía aceptar la corona y se esforzaría en ostentarla trabajando incansablemente por la libertad, el orden, la grandeza y la independencia de México. De nuevo puso de relieve la intención de basar la monarquía en leyes constitucionales.”(2)


“Cuando Fernando Max terminó –prosigue Corti-, se apoderó el mayor entusiasmo de la asamblea que lo había escuchado conteniendo la respiración. La solemne presentación del acto y la gran importancia del momento no habían dejado de producir impresión en los oyentes, de los cuales sólo pocos estaban enterados de los detalles íntimos del asunto. Los gritos entusiastas y al mismo tiempo emocionados de: ‘¡Viva el emperador Maximiliano! ¡Viva la emperatriz Carlota!’, resonaron en el salón.”(3)



Castillo de Miramar
En ese momento la bandera imperial mexicana, saludada por las salvas de los cañones de las naves de guerra atracadas en el puerto, fue izada en el mástil de Miramar.


Luego del juramento y del tedéum de rigor, el emperador de México hizo sus primeros nombramientos que recayeron, ¡faltaba más!, en los más conspicuos notables de la ocasión, pues para eso se es notable: para recibir los frutos de tan notabilísima representación, nada más los ilusos se prestan para fungir sólo como figura decorativa.


Gutiérrez de Estrada, José Manuel Hidalgo y Esnaurrízar, así como Francisco de Paula Arrangoiz, artífices de primera línea en la imperial empresa, fueron nombrados embajadores ante las cortes de Viena, París y Bruselas, respectivamente; muy a su gusto y talante: alejados de los desmanes, tumultos y turbulencias acaecidos a diario en suelo mexicano, y más a tono con el orden, la civilización, la elegancia y el glamour de la aristocracia europea en donde se movían como peces en el agua. Juan Nepomuceno Almonte, hijo natural de don José María Morelos y Pavón, fue designado representante del emperador hasta su arribo a México.


Napoleón III
El 14 de abril partieron de Miramar los flamantes emperadores a bordo de la brillantemente empavesada fragata Novara que ondeaba en popa la bandera imperial mexicana. Poco antes de abordar llegó un telegrama de los emperadores de Austria, padres de Maximiliano, que rezaba: “Adiós, nuestra bendición –de papá y mía- nuestras oraciones y nuestras lágrimas te acompañan, Dios os proteja y os dirija, por última vez, adiós desde la tierra de la patria donde ya no te veremos más. Con el corazón acongojado te bendecimos de nuevo”.


Miles de personas apiñadas en el embarcadero, en las rocas de la costa y en las azoteas, les daban el último adiós, decenas de barcas fondeadas en el puerto acompañaron a la Novara para rendir postrer homenaje a sus queridos príncipes. De una de ellas “surgió potente una voz bien timbrada de barítono que cantó una bellísima canción de despedida, llena de amor, pero que a Carlota se le antojó siniestra:


Massimiliano...
¡non ti fidare!
¡Torna al castello
di Miramare!
Quella corona di Montezuma
é un nappo gallico, pieno di schiuma.
Del Timeo Danaos or ti ricorda:
Sotto la porpora trovi la corda. (4)


“El telón se levantaba, el drama podía empezar”, remata Corti el capítulo La aceptación de la corona. Cuatro años más tarde, la famosa Novara, en la cual el joven archiduque había hecho su primer servicio marítimo, transportaba el cadáver de Maximiliano para se exhumado luego con toda pompa en el mausoleo de sus antepasados de los Capuchinos de Viena.


Max con uniforme de marino
Fernando Max fue un verdadero marino que cultivó una larga carrera desde abajo hasta obtener con los años el rango de almirante y comandante de la flota austriaca, la que modernizó y puso al nivel de otras potencias europeas. Realizó muchas travesías marítimas y amaba al mar como pocos. La Novara fue reacondicionada como fragata blindada y artillada en astilleros de Venecia y Max recibió el encargo de supervisar su entrega: Desde entonces, la consideró como su barco insignia: 2,000 toneladas de desplazamiento, dos puentes, 1,800 metros cuadrados de velamen, 50 cañones y 400 tripulantes.


No fue casual, pues, que siendo gobernador general del reino Lombardo-Véneto, mandara construir su hermoso palacio de Miramar desde 1854 sobre una roca, no lejos de Trieste con magnífica vista al azul oscuro del Adriático. El despacho de trabajo del archiduque imitaba fielmente la cabina del almirante de la fragata Novara, y los salones estaban tapizados con damasco azul celeste con dibujos de anclas que recordaban la profesión del propietario.


