martes, 30 de noviembre de 2010

Balada de la cárcel de Readign

Una evocación de Wilde
Por: Federico Zertuche


Tras cumplir dos años de trabajos forzosos en la cárcel de Reading, como secuela del escandaloso juicio que lo condenara por haber sido acusado de conducta “indecente” y homosexualidad, luego perder todo cuanto tenía: familia, fortuna,
fama y prestigio, un abatido Oscar Wilde parte al exilio en Francia donde culmina dos de sus obras cumbre: el extenso poema que ahora reproducimos parcialmente y la epístola a su ex amante titulada In carcere et vinculis (De profundis), cuya traducción al español por José Emilio Pacheco recomendamos ampliamente. Poco después, hace ciento diez años, el 30 de noviembre de 1900, muere herido por el olvido, abandono y amargura.

Como sabemos, inicialmente Wilde demandó por difamación al marqués de Queensberry, padre de su amante lord Alfred Douglas, quien le había dejado en el club Albermale una tarjeta con siete palabras y una falta de ortografía que decía: “To Oscar Wilde, posing as a somdomite”.

No obstante, Queensberry logra suficientes testigos, con protección policial, que presentan testimonio aseverando sobre la “sodomía” de Wilde, por lo que además de perder su causa, ésta se le revierte en virtud de la Labouchéré’s Criminal Law Amendement, que consideraba la homosexualidad como un delito; Wilde es condenado, y como consecuencia del escándalo recae sobre él el más absoluto ostracismo social.

Al no pagar las costas del juicio, Wilde es declarado en quiebra y el remate
Wilde con Alfred Douglas
público de su casa se transforma en saqueo. Constance, su esposa, tiene que huir con sus dos hijos a los que luego les cambia el apellido. Sus obras son retiradas de los teatros, sus libros desaparecen de circulación, la prensa organiza una implacable campaña de odio, y una Inglaterra, victoriana y puritana, que hasta hacía muy poco lo mimaba y aplaudía, se lanza ferozmente en su contra.

Algunos críticos consideran aquellas dos creaciones como sus obras maestras y estiman que luego del abismo en que se precipitó, habría nacido o surgido lo mejor de Wilde. No sé si realmente así fue, pero si puedo sentir la profundidad, densidad e intensidad poética y vital que emanan de ambas, así como el alejamiento de su anterior estilo esteticista y decadentista al sumergirse en ese otro que propone, notorio, significativo y de resultados francamente excepcionales.

La Balada es un extenso poema de más de cien estrofas en las que percibimos

una visión sombría y trágica de la vida y condición humana expresada en hermosos versos sonoros y memorables: “Pero todos los hombres matan lo que aman, oíd, oídlo todos”. La historia que Wilde recrea en su poema, trata de un compañero de reclusión que fue ejecutado por haber asesinado a su esposa.

Fue publicada en 1898, dos años antes de su muerte y uno después de haber salido de la cárcel. La traducción que en seguida reproduzco es de León Mirlas, hecha para la Colección Austral de Espasa-Calpe, que en lo personal me gusta mucho y releo con frecuencia. Por razones de espacio, transcribo solamente los pasajes I, II y V, el último de ellos.



Balada de la cárcel de Reading


In memoriam
C.T.W.
Antaño soldado de los guardias de la Real Caballería, murió en la cárcel de Su Majestad de Reading, Brekshire, el 7 de julio de 1886.

I

No lucía su chaqueta escarlata, porque la sangre y el vino son rojos
y había sangre y vino en sus manos cuando lo sorprendieran con la muerta,
la pobre muerta a quien había amado, la mujer que matara en su lecho.

Caminaba entre dos penados en su mísero traje gris,
tocado con un gorro de cricket, y su andar parecía ágil y alegre:
pero jamás vi a un hombre que mirara tan ávidamente el día.

Jamás vi a un hombre que mirara con tan ávidos ojos
ese pequeño dosel azul que los cautivos llaman cielo
y toda nube a la deriva con sus velas de plata.

Yo caminaba, con otros condenados, dentro de otro círculo,
y me preguntaba si aquel hombre había hecho algo grande o pequeño,
cuando una voz murmuró a mis espaldas: “Ese hombre será ahorcado.”

¡Dios mío! Me pareció, de pronto, que hasta los muros de la prisión se tambaleaban,
y el cielo, allá arriba, se me antojó un casco de candente acero;
y aunque yo era un alma doliente, no pude sentir mi dolor.

Sólo sabía qué acosado pensamiento aceleraba su paso y por qué
miraba aquel hombre el deslumbrante día con tamaña avidez en los ojos:
había matado lo que amaba, y por eso debía morir.

Pero todos los hombres matan lo que aman, oíd, oídlo todos:
algunos lo hacen con una mirada amarga; otros, con una palabra lisonjera.
¡El cobarde lo hace con un beso, el valiente con una espada!

Algunos matan su amor cuando son jóvenes, y otros, cuando viejos;
algunos lo estrangulan con las manos de la Lujuria, otros, con las manos del Oro:
el más bondadoso usa un cuchillo, para que el muerto se enfríe pronto…

Algunos aman harto poco; otros, demasiado; unos venden y otros compran;
hay quienes obran con muchas lágrimas y quienes matan sin un suspiro:
porque todo hombre mata lo que ama, pero no todo hombre muere.

No todo hombre muere de muerte ignominiosa, un día de oscura vergüenza,
ni se le echa un dogal al cuello y una mortaja sobre le rostro,
ni bailan sus pies delante, a través del piso, en el vacío.

