viernes, 27 de mayo de 2011

Lorca, de nueva cuenta

Lorca: dibujo
Diván del Tamarit
Fiel a su raigambre granadina, Federico García Lorca siempre estuvo atento a la tradición, cultivo y estudio de la cultura y el arte de Al-Ándalus. Tan fue así que tiene dedicados poemas, conferencias y prosa sobre el cante jondo, escribió el célebre poemario Romancero gitano, prosa poética sobre Granada y, en particular, por lo que concierne ahora, el Diván del Tamarit.


El Diván del Tamarit es un poemario concebido y escrito a la usanza de, pero sobre todo, en homenaje a
los poetas árabes de la Granada de Al-Ándalus. Diván, es una colección o florilegio de poesías en árabe, persa o turco. En tanto que Tamarit es el nombre de una huerta de la familia del poeta, situada al borde de la Vega de Granada, donde muchos de esos poemas fueron escritos, por eso los llamaría del Tamarit, cuyo nombre significa en árabe “abundante en dátiles”.


Ahora bien, estudiosos lorquianos calculan que el Diván fue escrito entre 1931 y 1934, luego del retorno de Federico de su estancia en Nueva York, y muy probablemente a raíz de su lectura de Poesías asiáticas, puestas en verso castellano de Gaspar María de Nava, conde de Noroña, así como del libro Poemas arabigoandaluces de su amigo Emilio García Gómez. En todo caso, de ahí surgió la idea, el concepto formal y estructural del Diván.


En el prólogo de una primera edición fallida del Diván que publicaría la Universidad de Granada, el mencionado arabista Emilio García Gómez escribió lo siguiente:


“Llámase casida en árabe a todo poema de cierta longitud, con determinada arquitectura interna (…) y en versos monorrimos, medidos con arreglo a normas escrupulosamente estereotipadas. La gacela –empleada principalmente en la lírica persa- es un corto poema, de asunto de preferencia erótico, ajustado a determinadas técnicas y cuyos versos son más de cuatro y menos de quince. Diván es la colección de las composiciones de un poeta, generalmente catalogadas por orden alfabético de rimas.”


A continuación aclara que pese a que el uso que hace Lorca de esas denominaciones es arbitrario, por cuanto no se ajusta a sus definiciones, el Diván no se inserta en el orientalismo de «máscaras literarias de un carnaval romántico» y sus poemas son «auténticamente lorquianos», un homenaje de simpatía que se inserta en el estudio de la herencia andalusí.


Respecto al orientalismo de Lorca, dice quien fuera su amigo y gran poeta asimismo, Luis Cernuda, lo siguiente: “Muchas veces parece Lorca un poeta oriental; la riqueza de su visión y el artificio que en no pocas ocasiones hay en ella, lo recamado de la expresión y lo exuberante de la emoción, todo concurre a corroborar ese orientalismo. Orientalismo que acaso se manifieste en la manera natural de expresar su sensualidad, que es rasgo capital de su poesía.” Estudios sobre poesía española contemporánea (1970).


A partir de Poeta en Nueva York emerge una nueva poética lorquiana cuya trato temático, estructura, coloratura, metáforas, acentos, temple emocional, trasfondo y demás elementos experimentan un enorme salto cualitativo, una notoria evolución poética que reafirma en el Diván, no obstante que podemos diferenciar claramente ambas obras por su distinta materia, el lenguaje, la plasticidad y tono poéticos alcanzados en Nueva York se plasman también en ésta última obra.


A fin de aproximarnos a la poética lorquiana, considero pertinente reproducir las siguientes referencias:


Los símbolos: de acuerdo con su gusto por los elementos tradicionales, Lorca utiliza frecuentemente símbolos en su poesía. Se refieren muy frecuentemente a la muerte aunque, dependiendo del contexto, los matices varían bastante. Son símbolos centrales en Lorca:


• La luna: es el símbolo más frecuente en Lorca. Su significación más frecuente es la de muerte, pero también puede simbolizar el erotismo, la fecundidad, la esterilidad o la belleza.
• El agua: cuando corre, es símbolo de vitalidad. Cuando está estancada, representa la muerte.
• La sangre: representa la vida y, derramada, es la muerte. Simboliza también lo fecundo, lo sexual.
• El caballo (y su jinete): está muy presente en toda su obra, portando siempre valores de muerte, aunque también representa la vida y el erotismo masculino.
• Las hierbas: su valor dominante, aunque no único, es el de ser símbolos de la muerte.
• Los metales: también su valor dominante es la muerte. Los metales aparecen bajo la forma de armas blancas, que conllevan siempre tragedia.


La metáfora: es el procedimiento retórico central de su estilo. Bajo la influencia de Góngora, Lorca maneja metáforas muy arriesgadas: la distancia entre el término real y el imaginario es considerable. En ocasiones, usa directamente la metáfora pura. Sin embargo, a diferencia de Góngora, Lorca es un poeta conceptista, en el sentido de que su poesía se caracteriza por una gran condensación expresiva y de contenidos, además de frecuentes elipsis. Las metáforas lorquianas relacionan elementos opuestos de la realidad, transmiten efectos sensoriales entremezclados, etc.


Granada
La división en lo que Lorca denominó como gacelas y casidas forma con las primeras un corpus fundamentalmente amoroso en el poemario, y no parece responder a una razón formal; el Diván de Lorca no sigue la ordenación tradicional de un diván persa, basado en el orden alfabético de las rimas, y sus casidas y gacelas tampoco siguen en general las normas técnicas y las métricas árabes. Las maravillosas y atrevidas metáforas empleadas rondan la idea o representación de la muerte y el amor erótico, desde un lenguaje y estilo eminentemente lorquiano.


De tal manera, los poemas quedaron estructurados como sigue:


Gacelas


• I. Gacela del amor imprevisto
• II. Gacela de la terrible presencia
• III. Gacela del amor desesperado
• IV. Gacela del amor que no se deja ver
• V. Gacela del niño muerto
• VI. Gacela de la raíz amarga
• VII. Gacela del recuerdo del amor
• VIII. Gacela de la muerte oscura
• IX. Gacela del amor maravilloso
• X. Gacela de la huida
• XI. Gacela del amor con cien años
• XII. Gacela del mercado matutino


Casidas


• I. Casida del herido por el agua
• II. Casida del llanto
• III. Casida de los ramos
• IV. Casida de la mujer tendida
• V. Casida del sueño al aire libre
• VI. Casida de la mano imposible
• VII. Casida de la rosa
• VIII. Casida de la muchacha dorada
• IX. Casida de las palomas oscuras


En seguida se transcribe íntegro el poemario, que el lector puede leer parcial o totalmente, o dejar de hacerlo, según su gusto y preferencia. (F.Z.)




Diván del Tamarit 
Gacelas


Gacela del amor imprevisto


Nadie comprendía el perfume
de la oscura magnolia de tu vientre.
Nadie sabía que martirizabas
un colibrí de amor entre los dientes.


Mil caballitos persas se dormían
en la plaza con luna de tu frente,
mientras que yo enlazaba cuatro noches
tu cintura, enemiga de la nieve.


Entre yeso y jazmines, tu mirada
era un pálido ramo de simientes.
Yo busqué, para darte, por mi pecho
las letras de marfil que dicen siempre,


siempre, siempre: jardín de mi agonía,
tu cuerpo fugitivo para siempre,
la sangre de tus venas en mi boca,
tu boca ya sin luz para mi muerte.


Gacela de la terrible presencia


Yo quiero que el agua se quede sin cauce,
yo quiero que el viento se quede sin valles.


Quiero que la noche se quede sin ojos
y mi corazón sin flor del oro;


que los bueyes hablen con las grandes hojas
y que la lombriz se muera de sombra;


que brillen los dientes de la calavera
y los amarillos inunden la seda.


