lunes, 23 de agosto de 2010

Principios liberales

Matrimonio y adopción: instituciones civiles laicas.
Por: Federico Zertuche

No es casual que la mayoría de periodistas de opinión y comunicadores más destacados de México (incluyendo Paco Calderón en su caricatura de martes 17 de agosto), se hayan pronunciado en contra de las retrógradas, calumniosas, iracundas y groseras declaraciones de Juan Sandoval Íñiguez sobre el matrimonio entre homosexuales y la posibilidad legal de adopción por parte de esas parejas, aprobados por la Asamblea del D.F. y ratificadas por el voto de la mayoría de los ministros de la honorable Suprema Corte de Justicia de la Nación tras varios días de debates públicos, ricos en argumentaciones y sustentación jurídicos. El matrimonio y la adopción que trataron, son instituciones civiles que se rigen por el derecho, no por la moral ni por las normas eclesiásticas. El derecho se transforma a lo largo del tiempo a la par que evolucionan las sociedades, a través de las instituciones legales y democráticas como son las legislaturas -acorde a procesos reglados- conformadas por representantes legal y democráticamente elegidos por el voto ciudadano. El matrimonio no está atado a su etimología, ni a ningún aspecto semántico, sino a consideraciones sociales y jurídicas. Adicional y afortunadamente, en nuestro país (como otros de Occidente) vivimos en un Estado laico que nos legaron las generaciones de ilustres liberales del siglo XIX encabezadas por Benito Juárez y los hermanos Sebastián y Miguel Lerdo de Tejada, de tal manera, están claramente determinadas las jurisdicciones y competencias entre el poder político y el eclesiástico. Así es que un bocón calumnioso y bravucón como Sandoval Íñiguez debe cuidar su “trompabulario” y dirigirlo, más bien, a la cantidad de sacerdotes pederastas, pedófilos y corruptores de menores que abundan en una Iglesia que quiere hacernos creer que la homosexualidad es una enfermedad y perversión cuando la ciencia moderna, que la ha estudiado a fondo y sistemáticamente, ya descartó hace mucho tiempo ambos supuestos. Obligar a la represión sexual a los curas por el absurdo voto de castidad, sí que es contra natura. Tratar despectivamente a los homosexuales, sólo exhibe los prejuicios de quienes los descalifican. Los niños que pueden ser adoptados ya por heterosexuales como por homosexuales, no están en posibilidad directa de “ejercer sus derechos” al respecto, pues por su minoría de edad los tienen restringidos, son los tutores quienes a su nombre los ejercen en cada caso de adopción, como ocurre desde hace mucho. Tampoco es fortuito que en la actualidad en muchos países, particularmente de cultura musulmana, prevalezca el Estado teocrático –controlado por ayatolas e imanes fundamentalistas- junto a la discriminación y disminución de los derechos a la mujer, ya no digamos a los homosexuales que son tratados como verdaderos criminales. Por ello, siempre será bueno recordar, valorar y defender los valores y principios logrados por la civilización Occidental de la que somos parte.
Fotografía del Presidente Sebastián Lerdo de Tejada

jueves, 12 de agosto de 2010

El Amazonas

Francisco de Orellana y el Amazonas

Sin duda ha sido una proeza la que acaba de culminar el británico Ed Stafford al caminar a todo lo largo de la ribera del Amazonas y de lo cual la prensa mundial ha dado cuenta, enfatizando que se trata del primer hombre en llevarla a cabo.

Sin embargo, quiero recordar al conquistador español Francisco de Orellana, que anduvo por el Perú con Francisco Pizarro, luego fundara Guayaquil, para después partir de Zumaco, hoy Ecuador, en marzo de 1541 al mando de una expedición que le condujo a los caudalosos ríos Coca y Napo, en la amazonía ecuatoriana, luego siguió navegando hasta la confluencia del Aguarico y el Curaray, y río abajo, llegó hasta el legendario río Negro, nombrado así por Orellana, y de ahí al gran Amazonas, llamado así desde entonces en recuerdo a las míticas mujeres guerreras que le evocaran los indios amazónicos de largas cabelleras, y cuyo cauce recorriera hasta su desembocadura en el Atlántico, a donde llegó el 26 de agosto de 1542.
Una auténtica proeza llevada a cabo en el siglo XVI con los precarios instrumentos y apoyos tecnológicos disponibles entonces.
En el mapa que se adjunta aparece marcada con rojo la ruta de Orellana a lo ancho del subcontinente sudamericano desde el Pacífico al Atlántico atravesando toda la cuenca amazónica incluidos sus tributarios.

martes, 3 de agosto de 2010

¿Veracidad histórica del relato guadalupano?

Joaquín García Icazbalceta y la virgen de Guadalupe
Por: Federico Zertuche

Cuenta el relato que la Virgen de Guadalupe se apareció al indio Juan Diego en cuatro ocasiones en el cerro del Tepeyac los primeros días de diciembre de 1531 culminando el día 12. En el ínterin Juan Diego visitó dos veces al obispo fray Juan de Zumárraga a petición de la Virgen para transmitir su deseo de erigir un templo en su honor en el sitio. Al pedir el prelado una prueba de su dicho, en su tercer visita Juan Diego llevó un manojo de diversas y finas flores de aromas delicadísimos envueltas en su tilma que la Virgen había dispuesto en aquel inhóspito cerro para tal efecto; entonces, al abrir el ayate en presencia de aquel derrama las flores y en el acto se estampa en la tela la figura de Guadalupe tal y como la vemos actualmente, ante lo cual arrobado Zumárraga cae de rodillas junto con la gente que le acompañaba, y llorando por el portento que acaba de presenciar pide perdón a Juan Diego por no haberle creído desde la vez primera.

También menciona que mientras tanto un tío de Juan Diego, de nombre Juan Bernardino, estaba moribundo, a grado tal que Juan Diego, que vivía por Cuautitlán, quiso dejar plantada a la Virgen luego de la tercera aparición quien lo había citado para darle las pruebas que pedía el obispo, dado que tenía que ir urgentemente a Tlatelolco a conseguir un sacerdote que administrara los últimos sacramentos a su tío. Así que rodeó por otro paraje el cerro del Tepeyac para no encontrarse con la Virgen, pero ésta se le apareció diciendo que no se preocupara, que en ése momento su tío sanaría, como así ocurrió, que lo importante era llevar las pruebas exigidas por el prelado. En este último momento la Virgen también se le aparece al tío para sanarlo e informarle sobre los hechos, además de manifestarle que a partir de entonces se le conozca como la Siempre Virgen Santa María de Guadalupe.



Fray Juan de Zumárraga
Ocurridos los milagros de las apariciones, de las flores y de la tilma, el obispo Zumárraga hospedó varios días en su palacio a Juan Diego y al tío milagrosamente sanado, mientras se erigía un templecito en el lugar indicado, luego de lo cual se encaminaron en procesión al Tepeyac, con gran multitud de gente de la ciudad de México acompañándolos, a fin de dejar ahí en custodia la imagen estampada en el ayate.

Enfatiza que la “ciudad entera se conmovió” cuando supo del milagro y de la traslación de la imagen del palacio de Zumárraga a la Catedral y luego a la ermita del Tepeyac.

Hay más detalles, por supuesto, pero tal es una síntesis del relato cuya veracidad histórica sostienen los aparicionistas. Quien desee conocer la versión oficial en su totalidad y hasta comentada, vea el sitio de la Basílica de Guadalupe en el web.

Ahora analicemos si tales hechos ocurrieron o no, de la mano de uno de los más ilustres historiadores, polígrafos, filólogos y sabios mexicanos del siglo XIX, don Joaquín García Icazbalceta, por cierto fiel católico y conservador, uno de los mejores biógrafos de fray Juan de Zumárraga y de otros prelados y personajes de nuestra historia, que dejara quizá el primer estudio sólido, sistemático y esclarecedor sobre el asunto que nos ocupa.

En efecto, corría el año de 1833 cuando el entonces Arzobispo de México, don Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, le enviara por carta a Icazbalceta una apología escrita por un sacerdote sobre las Apariciones de la Virgen de Guadalupe, para que le diese su opinión al respecto y así estar en mejor posición de otorgar o negar la correspondiente licencia de autoridad eclesiástica para ser publicada.

Don Joaquín le contestó al Ilustrísimo Arzobispo disculpándose que lamentaba mucho no poder ocuparse del asunto aduciendo no ser teólogo ni canonista. Insistió Labastida diciéndole que se lo pedía en calidad de historiador, rogándole como amigo y ordenándole como prelado. Ante lo cual no le quedó más remedio a alguien que con anterioridad y cuidadosamente había evitado tratar el tema por las consecuencias adversas que eran de esperarse.

Todavía se recordaba el famoso sermón guadalupano de fray Servando Teresa de Mier y sus funestas secuelas, aunque éste nunca negara las apariciones ni el milagro, ni el grueso de los sucesos pretendidos, enmendó el relato agregando fantasías de su cosecha como aquella de que la imagen no estaba estampada en la tilma de Juan Diego sino en la capa de Santo Tomás, que los indos –decía fray Servando- llamaron antaño Quetzalcóatl.

Luego el obispo de Tamaulipas se rehusó a sostener la llamada tradición guadalupana por no traicionar a su conciencia, por lo que fue removido de su cargo por el revuelo que causó su postura. Semejante, por cierto, al escándalo protagonizado por monseñor Guillermo Schulenburg, abad de la Basílica durante largos años en el siglo XX, que puso en entredicho la veracidad del milagro y de Juan Diego.

Así pues, Icazbalceta que conocía muy bien el asunto por haberlo estudiado de tiempo atrás a profundidad, sobre una sólida base bibliográfica y documental, como por el acceso a fuentes de primera mano, con la circunstancia de que algunos valiosos documentos obraban en sus archivos personales, no tardó mucho en elaborar su célebre Carta acerca del origen de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe de México, que pasamos a comentar.

Se trata de una carta, porque efectivamente es la respuesta a otra que le enviara el Arzobispo Labastida, así como por el estilo epistolar que eligió don Joaquín y su relativa brevedad (40 páginas cortas). Al propio tiempo porque éste le rogó encarecidamente al prelado que ese escrito “no se presente a otros ojos ni pase a otras manos: así me lo ha prometido Vuestra Señoría Ilustrísima”.

La Carta salió luego a publicidad, unas veces alterada y otras incompleta o editada mañosa y sesgadamente, hasta que finalmente fue publicada íntegra, reproducida de copia fiel de la original y dada a la imprenta en México en 1896. Un ejemplar de esa edición obra en la Biblioteca del Instituto Miguel de Cervantes, cuya copia facsimilar se puede obtener en su Biblioteca Virtual que aparece en el web, y de la que damos cuenta ahora.

Don Joaquín recurre a lo que da en llamar “el argumento negativo” para sostener su tesis de la imposibilidad histórica del relato guadalupano, puesto que se impone en virtud de que no puede haber otro argumento contra un hecho que no pasó, que no ocurrió. Pues de haber ocurrido, y sobre todo por tratarse de algo portentoso, hubiesen dejado múltiples testimonios sus protagonistas y coetáneos, cosa que no sucedió, al respecto sólo encontramos un silencio total y muy elocuente.

Dice Icazbalceta que la fuerza del argumento negativo consiste principalmente en que el silencio sea universal, y que los autores alegados hayan escrito de asuntos que pedían una mención del asunto que callaron. Esto último se explica así: si como en efecto hubo tantos autores en esa época tan distinguidos y doctos en materias tales como historia civil y eclesiástica, teólogos, gramáticos y lingüistas y tantas más, es evidente que hubiesen escrito sobre un suceso de tal magnitud y trascendencia de haber ocurrido históricamente, pero como no fue así sencillamente no escribieron nada.

Por su parte, fray Servando Teresa de Mier sostiene que: “(…) el silencio prueba en la Historia, y si es universal, demuestra. Son palabras del padre Papebroquio…” (1)

García Icazbalceta agrega y sostiene que no hay informaciones o autos originales de la Aparición, es algo que declaran todos sus historiadores y apologistas, incluso el padre Miguel Sánchez, autor del libro Imagen de la Virgen María Madre de Dios de Guadalupe, milagrosamente aparecida en la ciudad de México, publicado en 1648, que revivió y dio fuerza al culto que había menguado notablemente y que a partir del mismo surgió la versión aparicionista, es decir, los que sostienen la historicidad de las apariciones y milagros.

El primer “testigo” de las apariciones debería ser el obispo fray Juan de Zumárraga, pues se le atribuye papel tan principal en el suceso y en las subsecuentes colocaciones y traslados de la imagen. Pero en ninguno de los múltiples escritos que dejó no hay la más ligera alusión a los hechos, ni a la ermita, ni siquiera se encuentra una sola vez el nombre de Guadalupe. Es evidente que un hombre religioso como Zumárraga, Arzobispo por si fuera poco, habiendo sido testigo favorecido en tan gran suceso lo hubiese proclamado a los cuatro vientos dejando vehemente, firme y ejemplar testimonio de ello, además de que habría promovido el culto guadalupano con todas sus fuerzas como jefe de la Iglesia católica de la Nueva España que fue.