¿Pero, quiénes fueron y quiénes eligieron a tan notorios notables que ofrecieran la imperial corona de México? ¿Bajo que circunstancias y con qué títulos fungieron en tan conspicua encomienda? ¿Qué jabón los patrocinaba al emprender tamaña empresa? ¿De dónde su nacional representatividad? ¿De parte de quién? ¿Qué pitos tocaban? ¿Eran realmente notables? ¿De dónde salieron y cómo acabaron?


Al poco tiempo que el ejército francés hiciera entrada triunfal en la ciudad de México (7 de junio de 1863), el general Elías Forey nombró una alta junta de gobierno integrada por 35 miembros, la mayoría de los cuales procedía de las filas conservadoras. De acuerdo a los planes previamente concebidos en Europa, dicha junta eligió a su vez una regencia provisional integrada por el general Juan Nepomuceno Almonte, el ex obispo de Puebla y a la sazón arzobispo de México, Pelagio Labastida y Dávalos, y por el general Mariano Salas.


De tal núcleo surgió “La Asamblea Nacional” que declarara la monarquía y eligiera a Maximiliano como emperador. Al propio tiempo, la regencia nombró una comisión presidida por Gutiérrez Estrada y a la que pertenecía José Manuel Hidalgo, para llevar la invitación a Miramar. Así se cocinaron estos notables.Ya hemos mencionado algunos nombres: Gutiérrez de Estrada en primer plano; José Manuel Hidalgo, Francisco de Paula Arrangoiz, y Juan Nepomuceno Almonte, un poco atrás, sin dejar de ser principales. A ellos se añadieron el arzobispo Pelagio Antonio Labastida y Dávalos, Francisco de Miranda, Ignacio Aguilar y Marocho, Joaquín Velásquez de León y otros más.


No se incluyen en esta lista a los generales Miguel Miramón y Tomás Mejía, fusilados luego junto al emperador, puesto que más que artífices del proyecto fueron operadores militares de última hora; Miramón y Leonardo Márquez habían sido desterrados por el propio Max, y no regresaron a México sino hasta 1866 cuando el Imperio se derrumbaba. Por limitaciones de espacio, nos ocuparemos sobre todo de relatar la suerte que corrieron Gutiérrez de Estrada y José Manuel Hidalgo.


Un historiador, tratadista e ideólogo liberal del siglo XIX de la talla de don José María Luis Mora, se refiere a su tocayo y adversario político Gutiérrez Estrada, en los siguientes términos: “Este ciudadano es nativo del Estado de Yucatán, donde reside su familia, distinguida bajo todos los aspectos. No es necesario decir que Gutiérrez recibió una educación cuidada y escogida, basta haberlo tratado para conocer que fue así; y que supo aprovecharse de ella en la carrera del servicio público a la que se dedicó, y en la cual ha permanecido puro y sin mancha en medio de una clase corrompida [...] flexible por carácter, honrado por educación y principios, y expedito para los negocios, su servicio ha sido perfecto, y sobre todo leal y concienzudo.”(5)


Ciertamente el Gutiérrez Estrada que describía don José María Luis Mora, “no era aún el caudillo ideológico profundamente amargado, que tocaría a las puertas de las chancillerías europeas en demanda de un príncipe para México. Pero no puede negarse que había ya en él un germen de pesimismo, que llegó a su clímax en la sexta década del siglo XIX”, tal y como apunta Martín Quirarte en su erudita y clarificadora Historiografía sobre el imperio de Maximiliano.(6)
Maximiliano
Luego de servir en varias legaciones de México en Europa y ser titular del Ministerio de Relaciones Exteriores, Gutiérrez de Estrada partió de nueva cuenta al viejo continente aunque esta vez en calidad de exiliado, luego de rechazar el ofrecimiento del presidente don Anastasio Bustamante para ocupar otra vez dicha cartera, al tiempo de publicar un manifiesto a favor de la instauración monárquica en México, lo que provocó la ira del presidente y una orden de aprehensión en su contra.


A partir de entonces Gutiérrez inicia un largo y tortuoso periplo europeo a la búsqueda no propiamente del “tiempo perdido” sino casi: de un príncipe que instaurase una monarquía democrática como único requisito para aliviar los males del país: “Herida de muerte la república por los mismos que se dicen sus apóstoles, se muere de inanición después de ver consumido el jugo de su vida moral en esfuerzos estériles y cuentos...”, como escribiría don José María en su panfleto.