Puedo ver el duelo de la noche herida
luchando enroscada con el mediodía.


Resiste un ocaso de verde veneno
y los arcos rotos donde sufre el tiempo.


Pero no ilumines tu limpio desnudo
como un negro cactus abierto en los juncos.


Déjame en un ansia de oscuros planetas,
pero no me enseñes tu cintura fresca.


Gacela del amor desesperado


La noche no quiere venir
para que tú no vengas,
ni yo pueda ir.


Pero yo iré,
aunque un sol de alacranes me coma la sien.


Pero tú vendrás
con la lengua quemada por la lluvia de sal.


El día no quiere venir
para que tú no vengas,
ni yo pueda ir.


Pero yo iré
entregando a los sapos mi mordido clavel.


Pero tú vendrás
por las turbias cloacas de la oscuridad.


Ni la noche ni el día quieren venir
para que por ti muera
y tú mueras por mí.


Gacela del amor que no se deja ver


Solamente por oír
la campana de la Vela
te puse una corona de verbena.


Granada era una luna
ahogada entre las yedras.


Solamente por oír
la campana de la Vela
desgarré mi jardín de Cartagena.


Granada era una corza
rosa por las veletas.


Solamente por oír
la campana de la Vela
me abrasaba en tu cuerpo
sin saber de quién era.


Gacela del niño muerto


Todas las tardes en Granada,
todas las tardes se muere un niño.
Todas las tardes el agua se sienta
a conversar con sus amigos.


Los muertos llevan alas de musgo.
El viento nublado y el viento limpio
son dos faisanes que vuelan por las torres
y el día es un muchacho herido.


No quedaba en el aire ni una brizna de alondra
cuando yo te encontré por las grutas del vino
No quedaba en la tierra ni una miga de nube
cuando te ahogabas por el río.


Un gigante de agua cayó sobre los montes
y el valle fue rodando con perros y con lirios.
Tu cuerpo, con la sombra violeta de mis manos,
era, muerto en la orilla, un arcángel de frío.


Gacela de la raíz amarga


Hay una raíz amarga
y un mundo de mil terrazas.


Ni la mano más pequeña
quiebra la puerta del agua.


¿Dónde vas, adónde, dónde?
Hay un cielo de mil ventanas
-batalla de abejas lívidas-
y hay una raíz amarga.


Amarga.


Duele en la planta del pie
el interior de la cara,
y duele en el tronco fresco
de noche recién cortada.


¡Amor, enemigo mío,
muerde tu raíz amarga!


Gacela de la muerte oscura


Quiero dormir el sueño de las manzanas
alejarme del tumulto de los cementerios.
Quiero dormir el sueño de aquel niño
que quería cortarse el corazón en alta mar.


No quiero que me repitan que los muertos no pierden la sangre;
que la boca podrida sigue pidiendo agua.
No quiero enterarme de los martirios que da la hierba,
ni de la luna con boca de serpiente
que trabaja antes del amanecer.


Quiero dormir un rato,
un rato, un minuto, un siglo;
pero que todos sepan que no he muerto;
que haya un establo de oro en mis labios;
que soy el pequeño amigo del viento Oeste;
que soy la sombra inmensa de mis lágrimas.


Cúbreme por la aurora con un velo,
porque me arrojará puñados de hormigas,
y moja con agua dura mis zapatos
para que resbale la pinza de su alacrán.


Porque quiero dormir el sueño de las manzanas
para aprender un llanto que me limpie de tierra;
porque quiero vivir con aquel niño oscuro
que quería cortarse el corazón en alta mar.


Gacela del amor maravilloso


Con todo el yeso
de los malos campos,
eras junco de amor, jazmín mojado.


Con sur y llamas
de los malos cielos,
eres rumor de nieve por mi pecho.


Cielos y campos
anudaban cadenas en mis manos.


Campos y cielos
azotaban las llagas de mi cuerpo.



Gacela del recuerdo del amor

No te lleves tu recuerdo.
Déjalo solo en mi pecho,
temblor de blanco cerezo
en el martirio de enero.
Me separa de los muertos
un muro de malos sueños.
Doy pena de lirio fresco
para un corazón de yeso.
Toda la noche en el huerto
mis ojos, como dos perros.
Toda la noche, comiendo
los membrillos de veneno.
Algunas veces el viento
es un tulipán de miedo,
es un tulipán enfermo,
la madrugada de invierno.
Un muro de malos sueños
me separa de los muertos.
La niebla cubre en silencio
el valle gris de tu cuerpo.
Por el arco del encuentro
la cicuta está creciendo.
Pero deja tu recuerdo
déjalo sólo en mi pecho.


Gacela de la huida


Me he perdido muchas veces por el mar
con el oído lleno de flores recién cortadas,
con la lengua llena de amor y de agonía.
Muchas veces me he perdido por el mar,
como me pierdo en el corazón de algunos niños.


No hay noche que, al dar un beso,
no sienta la sonrisa de las gentes sin rostro,
ni hay nadie que, al tocar un recién nacido,
olvide las inmóviles calaveras de caballo.


Porque las rosas buscan en la frente
un duro paisaje de hueso
y las manos del hombre no tienen más sentido
que imitar a las raíces bajo tierra.


Como me pierdo en el corazón de algunos niños,
me he perdido muchas veces por el mar.
Ignorante del agua voy buscando
una suerte de luz que me consuma.


Gacela del mercado matutino


Por el arco de Elvira
quiero verte pasar,
para saber tu nombre
y ponerme a llorar.


¿Qué luna gris de las nueve
te desangró la mejilla?
¿Quién recoge tu semilla
de llamaradas en la nieve?
¿Qué alfiler de cactus breve
asesina tu cristal?


Por el arco de Elvira
voy a verte pasar,
para beber tus ojos
y ponerme a llorar.


¡Qué voz para mi castigo
levantas por el mercado!
¡Qué clavel enajenado
en los montones de trigo!
¡Qué lejos estoy contigo,
qué cerca cuando te vas!


Por el arco de Elvira
voy a verte pasar,
para sentir tus muslos
y ponerme a llorar.


Gacela del amor con cien años


Suben por la calle
los cuatro galanes,


ay, ay, ay, ay.


Por la calle abajo
van los tres galanes,


ay, ay, ay.


Se ciñen el talle
esos dos galanes,


ay, ay.


¡Cómo vuelve el rostro
un galán y el aire!


Ay.


Por los arrayanes
se pasea nadie.


Casidas


Casida del herido por el agua


Quiero bajar al pozo,
quiero subir los muros de Granada,
para mirar el corazón pasado
por el punzón oscuro de las aguas.
El niño herido gemía

con una corona de escarcha.
Estanques, aljibes y fuentes
levantaban al aire sus espadas.
¡Ay, qué furia de amor, qué hiriente filo,
qué nocturno rumor, qué muerte blanca!
¡Qué desiertos de luz iban hundiendo
los arenales de la madrugada!
El niño estaba solo
con la ciudad dormida en la garganta.
Un surtidor que viene de los sueños
lo defiende del hambre de las algas.
El niño y su agonía, frente a frente,
eran dos verdes lluvias enlazadas.
El niño se tendía por la tierra
y su agonía se curvaba.
Quiero bajar al pozo,
quiero morir mi muerte a bocanadas,
quiero llenar mi corazón de musgo,
para ver al herido por el agua.


Casida del llanto
He cerrado mi balcón
por que no quiero oír el llanto
pero por detrás de los grises muros
no se oye otra cosa que el llanto.


Hay muy pocos ángeles que canten,
hay muy pocos perros que ladren,
mil violines caben en la palma de mi mano.