Sostiene don Joaquín que nada de esto hubo, solo un silencio a lo largo de sus múltiples escritos personales, académicos, teológicos y eclesiásticos. Más aún, en uno de sus libros Regla Cristiana de 1547, se encuentran estas significativas palabras: “Ya no quiere el Redentor del mundo que se hagan milagros, porque no son menester, pues está nuestra santa fe tan fundada por tantos millares de milagros como tenemos en el Testamento Viejo y Nuevo”. ¿Cómo decía eso el que había presenciado tan gran milagro? (Cita textual de Icazbalceta).

Aludiendo al padre Sánchez, autor de la apología arriba mencionada, dice Icazbalceta: “Parece que el autor de la nueva apología no conoce los escritos del señor Zumárraga, pues nunca los cita y solamente asegura que si nada dijo en ellos, dijo bastante con sus hechos levantando la ermita, trasladando la imagen, etc. Es necesario decir, para de una vez, que todas esas construcciones de ermitas y traslaciones de la imagen no tienen fundamento alguno histórico. Todavía el autor discute la posibilidad de que el señor Zumárraga hiciera una de esas procesiones a fines de 1533, siendo ya cosa probada con documentos fehacientes que estaba entonces en España, y que volvió a México por octubre de 1534”. (2)

Igual silencio encontramos en otros personajes importantes de la época como fray Bernardino de Sahagún, fray Toribio de Motolinía, fray Bartolomé de las Casas, fray Jerónimo de Mendieta, fay Gabriel de Talavera, grandes defensores de los indios, notables historiadores, que conocían perfectamente al México de entonces, a sus gentes principales y a los indígenas, que dejaron múltiples y minuciosos testimonios por escrito sin hacer una sola mención a las apariciones de la Virgen, ni a Juan Diego, ni una referencia siquiera. Como tampoco lo hacen Bernal Díaz del Castillo ni Torquemada, ni López de Gómara, ni Cervantes de Salazar y otros historiadores y escritores que cita don Joaquín y que omitimos por razones de espacio.

A propósito de las Casas, escribe fray Servando Teresa de Mier: “Aún más increíble se me hace que el padre amartelado (celoso) de los indios, fray Bartolomé de las Casas, que en su defensa gastó su larga vida, guardase alto silencio sobre tal prodigio a favor de sus clientes, cuando en esos años escribió su apología de los indios de cuatrocientos pliegos sin márgenes, en que echó el resto de su saber, sin omitir nada para exaltarlos en ningún género, y que llenó el mundo de historias, memoriales, representaciones, tratados, relaciones y gritos”. (3)

Y agrega fray Servando luego: “Muchos religiosos de todas las órdenes escribieron, de orden del rey y de sus generales, historias y crónicas defendiendo siempre a los indios y hablando de la propagación del Evangelio y de cuantos milagros la acompañaron, descendiendo hasta los menores detalles, y todos callaron el mayor de todos los milagros sucedidos”. Mayor elocuencia no puede haber.

Aquí cabe mencionar que no hay que confundir la antigüedad del culto en las distintas ermitas que se erigieron en el cerro del Tepeyac, con las apariciones y el milagro de la pintura en la tilma de Juan Diego. Son dos cosas distintas que conviene diferenciar, pues ermitas había desde muy antiguo, una de ellas la del Tepeyac, edificadas por los primeros misioneros franciscanos donde los indios tenían adoratorios dedicados a antiguas deidades, levantadas en obsequio a la política misionera de sustituir el culto idolátrico por el cristiano.

Por fray Bernardino de Sahagún nos enteramos del antiguo culto a la diosa Tonantzin en el cerro del Tepeyac: “(…) El uno de estos es aquí en México, donde está un montecillo que se llama Tepeacac y los españoles llaman Tepeaquilla, y ahora se llama Nuestra Señora de Guadalupe. En este lugar tenían un templo dedicado a la madre de los Dioses, que ellos la llamaban Tonantzin, que quiere decir nuestra madre. Allí hacían muchos sacrificios a honra de esta diosa, y venían a ellos de muy lejas tierras, de más veinte leguas de todas estas comarcas de México, y traían muchas ofrendas: venían hombres y mujeres y mozos y mozas a estas fiestas. Era grande el concurso de gente en estos días; y todos decían ‘vamos a la fiesta de Tonantzin’.” (4)

Así sabemos del antiguo culto pagano a Tonantzin, que quiere decir nuestra madre, y la posterior transmutación sincrética que operó erigiéndose una ermita dedicada a la virgen María, como madre de Dios. Luego le dieron el nombre de Guadalupe, muy probablemente en honor a la virgen venerada en Extremadura, pero sin tener ninguna relación con las apariciones de la Virgen de Guadalupe de México.

Al respecto señala Icazbalceta: “El padre Sahagún vino en 1529 y debía estar bien enterado de la historia de la Aparición, si ésta hubiera acontecido dos años después. Nadie como él trató con los indios: pudo conocer perfectamente a Juan Diego y demás personas que figuraron en el negocio. A pesar de todo, dice terminantemente que «no se sabía de cierto el origen de aquella fundación»; y por los dos pasajes citados se advierte con toda claridad que le desagradaba la devoción de los indios, teniéndola por idolátrica, y que deseaba verla prohibida. Uno de sus fundamentos es que allí acudían en tropel los indios como de antes, mientras que no iban a otras iglesias de Nuestra Señora. Supuesta la realidad de la Aparición, ninguna extrañeza podía causar al padre Sahagún que los indios prefiriesen el lugar en que uno de los suyos había sido tan singularmente favorecido por la Santísima Virgen. Bien mirado, el testimonio del padre Sahagún es ya algo más que negativo.”

Resumiendo: Desde 1531 hasta más de cien años después, dice Icazbalceta, por testimonios y documentos públicos no hay ninguna alusión ni a las apariciones, ni a Juan Diego ni a su tilma o capa. “Ni en los tres concilios mexicanos que se celebraron, ni en las Actas de los Cabildos Eclesiástico y Secular, anteriores al libro del padre Sánchez, siendo que en dichas actas se encuentran referidos hasta los más insignificantes hechos y regocijos públicos.”

Escribe don Joaquín al Arzobispo Labastida: “Como Vuestra Señoría Ilustrísima ve, es completo el silencio de los documentos antes de la publicación del libro del padre Sánchez. No cabe en buena razón suponer que durante más de un siglo tantas personas graves y piadosas, separadas por tiempo y lugar, estuviesen de acuerdo en ocultar un hecho tan glorioso para la religión y la patria. Los apologistas de la Aparición quieren que se presenten todos los documentos de tan larga época, para convencerse de que el silencio es universal; pretensión inadmisible, porque de esa manera jamás se escribiría historia, en espera de documentos que pudieron existir y que pudieran hallarse. Los que tenemos dan testimonio suficiente de lo que contendrían los que tal vez pudieran hallarse todavía.” (5)

Aquí es pertinente hacer una necesaria aclaración: Icazbalceta, aunque sabía de su existencia por referencias varias, no tuvo acceso ni conoció el relato atribuido al indio don Antonio Valeriano llamado Nican mopohua, que contiene las Manifestaciones de la Virgen a Juan Diego y a Juan Bernardino y de la aparición de la imagen de María en presencia del obispo don fray Juan de Zumárraga, que la Iglesia y los aparicionistas consideran el documento “príncipe” en que sostienen la pretendida veracidad de su tesis.

Sobre el Nican mopohua dice don Joaquín en su Carta: “El primero de los documentos ciertos es la historia de don Antonio Valeriano. Ya que Sigüenza jura que tuvo una relación de letra de don Antonio Valeriano, no pondré duda en ello. Pero aquí de la desgracia, porque esta pieza capital no existe, ni la ha visto ningún moderno, ni se ha publicado jamás, para que pudiéramos saber lo que decía y cómo lo decía”.

No obstante, con excepción de tal documento –uno de “los que tal vez pudieran hallarse todavía”- que ahora pasamos a analizar, el resto de documentos y argumentación esgrimida por García Icazbalceta siguen siendo totalmente fundados, probados y válidos. Pasemos pues, de la mano de otro gran historiador, esta vez del siglo XX, nada menos que don Edmundo O’Gorman para dilucidar sobre el origen, finalidad y veracidad del Nican mopohua.A partir de la publicación en 1648 del citado libro del padre don Miguel Sánchez, el culto y devoción a la Virgen de Guadalupe, que habían menguado y apagado notablemente, vuelven a resurgir para permanecer hasta nuestros días. Dicha obra está basada fundamentalmente en el relato del Nican mopohua, cuyo texto traducido al español por don Fernando de Alva Ixtlilxóchitl fue publicado por vez primera en 1649 por el vicario de la ermita don Luís Lasso de la Vega. Entonces, es pertinente subrayar que sólo hasta estos años se conoció el relato de las apariciones tal y como lo sabemos ahora y a partir de entonces resurge con fuerza inusitada el culto.

Se llama Nican mopohua (que podría traducirse como "Aqui se narra"), por ser ésta la frase inicial del texto, y así se conoce y cita el relato escrito en náhuatl que “Con certidumbre poco menos que indiscutible se atribuye su paternidad literaria al célebre indio noble don Antonio Valeriano, alumno fundador del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco y uno de los más provectos colegiales de esa institución. (…) Personaje de sobra conocido, aquí sólo interesa registrar que debió nacer hacia 1524-1526. Es dato que se deduce de la fecha de inauguración del Colegio de Santa Cruz (6 de enero de 1536) supuesto que formó parte del grupo de alumnos fundadores cuya edad fluctuaba entre los diez y los doce años. Casi no hace falta recordar que la autoridad principal y decisiva para atribuir a Valeriano la narración de las apariciones es don Carlos de Sigüenza y Góngora.” (6)

En la narración dice el texto: “Desenvolvió (Juan Diego) luego su blanca manta” y “se dibujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la manera en que está y se guarda hoy en su templo del Tepeyácac, que se nombra Guadalupe”. (7) “De aquí resulta –agrega O’Gorman- que el sentido del texto trascrito es que la imagen aparecida a Zumárraga se identifica materialmente con la efigie que estaba en el templo del Tepeyac al tiempo en que Valeriano escribía el relato”.

Luego resulta extraño que el deseo de la Virgen para que su imagen se nombrara Santa María de Guadalupe no se lo hubiera comunicado directamente a Juan Diego sino a su tío, don Juan Bernardino, cuando se le apareció en un episodio tardío y accidental.

Dice el relato que luego de los milagros ambos, sobrino y tío, permanecen algunos días en casa de Zumárraga “hasta que se erigió el templo de la reina en el Tepeyac”. “Se dice que el obispo, después de haber sacado la imagen ‘del oratorio de su palacio’, la pasó a la catedral, y se aclara que ‘la ciudad entera se conmovió’ y que ‘mucho le maravillaba que se hubiese aparecido por milagro divino, porque ninguna persona de este mundo pintó su preciosa imagen”. Por un lado, comenta O’Gorman que no se trata, pues, de la antigua ermita, sino de un nuevo “templo” edificado durante esos días. Adicionalmente afirma nuestro historiador que “No hay, por supuesto, la menor huella o eco de esa conmoción que dice sacudió a la ciudad de México”. (8)

Agrega O’Gorman que la mención que arriba se ha hecho del nombre de Guadalupe, es una “circunstancia que revela inequívocamente que la obra de Valeriano se escribió después de habérsele impuesto a la imagen el nombre de la Virgen extremeña. Se infiere, pues, que el relato tuvo que haber sido compuesto no antes de no antes de 1556”.

En tal año Valeriano tendría alrededor de treinta años de edad, y era catedrático del Colegio de Santa Cruz que había logrado independencia administrativa y de la vigilancia estrecha de los franciscanos, lo que pudo haber sido propicio para emprender la redacción de su Nican mopohua, tiempo en que la devoción a la virgen de la ermita por los españoles era muy alta debido a recientes milagros atribuidos. Asimismo en ese año ocurrió el sonado conflicto entre el Arzobispo Montúfar y el provincial de los franciscanos Bustamante, que a la postre atizara el celo de Montúfar en favor del culto guadalupano.

La índole del relato, según O’Gorman. Dice que Valeriano “quiso, pues, (…) -y esto es lo verdaderamente decisivo- sacralizar la imagen guadalupana al concederle un fundamento sobrenatural, y no otra, así nos parece, fue la finalidad primordial que inspiró la composición del Nican mopohua. Veamos entonces, cómo se desempeñó Valeriano para el logro de tan extraordinario objetivo”. (9)

Sabemos por deducciones e inferencias cronológicas que la imagen atribuida al pintor indio Marcos de Aquino –es decir, la que está actualmente en la Basílica-, fue colocada –al parecer subrepticiamente- en la ermita entre 1555 y 1556, a lo cual dice O’Gorman que “Nada de sorpresivo tiene que si la finalidad que persiguió Valeriano fue postularle un origen sobrenatural (…), su obra sea un relato de los supuestos antecedentes de dicha imagen, es decir, una narración de índole histórica; lo sorprendente, en cambio, es la historia misma que se le ocurrió inventar, sin embargo por su ambiente sobrenatural, sino por la flagrante inverosimilitud histórica (…)”.