La última satisfacción de don José María Gutiérrez de Estrada ocurrió aquel 10 de abril en Miramar, cuando en ocasión solemne ofreció al archiduque Maximiliano la corona imperial de México al pronunciar en francés el memorable discurso a nombre del pueblo de México. Congruente con sus ultramontanas convicciones y conducta, muy pronto se distanció del emperador empeñado en adoptar políticas liberales que aquél se negó a aprobar. La vida le alcanzó para enterarse de los infortunios del segundo imperio y murió días antes de la caída del régimen que tan celosamente contribuyó a erigir.


Al igual que su mentor (Gutiérrez de Estrada), José Manuel Hidalgo Esnaurrízar, segundo en importancia como artífice de la imperial empresa en Europa, tampoco colaboró con Maximiliano en el teatro mismo de los acontecimientos, prefirió quedarse en el viejo continente en calidad de embajador del mexicano Imperio.


A decir de Martín Quirarte: “Pocos hombres de nuestra historia han podido llegar a los umbrales de la fama y del poder con tanta facilidad...” José Manuel nació en los albores del México independiente. Su padre tomó a Iturbide el juramento del Plan de Iguala, contagiado por un ambiente promisorio insuflado por las ilusiones de los políticos de entonces, que hacían creer que el nuestro era “uno de los países más ricos de la Tierra”, llamado a figurar entre las principales potencias del orbe.(7)


Pronto llegó el desencanto al instaurarse por prolongadas décadas la ingobernabilidad, la continua zozobra, las interminables intrigas, enconos y conspiraciones endémicas, la quiebra de la hacienda pública, los levantamientos y pronunciamientos como deporte nacional, la guerra civil, y, para colmo, la desastrosa guerra con los Estados Unidos y la mutilación del territorio nacional, como cruel desenlace de un drama que parecía interminable.


En dicha guerra, José Manuel Hidalgo, junto con otros “elegantes caballeros”, se batió noble y lealmente por su patria en la batalla de Churubusco contra el invasor norteamericano. Destaca Quirarte que el valor de aquellos improvisados combatientes fue tan grande que mereció el elogio y la admiración respetuosa del mismo general en jefe estadounidense, Winfield Scott, quien permitió a los vencidos conservar sus espadas.


Al término de la guerra José Manuel Hidalgo parte a Europa acreditado por la cancillería como diplomático. Gracias a su exquisito trato social, maneras distinguidas y al perfecto conocimiento de las reglas de etiqueta cortesana que practicaba con elegante soltura, Hidalgo se relaciona pronto con eminentes figuras de la nobleza española e inglesa y traba amistad con el emperador don Pedro de Brasil, con Isabel II de España, con la familia Montijo, de la cual Eugenia figuraría luego como emperatriz de Francia. El propio papa Pío IX, a la sazón desterrado en Gaeta, le dispensó su amistad, al igual que el influyente cardenal Antonelli.


En todo caso, José Manuel Hidalgo se había transformado en todo un cortesano, un figurín, a quien las casas y palacios más prestigiados de la aristocracia europea abrían sus puertas para departir en los salones entre la crema y nata del poder y la gloria decimonónicas. “De exterior atractivo, delgado y elegante, de una cierta suavidad de carácter y trato agradable, se hacía simpático en todas partes, especialmente entre las damas”, así lo describe Conte Corti.


Quirarte destaca que aquél “Estaba bien informado del ir y venir de las familias opulentas. Conocía al dedillo la vida social de Francia y de otros países del mundo. Pero su conocimiento de las cuestiones mexicanas fue muy limitado. Sus referencias a la historia patria son muy breves y escasas, más que opiniones se antojan sentimientos desdeñosos. Ninguno de los imperialistas mexicanos tuvo en el grado de José Manuel Hidalgo, una ausencia tan grande de nacionalismo.”(8)


Maximiliano y Carlota recién casados
Al contrario de la mayoría de los historiadores del segundo imperio, que desdeñan y condenan al más siniestro olvido al personaje que ahora nos ocupa, Martín Quirarte nos ofrece un conmovedor fresco de José Manuel hasta su muerte, no sin dejar en claro que para los efectos de la historia de México su vida carece de importancia a partir de que es destituido por Maximiliano como embajador en París. El resto de su biografía, sobrevivió al derrumbe del Imperio casi tres décadas, se aproxima más bien al género novelístico:


“El encumbramiento de José Manuel Hidalgo, fue tan rápido como su caída. Gracias a su amistad con Napoleón y Eugenia de Montijo pudo conspirar con eficacia a favor del proyecto para crear en México un sistema monárquico [...] aquel cortesano no estaba a la altura del puesto político que se le había conferido. Sus cualidades hacían de él un personaje de salón.”