Pero el llanto es un perro inmenso,
el llanto es un ángel inmenso,
el llanto es un violín inmenso,
las lágrimas amordazan al viento,
no se oye otra cosa que el llanto.


Casida de los ramos


Por las arboledas del Tamarit
han venido los perros de plomo
a esperar que se caigan los ramos,
a esperar que se quiebren ellos solos.


El Tamarit tiene un manzano
con una manzana de sollozos.
Un ruiseñor apaga los suspiros
y un faisán los ahuyenta por el polvo.


Pero los ramos son alegres,
los ramos son como nosotros.
No piensan en la lluvia y se han dormido,
como si fueran árboles, de pronto.


Sentados con el agua en las rodillas
dos valles esperaban al otoño.
La penumbra con paso de elefante
empujaba las ramas y los troncos.


Por las arboledas de Tamarit
hay muchos niños de velado rostro
a esperar que se caigan mis ramos,
a esperar que se quiebren ellos solos.

Casida de la mujer tendida


Verte desnuda es recordar la tierra.
La tierra lisa, limpia de caballos.
La tierra sin un junco, forma pura
cerrada al porvenir: confín de plata.


Verte desnuda es comprender el ansia
de la lluvia que busca débil talle,
o la fiebre del mar de inmenso rostro
sin encontrar la luz de su mejilla.


La sangre sonará por las alcobas
y vendrá con espada fulgurante,
pero tú no sabrás dónde se ocultan
el corazón de sapo o la violeta.


Tu vientre es una lucha de raíces,
tus labios son un alba sin contorno,
bajo las rosas tibias de la cama
los muertos gimen esperando turno.


Casida del sueño al aire libre


Flor de jazmín y toro degollado.
Pavimento infinito. Mapa. Sala. Arpa. Alba.
La niña finge un toro de jazmines
y el toro es un sangriento crepúsculo que brama.


Si el cielo fuera un niño pequeñito,
los jazmines tendrían mitad de noche oscura,
y el toro circo azul sin lidiadores
y un corazón al pie de una columna.


Pero el cielo es un elefante
y el jazmín es un agua sin sangre
y la niña es un ramo nocturno
por el inmenso pavimento oscuro.


Entre el jazmín y el toro
o garfios de marfil o gente dormida.
En el jazmín un elefante y nubes

y en el toro el esqueleto de la niña.


Casida de la mano imposible


Yo no quiero más que una mano,
una mano herida, si es posible.
Yo no quiero más que una mano,
aunque pase mil noches sin lecho.


Sería un pálido lirio de cal,
sería una paloma amarrada a mi corazón,
sería el guardián que en la noche de mi tránsito
prohibiera en absoluto la entrada a la luna.


Yo no quiero más que esa mano
para los diarios aceites y la sábana blanca de mi agonía
Yo no quiero más que esa mano

para tener un ala de mi muerte.


Lo demás todo pasa.
Rubor sin nombre ya, astro perpetuo.
Lo demás es lo otro; viento triste,
mientras las hojas huyen en bandadas.


Casida de la rosa


La rosa
no buscaba la aurora:
casi eterna en su ramo,
buscaba otra cosa.


La rosa,
no buscaba ni ciencia ni sombra:
confín de carne y sueño,
buscaba otra cosa.


La rosa,
no buscaba la rosa.
Inmóvil por el cielo
buscaba otra cosa.


Casida de la muchacha dorada


La muchacha dorada
se bañaba en el agua
y el agua se doraba.
Las algas y las ramas
en sombra la asombraban
y el ruiseñor cantaba
por la muchacha blanca.
Vino la noche clara,
turbia de plata mala,
con peladas montañas,
bajo la brisa parda.
La muchacha mojada
era blanca en el agua
y el agua, llamarada.
Vino el alba sin mancha
con mil caras de vaca,
yerta y amortajada
con heladas guirnaldas.

La muchacha de lágrimas
se bañaba entre llamas,
y el ruiseñor lloraba
con las alas quemadas.
La muchacha dorada
era una blanca garza
y el agua la doraba.


Casida de las palomas oscuras


Por las ramas del laurel
van dos palomas oscuras.
La una era el sol,
la otra la luna.
"Vecinitas", les dije,
"¿dónde está mi sepultura?"
"En mi cola", dijo el sol.
"En mi garganta", dijo la luna.
Y yo que estaba caminando
con la tierra por la cintura
vi dos águilas de nieve
y una muchacha desnuda.
La una era la otra
y la muchacha era ninguna.
"Aguilitas", les dije,
"¿dónde está mi sepultura?"
"En mi cola", dijo el sol.
"En mi garganta", dijo la luna.
Por las ramas del laurel
vi dos palomas desnudas.
La una era la otra
y las dos eran ninguna.








miércoles, 25 de mayo de 2011

El fenómeno Lang Lang

Lang Lang es la encarnación y representación perfecta de la nueva China: joven, virtuoso, talentoso, sensible, moderno, cosmopolita, exitoso, pragmático, empresario,
emprendedor maestro, artístico y espiritual, en una palabra: genial.

Lang significa “brillante y luminoso”, y el segundo Lang, “educado”.

Si tú, lector amigo, aún no lo has oído u oído y visto al mismo tiempo, te recomiendo encarecidamente que lo hagas. Si ya lo has hecho, felicidades, pues estoy casi seguro que lo disfrutas enormemente. He aquí una semblanza de este gran pianista de la actualidad:


Elogiado por el New York Times como el “artista más cálido de la música clásica en el planeta”, la fulgurante estrella de 28 años, Lang Lang, abarrota las salas más importantes donde se ha presentado alrededor del mundo para sus conciertos de los últimos años. Es el primer pianista chino que toca con la Filarmónica de Viena y la de Berlín, así como las principales orquestas americanas. En testimonio a su éxito, Lang Lang figuró entre las 100 personas más influyentes del mundo en 2009 de la revista Time. En 2008, fue elegido para tocar durante la ceremonia inaugural de la XXIX Olimpiada de Pekín, donde fue visto por un auditorio televisivo estimado en 5 mil millones alrededor del mundo, y elegido como símbolo de la juventud y del futuro de China. Inspirado en “El efecto Lang Lang”, el gobierno de éste país ha fomentado y apoyado los estudios formales de piano clásico, a grado tal que actualmente 40 millones de niños chinos aprenden esa disciplina. Ha sido designado por su país como embajador cultural, así como por la Expo 2010 de Shangai.


Durante casi una década Lang Lang ha estado apoyando y enseñando voluntariamente a niños en todo el mundo en su formación como pianistas talentosos en calidad de tutor. Ha convocado a 100 estudiantes de piano para conciertos que se ofrecen a niños enfermos en hospitales; ha llevado la música clásica a comunidades olvidadas y alejadas, y apoyado otras causas caritativas. Estos esfuerzos filantrópicos, lo llevaron al lanzamiento de la Fundación Internacional de la Música Lang Lang, con la misión de inspirar a las próximas generaciones de amantes de la música y de ejecutantes clásicos, cultivar a pianistas superiores del futuro, defendiendo la educación de la música de vanguardia y la tecnología, y construyendo una audiencia joven con experiencias de la música en directo. A través del trabajo estratégico de su nueva fundación confiada a los niños y a la educación de la música, Lang Lang trabaja con socios excepcionales para inspirar a gente joven para convencerla de que la música puede hacer una vida mejor. The Financial Times describió los esfuerzos de Lang Lang para promover la música clásica como “evangélicos”. En mayo de 2009, Lang Lang y tres jóvenes virtuosos elegidos por la Fundación – de entre 6 y 10 años de edad-, se presentaron en el Oprah Winfrey Show; Lang Lang está profundamente comprometido en su trabajo de apoyo en los programas para la educación musical de los niños. Continúa dando clases regularmente en el mundo entero por invitación de las instituciones más prestigiosas de la música, incluyendo the Curtis Institute of Music, Juilliard School, Manhattan School of Music y el Hanover Conservatory, así como los principales conservatorios superiores de China en donde imparte cátedras honorarias. También imparte clases magistrales para estudiantes excepcionales en Chicago, Toronto, San Francisco, Londres, Roma y Estocolmo.