Agrega O’Gorman en su obra referida que: “además de ser tópica la tradición de apariciones de la Virgen María o de su imagen ocurridas a pastores en lugares apartados y rocosos –como es el caso, no casualmente, de la imagen de la Guadalupana extremeña- el padre Mier rastreó con su habitual buen olfato las heterogéneas fuentes de las que echó mano Valeriano para componer su narración, y pudo discernir en ella alusiones bíblicas y mitológicas mexicanas y referencias a pasajes de la historia sagrada y novohispana, abigarrada mezcolanza que lo indujo a advertir que se trataba de una composición literaria del género de los autos sacramentales en boga, por otra parte, durante el primer siglo de nuestra historia colonial”. (10)

“Y en verdad –sigue O’Gorman- la secuencia de los prodigiosos episodios relatados por Valeriano; los ingenuos tropiezos que tuvo Juan Diego para cumplir el mandato de la Virgen, le comunican a toda la obra un corte teatral tan innegable como candoroso que abona el acierto de la perspicaz observación del padre Mier.” Más adelante abundaremos sobre el análisis dramático-literario del relato.

Es evidente que la narración del Nican Mopohua y su mensaje fue concebida para noticia de los indios, como lo indican su estructura literaria (auto sacramental), los personajes que participan en el mismo: una virgen morena indígena que se le aparece a dos indios macehuales, y desde luego la lengua que empleó Valeriano al escribirla: el náhuatl.

Y continúa O’Gorman: “La intención de Valeriano es, pues, clarísima, pero no sólo en ser los de su raza a quienes quiso dirigirles el mensaje de su obra, sino en exaltarlos como dignos de tan señaladas muestras del favor divino.”

Luego O’Gorman plantea la siguiente y fundamental cuestión: “Pero ¿qué fue concretamente, entonces, lo que Valeriano quiso comunicar a los indios al sacralizar la imagen de la Virgen que se les había ‘aparecido” en 1555-1556, (alude a cuando se colocó la imagen en la ermita), y en general al relatar todos esos portentos tan halagüeños para ellos que, por otra parte, recibirían sin ningún espíritu crítico y tanto más cuanto que apelaban a la irresistible fascinación que, aún hoy, ejerce en su ánimo lo fantástico y lo maravilloso?”. (11)

Afirma O’Gorman que “Valeriano, el indio Valeriano se refiere a la Virgen María como ‘nuestra reina’, significando así, no sólo la majestad espiritual de la madre de Dios, sino la existencia de un vínculo especial que ella se había dignado establecer con los indios; vínculo expresa y concretamente ratificado en su primer coloquio con Juan Diego, supuesto que allí es donde la reina celeste declara su predilección por los indios, prometiéndoles consuelo y el amoroso amparo de una tierna madre. (…) Y así discernimos que en el relato de Valeriano opera una nueva transfiguración de la imagen que la restituía a su condición original de Virgen india.”

Aquí radica a mi entender la extraordinaria eficacia del relato en lo relativo a la enorme simpatía que despierta y sigue causando en los mexicanos esta Virgen india y morena como figura vinculante por excelencia en la identidad nacional, así como la fuerte cohesión espiritual que despierta en el pueblo.

En cuanto al texto del Nican mopohua, se sabe que se mantuvo casi oculto y sin conocerse hasta que bien entrado el siglo XVII llegó a manos de don Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, quien lo tradujo al español y que luego fuera aprovechado por don Luís Lasso de la Vega y por el padre Miguel Sánchez quien escribiera la famosa apología que se ha citado y de la que a partir de entonces (1649) el culto a la virgen resurgió como nunca antes hasta nuestros días.

La pintura de la Virgen.
Respecto a la pintura de la Virgen de Guadalupe de México, la tesis aparicionista tradicional tiene por premisa fundamental el origen sobrenatural de dicha imagen, estampada milagrosamente en la tilma en el momento en que Juan Diego mostraba a Zumárraga las flores que dispuso la Virgen.

No obstante, podemos decir con certeza lo siguiente: Primero, que no está estampada sobre un ayate como se suele decir, ya que entonces y desde antes de la Conquista los indios macehuales o plebeyos como Juan Diego, efectivamente vestían tal prenda confeccionada con fibras de maguey –ixtle o hilo de maguey-, que resulta no sólo muy áspera sino tosca para pintar la imagen conocida amén que no resistiría el paso de los años.

En una inspección pericial realizada en 1787 por expertos encabezados por don José Ignacio Bartolache y algunos pintores, se determinó que la “fina manta” era de palma iczotl –suave como el algodón, tan fino como bien tejido-, que desde luego no usaban los macehuales que en este punto la etiqueta azteca era muy rigurosa.

El estilo pictórico es típico de la época, surgido de las escuelas de pintura, como la de fray Pedro de Gante. Adolece, por cierto, de defectos técnicos muy notorios, por ejemplo, las figuras doradas de la túnica y las estrellas del manto están colocadas como en una superficie plana en vez de seguir los pliegues de los paños. Adicionalmente ya en 1787 era visible el deterioro del lienzo y deslucimiento de los colores.

Respecto a los defectos de la pintura, fray Servando hace el siguiente comentario: “Pero cuando Dios obra por sí inmediatamente, hay este axioma teológico: ‘Los dones de Dios conferidos por milagro son más excelentes’. Y es la piedra de toque para discernir las curaciones milagrosas, etcétera. Entonces no habiendo medio a quien atribuirse el defecto, recaería en el principal agente; y esto es imposible siendo Dios.”(12) Luego de donde, atribuirle origen divino es absurdo.

En cuanto al autor de la pintura, se sabe con alto grado de certidumbre que fue un indio llamado Marcos de Aquino identificado como tal y que la pintó “ayer” (muy recientemente al 8 de septiembre de 1556) –sin que nadie lo refutara- dicho por fray Francisco de Bustamante durante su famoso sermón pronunciado ante el virrey don Luis de Velasco, los oidores “e mucha gente ansi de hombres como mujeres”, en el que el provincial de los franciscanos denunciara el culto a la Virgen y a su imagen en la ermita del Tepeyac, (que no a las apariciones a Juan Diego que ni se conocían entonces), por considerarlo idolátrico y contrario a la Iglesia, ya que el trasfondo sincrético de la Tonantzin era evidente. El mismo indio Marcos de Aquino fue citado por Bernal Díaz del Castillo en su Historia Verdadera (Capítulo XCI) como uno de los mejores pintores de entonces.

En este punto es pertinente enfatizar que tal sermón fue objeto de una “información testimonial” mandada practicar ni más ni menos que por el Arzobispo don Alonso de Montúfar –sucesor de Zumárraga- a partir del día siguiente al mismo, con el fin de averiguar si el provincial franciscano “había dicho alguna cosa de que debiese ser reprendido”. “Casi todos los testigos declararon que, en efecto, el padre Bustamante atribuyó a un indio pintor la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe que entonces se hallaba en la ermita, pero que ninguno de ellos mostró sorpresa ni ofreció alguna objeción y ni siquiera un comentario al respecto. (…) Es obvio que la cosa se tenía por sabida o en todo caso que, para quienes fuera noticia novedosa, lo fue plausible y de ninguna manera extravagante o temeraria”. (13)

El nombre de Guadalupe.
Respecto al nombre de Guadalupe, es evidente que proviene de la Virgen de igual nombre de Extremadura de donde eran oriundos don Hernán Cortés y varios conquistadores, quienes por cierto eran sus fieles devotos.

Un dato curioso es que en náhuatl no se tienen los sonidos correspondientes a las letras g y d. Fonéticamente carecen de esas letras, por lo que era natural que se les dificultara enormemente a los indios pronunciar tal nombre y por lo mismo, extraña que se le hubiese puesto así.

Pero como los españoles empezaron a llamar así a la virgen a quien se rendía culto en las ermitas, el nombre tomó carta de naturaleza. Al respecto señala don Edmundo O’Gorman lo siguiente: “Quedemos, entonces, en que a la imagen del Tepeyac se le aplicó el nombre Guadalupe para transferirle el prestigio de la imagen española, particularmente atractivo para los novohispanos por la devoción que le tenían Hernán Cortés y otros conquistadores”. (14)

Don Antonio Valeriano, autor del Nican mopohua, pone en boca de la misma Virgen ese nombre quien se lo revela al tío de Juan Diego, don Juan Bernardino, cuando se le apareció. Así es que con tan divino mandato no hubo más remedio que aceptar un nombre español y extremeño, para una Virgen india y morena aparecida a dos indios en el cerro del Tepeyac, antigua morada de la diosa azteca Tonantzin.

La estructura dramática-literaria del relato.
El primero en percatarse del estilo del relato de don Antonio Valeriano fue fray Servando Teresa de Mier quien con aguda perspicacia señala que: (…) la historia de Guadalupe es una comedia del indio Valeriano, forjada sobre la mitología azteca tocante a la Tonantzin, para que la ejecutaran en Santiago (Tlatelolco), donde era catedrático, los indios colegiales que en su tiempo acostumbraban representar en su lengua, así en verso como en prosa, las farsas que llamamos autos sacramentales, muy en boga en el siglo XVI en España y en América.” (15)

Más adelante añade fray Servando: “Aún esto no es lo peor, sino que el manuscrito está lleno de anacronismos, falsedades, contradicciones, necedades y errores mitológicos. En una palabra: es un auto sacramental, farsa o comedia hecha por D. Valeriano a estilo de su tiempo para representar en Santiago, donde efectivamente se usaba representar en prosa mexicana y aún en verso, dice Boturini que tenía dos comedias de Nuestra Señora de Guadalupe”. (16)

Por su parte, O’Gorman además de confirmar la observación de fray Servando, con la que concuerda totalmente, abunda en lo siguiente: “Vemos, entonces, que para lograr el objetivo de proporcionarle a la imagen ‘aparecida’ en 1555-1556 el formidable apoyo de un fundamento sobrenatural, Valeriano recurrió, sí, al arbitrio de una narración histórica, pero no en el sentido propio de la palabra, sino en el de un cuento o fábula que narra una serie de hechos supuestamente acaecidos que sólo cobran su auténtico significado en la esfera de la imaginación creadora. Y lo importante es comprender que la índole ficticia del relato no sólo no debió parecerle a Valeriano impedimento para el logro de su propósito, sino la manera idónea y más eficaz para realizarlo.” (17)

Y añade O´Gorman: “En los viejos autos sacramentales que, a no dudarlo fueron su modelo, y asimismo en la elaboración y transmisión de los mitos y de las consejas piadosas, es de esencia el despego a las exigencias lógicas, cronológicas e históricas, porque la meta que se persigue es revelar, a través de una narración ficticia sucesos extraordinarios y deslumbrantes, una suprarrealidad que, apoyada en ellos, los trasciende al utilizarlos como el idóneo vehículo de algún especial mensaje de la divinidad. Tal, pues, no el fundado en la suposición de una superchería, es el criterio válido para aprehender el sentido de la hermosa y tierna historia de las apariciones de María al indio Juan Diego y de la teatral escena del estampamiento de la imagen, ésta sí, constituida en el único documento histórico de todo el suceso.” (18)

Aunque, como es evidente, no comparto la tesis aparicionista que sostiene la veracidad histórica de las apariciones, de la existencia Juan Diego y de su tío, tampoco sobre el origen divino de la imagen estampada en la supuesta tilma; sí puedo afirmar, en cambio, mi total simpatía con el relato, con la imagen y el trasfondo indígena como vínculo fundamental en la formación de la identidad nacional a lo largo de los siglos.




Notas bibliográficas

(1) Teresa de Mier, fray Servando, Memorias, Editorial Porrúa, México 1982. Tomo I, pág. 60.
(2) García Icazbalceta, Joaquín, Carta acerca del origen de Nuestra Señora de Guadalupe de México, México 1896.
(3) Teresa de Mier, fray, Servando, Memorias, Editorial Porrúa, México 1982, Tomo I, pág. 59.
(4) Citado por: García Icazbalceta, Joaquín, Opus Cit.. Página 10.
(5) García Icazbalceta, Joaquín, Opus Cit., página 15.
(6) O’Gorman, Edmundo, Destierro de sombras –Luz en el origen de la imagen y culto de Nuestra Señora de Guadalupe del Tepeyac-, UNAM, México 1991. Página 44.
(7) Nican mopohua, citado por: O’Gorman, Edmundo, Opus Cit. Página 47.
(8) O’Gorman, Edmundo, Ibidem, Pág. 48.
(9) Ibidem. Pág. 54.
(10) O’Gorman, Edmundo, Opus Cit. Página 55.
(11) Ibidem, páginas 56 y 57.
(12) Teresa de Mier, fray Servando, Opus Cit., Tomo I, páginas 92 y 93.
(13) O’Gorman Edmundo, Opus Cit. Página 13.
(14) Ibidem, página 36.
(15) Teresa de Mier, fray Servando, Opus Cit., Tomo I, página 43.
(16) Ibidem., página 72.
(17) O’Gorman, Edmundo, Opus Cit., página 55.
(18) O’Gorman, Edmundo, Opus Cit., página 56.

Imagen al inicio: Frontispicio del Huey Tlamahuizoltica, que contiene el Nican Mopohua, publicado por el bachiller Luis Lasso de la Vega en 1649.

martes, 27 de julio de 2010

La sociedad cortesana

Un diálogo entre la historia y la sociología
Por: Federico Zertuche



Norbert Elias,
La sociedad cortesana,
Fondo de Cultura Económica.


¿Qué interés podríamos tener los contemporáneos de principios del siglo XXI y tercer milenio por estudiar la sociedad cortesana?