“Si Maximiliano no hubiera sido casi tanto como José Manuel Hidalgo –sigue el relato de Quirarte-, un hombre de miras políticas estrechas, habría podido darse cuenta desde que lo conoció, del limitado valor del personaje. Por gratitud pudo haberle dado un puesto decorativo, colmarlo de honores y riquezas, pero nunca otorgarle la representación diplomática de su gobierno en Francia y menos en el momento en que comenzaron a enfriarse la relaciones entre Napoleón y él.”(9)


Tras la serie de tropiezos, malentendidos, desavenencias y abiertos actos hostiles que iniciaron la debacle en las relaciones franco-mexicanas, José Manuel Hidalgo fue llamado a México para explicar su actuación así como el estado de los acontecimientos que tenían lugar en Europa y en la corte ante la cual era responsable de los asuntos mexicanos. Al no poder convencer al emperador de su eficacia, éste lo destituyó intempestivamente de tal alto cargo, lastimando en lo más íntimo la sensibilidad de José Manuel. No obstante que Max trató de compensarlo con otro puesto, que Carlota misma insistió que aceptara, don José Manuel dio a entender que toda relación estaba rota. Su carrera había concluido.


Sin embargo, José Manuel retornó a Europa donde viviría los últimos veintinueve años de su vida en circunstancias de pobreza, miseria, privaciones y amargura que contrastaron fuertemente con el opulento tren de vida que hasta entonces se había dado.En su larga correspondencia con don Luis García Pimentel, José Manuel Hidalgo relata su penosa situación: “Rondando en los salones, codeando a gentes que no se estiman, a grandezas que no se envidian, en medio de una atmósfera no siempre sana y frecuentemente engañosa, falta de convicciones; pero si a mi no me importa quedarme en casa todo el día mientras hay luz, en la noche necesito huir de la soledad en donde estoy sin más compañero que la lamparilla y entregado a tristezas que me harían perder la razón.”(10)

Laurens. Los últimos momentos de Max
“Comprendió –observa Quirarte- la frivolidad del medio social en que se movía pero le faltó el valor para renunciar a vivir en él... Hasta el último día de su vida conservó José Manuel Hidalgo la amistad de algunos personajes aristócratas. Se vio en la necesidad de someterse a economías para guardar por lo menos las apariencias del señor elegante que había sido antes... A fines de 1893 y a comienzos del 94, fue víctima de una enfermedad que lo llevó a los umbrales de la tumba. Sin cloroformo le hicieron tres o cuatro operaciones y le quemaron con yodo la carne [...] su enfermedad se prolongaría dos años.”(11)


A comienzos del 95 un feroz invierno azoló París golpeando severamente a nuestro personaje que narra así este conmovedor fragmento de su existencia en la correspondencia citada: “A veces he pasado horas enteras como remachado a mi sillón, al lado de la salamandra –que es el único fuego que tengo en la casa-, sin valor, sin ganas de salir para ver a los amigos o cumplir con mis deberes sociales. Mis medios no me permiten tener fuego en el resto de mi pequeño aposento, y mi cuarto de dormir y saloncito son una nevera; el agua de mi cuartito de toilette se hiela y hay que romperla con un martillo...”


Finalmente, “El destino lo salvaba de muchas humillaciones y vergüenzas, al truncar su vida el 26 de diciembre (1896). ¡Había pagado muy caro el delito de ser imperialista! Las alegrías que pudo haber tenido en 29 años que sobrevivió a la tragedia del Cerro de las Campanas, no compensaron quizás las tristezas, los dolores y las humillaciones que aquel hombre albergó en el fondo de su corazón”. Así concluye el conmovedor relato de la vida de Hidalgo que nos obsequia Martín Quirarte.


Por su parte, don Francisco de Paula de Arrangoiz, antiguo ministro de Hacienda, ejerció como embajador del emperador en Bruselas ante la corte del rey Leopoldo I de Bélgica, padre de la emperatriz Carlota. Luego fue embajador en Londres hasta que dimitiera de tal honor como reacción a la tendencia liberal de Max y del rompimiento de la Iglesia con el Imperio.