En la temporada 2009-10, fue la figura culminante del festival de Carnegie Hall "Ancient Paths, Modern Voices: Celebrating Chinese Culture”, donde interpretó por vez primera el concierto para piano de Chen Qigang, y cerrara el festival con el Concierto No. 2 para piano y orquesta de Rachmaninoff con la Orquesta Sinfónica de Shangai, cuya interpretación, dicho sea de paso, es sencillamente sublime y absolutamente excepcional. Además, el Musikverein en Viena presentó el “Lang Lang Fest,” que incluyó un concierto común de Lang Lang y Cecilia Bartoli.


Es el instrumentalista más joven que ha recibido una invitación de la Filarmónica de Berlín para una residencia que tiene programados varios conciertos. Lang Lang abrió la temporada 2010 del Carnegie Hall con la Filarmónica de Viena. Durante 2010-2011 tiene agendados conciertos con las principales orquestas en Londres, París, Milán, Madrid y Sidney. Su precoz biografía, “Un viaje de miles de kilómetros”, publicada en inglés por Random House, ha sido traducida a once idiomas, y desde su lanzamiento ha sido recibida muy favorablemente por la crítica. Miles de gente han disfrutado de los conciertos al aire libre que ha dado en parques y otros sitios alrededor del globo, incluyendo Central Park en New York City, el Hollywood Bowl en Los Ángeles, el Festival de Ravinia en Chicago, Theaterplatz en Dresden y Derby Park en Hamburgo. Tocó en la final de la Euro Copa del 2008 y con la Filarmónica de Viena bajo la dirección de Zubin Mehta en el Palacio de Schönbrunn. Continuando su trabajo con directores mundialmente famosos, como sir Simon Rattle con la Filarmónica de Berlín, Daniel Barenboim con el Staatskapelle de Berlín, y Seiji Ozawa en Pekín.


En diciembre de 2007, Lang Lang fue solista huésped para el concierto ofrecido a los ganadores del Premio Nobel por la familia real sueca en Estocolmo. Volvió como solista para la ceremonia de entrega de los premios 2009 para el concierto del Premio Nobel de la Paz que ganara el presidente Barack Obama. La prestigiosa casa que fabrica los pianos Steinway ha creado cinco versiones de pianos para niños y los ha nombrado “Lang Lang™ Steinway” diseñados para la educación temprana de la música. Es la primera vez en su historia de 150 años que Steinway ha utilizado el nombre de un artista para producir pianos.


Con el Príncipe Carlos de Inglaterra
Lang Lang ha tocado para numerosos dignatarios incluyendo al ex Secretario General de las Naciones Unidas Kofi Annan, al actual Secretario General Ban Ki-moon, a los presidentes Barack Obama, George H.W. Bush, George W. Bush, William J. Clinton, la reina Elizabeth II, al presidente chino HU Jin-Tao de China, al presidente Horst Koehler de Alemania, al príncipe Charles del Reino Unido, al primer ministro ruso Vladimir Putin, al presidente francés Nicolas Sarkozy y al presidente Lech Kaczynski de Polonia. Recientemente, para los presidentes Barack Obama y HU Jin-tao en la cena de Estado ofrecida en la Casa Blanca.


Comenzó a tomar lecciones de piano a la edad de 3 años con el profesor Zhu Ya-Fen. A los 5 ganó el Concurso de Piano de Shenyang y tocó en su primer recital público. Entró en el Conservatorio Central de Música de Pekín cuando tenía 9 años, estudiando con el profesor Zhao Ping-Guo. A la edad de 11, ganó el primer premio por la actuación artística destacada en el Cuarto Concurso Internacional de Jóvenes Pianistas en Alemania. En 1995, a los 13 años de edad, tocó completos los 24 Estudios de Chopin en el Pekín Concert Hall y ganó el primer premio en el Concurso Internacional de Jóvenes Músicos de Tchaikovsky en Japón, donde tocó el Concierto para Piano n.° 2 de Chopin con la Orquesta Filarmónica de Moscú en un concierto retransmitido por la cadena de televisión NHK. A los 14 aparece como solista en el concierto inaugural de la Sinfónica Nacional de China, retransmitido por la cadena CCTV y a la que acudió el presidente Jiang Zemin. Al año siguiente comenzó a estudiar con Gary Graffman en el Instituto Curtis en Filadelfia.


Con el maestro, pianista y director, Daniel Borenboim
El descubrimiento internacional de Lang Lang llegó en 1999, cuando tenía 17 años, con la dramática sustitución en el último minuto (presentada por Isaac Stern) de un indispuesto André Watts en el Festival "Gala de la Centuria" de Ravinia, en el cual tocó el Concierto para Piano n.° 1 de Tchaikovsky con la Orquesta Sinfónica de Chicago (dirigida por Christoph Eschenbach). The Chicago Tribune le llamó el más grande, más excitante talento del teclado descubierto en muchos años. En 2001 hizo su debut con todas las butacas vendidas en el Carnegie Hall con Yuri Temirkánov, viajando a Pekín con la Orquesta de Filadelfia en una gira que celebraba su centésimo aniversario, durante el cual actuó para una audiencia de 8.000 personas en el Gran Salón del Pueblo, e hizo su aclamado debut en los Conciertos Sinfónicos de la BBC, a lo que la crítica del The Times de Londres escribió: "Lang Lang tuvo un éxito rotundo en el Royal Albert Hall... Esto bien podría ser historia en la actuación." En 2003, volvió a los Conciertos Sinfónicos de la BBC para el concierto de Primera Noche con Leonard Slatkin. Tras su reciente debut en un recital en la Filarmónica de Berlin, el Berliner Zeitung escribió: "Lang Lang es un intérprete espléndido con un detalle artístico que está siempre al servicio de la música.”


Discografía en Deutsche Grammophon:


-BEST OF LANG LANG
Werke von / Works by
Beethoven • Chopin • Liszt
Hess • Mozart • Rachmaninov
Satie • Schumann • Tchaikovsky a.o.


-SERGEI RACHMANINOV
Trio élégiaque No. 1
Lang Lang
Vadim Repin
Mischa Maisky


-FRÉDÉRIC CHOPIN
The Piano Concertos
Die Klavierkonzerte Nos. 1 + 2
Lang Lang
Wiener Philharmoniker
Zubin Mehta


-LANG LANG
Live at Carnegie Hall
Werke von / Works by
Fréderic Chopin • Tan Dun
Joseph Haydn • Franz Liszt
Franz Schubert • Robert Schumann


-LUDWIG VAN BEETHOVEN
Klavierkonzerte
Piano Concertos Nos. 1 + 4
Lang Lang
Orchestre de Paris
Christoph Eschenbach


-LANG LANG
Dragon Songs
Yellow River Concerto
Piano solo music
Kammermusik • Chamber Music
Fan Wei, lute • Ji Wei, zither
Zhang Jiali, double-reed pipe
China Philharmonic Orchestra
Long Yu a.o.