Si nos atenemos a la portentosa investigación de Norbert Elias que se reseña, amén de adentrarnos a uno de los pensamientos sociológicos más originales, agudos y rigurosos de los últimos tiempos, que de paso ha enriquecido el conocimiento histórico, podremos vislumbrar sistemática y empíricamente la génesis y evolución de ese rico y complejo universo que precediera a la sociedad burguesa y marcara su impronta histórica durante siglos.

Si bien es ya de por sí sumamente interesante el análisis y la tan minuciosa como penetrante reconstrucción histórica de la sociedad cortesana que acomete Elias, de los siglos XVI al XVIII, particularmente en Francia, Alemania e Inglaterra, más revelador resulta para el lector adentrarse y familiarizarse a su innovadora metodología sociológica, cuyos aportes para el avance de esa ciencia le sitúan como uno de los sociólogos más destacados de todos los tiempos.

En efecto, las investigaciones de Elias sobresalen por mantener una cuidadosa y armoniosa relación entre teoría y empirismo, sin supeditar a una sobre el otro ni viceversa; tampoco mantiene posiciones dogmáticas, deterministas o monistas que empañan y predisponen el conocimiento. Se aleja, asimismo, de explicaciones historicistas y más bien contribuye a esclarecer el análisis histórico con la imprescindible aportación sociológica a dicha disciplina.

Otra de las aportaciones de Elias es la de despejar mitos o ideas míticas que se
Luis XIV y los miembros de la Academia Francesa de las Ciencias.
Obra de Charles Le Brun.
han dado por verdades en el trabajo científico.

“La idea según la cual la unicidad o irrepetibilidad de los acontecimientos son una nota característica y distintiva de la historia humana (…) va ordinariamente acompañada de otra idea, a tenor de la cual esta ‘irrepetibilidad’ está fundada en la naturaleza del objeto, esto es, en la realidad misma, independientemente de todas las valoraciones de las investigaciones. Sin embargo esto no es así en absoluto.”

Será siempre útil y necesario realizar un análisis suficiente con el fin de distinguir aspectos únicos e individuales de los que son socialmente repetibles en las relaciones históricas, si no queremos caer en simplificaciones o en visiones parciales y por tanto incompletas de la realidad histórica y social que nos proponemos observar y estudiar.

Lo mismo ocurre con el falso dilema entre las dos concepciones que

consideran a la “sociedad” como algo extraindividual o al “individuo” como algo extrasocial. Ambas ideas son ficticias, sostiene Elias. El individuo es inconcebible fuera de cualquier configuración social, y la sociedad, por su parte, inimaginable sin la participación de los individuos. Persona individual y sociedad están indisolublemente imbricados en procesos dinámicos e interdependientes que les dan forma y contenido.

Por ello Elias utiliza el concepto “configuración” para explicar esa situación de interrelación entre individuo y sociedad, en lugar del concepto de “sistema” que por lo general tiende a hacer abstracción de los individuos que lo conforman. Los hombres individuales constituyen conjuntamente configuraciones de diverso tipo, o dicho de otra manera, “las sociedades no son más que configuraciones de hombres interdependientes”.

Así pues, Elias aborda a la sociedad cortesana como la configuración específica que se desarrolló, evolucionó e influyó de forma determinante en Europa aproximadamente entre los siglos XVI y XVII, cuyo paradigma y representación culminante fue la corte francesa de Luis XIV.

A lo largo del libro nos adentramos a un mundo que hoy nos podría parecer
Adam Frans Van der Meulen: Paseo de Luis XIV y
María Teresa delante de Vincennes, 1669.
caprichoso y extravagante, pero que en su momento y circunstancias tenía pleno sentido y estaba perfectamente normado por estrictas reglas de etiqueta y ceremonial que no podían violarse impunemente.

Así, podemos observar
con lujo de detalles las estructuras habitacionales como reflejo exacto de las estructuras sociales, las peculiaridades del complejo entramado cortesano-aristocrático, la etiqueta y el ceremonial observados, las vinculaciones del rey por la etiqueta y las oportunidades de prestigio, la génesis del romanticismo aristocrático, así como otros interesantes aspectos de la sociedad cortesana que el autor aborda en distintos capítulos.

Entre las muchas reflexiones que endereza el autor a través de su extraordinaria obra, podemos rescatar por ahora aquella que refiere que más que las condiciones económicas, sociales o culturales, “…lo que mantiene unidos a los hombres unos con otros en una determinada figura, y lo que hace más duraderos los lazos de tal figura a través de varias generaciones –con ciertos cambios evolutivos-, son tipos específicos de dependencia recíproca de los individuos, o si lo expresamos con un término técnico, interdependencias específicas”.

También nos sorprendemos al constatar que el famoso Rey Sol, a quien se ha caracterizado como el monarca absoluto por excelencia, no era tan absoluto como generalmente se piensa. Y no lo era porque la rígida configuración a la que pertenecía –la sociedad cortesana-, lo tenía atado a una serie de estrictas y complejas reglas, normas y obligaciones que resultaba imposible incumplir. Es más, Luis XIV era el primer obligado a cumplirlas y poner el ejemplo a sus súbditos.

El estricto ceremonial y etiqueta a que estaba compelido el rey se iniciaba desde el momento mismo en que cotidianamente despertaba en sus aposentos: todo un séquito rigurosamente predeterminado conforme a títulos nobiliarios y parentesco con Su Majestad, tenía fijadas determinadas funciones para auxiliar al rey en el ritual de levantarse de la cama, acicalarse, desvestir y vestir y disponerse a iniciar la regia jornada.

Naturalmente, el resto de la enorme corte observaba puntual, atenta y celosamente las normas que según el rango, posición, jerarquía nobiliaria o función en la corte, les correspondían. No está de más señalar la manera en que unos a otros se vigilaban para ponerse en evidencia cuando transgredían el orden establecido. La coacción y la coerción eran instrumentos imprescindibles para mantener la cohesión de la configuración social.

Caer en desgracia del rey, y sufrir por tanto la pena máxima que representaba

ser excluido de la corte y dejar de representar el papel que a cada quien le correspondía, era visto y tenido como un deshonor y una ignominia mayores que la muerte misma.

Por otro lado, resulta interesante, y al mismo tiempo esclarecedor, observar y comparar la escala de valores que movían a los miembros de la sociedad cortesana, por cierto muy distintos de los valores que mueven y articulan la sociedad burguesa-industrial-capitalista de nuestra época.

En todo caso, la investigación de Elias representa una de las cumbres del estudio sociológico contemporáneo, quizá sólo superada por otra de sus obras: El proceso de la civilización que también recomendamos ampliamente, por el doble carácter teórico-empírico con que la acomete, por el fascinante diálogo entre historia y sociología, por la lucidez con que evita dogmatismos, ideas o teorías preconcebidas al abordar los hechos investigados, por su inmensa erudición en los temas tratados y el agudo análisis que prevalece a lo largo del libro.


Nota: Todas las citas entrecomilladas corresponden a la obra reseñada.

Ilustración: Retrato del Rey Sol, Luis XIV, rey de Francia y Navarra, conde de Barcelona, por Hyacinthe Rigaud, circa 1701.

domingo, 18 de julio de 2010

Una historia marítima

San Juan de Ulúa: semilla de discordia.
 Por: Federico Zertuche

Sir Francis Drake
 En memoria de los aguerridos marinos españoles e ingleses del siglo XVI

En 1568 una pequeña flota inglesa dedicada al comercio de esclavos se vio obligada a recalar en San Juan de Ulúa para hacer urgentes reparaciones y provisiones, luego de los estragos sufridos por un huracán en El Caribe. La comandaba John Hawkins y el capitán de la más pequeña embarcación se llamaba Francis Drake quien apenas contaba veintidós años.

Los ingleses fueron abordados por una flotilla española que ahí se encontraba, superior en naves y capacidad bélica. Dadas las circunstancias, los españoles accedieron a las peticiones de Hawkins a fin de reparar sus maltrechas naves para hacerse de nuevo a la mar en situaciones normales, con la condición impuesta de no comerciar y atenerse estrictamente a su cometido mientras eran celosamente vigilados, como buenos enemigos que eran entonces.

Una vez resuelto el apuro, mientras los británicos se aprestaban a hinchar velas fueron sorpresivamente atacados por los españoles que les hundieron un barco, ocasionaron buena cantidad de muertos y heridos y dejaron muy maltrechos al resto que huyó en desbandada como bien pudieron. Hawkins y Drake salvaron naves y pellejo, y luego de penosa travesía Atlántica llegaron por separado a puertos ingleses. Aparte del desgraciado arribo a casa, aquél acusó al segundo de deserción, pero sobre todo a partir de entonces ambos albergaron en sus corazones una fuerte pasión: profundo odio a España y una grande sed de venganza por la afrenta sufrida.

Tal fue en síntesis la versión inglesa de los hechos que todavía hoy repiten hasta reconocidos historiadores, sin embargo, existe otra que no solamente difiere diametralmente de aquélla, sino que podría explicar y aún justificar la supuesta reacción española aludida.

Veamos otra versión, no de un español, a fin de evitar dudas sobre su imparcialidad, sino de un tercero ajeno a disputas, repasemos, pues, el relato de Augusto Thomazi, francés, capitán de navío, miembro de la Academia de la Marina de Francia y reputado historiador marítimo, de la que da cuenta en su obra Las flotas del oro:

Antes de los acontecimientos que nos ocupan, John Hawkins había cobrado merecida fama por su doble condición de tratante de esclavos y de pirata. Su campaña de 1565 contribuyó a ello: “Partió de Plymouth con cuatro naves –una de 800 toneladas armada con veinticuatro piezas de artillería y las otras tres más pequeñas- recaló primero en Guinea donde por la fuerza de las armas se hizo con cuatrocientos negros que distribuyó en sus naves. Luego puso rumbo a América.” (1)

“Un poco al azar –continúa Thomazi- arribó en primer término a Barbada, donde la aparición de su escuadra suscitó, como de costumbre, grandes inquietudes. Había ahí un gobernador que representaba al rey de España, pero que no disponía de soldados ni de naves. Envió a preguntar a los recién llegados cuál era el objeto de su visita.”

“Hawkins respondió que tenía negros para vender y que si los compraban a un precio razonable no cometería ningún desmán en la isla. Dado que los colonos tenían una gran necesidad de mano de obra y que el precio que pedía Hawkins era inferior al de la Casa de Contratación, la operación resultaba beneficiosa para todos… salvo para el Tesoro español. El gobernador, comprometido por las órdenes recibidas de Madrid y tal vez vigilado por algunos de sus subordinados, no podía autorizarlo abiertamente. Tras algunas horas de negociación, se llegó a un acuerdo para salvar las apariencias.”

“Los ingleses desembarcaron doscientos hombres y dos pequeños cañones que abrieron fuego; el gobernador ordenó izar la bandera blanca y aceptó las condiciones secretamente convenidas de antemano: compra de ciento cuarenta esclavos que se pagaría en canela, pimienta, barricas de tabaco y cueros de primera calidad, y reaprovisionamiento completo de los barcos con víveres frescos.”

Desembarcado el último esclavo, la flotilla se dirigió al canal de Bahamas: habían sabido que de Nueva España iba a partir una flota y, cambiando su profesión de negrero por la de pirata, buscaba la ocasión de apropiarse de lo que pudiera.”

“Pero la flota no apareció. Tras quince días de espera, los víveres y el agua se agotaron y Hawkins fue a buscarlos a Florida. Encontró ahí a (unos) hugonotes de Caligny que, inquietos por su aislamiento, le compraron uno de los barcos para estar en condiciones de abandonar el lugar en caso de necesidad. Como ya nada lo retenía en América tomó la ruta de regreso.” (2)

Los resultados de la expedición fueron muy ventajosos para Hawkins, quien con los beneficios de otra exitosa campaña en 1566, reúne los fondos necesarios para armar una nueva flota de no cuatro sino de seis barcos. La propia reina Isabel proporcionó el buque insignia, el Jesús de Lubeck. Los otros barcos estaban todo lo bien armados como lo permitía su tonelaje. Uno de ellos, el Judith, estaba capitaneado por el joven Francis Drake, quien ya era considerado como experto entre los más avezados lobos de mar.

“La expedición comenzó, -sigue relatando Thomazi-, como las precedentes, con una incursión en la costa africana para cargar las naves de esclavos, pero estuvo a punto de acabar mal: Hawkins fue herido por una flecha envenenada y se recobró de milagro. Por suerte se cruzaron con el Gracia de Dios, un barco portugués cargado de esclavos del que se apoderaron sin mayores dificultades.”

“La travesía del Atlántico, dificultada por el mal tiempo, fue larga; cincuenta y cinco días en el curso de los cuales se produjeron pérdidas en la carga. Con todo, llegaron a la Dominica, donde vendieron una parte. Después, de isla en isla y de puerto en puerto, actuando unas veces con diplomacia y otras intimidando, se deshicieron del resto en condiciones satisfactorias. Quedaban, sin embargo, cuarenta esclavos a bordo del Jesús cuando, en las proximidades de Cuba, la flota se vio azotada por un terrible huracán. Una de las naves fue lanzada a la costa y las otras sufrieron grandes averías. El Jesús, la nave más antigua, fue la que más se resintió de la tempestad: quedó desarbolada, perdió el timón y, como hacía agua, hubo de buscar abrigo. El viento le llevó hacia el interior del Golfo de México y, no sin temeridad, Hawkins decidió poner rumbo a San Juan de Ulloa (Ulúa), el puerto de donde partían y a donde arribaban las flotas de Nueva España.”