Arrangoiz, no obstante sus críticas y alejamiento del emperador por las políticas liberales que emprendiera, a la postre escribió el mejor alegato en defensa del conservadurismo de la época a través de dos trabajos que se consideran fundamentales: Apuntes para la historia del Segundo Imperio Mexicano y México desde 1808 hasta 1867, inspirados sin duda alguna por la admiración que aquel profesaba por don Lucas Alamán, el más insigne intelectual de los conservadores y uno de los más notables historiadores de México, no obstante su pasión política y marcada parcialidad ideológica.


Juan Nepomuceno Almonte
Por último, Juan Nepomuceno Almonte, el hijo natural de don José María Morelos y Pavón, no corrió con mejor suerte. Luego de haber sido nombrado ministro de la Corte Imperial y gran mariscal, sustituyó a José Manuel Hidalgo como embajador en París, última chamba en su vida, y ciudad donde se exiliara y a la postre falleciera el 21 de abril de 1869, siendo sepultado en el cementerio de la Pere Lachaise, supuestamente junto a los restos de su ilustre progenitor. Este último enredo histórico –Los huesos de Morelos, que se suponía reposaban junto a los de su hijo- fue debidamente aclarado por el historiador José Manuel Villalpando César, quien exhumó el cadáver de Almonte –cuyo cuerpo y vestimenta encontraron casi incorrupto y en muy buen estado de conservación- en 1987, sin que se hallaran por cierto los restos del autor de los Sentimientos de la Nación.(12)


A raíz del decreto promulgado el 27 de diciembre de 1864 en el que Maximiliano confirmaba la nacionalización de los bienes de la Iglesia y autorizaba la libertad de cultos, las relaciones del Imperio con el Vaticano y la Iglesia mexicana se deterioraron irremediablemente. El nuncio apostólico abandonó el país y el arzobispo Labastida se distanció definitivamente de la empresa imperial que consideraba había traicionado al catolicismo. Los conservadores clericales empezaron a llamar a Max “El empeorador”.


Las cosas para el Imperio y para los emperadores fueron de mal en peor, Napoleón III abandonó la empresa mexicana y el apoyo militar y financiero a Max, Carlota emprendió una infructuosa gira europea en busca de ayuda, hasta que los sucesos desembocaron en el cerro de las Campanas, Querétaro, el 19 de junio de 1867 cuando Maximiliano fue fusilado junto a los generales Miguel Miramón y Tomás Mejía.

Tal parecería que el destino trágico que, decíase, marcaba a la familia de los Habsburgo, venía de antes y luego se propagó además de Maximiliano, fusilado en Querétaro, desde su abuelo, el emperador Francisco I, quien debido a la consanguinidad de sus padres (eran primos hermanos) padeció debilidad mental, sufría ataques de epilepsia y fue incapaz de procrear; su primo, el príncipe heredero Rodolfo de Habsburgo, se suicidó junto a su amante la baronesa de Vetsera en Mayerling, y Francisco Fernando asesinado en Sarajevo. Ni que decir de la desdichada emperatriz Carlota Amalia, que sobrevivió al infortunio sesenta años más poseída por delirios absolutamente demenciales hasta morir a la edad de 87 el Anno Domini 1927 recluida en el castillo de Bouchout en Bélgica.
Fusilamiento de Maximiliano, Edouard Manet 1867.



(Primera imagen arriba: José María Gutiérrez de Estrada pronunciando el discurso de ofrecimiento de la corona mexicana a Maximiliano de Habsburgo en el Palacio de Miramar, atrás de él aparecen los notables).


Notas bibliográficas


(1) Corti, Egon Caesar, conde, Maximiliano y Carlota, Fondo de Cultura Económica, México, 1976.
(2) Corti, Egon Caesar, Opus Cit.
(3) Ibidem.
(4) Luca de Tena, Torcuato, Ciudad de México en tiempos de Maximiliano, Planeta, México, 1990.
(5) Quirarte, Martín, Historiografía sobre el imperio de Maximiliano, UNAM, México, 1970.
(6) Ibidem.
(7) Opus Cit.
(8) Quirarte, Martín, Opus Cit.
(9) Ibidem.
(10) Verea de Bernal, Sofía, Cartas de don José Manuel Hidalgo Esnaurrízar, Un hombre de mundo escribe sus impresiones. Recopilación, prólogo y notas de. Editorial Porrúa, México 1961.
(11) Quirarte, Martín, Opus Cit.
(12) Reed Torres, Cuis, y Villalpando César, José Manuel. Los restos de don José María Morelos y Pavón: Itinerario de una búsqueda que aún no termina, Espejo de Obsidiana Ediciones, México, 1993.