-LANG LANG
MOZART: Klaviersonate
Piano Sonata KV 330
CHOPIN: Klaviersonate h-moll
Piano Sonata in B minor
SCHUMANN: Kinderszenen


-SERGEI RACHMANINOV
Piano Concerto No. 2
Paganini Rhapsody
Lang Lang
Orchestra of the Mariinsky Theatre
Valery Gergiev


-TCHAIKOVSKY/FELIX MENDELSSOHN
Piano Concerto No. 1
Lang Lang
Chicago Symphony Orchestra
Daniel Barenboim




sábado, 21 de mayo de 2011

Hermann Hesse

Algunas lecturas de adolescencia y juventud temprana me marcaron indeleblemente, particularmente las novelas de Hermann Hesse que, arrobado por su misterio y fuerza espiritual, leía ensimismado y fascinado como si estuviese presenciando y fuese partícipe de un descubrimiento vital de primordial importancia a partir del cual mi vida sería otra muy distinta, alejada de la monotonía burguesa y conformista que veía a mi alrededor. El Demián estrujó mi paisaje interior y puso patas arriba la concepción que tenía del exterior, lo mismo me ocurrió con El lobo estepario: una revuelta interna agitaba convicciones y precipitaba cambios en la manera de ver al mundo, a mí mismo y a mis semejantes, en una palabra, transformó mi cosmovisión; como nunca antes vislumbraba perspectivas y enfoques inéditos que Hesse, cual guía espiritual, proponía a mi entendimiento, sensibilidad y espíritu. Luego seguí devorando con pasión encendida esa bella novela sobre la vida de dos espíritus aparentemente opuestos y contradictorios, aunque paralelos: Narciso y Goldmundo, hasta transitar por esa joya literaria, la hermosa y deslumbrante vida de Buda narrada magistralmente en el Siddharta de Hesse, una auténtica revelación, como si algún iluminado contase a un ignorante la vida de Cristo y éste la hubiese oído por vez primera. Luego vino la lectura de El juego de abalorios, como culminación espiritual representada en la vida del magister ludi, Josef Knecht, ocurrida en Castalia: esa utopía interior que concentra conocimiento, arte y vida espiritual llevada a la perfección ascética. Sin duda Hesse despertó en mí, sentimientos de rebeldía juvenil frente al estrecho mundo burgués y sus valores que hasta entonces me había tocado vivir. Evoco ahora, luego de muchos años, tales lecturas y sobre todo, a su autor, el gran novelista y poeta alemán consagrado con el premio Nobel de literatura en 1946: Hermann Hesse. A continuación reproduzco diverso material sobre el autor y su obra, a efecto de brindar al lector de este blog otras voces, tesituras, contextos y perspectivas más autorizadas. (F.Z.)



Hermann Hesse. Cómo aprender a volar
MANUEL VICENT, EL PAÍS, 28/02/2009


Hermann Hesse nació el 2 de julio de 1877 en Calw-Württemberg, pequeño lugar de la Suabia, hijo primogénito de un misionero báltico y de una madre, que era hija a su vez de otro misionero en la India, famoso lingüista y erudito. Amamantado en un hogar de pietistas fanáticos, el niño llegó a la adolescencia aplastado por la Biblia. Recibió la primera enseñanza en la escuela misional y en ella los salmos, el órgano y las plegarias constituían su principal sustento, al que se unían las correrías por la pradera donde hablaba con los pájaros, las zambullidas en el lago durante el verano, la verdad aprendida en los duendes del bosque y la amistad con el zapatero, el carnicero y otros sencillos menestrales del pueblo.


Estas excursiones eran su única escapatoria con la que el niño llenaba la imaginación más allá de la férrea educación religiosa a la que estaba sometido. Entre la naturaleza virgen, apenas hollada, y el látigo de la conciencia transcurrieron sus primeros años. La vitalidad del muchacho pronto entró en conflicto con la vida oscura de su familia, que lo había destinado a la iglesia para ser ungido por el Señor; pero, desde el primer momento hasta el final de sus días, Hermann Hesse luchó para elegir la clase de ungüento con el que quería ser consagrado. "Samuel ungió rey a David, pero el óleo no puede convertirme a mí en rey".


Pese a todo, no pudo evitar la inercia clerical de sus padres. Tuvo que estudiar latín, griego, gramática y estilística para preparar el examen de estado de Württemberg con el que podía acceder a la formación gratuita como teólogo evangélico en el seminario de Tubinga. Hermann Hesse fue un pálido adolescente enclaustrado que, entre los húmedos paredones de Maulbronn, no hacía sino recordar la libertad que gozó en su niñez entre los álamos negros y los alisos del lago, el silencio de la nieve en los abetos, la magia de los juegos en la plazuela con otros compañeros, el conocimiento de los animales, las plantas y las estrellas. Después de un largo tiempo de encierro tomó la determinación de huir. Un día saltó la tapia del seminario y volvió a casa con un pequeño equipaje en el que ya no estaba incluida la Biblia, y cuando este adolescente levítico se creía libre, empezó la tortura. Hermann Hesse quería ser escritor o nada, pero esa elección no se alcanza impunemente. Los padres internaron al muchacho en un centro religioso de curación en Bad Boll y, en vista de que no sanaba de sus sueños, lo llevaron ante el afamado exorcista Blumhardt para que le sacara el demonio del cuerpo, como había hecho con otros posesos de la comarca. En medio de ese rito, lejos de echar espuma por la boca, el muchacho imaginaba la rama de abeto iluminada por el sol del verano de donde su cuerpo endemoniado pendería entre el canto de los pájaros o se veía ahogado en el seno del lago cuyas aguas en los días felices de vacaciones habían recibido gloriosamente sus alegres zambullidas coreadas por los gritos de felicidad de sus compañeros. Después de un intento de suicidio, sus padres lo pusieron en manos de un psiquiatra en una clínica de Steten, y la tortura siguió hasta que el joven encontró la salvación por sí mismo en la rebeldía.


No sería ungido por Dios, pero sería relojero, bibliotecario o librero, oficios que, bien mirado, también podían ser divinos. Tímido y enamoradizo siempre frustrado, Hermann Hesse comenzó a construirse por sí mismo a través de las lecturas de Heine y de Goethe hasta romper finalmente en poeta. Mientras trabajaba en una fábrica de relojes de Calw o hacía el aprendizaje en una librería de Tubinga o de Basilea, soñaba con saltar ahora la propia tapia y fugarse a Brasil, pero comenzó a escribir poemas, cuentos y novelas como otra forma de huir hacia dentro. Después viajó a Italia, se casó con María Bernoulli y convivió con ella en una casa campesina en Constanza junto al lago. De esa existencia libre en medio de la naturaleza extrajo la parte esencial de su literatura con el culto a los cinco sentidos. El hombre no está aquí para alcanzar la verdad. A este mundo se ha venido sólo a gozar y a sufrir, de modo que la formación del espíritu consiste en elegir los goces más sutiles y combatir los sufrimientos como una frontera. La libertad, el anti-intelectualismo, la sensualidad poética y la salida siempre irónica del escepticismo fueron sus conquistas literarias, y ante la hecatombe bélica que se avecinaba en Alemania en el año 14, Hermann Hesse adoptó también la rebeldía del pacifismo contra el espíritu belicista de sus paisanos.


Muchos adolescentes quemados por un ascua interior, que se enfrentaron al horizonte de escombros de la Europa asolada por la Gran Guerra, descubrieron a Hermann Hesse y lo adoptaron como guía espiritual. Desde entonces, este escritor flaco, de delicada estructura ósea, de ojos azules ardientes y pelo claro, tímido y recio a la vez, con una tensión de ave de presa en el rostro, se convirtió en un referente literario al que se han agarrado sucesivamente muchos jóvenes para iniciarse en el vuelo contra los valores de una moral burguesa también devastada.