No todo hombre es vigilado noche y día por hombres silenciosos,
que lo acechan cuando quiere llorar y lo acechan cuando quiere rezar:
que lo acechan por temor a que le robe su presa a la cárcel.

No todo hombre despierta al alba y ve su celda atestada de terribles figuras:
el trémulo capellán de traje blanco, el alguacil severamente lúgubre
y el director de la prisión, en su lustroso traje negro, con el amarillo rostro del Destino.


No todo hombre se levanta con lastimera prisa para vestir su ropa de penado,
mientras algún médico de habla vulgar se deleita y anota cada nuevo y crispado gesto,
consultando un reloj cuyos leves tictacs parecen tremendos martillazos.

No todo hombre siente esa repugnante sed que reseca la garganta
antes de que el verdugo, con sus guantes de jardinero, franquee la forrada puerta
y ate al reo con tres correas de cuero, para que la garganta no pueda sentir sed.

No todo hombre doblega la cabeza para oír el oficio de difuntos,
ni pasa junto a su propio ataúd, cuando la angustia de su alma
le dice que no está muerto, al entrar en el abominable tinglado.

No todo hombre mira absorto el aire a través de un pequeño tejado de vidrio,
ni reza con labios de arcilla para que pase su tormento,
ni siente sobre la trémula mejilla el beso de Caifás.

II

Seis semanas, y el centinela siempre recorriendo el patio en su mísero traje gris.
Tocado con la gorra de cricket, su andar parecía ágil y alegre;
pero nunca vi a un hombre que mirara tan ávidamente el día.

Jamás vi a un hombre que mirara con tan ávidos ojos
ese pequeño dosel azul que los cautivos llaman cielo
y cada vagabunda nube que pasaba arrastrando sus deshilachados vellones.

No se retorcía las manos, como los necios que pretenden, audazmente,
criar a la voluble Esperanza en la caverna de la negra Desesperación:
tan sólo miraba el sol y bebía el aire de la mañana.

No se retorcía las manos ni lloraba, ni tampoco acechaba ni languidecía,
sino que bebía el aire, como si éste contuviera algún medicamento
inofensivo y sano. ¡Abierta la boca bebía el sol como si fuese vino!

Y yo y todos los demás condenados que vagábamos por el otro círculo
olvidábamos si habíamos hecho, por nuestra parte, algo grande o pequeño,
y contemplamos con aturdido asombro al hombre que iban a ahorcar.

Porque era extraño verlo pasar con andar tan ágil y alegre,
y era extraño verlo mirar tan ávidamente el día,
y era extraño también pensar que debía pagar semejante deuda.

Porque el roble y el olmo tienen gratas hojas que emiten brotes en la primavera;
pero es ceñudo el árbol de la horca, con su raíz mordida por la víbora,
¡y esté tierno o seco el hombre debe morir antes de que ese árbol dé su fruto!

El sitio más alto de esa sede de gracia que buscan todos los seres terrenos.
Pero… ¿quién se atrevería a erguirse en el patíbulo con el nudo de cáñamo al cuello
y a arrojar su última mirada al cielo a través del dogal de un asesino?

Es dulce bailar al son de los violines cuando el Amor y la Vida son bellos;
Es delicado y exquisito bailar al son de las flautas, de los laúdes.
¡Pero no es dulce bailar en el aire con ágiles pies!

Así, con curiosos ojos y asqueada conjetura, lo observábamos día tras día,
y nos preguntábamos si nuestro fin sería el mismo;
porque nadie sabe a que rojo infierno puede extraviarse su alma ciega.

Finalmente, el muerto no caminó más entre los penados,
y comprendí que estaba parado en el terrible recinto de la negra barra
y que jamás volvería a ver su rostro, para bien o para mal.

Nos habíamos cruzado como dos barcos predestinados en la tempestad,
pero sin hacernos un signo, sin decirnos una palabra, sin tener qué decirnos;
porque no nos habíamos encontrado en la santa noche, sino en el vergonzoso día.

El muro de una prisión nos rodea a ambos, éramos parias los dos;
el mundo nos había expulsado de su corazón y Dios de Su interés,
y la trampa de hierro que acecha al Pecado nos había atrapado.

V

En la cárcel de Reading, junto a la ciudad de Reading, hay una fosa de vergüenza
y yace en ella un desdichado comido por los dientes de la llama;
yace en un sudario ardiente y su tumba no tiene nombre.

Que yazga allí en silencio hasta que Cristo llame a los muertos.
No hay necesidad de derrochar la lágrima tonta o exhalar el enfático suspiro.
Aquel hombre había matado lo que amaba y por eso tenía que morir.

Y todos los hombres matan lo que aman, oíd, oídlo todos.
Algunos lo hacen con una mirada amarga; otros, con una palabra lisonjera.
¡El cobarde lo hace con un beso, el valiente con una espada!


Referencias bibliográficas:



Oscar Wilde, Obras completas, Recopilación, traducción, prefacio y notas explicativas por Julio Gómez de la Serna, Editorial Aguilar, Madrid 1981.

Oscar Wilde, Balada de la cárcel de Reading, Colección Austral, Espasa-Calpe, Madrid 1959.

Oscar Wilde, Epístola: In Carcere et Vinculis (“De Profundis”), Traducción e Introducción de José Emilio Pacheco, Seix Barral, Barcelona 1980.


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