sábado, 6 de marzo de 2010

Música Virreinal de la Nueva España


Manuel de Sumaya

En virtud del escaso conocimiento, poca difusión, descuido y desinterés que adolecen no solo la enorme y rica variedad de manifestaciones artísticas y culturales que se gestaron durante el largo período de la Nueva España (1523-1821), sino la vida misma de la Colonia en general, no obstante que durante esos trescientos años se formó, integró, perfiló y consolidó la nación mexicana en todos sus aspectos, por ello quiero dedicar esta entrega al músico novohispano más ilustre, don Manuel de Sumaya, y de paso rendir un pequeño tributo al maestro Aurelio Tello, compositor y musicólogo peruano radicado en México desde 1982, donde se ha dedicado a investigar, rescatar, promover y difundir la música virreinal y colonial iberoamericana, además de dirigir la Capilla Virreinal de la Nueva España y producir el excelente programa de radio Ecos de un pasado sonoro: la música colonial americana que transmitiera la estación Opus 94. Como no soy músico ni musicólogo, me permito transcribir el siguiente artículo del maestro Jesús Herrera a fin de familiarizarnos con nuestro insigne coterráneo Manuel de Sumaya. F. Z. (Imagen: Catedral de Oaxaca).


El llanto de Pedro, de Manuel de Sumaya

Por: Jesús Herrera


La vida musical en la ciudad de México durante el periodo barroco tuvo un gran esplendor, comparable al de las principales ciudades europeas. Aunque muchos compositores novohispanos de este periodo cayeron en el olvido, Manuel de Sumaya ha sido considerado como el más grande compositor americano del siglo XVIII.


Desde las primeras décadas del siglo XIX, el nombre de este insigne músico, originario de la Nueva España, se ha mencionado en diversos estudios porque fue maestro de capilla de la Catedral de la ciudad de México, porque escribió la primera ópera mexicana de que se tenga noticia y por la alta calidad de sus obras, mismas que se han conservado principalmente en las catedrales de México, Oaxaca y Guatemala, así como en las de Puebla, Morelia y Durango.


Lo paradójico del asunto es que al iniciar la última década del siglo XX era imposible escuchar la mayor parte de su música, pues sólo unas cuantas piezas se habían transcrito a notación musical moderna. Afortunadamente para nosotros, el trabajo de los musicólogos ha rendido frutos y ahora contamos con partituras que hacen posible disfrutar de audiciones de la música de un gran compositor del barroco novohispano. Por ejemplo, tenemos el villancico Sol-fa de Pedro, creado por Sumaya durante la competencia para obtener el puesto de maestro de capilla de la Catedral de la ciudad de México. Un poco más adelante en este artículo, podrás escuchar algunos fragmentos de esta maravillosa obra.

Manuel de Sumaya en la ciudad de México 



Manuel de Sumaya nació en la Nueva España alrededor de 1680, unos cuantos años antes que Johann Sebastian Bach. Aproximadamente a los 10 años de edad, entró en el grupo de niños del coro de la Catedral de la ciudad de México. Allí tuvo un excelente desempeño y sabemos que en 1694 las autoridades de la Catedral aceptaron su petición de aprender el oficio de organista y le dieron una ayuda monetaria. Sumaya estudió órgano con Joseph de Ydiáquez, el organista principal, y composición con Antonio de Salazar, el maestro de capilla. El maestro de capilla era la máxima autoridad del conjunto de música de la Catedral (llamado “capilla musical”): se encargaba de componer la música, de enseñar a los niños y al resto de los músicos, de dirigir el conjunto tanto en los ensayos como en las presentaciones y, en fin, era responsable de todo lo concerniente a la música que requiriera la Catedral.


En 1708, Sumaya compuso el drama musical El Rodrigo, que desafortunadamente se ha perdido. Un par de años después, Salazar solicitó permiso para abandonar algunas de sus labores como maestro de capilla, debido a que se encontraba mal de salud por su avanzada edad. La lógica dictaba que el tercer músico en rango de la capilla musical, Francisco de Atienza y Pineda, fuera seleccionado como ayudante de Salazar; sin embargo, Manuel de Sumaya obtuvo el nombramiento a pesar de la inconformidad presentada por Atienza y Pineda.