En los años sesenta del siglo pasado, cuando los hippies inauguraron diversas rutas hacia los lugares iniciáticos de planeta, en su morral de apache, junto al pequeño alijo de marihuana, llevaban alguno de estos tres libros inevitables, Demian, Siddharta o El lobo estepario, muy manoseados por los vistas de aduanas, en los que Hermann Hesse daba las pautas para sobrevolar toda clase de ruinas sin excluir las que cualquiera lleva en el corazón. Por su parte, este escritor nunca olvidaría el esfuerzo que tuvo que realizar para liberarse de las propias ataduras; entre ellas, el nudo de la soga con la que intentó ahorcarse.


Viajó a la India, tal vez en busca de una nueva espiritualidad, tal vez para liberarse del doloroso vínculo con sus padres. De esos viajes no se trajo ninguna experiencia que no encontrara en el lago Constanza, una fuerza interior que le serviría para sobrellevar la esquizofrenia de su mujer, la grave enfermedad de uno de sus hijos, otros amores perdidos y el rechazo con que el patriotismo alemán quiso vengar su posición crítica ante la maldad de las guerras. Fue censurado. Su nombre desapareció de los periódicos. Escribió con seudónimo. Adoptó la nacionalidad suiza. Se estableció en Montagnola, condado de Tesino, y en su arduo combate por la libertad de espíritu se derrumbó algunas veces, de cuyo cataclismo nervioso lo sacó el doctor Lang, discípulo de Jung, y la amistad con Thomas Mann, con el que trabó una extensa correspondencia. Durante el nazismo, sus libros ardieron en una plaza de Berlín atizados por la Gestapo, pero al final de la II Guerra Mundial fue coronado por el premio Goethe y con el Nobel. Hermann Hesse murió en 1962 en Montagnola y allí está enterrado. Hasta allí acuden en peregrinación todos los lectores que en las páginas de sus libros aprendieron a volar.


Se ha dicho que Hermann Hesse fue viejo en la juventud y joven en su vejez. He aquí sus lecciones de iniciación: librarse de cualquier vínculo con los afectos dolorosos, disolverse en la ilusión del nihilismo, ser el creador de la propia alma, sintetizar en ella todas las fuerzas opuestas, absorber la magia de la naturaleza más allá de todas las patrias, agarrarse a un asa de viento para alcanzar todo aquello que deseábamos ser cuando, al salir de la adolescencia, le leíamos en verano tumbados en una hamaca a la sombra de los álamos. ¿Quién no ha soñado alguna vez con ser como él un lobo estepario? –


El Lobo Estepario- Hermann Hesse
19/09/08


Capítulo Tractat del Lobo Estepario, no para cualquiera


… Pues, a lo que parece, es una necesidad innata fatal en todos los hombres representarse cada uno su yo como una unidad. Y aunque esta quimera sufra con frecuencia algún grave contratiempo y alguna sacudida, vuelve siempre a curar y surgir lozana…


si alguna vez en las almas humanas organizadas delicadamente y de especiales condiciones de talento surge el presentimiento de su diversidad, si ellas, como todos los genios, rompen el mito de la unidad de la persona y se consideran como polipartitas, como un haz de muchos yos, entonces, con sólo que lleguen a expresar esto, las encierra inmediatamente la mayoría, llama en auxilio a la ciencia, comprueba esquizofrenia y protege al mundo de que de la boca de estos desgraciados tenga que oír un eco de la verdad…


Cuando, por consiguiente, un hombre se adelanta a extender a una duplicidad la unidad imaginada del yo, resulta ya casi un genio, al menos en todo caso una excepción rara e interesante.


Pero en realidad ningún yo, ni siquiera el más ingenuo, es una unidad, sino un mundo altamente multiforme, un pequeño cielo de estrellas, un caos de formas, de gradaciones y de estados, de herencias y de posibilidades.


Que cada uno individualmente se afane por tomar a este caos por una unidad y hable de su yo como si fuera un fenómeno simple, sólidamente conformado y delimitado claramente: esta ilusión natural a todo hombre (aun al más elevado) parece ser una necesidad, una exigencia de la vida, lo mismo que el respirar y el comer.


La ilusión descansa en una sencilla traslación. Como cuerpo, cada hombre es uno; como alma, jamás…


El que examine, por ejemplo, al Fausto de esta manera, obtendrá de Fausto, Mefistófeles, Wagner y todos los demás una unidad, un hiperpersonaje, y únicamente en esta unidad superior, no en las figuras aisladas, es donde se denota algo de la verdadera esencia del alma humana.


Cuando Fausto dice aquella sentencia tan famosa entre los maestros de escuela y admirada con tanto horror por el filisteo: Hay viviendo dos almas en mi pecho, entonces se olvida de Mefistófeles y de una multitud entera de otras almas, que lleva igualmente en su pecho.


También nuestro lobo estepario cree firmemente llevar dentro de su pecho dos almas (lobo y hombre), y por ello se siente ya fuertemente oprimido. Y es que, claro, el pecho, el cuerpo no es nunca más que uno; pero las almas que viven dentro no son dos, ni cinco, sino innumerables; el hombre es una cebolla de cien telas, un tejido compuesto de muchos hilos…


Pintoresco y complejo es el juego de la vida…


Cree, como Fausto, que dos almas son ya demasiado para un solo pecho y habrían de romperlo. Pero, por el contrario, son demasiado poco, y Harry comete una horrible violencia con su alma al tratar de explicársela de un aspecto tan rudimentario. Harry, a pesar de ser un hombre muy ilustrado, se produce como, por ejemplo, un salvaje que no supiera contar más que hasta dos…


En lugar de estrechar tu mundo, de simplificar tu alma, tendrás que acoger cada vez más mundo, tendrás que acoger a la postre al mundo entero en tu alma dolorosamente ensanchada, para llegar acaso algún día al fin, al descanso. Por este camino marcharon Buda y todos los grandes hombres, unos a sabiendas, otros inconscientemente, mientras la aventura les salía bien. Nacimiento significa desunión del todo, significa limitación, apartamiento de dios, penosa reencarnación. Vuelta al todo, anulación de la dolorosa individualidad, llegar a ser dios quiere decir: haber ensanchado tanto el alma que pueda volver a comprender nuevamente al todo…


Discurso de Anders Österlin, secretario permanente de la Academia Sueca, en ocasión del otorgamiento del premio Nobel de Literatura 1946 a Hermann Hesse.


Majestad, excelencias, señoras y señores:


El premio Nobel se le ha otorgado a un escritor que se hizo famoso en todos los campos que abordó, un escritor de origen alemán que creó sin preocuparse del favor del gran público. Hermann Hesse, que hoy tiene sesenta y nueve años de edad, puede remitirse a una importante producción de novelas, novelas cortas y poesías, que en parte se han traducido al sueco. Ha sido uno de los primeros escritores alemanes que se liberó de la influencia de la política al asentarse en Suiza ya antes de la Primera Guerra Mundial, y que en 1924 obtuvo la nacionalidad suiza. Pero en este sentido hay que observar que Hermann Hesse, en cuanto a su procedencia y sus vínculos personales, ya pudo considerarse en su juventud como un suizo tanto como un alemán. Como ciudadano de un país que formó parte de las potencias neutrales protectoras de Europa, pudo dedicarse a su importante tarea literaria con una relativa tranquilidad, y los resultados han demostrado con su evolución que, junto con Thomas Mann, se le puede considerar el administrador más digno del legado cultural alemán dentro de la literatura contemporánea.


Más aún que en la mayoría de los demás escritores, en Hermann Hesse hay que tener en cuenta sus condiciones personales para que pueda surgir un concepto de los elementos, de hecho asombrosos, de su naturaleza. Procede de una familia suaba estrictamente pietista; su padre fue un famoso conocedor de la historia de la iglesia; su madre, hija de un misionero de origen suabo y de una suiza romana, se había criado en India. Naturalmente se decidió que el hijo fuese teólogo y se le envió como alumno al seminario de Maulbronn. Huyó de allí, se hizo aprendiz de un relojero y más tarde fue ayudante de librero en Tubingia y Basilea. Su rebeldía juvenil contra la religiosidad de la familia, una religiosidad que en el fondo de su propia esencia escondió durante toda la vida, se renovó con la violencia de una dolorosa crisis interior cuando él - un hombre ya hecho y escritor conocido en su patria - abordó, en el año 1914, nuevos caminos que se alejaban mucho de los idílicos lares donde hasta entonces había vivido.