“Cuando la flotilla inglesa fondeó –sin izar, por prudencia, bandera alguna- encontró ahí numerosos navíos engalanados. Una lancha cargada de altos funcionarios en traje de gala se acercó al Jesús donde estos personajes se encontraron una desagradable sorpresa: lo que esperaban era la flota que debía traer de España al nuevo virrey, don Martín Enríquez, y se encontraban con el temible Juan Aquines (que así llamaban los españoles a John Hawkins), cuya reputación en el mar de las Antillas era de sobra conocida.”

“Por su parte, Hawkins no estaba menos preocupado al ignorar si había barcos de guerra en el puerto. Pero dio pruebas de audacia. Explicó que el mal tiempo le había llevado contra su voluntad desde las costas de África hasta el Nuevo Mundo y juró que sus intensiones eran perfectamente pacíficas. Pidió que se le dejase entrar en el puerto para reparar sus naves y, a fin de garantizar su seguridad, que se permitiera a sus hombres que ocuparan la batería de cañones que defendía el paso. Estas peticiones estaban expresadas en un tono cortés pero firme y apoyadas por la presencia sobre el puente de numerosos hombres armados cuya actitud era un poco amenazadora. Las autoridades cedieron, no pudiendo hacer otra cosa, y los barcos ingleses fueron a ampararse amarrados junto a los galeones españoles.”

“Embarcados ya en ellos o amontonados sobre los muelles se hallaban todos los productos de Nueva España que la flota debía llevarse, desde el oro y la plata de las minas hasta las mercancías más variadas; menos preciosas pero de gran utilidad. Hawkins estuvo tentado de apoderarse de ellas y no hubiera sido muy difícil: había logrado el mayor golpe de su carrera si consideraciones imperiosas no le hubiesen hecho decidirse a abstenerse ya que, con el nuevo virrey llegarían barcos de guerra probablemente más poderosos que los ingleses quienes, en el estado en que se hallaban no podían ni soñar con combatir. Antes que tomar ninguna actitud era preciso reparar las averías.” (3)

“Pero no acababan de ponerse manos a la obra cuando los vigías anunciaron que la flota se aproximaba. Esta vez sí que era ella y no había menos de trece naves armadas. Iban al mando del general Luján. La situación de Hawkins empezaba a ser peligrosa.”

“Jugándose el todo por el todo, tomó como rehenes a varios personajes importantes de la ciudad. A continuación, envió al buque insignia español a uno de sus oficiales, para que informara al virrey del acuerdo convenido –sin decir, claro está, el modo en que se había logrado- y reclamara su cumplimiento. Don Martín Enríquez y el general Luján no creyeron poder excusarse de mantener este compromiso y aceptaron incluso que las naves españolas fondearan en el puerto frente a las inglesas.”

“Sin embargo, nada más entrar hicieron venir refuerzos de Veracruz y tomaron medidas para combatir a los intrusos. Hawkins se dio cuenta enseguida; habiendo invitado a los rehenes a almorzar con él, comprobó que le habían engañado en lo referente a su categoría y que eran gente de condición inferior cuya suerte no preocuparía lo más mínimo al virrey. Temiendo un ataque, tomó la iniciativa sin previo aviso sobre el buque insignia español que, a los pocos instantes empezó a arder y se hundió.” (Las cursivas son mías).

“El general Luján era hombre de valor. Supo arengar a sus hombres y los ingleses tuvieron pronto que luchar denodadamente para defenderse. Los situados en batería de entrada, atacados por la retaguardia, fueron muertos o hechos prisioneros de modo que sus cañones se sumaron a los de la flota española. Bombardeadas a bocajarro por enemigos muy superiores en número, las naves de Hawkins se encontraron de pronto en el mayor desorden, los mástiles rotos, las vergas caídas y los puentes repletos de muertos y heridos. Una de ellas se hundió; tres –entre ellas el Jesús- fue imposible aparejarlas; sólo dos, el Judith, capitaneado por Drake, y el Mignon, a bordo del cual había pasado Hawkins, consiguieron alejarse, aunque en un estado muy lamentable, llevándose la mayor parte de los hombres todavía ilesos.”

“Los españoles se apoderaron de los demás barcos, de su carga, de la vajilla de plata de Hawkins y de los cuarenta negros que no habían sido vendidos. Pero no terminaron ahí los desastres. Mientras Drake en el Judith tomaba la ruta de regreso sin ocuparse demasiado de su compañero, el Mignon sufría numerosas tribulaciones. Fue a fondear a una cala desierta de la costa mexicana para reparar sus averías y resultaron ser tan graves que varios marineros desertaron para no correr el riesgo del viaje. Puesto mal que bien en condiciones de navegar, no tardó menos de tres meses en cruzar el Atlántico. Fue necesaria toda la energía de Hawkins para conducir a Inglaterra aquel barco con vías de agua que las bombas apenas podían achicar, velas hechas jirones y una tripulación reducida a la mitad y casi muerta de inanición. Hacía más de dos años que había partido.”

El capitán de navío e historiador francés, Augusto Thomazi, concluye el episodio de marras así: “El relato que hizo de su aventura (Hawkins) –y que los historiadores ingleses repiten aún-, difiere un poco del que acabamos de hacer a partir de numerosos testimonios que concuerdan. Si lo creyéramos, los virtuosos ingleses fueron atraídos a una emboscada por los pérfidos españoles: ‘Así es la vida y la muerte de los mártires’ señalaba él en su informe. Toda Inglaterra se estremeció en una oleada de indignación; en las iglesias se predicaba la guerra santa contra los arteros papistas que acababan de infligir a la reina y a su pueblo, con una humillación que se resintió duramente, crueles pérdidas humanas, económicas y navales; al negrero Hawkins, nombrado baronet, se le encargó organizar la flota destinada a librar una guerra sin cuartel.” (4)

No obstante la disparidad entre ambas versiones, los ingleses, atenidos a la suya, quedaron a la espera de la ocasión propicia para vengar la derrota sufrida, pues, comparada con su rival, Inglaterra era entonces pobre y poco poderosa para emprender un acción militar que subsanase el agravio. Hawkins y Drake siguieron sus respectivas carreras sin perder tiempo ni ahínco para el objetivo que se habían propuesto.

Hawkins llegó a ser tesorero de la reina y en tal posición se empeña en el diseño y construcción de nuevas naves de guerra que a la postre revolucionarían el arte de la navegación.

Por su parte, Drake quien ya había aclarado el equívoco con su antiguo comandante, continúa progresando en su oficio de capitán de navío al que enaltece gracias a una serie de reformas que impulsó, la principal de las cuales consistió en que se diese el mando absoluto de las naves a un capitán marinero, pues hasta entonces, como ocurría en España y en otros reinos, las flotas y barcos individuales eran comandados por militares o gentlemen que nada tenían de marinos e imponían éstos la férrea y medieval jerarquía social de los hombres de tierra que no correspondía en el mar. Como capitán, Drake fue pionero al tener el mando absoluto de su nave. Así, mientras Hawkins diseñaba un nuevo tipo de nave (el galeón inglés de línea), Drake reformó la manera de comandarla.

Adicionalmente, de manera no oficial pero sí oficiosa, Drake emprende sus célebres o condenables correrías, según sean vistas por uno u otro bando, por distintos mares ejerciendo el dudoso y romántico oficio de la piratería a costa de los tributos y exacciones obtenidos por la Corona española. En una espectacular acción logra apoderarse de los arsenales de Cádiz y destruirlos para luego huir sin mayor problema. Es cuando se convierte en leyenda viva, personaje principal de la corte y favorito de Isabel I, a quien surte con abundancia sus arcas.

Irritado por las pérdidas sufridas y la afrenta que significaba la piratería tolerada e impulsada soterradamente por la soberana de un reino con el que mantenía relaciones diplomáticas, el monarca más poderoso de la Tierra en cuyos dominios no se ponía el Sol, decidió acabar con tamaña audacia e imponer ejemplar escarmiento a la temeraria como insolente Albión que pérfidamente osaba desafiar al Imperio; perfecta excusa, además, para retomar viejos anhelos de conquista de un reino al que se creía con derechos sucesorios desde su matrimonio con María I Tudor, antecesora de su media hermana, Isabel I, que infructuosamente tratara de restaurar el catolicismo en Inglaterra y a quien por la represión ordenada contra los protestantes fuera motejada como Bloody Mary.

A tal efecto Felipe II emprende una inusitada carrera para el acopio y construcción de navíos de guerra, a la usanza de entonces: enormes galeones fortificados con pesados castillos de proa y de popa, provistos de largas hileras de cañones a babor y a estribor.

Esas poderosas máquinas de guerra eran capaces de expulsar a la vez una tupida lluvia de municiones, granadas, balas, pedacería de hierro y hasta piedras, desde sus numerosos y potentes cañones que hacían añicos a las enemigas naves y a sus tripulantes, muchos de los cuales eran mortalmente heridos y mutilados por las astillas que como violentas saetas volaban al impacto de los proyectiles. Eran barcos extraordinarios para el abordaje, aunque lentos para maniobrar con rapidez cuando lo exigían las circunstancias debido a su enorme tamaño y diseño. No obstante, dominaron los mares durante décadas.

Enterados los ingleses del febril trabajo en los astilleros españoles y de otras naciones que recibieran cuantiosos encargos de Felipe, empeñado en conformar La Armada Invencible destinada a llevar a cabo la acción punitiva de mayor envergadura jamás emprendida contra nación alguna y que implicaba la conquista del reino inglés, aceleraron sus respectivos aprestos y preparativos celosamente encubiertos en sus astilleros. Quizá fue la primera gran carrera de construcción naval que, en tamaña escala, hayan emprendido dos naciones para hacerse la guerra.

La Armada, la más grande flota de la historia marítima hasta entonces (s. XVI), al mando del duque de Medina Sidonia, don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, Capitán General de Alta Mar y comandante en Jefe, contaba con ciento treinta naves sumadas al buque-insignia San Martín, compuesta por galeones, galeotes, urcas, naos, pataches y zabras. Los marinos, militares y remeros sentenciados a galeras, sumaban cerca de 30 mil efectivos. Aparte de las armas de los soldados (arcabuces, mosquetes, artillería y armas blancas), la flota contaba con 2,431 cañones de diverso calibre y 123,790 tiros de munición de fierro o de piedra.

Se requirieron 11 mil barriles de agua, 14 mil de vino, 11 millones de libras de harinas para panecillos, 600 mil libras de manteca de cerdo, 800 mil de queso e igual cantidad de arroz, 18 mil sacos de frijoles y otros tantos de arvejas (chícharos), 40 mil galones de aceite de oliva y 80 mil de vinagre, en total y conforme a cálculos, suficiente comida y bebida para seis meses.

Entre hombres de tierra había 146 nobles caballeros que implicaban costos y camarotes privados, 238 oficiales libres y 728 sirvientes, 167 artilleros, 180 sacerdotes de los cuales 6 eran cirujanos y 6 doctores que junto con otros sumaban 62 elementos médicos. Aparte de españoles, La Armada contaba con 4,000 efectivos entre portugueses, italianos, alemanes y flamencos, así como cientos de irlandeses e incluso ingleses. El costo total de la empresa fue calculado en 7 millones de ducados.

La Armada fue reunida en Lisboa, capital del virreinato de Portugal, anexado siete años antes a los inmensos dominios de Felipe II. De ahí partió a su destino luego de singular ceremonia presidida por el Cardenal-virrey de Portugal y por el comandante en Jefe de la flota, con la notoria ausencia del rey.

Valgan algunas referencias sobre el comandante en Jefe, don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno: séptimo duque de Medina Sidonia, titular del más antiguo ducado del reino, Grande de España, y uno de los hombres más ricos de Europa, poseía vastas y hermosas tierras cercanas a Cádiz dedicadas entre otras cosas a la producción de los famosos vinos de jerez (sherry) tan apetecidos por los ingleses, quien residía en un modesto palacio propiedad de la familia desde 1297 (que todavía hoy habitan sus descendientes) cercano a la fortaleza de San Lúcar de Barrameda.

De naturaleza pacífica y bondadosa, el duque amaba y disfrutaba de sus heredades y quehaceres que exigían más que cualquier otra cosa en el mundo. No tenía ni quería que ver con asuntos que implicaran violencia, como la guerra, de la que carecía de experiencia alguna; de la marina, ni hablar, el mar le producía mareos y le enfermaba. Por entonces pasaba por un mal momento económico, pues sus deudas que ascendían a 900 mil ducados (cantidad astronómica para la época), le tenían en serios apuros.

Pero entonces, ¿qué hacía Medina Sidonia en Lisboa como comandante en Jefe de La Armada Invencible? Dos meses antes de la lisboeta ceremonia, el duque recibió una carta del secretario del rey, don Juan de Idiáquez, en la que le informaba que el entonces comandante en Jefe de La Armada, don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, estaba agonizando. Aunque no le ofrecía directamente el puesto, le informaba que Felipe II lo había nombrado Capitán General de Alta Mar.