El maestro de capilla Salazar siguió enseñando al joven Sumaya. Juntos
hicieron una serie de himnos en latín; en ella el maestro compuso la primera parte de cada himno y el alumno la segunda. En 1711 se interpretó La Parténope de Sumaya; esta obra —representada en honor del nuevo virrey don Fernando de Alencastre, duque de Linares— se considera como la primera ópera mexicana. Aunque se conserva una edición bilingüe italiano-español del libreto, la música está perdida. Tras el reconocimiento de su trabajo, Manuel de Sumaya fue designado como el organista principal de la Catedral en 1714.


La competencia contra Atienza y Pineda
En 1715, la vista de Salazar se había deteriorado a tal punto que el maestro de capilla tuvo que dejar su puesto. Las autoridades de la Catedral hicieron lo que entonces se acostumbraba: anunciaron la convocatoria para una competencia, cuyo vencedor sería el nuevo maestro de capilla de la Catedral de la ciudad de México. Como es fácil de suponer, los dos oponentes principales fueron Manuel de Sumaya y Francisco de Atienza y Pineda.


Este tipo de competencias para ocupar un alto puesto musical eran frecuentes
en la Nueva España. Cuando un puesto quedaba vacante, se abría la convocatoria y se recibían solicitudes. Después comenzaba una serie de duros exámenes públicos, en los que se probaban las habilidades y el conocimiento de los participantes en distintas áreas de la música. En una de las pruebas más difíciles de la competencia, los aspirantes al puesto recibían un texto al que tenían que ponerle música compuesta especialmente para la ocasión, en un tiempo límite de 24 horas. Para obtener la victoria se necesitaba la anuencia de las autoridades de la Catedral, la recomendación escrita de los músicos que estarían bajo el mando del nuevo maestro de capilla y la aprobación del público invitado a la audición de las composiciones de los distintos aspirantes, quienes dirigían la ejecución de sus propias obras.


La competencia comenzó oficialmente el 27 de mayo de 1715. Unos días después, cada uno de los participantes recibió un texto en español para ponerle música. Sumaya compuso entonces el villancico para 4 voces y bajo continuo llamado Sol-fa de Pedro, obra de la que podrás escuchar fragmentos en la siguiente sección de este artículo.


La obra se interpretó en público el 3 de junio, junto con la de Francisco de Atienza y Pineda. El 17 de junio de 1715, el jurado comunicó su veredicto: Manuel de Sumaya era el nuevo maestro de capilla. Sumaya llevó a un gran esplendor la capilla musical de la Catedral de México. En 1738, a pesar de la inconformidad de las autoridades de la Catedral, Sumaya dejó la ciudad de México y viajó a Oaxaca, donde permaneció hasta su muerte en 1755, tras legarnos una gran cantidad de música de primer nivel.


Sol-fa de Pedro
Sol-fa de Pedro es un “villancico de precisión”, obra en la que el compositor utiliza su ingenio para expresar en música lo que las palabras dicen en los siguientes dos sentidos: 1) cuando hay sílabas del texto que sean iguales al nombre de alguna nota musical, en la música deben escucharse las notas correspondientes a las sílabas del texto; y 2) además, lo que dice el texto debe reflejarse en la música.


Esta obra está escrita para 4 voces: Soprano 1, Soprano 2, Alto y Tenor; esta última es la voz principal. La pieza de Sumaya comienza de la siguiente manera:Sol-fa de Pedro es el llanto,


“Sol-fa” se refiere a un “solfeo”, que es un ejercicio vocal sin texto, en el que muchas veces se canta el nombre de cada nota que está en la escritura musical. Cuando el Tenor (que es la segunda voz en entrar) canta “Sol-fa”, las notas que da son exactamente Sol y Fa. Después ocurre lo mismo en el Alto y en la Soprano 2.