En el fondo se pueden mencionar dos motivos que determinan el repentino cambio total que se produce en la obra de Hermann Hesse. Primero, naturalmente, es la guerra mundial. Cuando al comienzo quiso dirigir a sus excitados colegas algunas palabras de reflexión y tranquilidad, y en su exhorto hizo suyo el lema de Beethoven: "¡Oh, amigos, esos tonos no!", suscitó una tormenta de indignación. La prensa alemana le atacó con dureza, y desde luego se tomó esta experiencia muy a pecho. Al mismo tiempo, el ataque le confirmó que toda la cultura occidental, en la que durante tanto tiempo había creído, estaba en proceso de descomposición y amenazaba con desmoronarse. La solución tenía que buscarse fuera de las reglas en vigor, quizá a la luz de Oriente o también como germen en la teoría ética anarquista del retorno del bien o del mal en una esfera superior. Enfermo y dubitativo, buscó la curación en el psicoanálisis freudiano, entonces difundido y practicado con tanto entusiasmo. La teoría de Freud también dejó profundas huellas en las obras que publicó Hesse en aquella época, cada vez más osadas. Esta crisis personal encontró su expresión más magnífica en la imaginativa novela Der Steppenwolf ("El lobo estepario"), que apareció en 1927 y que describía de modo genial la dualidad de la naturaleza humana, esa tensión entre el impulso y el espíritu en un mismo individuo que se coloca fuera de los criterios sociales y morales cotidianos. En esta extravagante historia del ser humano que, atormentado por su enfermedad nerviosa, es un apátrida en todas partes, igual que un lobo perseguido, Hesse creó algo incomparable, un libro cargado de materia explosiva, peligroso y ominoso, si se quiere, pero al mismo tiempo liberador por su mezcla de humor sombrío y de poesía, con los que Hesse impregna el relato. Se trata de superar los obstáculos, pero a diferencia de la gran mayoría de las novelas influidas por Freud que se escribieron en los años veinte y treinta, Der Steppenwolf ("El lobo estepario") es una obra original e inspirada. Pese a todos los problemas modernos, Hesse se mantiene en la línea de la mejor tradición alemana; el personaje clásico que recuerda este extraño y sugestivo relato es E.T.A. Hoffmann, el creador de los "Elixiere des Teufels" ("Elixires del diablo").


Como segundo factor que influye en la obra de Hermann Hesse se puede considerar que era nieto de Gundert, el famoso conocedor de la India, y que ya en su niñez se sintió atraído por todas las fuentes a su alcance de la sabiduría india. Cuando Hesse, en los años de madurez, realizó un viaje al país de sus anhelos, no se resolvieron para él los misterios de la vida, pero su concepción del mundo quedó hasta cierto punto marcada por la influencia budista; el hermoso relato Siddhartha (1922), la leyenda de la pureza del joven brahmán Buda, no es el único testimonio de ello. En su obra se entrelazan de modo absolutamente peculiar las más diversas combinaciones de ideas, tomadas prestadas de Francisco de Asís y de Buda, de Nietzsche y de Dostojewsky, en un grado que podría tentar a considerar a Hesse, en principio, como un experimentador ecléctico de diversas concepciones del mundo. Pero eso es totalmente erróneo. Su honestidad y equilibrio son los fundamentos ideales de sus obras, y no abandona esta línea ni siquiera al tratar los temas más osados. En sus novelas cortas de éxito, su personalidad se nos muestra de forma directa e indirecta. Su estilística, siempre merecedora de toda admiración, alcanza su plenitud tanto en la exposición demoníaca del éxtasis agresivo como en las pacíficas consideraciones de la filosofía esclarecida de la vida. La historia de Klein, aquel ladrón desesperado que huye a Italia para aprovechar allí su última posibilidad de felicidad, y la maravillosa y fluida descripción de Hans, el hermano fallecido, en "Gedenkblätter" ("Recuerdos del pasado", 1937), son ejemplos maestros de ámbitos muy distintos.


Un puesto especial en la obra de Hermann Hesse le corresponde a la ambiciosa novela Das Glasperlenspiel ("El juego de abalorios", 1943), una fantasía sobre una asociación secreta espiritual al estilo heroico ascético de la Orden Jesuita, que se basa en el ejercicio de una especie de terapia meditativa. Esta teoría del pensamiento exige máxima consideración. El concepto del juego y su papel dentro de la cultura lo aborda en un plano asombrosamente igual el meditado estudio del holandés Huizinga, "Homo ludens". La idea de Hesse desemboca en un doble significado. En una época del desmoronamiento, considera que le corresponde la tarea de salvar las tradiciones culturales. Pero, a la larga, la cultura no puede conservar su fuerza si se limita sólo a una pequeña parte. Si la multiplicidad de conocimientos se pudiera trasladar a un juego formalmente abstracto, eso sería, por un lado, una prueba de que la cultura se fundamenta en un misterio orgánico, y, por otro, este máximo conocimiento no se podría considerar algo inmanente, sino que sería suave y frágil como perlas de cristal, y el niño que encontrase los destellantes fragmentos en los escombros de unas ruinas no sabría ya lo que significan. Una novela que tenga por objeto una concepción sólida del mundo corre fácilmente el riesgo de ser considerada ajena al mundo, pero precisamente contra esto defiende Hesse su planteamiento con algunas líneas elegantes al principio de su libro: "... pues puede que, también en cierto sentido y para personas superficiales, las cosas que no existen se puedan describir con más facilidad y menos responsabilidad por medio de palabras que las que existen, pero para el historiador religioso y concienzudo sucede justo lo contrario: nada se escapa tanto a la exposición por medio de las palabras y nada es tan necesario colocar ante los ojos de los hombres que ciertas cosas cuya existencia no es demostrable ni probable, pero que, precisamente por el hecho de que personas religiosas y conscientes las tratan en cierto sentido como cosas reales, se aproximan un paso más al ser y a la posibilidad de llegar a nacer."


Sin embargo, si la creación en prosa de Hermann Hesse no llegase a gozar un día de tanta estima como al comienzo, su obra lírica destaca por encima de toda duda. Tras la muerte de Rainer Maria Rilke y de Stefan George, él ocupa el primer lugar como poeta lírico contemporáneo en lengua alemana. Combina una selecta pureza del tono con una conmovedora calidez del sentimiento, y la nobleza de su forma musical es hoy prácticamente insuperable. Continúa la línea de Goethe, de Eichendorff y de Mörike, y de nuevo aporta un colorido absolutamente personal a la magia de lo poético. La tragedia de su interior, sus horas sanas y enfermas, la intensa comprobación de su conciencia, el sacrificio que realiza a la vida, sus ganas de contar cosas y su culto a la naturaleza, todo ello se refleja con desacostumbrada claridad en la colección Trost der Nacht ("Hacia la noche") de 1929. Una colección posterior de Neue Gedichte ("Nuevos poemas", 1937) exhala sabiduría madura y está impregnada de experiencia desconsolada, pero irradia la ternura del sentimiento en la descripción de imágenes, de la atmósfera y de la armonía de los seres creados.