Angustiado por una dignidad que no sabía ni podía honrar dadas sus limitaciones en tales artes, escribe una larga misiva a su soberano rogándole lo exima y excuse de tamaña responsabilidad que excedía, con mucho, sus capacidades, amén que por la situación que atravesaba, su bolsillo no alcanzaba a financiar lo que correspondía en semejantes casos. “Así que, Señor, -escribe el duque- por el interés en el servicio a Su Majestad, y por el amor que le abrigo, expongo a usted […] que yo no poseo ni aptitud, capacidad, salud o fortuna para tal expedición. La falta de cualquiera de esas cualidades sería suficiente para excusarme, y mucho más, la falta de todas ellas, lo que es mi caso presente.”

El duque concluía su carta con un énfasis que ningún hombre osaba tenerse ya que constituía un desafío a su rey: “Esto es todo lo que puedo responder. He escrito con toda franqueza y verdad, lo que es mi deber; y no tengo duda que Su Majestad en su magnanimidad me hará el favor que humildemente suplico de no confiarme una tarea en la que ciertamente no tendré éxito; por no entenderla, por conocer nada de ella, no gozar de salud y no tener dinero para sufragar los gastos.”(5) (Traducción libre del inglés por el autor de este ensayo).

En todo caso, la decisión estaba tomada y el rey no estaba acostumbrado a que sus nombramientos fuesen rechazados, al tiempo que era un hombre que nunca admitía estar equivocado. La razón por la que Flipe se empeñó en nombrarlo comandante en Jefe fue simplemente porque era duque. Una gran flota real sólo podía ser comandada por un prominente aristócrata. Exactamente por la misma razón, Isabel nombró a Lord Howard of Effingham para comandar la suya. El moribundo comandante Santa Cruz, no obstante que era el más famoso marino de España, artífice principal de la victoria de Lepanto, era ante todo marqués.

No obstante, el propio Flipe II envió carta personal de respuesta a Medina Sidonia en la que, entre otras cosas, le instaba a aceptar la encomienda diciéndole que el duque no tenía de qué preocuparse ya que la empresa estaba enteramente dedicada al servicio de Dios. Dios le apoyaría y, por lo tanto, no podría fallar. Una vez leída la regia y piadosa misiva, no le quedó más remedio que dirigirse a Lisboa acompañado de 22 nobles caballeros y de 40 sirvientes.

En su brillante estudio y bello relato The Voyage of The Armada, el historiador inglés David Howarth, quien por cierto suscribe los hechos de San Juan de Ulúa según la versión inglesa, sin entrar en mayores descripciones e incluso incurriendo en errores como situar aquél fuerte en Honduras, señala con agudeza que para la mentalidad de nuestro siglo, tales regias opiniones (la carta de Felipe) pueden parecernos fanáticas, dogmáticas, santurronas, ilógicas y desesperadamente confusas, pero el caso es que eran sinceras.(6) En la mente de Felipe, la mezcla de pensamiento militar y religioso constituía un indisoluble embrollo. El Dios que concebía tenía los vicios y ambiciones de un tirano de esta Tierra, lo que siempre ha sido filosóficamente imposible, sentencia Howarth.

Parafraseando y traduciendo a éste historiador: en todos sus problemas como gobernante, ¿cómo podía distinguir entre su propia voluntad y la voluntad de Dios que casi siempre se parecía a la suya? (A la de Felipe II). Nunca podría y nuca lo hizo. En casi todos sus proyectos, él explicaba que seguía los designios de Dios, y si ocurría la feliz coincidencia de que los propósitos de Dios trajeran como resultado el incremento de su poder, cuánto que mejor. Inevitablemente los asuntos religiosos y militares estaban mezclados en su mente y en la de casi todos los españoles de su época.

Ello explica porqué Felipe era la Más Católica Majestad. El creía que fue designado por Dios para defender la verdad contra infieles y herejes. Mientras el Papa era el Vicario de Cristo, Felipe era sus propios ojos, el Campeón de Dios, igual al Papa en función de designios divinos, mientras Europa se escindía conforme a las lealtades y respectivas fobias en torno a la Reforma y la Contrarreforma. Adalid de ésta última fue hasta su muerte. Tal mutación histórica de la Cristiandad europea, signada por la modernidad y la tradición, traería consecuencias inevitables en la constitución, manera de ser y de proyectarse en las dos Américas: la anglosajona y la ibérica.

Pero retomemos el hilo de la historia. El rey, inamovible en El Escorial, nunca vio a su Armada o a su ejército, tampoco a sus comandantes y éstos nunca tuvieron contacto entre sí. Felipe giraba órdenes y despachos por escrito, regía el mundo y los destinos más dispares, complejos y alejados a través de una estructura endemoniadamente burocrática y centralista. No delegaba en subalternos más que asuntos secundarios y de menor importancia.

Quizá ahí radica la razón intrínseca del fracaso de La Armada: el rey creía que él solo podía organizar una enorme operación de guerra sin estudiarla plenamente, sin consultar a casi nadie, sin consejo alguno ni de sus propios comandantes para decidir y emprender tamaña aventura. Tampoco entendía de navegación y nunca abordó una nave excepto como pasajero.

Felipe se atenía a la Divina Providencia y a los informes y órdenes que recibía de y giraba a sus tres principales operadores de la empresa: el marqués de Santa Cruz, al mando de la flota; Alejandro Farnesio, duque de Parma, sobrino de Felipe y comandante del ejército en Flandes, y un conspicuo personaje: don Bernardino de Mendoza, embajador en París y ex Embajador en Londres de dónde había sido ignominiosamente expulsado por instigar un atentado contra la reina Isabel. En París, Mendoza operaba una portentosa red de espionaje que reclutaba hasta dobles espías, prominentes informantes como el propio embajador inglés en esa corte, sir Edward Stafford, y montaba intrincadas campañas de desinformación; en todo caso, un personaje digno de una novela de John Le Carré.

No obstante o a pesar de dicha red, Felipe estaba mal informado y tenía una percepción errónea de la situación. Adicionalmente, señala Howarth en la obra referida, quizá ningún monarca dispuesto a emprender una guerra haya estado tan equivocado sobre sus enemigos: El rey estaba predispuesto a creer que los protestantes ingleses eran un minoría opresora; que la mayoría eran católicos dispuestos a apoyar a su Armada; y finalmente, el mayor error de todos: que Inglaterra le daría la bienvenida como rey o en su defecto, a su hija la Infanta Isabel, como reina.

Con ese telón de fondo, parte de Lisboa La Armada Invencible el 30 de mayo del Anno Domine de 1588.

Las órdenes del rey estipulaban que debería dirigirse directamente al canal de la Mancha vía el cabo de Finisterre y La Coruña para encontrarse en tierras inglesas, en Margate, con el duque de Parma que con 17 mil hombres de sus Tercios de Flandes cruzarían el Canal desde los Países Bajos donde estarían apostados. Apoyados los Tercios por 48 cañones de asedio que sobre carros transportaba La Armada, terminarían con toda resistencia inglesa que, según cálculos, no contaba con capacidad alguna de aguante ni estrategia de defensa. Adicionalmente, los consejeros de Isabel decidieron concentrar su ejército en Essex y no en Margate, que era el lugar idóneo. Todo estaba a favor de España, solo era necesario llegar a la costa.

Sin embargo, a los dos días un fuerte viento norte-nordeste provocó que La Armada quedara clavada por cuatro días en Finisterre sin poder avanzar. Entonces Medina Sidonia ordenó la arribada forzosa a La Coruña donde sólo entraron parte de los barcos; el resto se dispersó por varios puertos de Galicia. Recalaron ahí por un mes; hasta que recibieron dos escuadras que sin conocer la orden habían seguido el viaje hasta el canal de la Mancha, donde llegaron a divisar la escuadra enemiga, y al verse solas, regresaron. El 21 de julio La Armada se hizo de nuevo a la mar sabiendo que el enemigo esperaba.

El 30 de julio La Armada entra por el Canal en formación de inmensa media luna. Al día siguiente surgió a la retaguardia la escuadra británica al mando de lord Howard de Effingham a bordo del buque-insignia Ark Royal, junto con Francis Drake, vicealmirante y su subordinado más famoso, al mando del Revenge (Venganza), así como de John Hawkins, contralmirante y capitán del Victory.

Medina Sidonia se negó a forzar el desembarco en Plymouth, como le aconsejaron sus asesores, “[…] y cuando el enemigo se había colocado detrás en una maniobra fantástica, le plantó cara con sus barcos nuevamente en media luna después de una virada magistral.”(7) La formación hacía casi inexpugnable a La Armada. Los ingleses contaban con treinta naves más, desprovistas del pesado castillo de proa y reducido el de popa las hacía más ligeras y rápidas, amén de su artillería móvil y de mayor alcance. Medina Sidonia se inclinaba por el abordaje para el que sus galeones ofrecían ventaja. Effingham prefería combatir de escuadra a escuadra, como un marino.

“En el primer encuentro, la división de (Pedro de) Leiva, (favorito del rey, brillante y popular comandante), que cerraba el saliente norte de España (de la media luna), resistió briosamente la acometida del navío del almirante inglés, el Ark Royal, que con sus escoltas venía a favor del viento, pero evitaba cuidadosamente la excesiva proximidad a los garfios españoles. Frustrados en su primera ofensiva, los ingleses se retiraron.”(8) (Los paréntesis son míos).

Medina Sidonia ordenó a su flota dirigirse hacia Calais, plaza en poder de Francia que abrió sus repletos almacenes a los españoles. En el trayecto, Drake logró apoderarse del Rosario al mando de Francisco de Valdés. La idea era encontrarse con el duque de Parma que había reunido a su Tercios y a una flotilla ligera de transporte muy cerca de ahí, en Dunkerque, mientras los ingleses se situaron cerca de Calais para impedir la salida de los españoles. Una de las instrucciones del rey se había cumplido: enlazar La Armada con el ejército de Parma.

El duque Farnesio respondió al emisario de Medina Sidonia que sus tropas de asalto estarían dispuestas a zarpar en seis días, pero antes La Armada tendría que anular a la escuadra inglesa para proteger luego la travesía del Canal frente a 40 naves holandesas que vigilaban ante Dunkerque y Ostende para impedir la operación. De tal forma, el combate naval en batalla frontal era inevitable. Lo que lo evitó no fueron los hombres sino la naturaleza aprovechada por un genial ardid de Drake:

La tarde del 7 de agosto una fuerte brisa de mar y una intensa marea fueron utilizadas por los ingleses para enviar unas barcazas de 150 toneladas bien recubiertas y cargadas con toneles de pez y brea. Remolcadas por chalupas y luego abandonadas al viento se dirigieron incendiadas hacia la flota española. Esos moles flotantes de fuego desconcertaron a los españoles y rompieron su formación al levar anclas justo cuando las condiciones no lo recomendaban, así que los fuertes vientos, la marejada y la tormenta que crecían dispersaron la flota en total desconcierto, muchos barcos chocaron entre sí y otros cayeron ante el graneado cañoneo inglés.

Lo que siguió, es también conocido. En todo caso, el duque de Medina Sidonia llegó a España sólo con once naves, salvándose en total setenta y cinco. Dos tercios de los marinos perecieron. Para los fines de nuestra historia, lo cierto fue que Hawkins y Drake lograron cumplir con creces su mayor anhelo vital: vengar la antigua derrota de San Juan de Ulúa.

Sir John Hawkins

A partir de entonces, España inicia una larga etapa de decadencia que culmina con la pérdida de su hegemonía marítima; por su parte, Inglaterra se vuelve Regina maris durante casi tres centurias.




Ficha técnica: La ilustración aparecida arriba a la derecha corresponde a la obra Derrota de la Armada Invencible, óleo sobre tela de Philippe-Jacques Loutherbourg, circa 1796. (Para ampliarla, haga click encima).
  
Felipe II, por Tiziano


Notas bibliográficas

(1) Thomazi, Augusto, Las flotas del oro, Torre de la Botica, Editorial Swan, Madrid 1985. Pág. 75
(2) Thomazi, Augusto, Opus cit.. Págs. 75 y siguientes.
(3) Thomazi, Augusto, Ibidem.
(4) Thomazi, Augusto, Ibidem.
(5) Carta citada por Howarth, David, The Voyage of the Armada –The spanish story- Penguin Books, New York, N.Y., 1987. Págs. 24-25.
(6) Howarth, David, Opus cit, Págs, 31-32
(7) de la Cierva, Ricardo, Yo, Felipe II –Las confesiones del Rey al doctor Francisco Terrones-“, Planeta, Barcelona 1991.

(8) De la Cierva, Ricardo, Opus cit.

jueves, 8 de julio de 2010

Beato de Liébana





Gran suceso editorial e iconográfico del siglo VIII
Por: Federico Zertuche

En el anno domini 711 un ejército comandado por Táriq ibn Ziyad cruza el estrecho llamado actualmente de Gibraltar iniciando así la dominación musulmana de la península Ibérica que duraría ochocientos años. Hasta entonces reinaba intermitentemente la dinastía visigoda convertida al cristianismo a partir de Teodosio el Grande en el año 380.