Un poco más adelante, encontramos la siguiente frase:los gorjeos de sus voces,


Como podemos apreciar, en la palabra “gorjeos”, lo que hacen las cuatro voces parecen gorjeos, como si fueran cantos de aves. Aquí, como en el inicio, podemos notar la polifonía imitativa, es decir, que las diferentes voces se imitan unas a otras.
Un par de líneas después tenemos el texto:
del cromático explicar,


La escala cromática es una sucesión de los 12 sonidos que se usan en la
música occidental; es diferente a la escala diatónica, que tiene siete notas diferentes. La escala mayor y la escala menor son escalas diatónicas. Como podemos escuchar, la palabra “cromático” en la pieza de Sumaya está llena de pasajes cromáticos.


Si avanzamos más en la pieza, llegamos al texto que dice:


del sol la vez que lloré,
Sumaya escribió para la voz del tenor las notas Sol y La para las palabras “sol la”, de manera similar a como lo hizo al principio con “Sol-fa”.


Ya en otra sección de la pieza, encontramos el texto:me subió cuando caí


Podemos notar que cuando dice “me subió” hay una escala ascendente y donde dice “cuando caí” hay una escala descendente. Esto ocurre en todas las voces.


Sol-fa de Pedro tiene otras partes en las que el texto y la música se relacionan como en los ejemplos anteriores. Estos procedimientos se utilizaron mucho tanto en el renacimiento como en el barroco. La habilidad de un compositor para jugar con estos elementos y al mismo tiempo hacer música excelente es francamente notable. Otro compositor que utilizó estas relaciones entre texto y música con gran maestría fue Johann Sebastian Bach, estricto contemporáneo de Sumaya.


¿Por qué llora Pedro?
Según la Biblia, Pedro lloró al hacer conciencia de que había negado a Jesús tres veces: sin embargo, Pedro se arrepintió y fue perdonado por Jesús. Para la Iglesia Católica, este arrepentimiento tuvo gran mérito y el Papa es, precisamente, el sucesor de Pedro. Así, el llanto de Pedro no es causa de dolor, sino motivo de gozo y alegría. Esto se refleja en la pieza de Sumaya que hemos comentado. A continuación puedes leer el texto completo:

Estribillo


Sol-fa de Pedro es el llanto,
oiga el mundo si es así.
Pues saben unir
los gorjeos de sus voces,
lo duro de su sentir,
del cromático explicar,
del blando y el duro herir;
que en el llanto dice Pedro:
he hallado lo que perdí
del sol la vez que lloré,
porque me alumbró él a mí.

Copla 1

Vengan, vengan a oír,
verán el entonar en el gemir,
vengan a oír.


Vengan a oír del contrapunto
lo dulce y sutil al sol
a vez que lloré
porque me alumbró él a mí.

Copla 2

Desde el ut la pena mía
me subió cuando caí
a la mi perdida gloria
y a mí la gloria sin fin.



Para acercarte a Manuel de Sumaya


Te recomendamos el siguiente disco, que incluye Sol-fa de Pedro y otras dos piezas de Sumaya:
Chanticleer, Mexican Baroque. Music from New Spain, Hamburgo, Teldec, 1994 (Das Alte Werk).
La partitura de Sol-fa de Pedro en notación moderna, que incluye un buen prefacio sobre Sumaya, está en:
Manuel de Sumaya, Sol-fa de Pedro, Craig Russell (ed.), Los Osos (California), Russell Editions, 1993.

Los siguientes textos contienen excelente información sobre Sumaya y su música:


Robert Stevenson, Christmas Music from Baroque Mexico, Berkeley, University of California, 1974, pp. 62-63, 65.


Robert Stevenson, “La Música en el México de los siglos XVI a XVIII”, La música de México I. Historia. 2. Periodo Virreinal (1530-1810), Julio Estrada (editor), México, UNAM, 1986, pp. 55, 66-67.

Aurelio Tello, “Introducción”, Cantadas y Villancicos de Manuel de Sumaya , Aurelio Tello (revisión, estudio y transcripción), México, CENIDIM, 1994 (Tesoro de la música polifónica en México VII), pp. 11-12.

Aurelio Tello, “Introducción”, Misas de Manuel de Sumaya , Aurelio Tello (revisión, estudio y transcripción), México, CENIDIM, 1996 (Tesoro de la música polifónica en México VIII), pp. ix-x.

Craig Russell, “Manuel de Sumaya: Reexamining the a Capella Choral Music of a Mexican Master”, Encomium Musicae: Essays in Honor of Robert Snow, David Crawford y Grayson Wagstaff (editores), Hillsdale (Nueva York), Pendragon, 2002 (Festschrift Series No. 17), pp. 91-106.

Artículo tomado de: sepiensa.org.mx