En una descripción característica tan escueta no es posible destacar como merecen las múltiples obras que distinguen a este autor tan dominante, y que con todo derecho le hicieron ganar una gran cantidad de fieles admiradores. En sus poemas confesionales expresa el carácter alemán del sur con una mezcla muy personal de desvinculación y religiosidad. Si se tiene en cuenta la continua tendencia a la rebelión, ese fuego incansable que convierte al soñador en luchador cuando se trata de cosas para él sagradas, se le podría incluir entre los románticos. En cierto momento dice sobre la realidad que uno no se puede dar en absoluto por satisfecho honrándola y respetándola, pues esa miserable realidad, con frecuencia engañosa y no creativa, sólo se puede cambiar si no se percibe, si se demuestra que somos más fuertes que ella. Por lo tanto, la distinción que se reconoce a Hermann Hesse es más que la confirmación de la fama. También quiere situar bajo la luz correcta una creatividad literaria que en su conjunto muestra la imagen de un hombre bueno que ha luchado, que ha seguido su profesión con fidelidad sin parangón y que, en una época trágica, consiguió mantener en alto la bandera del auténtico humanismo. Lamentablemente, su estado de salud no le ha permitido al autor viajar a Estocolmo. Por eso el representante de la Confederación Suiza en Suecia recogerá el premio en su nombre. Entonces el orador se dirigió al representante de Hermann Hesse, el delegado suizo Dr. Henry Vallotton: Excelencia, le ruego que ahora tome de manos de Su Majestad el Rey las insignias del premio que nuestra Academia Sueca ha otorgado a su compatriota Hermann Hesse.


Una nota sobre El juego de abalorios:


ESTE LIBRO...
Por: ALFREDO CAHN

Portada para El juego de abalorios en inglés
PARA explicar con una sola palabra el clima de la presente novela de Hermann Hesse, su obra cumbre, basta decir lo que de pocas o acaso de ninguna obra de ficción de nuestro siglo puede decirse: es una novela sabia. Dése a este término un acento de respeto y admiración, pronuncíesele con esa unción que era el aura de los sabios de otros tiempos, en que el saber era más universal y el sabio no era conocedor acabado de una ciencia o de la rama de una ciencia sola. Porque la novela El juego de abalorios es por su tono y su contenido el resumen de la experiencia de una vida patriarcalmente llevada, es crítica constructiva de nuestra época, utópico esbozo de un mundo por venir y, sobre todo, síntesis y armonización de saber y de fe.


El juego de abalorios es, por lo tanto, un juego con todos los contenidos y valores de nuestra cultura; juega con ellos como tal vez, en las épocas florecientes de las artes, un pintor pudo haber jugado con los colores de su paleta... Lo que la humanidad produjo en conocimientos elevados, conceptos y obras de arte en sus períodos creadores, lo que los períodos siguientes de sabia contemplación agregaron en ideas y convirtieron en patrimonio intelectual, todo este enorme material de valores espirituales es usado por el jugador de abalorios como un órgano es ejecutado por el organista; este órgano es de una perfección apenas imaginable, sus teclas y pedales tocan todo el cosmos espiritual, sus registros son casi infinitos; teóricamente, con este instrumento se podría reproducir en el juego lodo el contenido espiritual del mundo.


El protagonista de la novela de Hermann Hesse, el magister ludí Josef Knecht, es el antagonista del hombre típico y triunfante de nuestro tiempo. Renuncia a su personalidad, a la ambición y a los bienes materiales, para convertirse en función jerárquica. Su libertad individual disminuye en la medida en que se agranda su autoridad, puesto que ésta, más que licencias y derechos, involucra responsabilidades y deberes. El concepto de poder no forma parte del orden jerárquico que rige la “provincia pedagógica” en que se desenvuelve la vida de Josef Knecht. Y ello no obsta para que esa provincia sea un modelo de disciplina, de una disciplina severa, inclusive, lograda a fuer de ejemplos y con exclusión de cuanto pueda parecerse siquiera a un castigo. En esa “provincia pedagógica” que Hesse llama Castalia y que habitan los integrantes de una Orden dedicados a toda suerte de estudios, no existen lazos de familia, ni honores, ni bienes materiales. Se busca la perfección del espíritu y del alma en el estudio y la meditación, no tanto en beneficio propio como por vocación y en beneficio del mundo exterior que, en su afán de “vivir la vida”, de progreso y de comodidades, ha dejado de dedicar su atención a los problemas fundamentales de la existencia a tal punto que si el pensamiento carece de pureza y ya no se venera al espíritu, todo el mecanismo de la vida material se tambalea y la autoridad, como la matemática del banquero, marchan hacia el caos.


La novela de Hermann Hesse habla de nuestra actualidad como de un tiempo pretérito, su acción transcurre en un futuro asaz lejano, pero lo que le imprime mayor interés es lo que podría llamarse “lo medido de su ilusión”, o sea el que concibe una provincia y una Orden de nuevo cuño, sostenido por un mundo no muy distinto del nuestro. Quiere ello decir que Hesse cree en la posibilidad de una reacción espiritual a la actualidad materialista, pero la asigna a una “élite”, y no se mece en la ilusión de un mundo perfecto y totalmente diferente de cualquier tiempo pasado. Cree en cambios fundamentales, pero no en cambios totales, y esta circunstancia es la que permite afirmar que su novela es una obra sabia. No la eclosión de un espíritu poético romántico, sino la previsión de un hombre que ha penetrado la realidad circundante y extrae conclusiones acertadas de fenómenos diversos y extremadamente sutiles, como son el de la música y sus relaciones con el hombre y hasta las de éste con el Estado. Páginas éstas maravillosas que podrán leerse en la introducción que el mismo Hesse pone a esta obra.


El estudio y la meditación no son, por supuesto, privilegios exclusivos de Castalia, y uno de los capítulos más atrayentes de la novela —el más bello es aquel que narra la transfiguración del magister musicae, convertido en personificación de la música—, relata la temporal convivencia de Josef Knecht con un sabio benedictino, historiador y político, estableciendo un paralelo entre una Orden religiosa y la Orden de Castalia y su respectiva posición frente al mundo. En ese capitulo se descubrirá la última consecuencia de otra síntesis, tanto del libro como de la vida y sabiduría de Hermann Hesse: la síntesis de Oriente y Occidente, de la que son preámbulos sus libros Sidharta y Peregrinación al Oriente, obras de singular devoción y de una dulzura que llamaríase romántica si no estuviese tan plenamente impresa de intención espiritualmente redentora. Ni en esos dos libros, ni en El juego de abalorios zahiere Hermann Hesse nuestra época, pero si la caracteriza de un modo que no deja lugar a dudas respecto a la opinión que le merece. La llama la “época folletinesca”, la encuentra superficial, y entre sus rasgos prominentes enumera: la falta de fe de los pueblos, la buena mecanización de la vida, la decadencia de la moral, la falta de sinceridad de su arte. Dedica suaves palabras de condenación al afán de distracción que ocupa el lugar del afán de saber, aun cuando se trata de disimularlo mediante dos entretenimientos típicos: las conferencias y las palabras cruzadas. Habla de las personas que creen propender a mayor cultura dedicando diariamente una hora a la solución de tales problemas o escuchando conferencias sobre temas de la más variada índole y en que la sonoridad de las palabras y el lucimiento del orador tiene infinitamente más importancia que el propósito instructivo y constructivo, si es que tal propósito anima la perorata. Suelen ser expresiones de un saber superficial lo mismo que de una ambición mundana, y como tales, incluso pervierten las nociones serias y fundamentales que, en un principio, puede haber aportado el oyente. Son signos de desconcentración intelectual, pero de ningún modo de un serio anhelo enciclopédico y menos aún sintético. Y carecen, sobre todo, de la participación del alma, que es la que tan perentoriamente reclama en todas las cosas, y a través de su libro sin par, el autor, como panacea única que puede devolver al mundo su salud moral, espiritual, y la paz verdadera.