A través del estrecho llamado a partir de entonces Gibraltar, antes las columnas Melkart por los fenicios, las columnas de Heracles por los griegos, o columnas de Hércules, el nombre romano de Heracles, desde ahí los musulmanes ocupan y expanden rápidamente su dominación en virtud de la enorme debilidad interna debida a desgastantes guerras de sucesión entre los pretendientes visigodos, así como a epidemias y hambrunas que asolaron a la población, y a constantes incursiones de los francos. En sólo tres años la península fue ocupada con excepción de la Cordillera Cantábrica, donde se levantan los Picos de Europa.

Como consecuencia de la represión musulmana contra la práctica de los ritos y demás ceremonias cristianas, así como por la dominación política y militar ejercida en los territorios conquistados, muchos católicos buscan refugio en la región Cantábrica, donde un excepcional y carismático líder, don Pelayo, se hace nombrar jefe de los rebeldes. Luego de una famosa batalla ocurrida en Covadonga, en la que Pelayo extermina a un ejército de berberiscos y árabes enviado para acabar con la resistencia cristiana, nace el reino de Asturias con don Pelayo como primer soberano y adalid de la causa católica.


Monasterio de Liébana
Es en dicha región donde un monje del Monasterio de San Martín de Turiento, situado en las estribaciones de los Picos de Europa de la comarca de Liébana, en Cantabria, llamado Beato, e inmortalizado como Beato de Liébana, concluye en el 776 un libro que le hará célebre y tendrá una influencia decisiva por cerca de cinco siglos: Comentarios al Apocalipsis de San Juan.

Desde luego, el libro fue elaborado a la usanza de entonces, en el scriptorium del Monasterio: a mano, utilizando diversas tintas, plumas y pinceles con que imprimían estilizadas caligrafías sobre pergamino para relatar la historia, en este caso el Apocalipsis y los comentarios, que intercala con artísticas ilustraciones, dibujos y pinturas en miniatura a fin de recrear el relato; luego, los folios se encuadernaban y se empastaban con finas y resistentes pieles, dando como resultado una auténtica joya bibliográfica e iconográfica como efectivamente fue el caso del Beato de Liébana: una gran obra de arte.

Ahora bien, el libro adquirió inmediata fama y repercusión debido al contexto histórico en el que fue escrito y que brevemente hemos relatado. El Beato lo hizo con deliberado propósito no sólo religioso sino social y político, a fin de estimular la cohesión de los naturales en torno a los valores, principios y religión cristianos en su lucha contra el invasor infiel, enemigo de su religión y en una palabra de su Dios, identificándolo con la Bestia y el Anticristo apocalípticos; la Babilonia del Apocalipsis -La gran ramera- sería ahora Córdoba, y a los fieles se prometía el regreso de Cristo (la Parusía) quien derrotaría al enemigo, celebraría el Juicio Final e instaurará por siempre el reino de Cristo en la Tierra.


Como sabemos, en ese tiempo se identificó a Santiago (“matamoros”) como santo patrono de los cristianos ibéricos, a donde según la tradición entonces iniciada el Apóstol llegó, predicó y evangelizó a Hispania; incluso se identificó a Compostela (Campo de Estrella) como el sitito a donde se llevaron desde Mérida sus reliquias que desde entonces reposan en la Catedral de Santiago de Compostela. Santiago era hermano de San Juan, el autor del Apocalipsis, ambos hijos de Zebedeo.

Por otra parte, el Beato de Liébana inicia una abierta polémica con el arzobispo de Toledo, Elipando, quien sostenía que Cristo no era hijo de Dios sino que fue adoptado, argumento conocido como la herejía adopcionista, y que resultaba favorable a los intereses políticos de los musulmanes pues así Cristo era rebajado a mero profeta. Por cierto, Elipando era tolerado y controlado por los jefes islámicos.

La polémica del Beato de Liébana con el arzobispo de Toledo tuvo gran repercusión en la época a grado tal que Alcuino de York y el emperador Carlomagno, así como el Papa, se pusieron al lado del Beato a quien respaldaron resueltamente. En el 791 el rey asturiano Alfonso II El Casto traslada la capital del reino a Oviedo y poco después se inicia la Reconquista. Se puede decir que es en tal contexto cuando surge el germen de la identidad española.

En todo caso, el libro del Beato sobre los Comentarios del Apocalipsis tuvo desde un principio esa impronta religiosa, social y política, además, desde luego, de un inmediato reconocimiento por su enorme valor estético, bibliográfico e iconográfico, a grado tal que al poco tiempo fue reformado redactándose una versión definitiva y a partir de entonces fue copiado en muchas ocasiones elaborándose nuevas versiones por diversos autores de otros monasterios en cuyos scriptorium editaron durante los siglos X y XI los otros Beatos, como se conocen a los ejemplares que toman como canon y modelo al de Liébana.


Uno de los más bellos códices sobre los Comentarios al Apocalipsis del Beato de Liébana es sin duda el Beato de Fernando I y Sancha, elaborado por el monje y amanuense Facundus quien lo terminara en el año 1047, por encargo del conde de Castilla y rey asturleonés Fernando I y de su esposa la reina Sancha. Esto acontecía justo alrededor del año mil, del Milenio y las prédicas milenaristas. Sobre éste códice, Umberto Eco afirma que “Sus fastuosas imágenes han dado lugar al mayor acontecimiento iconográfico de la historia de la humanidad”. Sin ninguna duda podemos afirmar que en gran medida el conocimiento y divulgación en la actualidad del Beato de Fernando I y Sancha, y de los "Beatos" en general, se lo debemos a don Manuel Moleiro y su fecunda labor a través de M. Molerio Editor. 

Notas iconográficas
Las ilustraciones que aparecen arriba, La Gran Teofanía (con los dos ángeles encima y el círculo en medio del cual aparece el cordero divino) y Siega, vendimia y lagar de la ira de Dios, corresponden al códice Beato de Fernando I y Sancha, elaborado por el amanuense Facundus y concluido en 1047, por encargo del conde de Castilla y rey asturleonés Fernando I y su esposa la reina Sancha. Imágenes tomadas de M. Molerio Editor.


Los cuatro jinetes del Apocalipsis

En la entrega anterior titulada Escatología, Apocalipsis y Milenarismo, se insertó la ilustración Los cuatro jinetes del apocalipsis, que corresponde a la misma obra.

Para ampliar y apreciar mejor las imágenes haga clic encima de ellas.

Sobre La Gran Teofanía se reproduce la siguiente Nota:

"La gran Teofanía se continúa con esta miniatura del Beato de Facundo (folio 117 reverso, formato 300 x 245 mm., diámetro del círculo 215 mm.) que une dos pasajes del texto en una única imagen (Apoc. IV 2 y 6b-8a, así como V 6a y 8) para constituir la visión del Cordero místico." Pero el ilustrador se toma libertades con el texto. Así los cuatro Seres del Tetramorfos, que simbolizan a los cuatro Evangelistas (llevan cada uno un libro) no lleva cada una seis alas, sino un solo par, cubierta de ojos; por otra parte, están encima de una especie de disco inspirado en las famosas ruedas del carro de Yahvé, en Ezequiel (I 15), según una fórmula muy antigua que es frecuente en la iconografía del Tetramorfos. En cuanto a los Veinticuatro Sabios, se reducen a doce solamente, que realizan las acciones descritas (Apoc. V 8): cuatro de ellos "se arrodillan", otros cuatro "tienen cítaras" (siempre de tipo árabe), y los cuatro últimos tienen en su mano "copas de oro llenas de perfumes". En el centro, finalmente el Cordero, portador de la cruz asturiana está en posesión de un relicario que simboliza el Arca de la Alianza. Sobre el círculo figura la puerta abierta al cielo, un arco en herradura contiene el trono divino (Apoc. IV 2) "con el Que se sienta sobre este trono"La síntesis de los pasajes IV-4 y V-2 del Apocalipsis es muy frecuente. Se la encuentra incluso en a los folios 121v y 122 del Beatus de Saint Sever. Tomado de M. Moleiro Editor.

De la otra ilustración, Siega, vendimia y lagar de la ira de Dios, reproduzco esta nota de M. Molerio Editor, que bien vale la pena leer a fin de adentrarnos mejor a este maravilloso universo iconográfico de hace mil años:

"Cualquiera que lea el texto del Apocalipsis ve claro que anuncia alegóricamente un enorme castigo divino. De hecho, es un anuncio previo del Juicio Final. Pero, quien vea la miniatura a que da lugar, se lleva una sorpresa, porque en ningún momento se tiene tal tensa sensación, sino, por el contrario, creemos que estamos ante escenas de la vida cotidiana rural, controladas o protegidas desde lo alto. Quienes siegan la mies, cortan los racimos de la vid y prensan las uvas son personas comunes, campesinos, con la ayuda, en el último trabajo, de algún animal.


Realmente se nos presentan ciertas faenas del campo similares a las que se ven en los mensarios contemporáneos, en manuscritos y, poco después, portadas esculpidas. Es tan claro el sentido del texto que ni aun Beato, tan dado a la especulación espiritual, intenta otra exégesis. La nube blanca es la Iglesia que refulge en la claridad de su paciencia. El hijo del hombre es Cristo, señor de su iglesia. Su corona son los ancianos y la hoz, el poder de su maldición. El ángel que grita anuncia la predicación. La Iglesia desea el día del Juicio y lo recuerda a Dios. En la siega y vendimia se alude al pueblo que, por no haber hecho penitencia, será arrojado a la gehenna. El vendimiador será el propio Jesucristo. Si se dice que el lagar ha de estar fuera de la ciudad es porque ésta es la Iglesia. En el día del Juicio la sangre alcanzará a todos, llegará a las cuatro partes del mundo.

En la imagen destaca la capacidad de ordenar la superficie que poseen los miniaturistas tanto como la sensibilidad cromática que les lleva a combinar los colores de un modo inédito en la zona superios, donde se manifiestan todos los ángeles y Jesucristo. La nube es casi completamente blanca y cándida, y el ángel va tocado con una corona sin precedentes. Porta la mayor hoz de las varias que se ven. En el piso intermedio se desarrollan las labores de siega y vendimia, como trabajos rurales cotidianos, siendo en cada caso dos personajes los que llevan a cabo las faenas rurales, armados de las correspondientes hoces."

-En seguida reproduzco una relación de los Beatos que se conservan actualmente tomada de Arteguías.com


Los Beatos "Mozárabes" del siglo X
Los beatos conservados son 27 y de ellos 24 conservan miniaturas. Son libros que van del siglo X al XIII. Los más antiguos se consideran prerrománicos por haberse realizado en los siglos X y XI y posteriormente su estilo evoluciona al románico pleno (siglos XII y XIII).
Concretamente hay:· Ocho del siglo X· Seis del XI· Nueve del XII· Dos del XIII· Una hoja suelta de Silos. Siglo IX· Una en la colección Ryland (Mánchester) S XIII

Antes de seguir, hemos de aclarar que respetamos la denominación "mozárabe" por tradición y porque así se encuentra en la mayoría de las fuentes, pero como indica el Profesor Yarza es completamente falso que los beatos fueran obras de artistas mozárabes, sino que están realizados en los monasterios del reino leonés (León, Zamora, Palencia...) eso sí, en el periodo del arte prerrománico que se suele denominar mozárabe (siglos X y XI hasta la llegada del románico) desde que apareciera tal denominación artística en los estudios y publicaciones de Manuel Gómez Moreno.

Las miniaturas de todos los beatos hacen referencia al propio Apocalipsis, no a los Comentarios, por lo que se cree que se copiaron en los beatos a partir de un libro visigodo del texto juanino. Éste sería el prototipo de los que los demás descienden. Después son varias las ramas estilísticas, pero no iconográficas, en que ese primer prototipo se halla diversificado.

Aunque en cada copia de beato se manifiesta la genialidad de su artífice y las modas de cada época, su iconografía permanece rígidamente invariable. Esta repetición hubiera sido imposible sin la sujeción a un solo prototipo. En frase de J. Camón Aznar:Estas ilustraciones nos describen momentos únicos caprichosamente compuestos, uniendo temas que no están juntos en el texto y que a veces sólo por aventuradas y vagas referencias es posible unirlos en la misma ilustración. Y, sin embargo, los miniaturistas no se permiten ninguna alteración ni ninguna libertad que modifique la iconografía inconmovible.
Esa unidad iconográfica permite afirmar que, en el siglo X, ninguno de los Beatos que conocemos -frente a la tesis de Gómez Moreno, que coloca como inicial al de Magius- pudo ser utilizado como prototipo. Es difícil determinar la época del original. Desde luego puede afirmarse que es cercano al siglo VIII, o al IX, y quizá formado por iconografías procedentes de diversas fuentes.


La peculiar y misteriosa estética de estas miniaturas mozárabes siempre ha magnetizado a quienes las han visualizado. Lo fundamental de estas miniaturas es la expresividad del dibujo mediante una alineación firme, con rayas que llevan en sí una intención expresiva. Su desarrollo es plano, hierático, carente de claroscuros y perspectivas espaciales, de intenso color, etc. Todo ello colabora en generar una gran expresividad y dramatismo.

Las figuras se colocan escalonadamente. La figura humana queda supeditada a los ropajes y son resaltados (como ocurrirá en el románico) los ojos y manos para intensificar la tensión espiritual.

Los fondos son de gran intensidad cromática representando paisajes idílicos o dividido en varias fajas de diferentes colores, fuertes y llameantes.

Algunas de las escenas que recogen los diferentes beatos son: el Arca de Noé, Noé con su familia y la paloma que le trae la rama de olivo, las siete Iglesias de Asia, la aparición del Cordero a los Justos, escenas de los Apóstoles, el Cordero rodeado por el Tetramorfos y la Jerusalén celestial con sus 12 puertas de arcos de herradura.


El Beato Magio o de San Miguel de Escalada o Morgan El Beato Magio o Morgan es el más antiguo conocido pues data del año 926 (para Camón Aznar: 958) y lo realizó el monje Magio o Magius en el monasterio mozárabe leonés de San Miguel de Escalada, de ahí que se conozca como el "Beato Magio".Este Beato se encuentra actualmente en la Biblioteca Morgan de Nueva York.

El Beato Primero de la Biblioteca NacionalBeato escrito en el Monasterio de San Millán en la primera mitad del siglo X. Conserva tan solo 27 miniaturas con fuerte influencia musulmana.

El Beato de El Escorial se encuentra en la Biblioteca del Monasterio de El Escorial. Se cree escrito en el Monasterio de San Millán.Fue realizado en la segunda mitad del siglo X. Conserva 52 ilustraciones.

El Beato de Tábara (año 970) es un códice de 168 folios y sólo nueve miniaturas del centenar que poseía. Actualmente se encuentra en el Archivo Nacional de Madrid.Se cree que se le añadieron dos folios procedentes de otro Beato: el del Monasterio de San Salvador de Tábara de donde toma su nombre.Destaca el dibujo de la Torre de Tábara en la que están representados el scriptorium del Monasterio de San Salvador, los calígrafos y los miniaturistas (Senior, Emeterio y un ayudante).Comenzó la obra el maestro Magius, pero al fallecer éste, se hizo cargo de ella su discípulo Emeterio y la monja Eude.

El famosísimo Beato de Gerona (970) fue realizado por el monje Emeterio y la monja Eude en el siglo X. Tiene 568 folios escritos a dos columnas y 114 miniaturas (algunas de ellas a toda una página e incluso doble página).Por tanto, es el beato con más ilustraciones conservado.Fue donado a la Catedral de Gerona en 1078. Se cree que su origen es leonés y que posiblemente se llevó a cabo en el Monasterio de Tábara, en la provincia de Zamora.

Beato de Valcavado. Beato conservado en la Biblioteca del Colegio de Santa Cruz de la Universidad de Valladolid. Fue compuesto, a instancia del abad Sempronio del monasterio de Santa María de Valcavado (Palencia), por un monje llamado Oveco en el año 970.El manuscrito consta en la actualidad de 230 folios (han desaparecido 14 folios y es muy probable que sean suyos los cinco folios con las genealogías conservados en la Biblioteca Nacional de Madrid).La escritura es la redonda visigótica. En la actualidad consta de 87 miniaturas, algunas en doble folio y otras a folio completo. Pertenecen al estilo de la escuela leonesa iniciada por Magio.

Beato de Seo de Urgell. Beato guardado en Museo Diocesano de Urgell de origen leonés (Monasterio de San Salvador de Tábara).El códice está compuesto en la actualidad por 239 folios, siete folios numerados en romano y 232 en árabe, y miden 398 x 270 mm. La escritura que emplea es la llamada visigótica redonda en dos columnas. Es obra de Senior terminado en el año 975. Tiene 114 miniaturas, algunas ocupando dos folios.

Los Beatos "Mozárabes" del siglo XILa miniatura española del siglo XI se apega a la tradición prerrománica nacional o mozárabe del siglo anterior, llegando incluso a la plenitud de su expresionismo.Es a partir de la segunda mitad del siglo XI cuando comienza a combinarse la tradición castiza española con los nuevos aires románicos, produciéndose las miniaturas de más intensa expresividad del románico europeo.



Beato de Fernando I o "Segundo de la Biblioteca Nacional "El más bello y completo de todos los beatos. Es obra del mitad del siglo XI (1047) y fue escrito y miniado por Facundo.Cuenta con 624 páginas a 2 columnas y 35 líneas de escritura visigótica. Sus dimensiones son 380x295 mm. Está encuadernado en piel.Lo más importante es que cuenta con 98 excelentes miniaturas que, aunque continua con la tradición de los beatos prerrománicos hispanos, empieza a apuntar ya mayores influencias europeas.Se conservó en la Colegiata de San Isidoro de León, hasta que Felipe V, en la Guerra de Sucesión, lo requisó y envió a la Biblioteca Real. Actualmente se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid.

El Beato de San Millán de la Cogolla, hoy en la Real Academia de la Historia tiene el gran interés de que intervinieron dos artistas de cronología y concepción artística diferente (se comenzó en la primera mitad del siglo XI y se terminó en la segunda mitad de esa centuria).El primer artista sigue apegado a la tradición mozárabe de los beatos del siglo X, mientras que el segundo crea sus miniaturas básicamente en estilo románico. En total tiene 49 ilustraciones.


Beato de Silos. El Beato del Monasterio de Santo Domingo de Silos fue copiado por los monjes Domingo y Munio e iluminado con 106 miniaturas por el prior Pedro entre 1091-1109. Se conserva en la British Library de Londres. Permanece en él la tradición mozárabe, aunque se considera que existe una yuxtaposición de estilos con el románico, representado en su famosa miniatura del Infierno y el Peso de las Almas de San Miguel.

-Reproducimos en seguida dos textos que aparecen en la edición facsimilar del Beato de Fernando I y Sancha, del prestigiado editor catalán M. Molerio, quien recientemente editó y publicó esta excepcional obra casi idéntica a la original.


Del editor al lector
El Año Jubilar Lebaniego de 2006 me ha brindado el pretexto perfecto para realizar una edición exquisita del Beato de Fernando I y Sancha, reyes de Castilla y León en los difíciles tiempos del año 1000. Una edición que siempre quise hacer pero que otros proyectos iban dejando postergada en el tiempo, una y otra vez, con el riesgo de quedarse en una ilusión, en uno de tantos proyectos interesantes que, por falta de tiempo, nacen y mueren en mi cerebro.

Facundo, el calígrafo de este códice, nos dice que terminó su trabajo en el año 1047. Diez años antes Fernando I había sido coronado imperator del reino de León. Quizás este fue el motivo que impulsó a Fernando y Sancha a patrocinar un códice tan espectacular, tan digno de un imperator. Un códice que ha perdurado a través de los siglos y que quizás sea la memoria más presente de un rey singular, navarro de nacimiento, castellano por adopción y leonés por devoción. Un rey que quiso ser enterrado en León antes que en Oña o Arlanza.

Este libro está concebido de forma que el texto del Apocalipsis, que sirvió de guión a los miniaturistas, se pueda leer al mismo tiempo que se ven las miniaturas. El placer de ver no está reñido con el de leer en beneficio de una mejor comprensión. Además podrá simultanear miniaturas y textos del Apocalipsis con la sabia opinión del profesor Joaquín Yarza Luaces. No hemos encontrado una forma mejor para facilitarles el disfrute de tanta belleza y sabiduría.

No quiero desaprovechar este momento para agradecer al profesor Yarza en nombre mío, de los miniaturistas, del escriba Facundo y de Beato de Liébana el que haya encontrado tiempo suficiente, en su apretada agenda, para que este libro sea una realidad.

El profesor John Williams, en su prólogo, nos guía hacia el camino correcto para entender mejor las razones que llevaron a Fernando I y Sancha a convertirse en patrocinadores del único Beato que, según nos consta, ha sido un encargo real y no monástico. Siempre he deseado que el profesor Williams escribiese en uno de nuestros estudios y le estoy muy agradecido por poder contar con su visión, breve pero reveladora. Nunca han hecho falta muchas palabras para decir grandes cosas.

El conocimiento, palmo a palmo, del territorio donde vivió Beato y las circunstancias que rodearon la vida y obra del polifacético presbítero y abad del monasterio de San Martín de Turieno, donde escribió su Comentario al Apocalipsis, hacen de don Joaquín González Echegaray el autor ideal, nadie sabe más de Beato, para contarnos su vida y su obra.
González Echegaray juntamente con A. del Campo Fernández han traducido al español todos los textos que escribió Beato. Creo que su texto es una aportación imprescindible porque nos amplía la visión, casi siempre parcial, que muchos autores tienen sobre la obra del más universal de todos los lebaniegos.

Creo que todos los que tenemos un sentimiento de admiración por Beato y su obra tenemos una deuda de gratitud con don Joaquín González Echegaray por alejar la figura del abad de San Martín de Turieno del estereotipo con que nos familiarizó el combativo arzobispo de Toledo, Elipando. Gracias, don Joaquín, en nombre propio y de Beato.

Manuel Sánchez Mariana ha sido, durante muchos años, el conservador del Beato de Fernando I y Sancha en la Biblioteca Nacional. No creo que pudiéramos encontrar a alguien más adecuado para escribir sobre las características físicas del códice. Muchas gracias, don Manuel, por su valiosa aportación para que este libro sea un referente imprescindible para todo aquel que quiera saber mucho sobre el Beato o los Beatos.

Todas las miniaturas están reproducidas a su tamaño natural y con sus colores reales, lo que permitirá al que las observa tener una visión certera de estas imágenes turbadoras y en algunos casos intimidatorias, pero siempre dotadas de una magia excepcional que hace que todo aquel que las ve no pueda olvidarlas. Para evitar cualquier contaminación las hemos silueteado en la mayoría de los casos, con la finalidad de concentrar la atención en la esencia de la miniatura.

M. Moleiro ha hecho un gran esfuerzo para que una obra de enorme calidad gráfica y con los mejores autores, aquellos que más podían decirnos sobre Beato, su obra y las fascinantes miniaturas que esconde el Beato de Fernando I y Sancha, pueda estar al alcance de todos. Este ha sido uno de los motivos que más me empujó a llevar a cabo esta obra: es un homenaje a Beato y a todos los lebaniegos.
Manuel Moleiro








Prólogo
Este es el único códice de los Comentarios al Apocalipsis de Beato del que existe constancia cierta de que debe su origen a un encargo real y no monástico. El patrocinio de Fernando, rey de León, y de su reina, Sancha, se hace notar en un acróstico en el folio 7: FREDENANDUS REX DEI GRA[TIA] M[EMO]R[I]A LIBER / SANCIA M[EMO]R[I]A L[I]BRI (Libros en memoria de Fernando, rey por la gracia de Dios, y de Sancha). El mecenazgo de la pareja real vuelve a ser conmemorado en un colofón que aparece en la conclusión del Comentario a Daniel (f. 316), donde además se identifica al amanuense, Facundo, y se registra la fecha de finalización del manuscrito: año 1047.
Esto sucedía diecisiete años después de que, Fernando, conde de Castilla e hijo de Sancho el Mayor de Navarra, se casase con Sancha, la hermana del finado rey asturleonés, Bermudo III. Con este matrimonio, Fernando se aseguraba la soberanía del reino más extenso de la España cristiana y, con él, una autoridad que, según la tradición, emanaba de los herederos del antiguo reino de los visigodos, anterior a la invasión de los árabes. Además, su título era el único que llevaba implícitas pretensiones imperiales. Emulando a su padre, Fernando puso en marcha una serie de iniciativas que ayudaron a catalizar la introducción de los estándares culturales y eclesiásticos europeos, y, de forma particular, los procedentes de Francia.


Gracias a sus exitosas campañas militares, que le permitieron convertir en sus tributarias a ciudades musulmanas como Sevilla o Toledo, Fernando pudo establecer una capital que exaltaba ostensiblemente la autoridad de sus monarcas, con un palacio y una nueva capilla palatina destinada a servir de repositorio de los huesos del erudito san Isidoro –cuya gran enciclopedia del saber antiguo se podía encontrar prácticamente en cualquier biblioteca europea que tuviese cierto renombre–, y con un tesoro real que incluía objetos extraordinariamente suntuosos que proclamaban la magnificencia y piedad de sus soberanos. Si bien es cierto que León era una de las ciudades más grandes que los peregrinos atravesaban en su camino hacia el gran santuario de Santiago de Compostela, y que las iglesias leonesas, incluida la capilla palatina de San Isidoro, reflejaban las novedades empleadas a lo largo de la ruta entre Toulouse y Santiago, los auténticos dinamizadores de la evolución de León como centro de mecenazgo artístico y de cambio fueron la iniciativa real y el deseo de establecer un complejo palatino que funcionase como un símbolo de autoridad. Sus resultados son visibles en las obras que coleccionaron o propagaron Fernando y sus descendientes en León y en las instituciones de su interés. El mecenazgo de Fernando y Sancha sembró el germen de la apertura del resto de la Península a las influencias del Norte de la propia Península, incluyendo un vocabulario artístico en el umbral del nuevo estilo románico que sustituiría al de tradición hispánica.

El códice de los Comentarios al Apocalipsis de Beato, objeto de la presente edición, fue una parte importante de ese tesoro real, reflejándose en la elegancia de los materiales, generosamente empleados en su confección, tales como el oro, la plata y la púrpura, y en la pulida técnica empleada en su escritura e iluminación que denota un gusto sublime digno de un encargo “imperial”. Su contenido, los Comentarios al Apocalipsis del monje asturiano Beato de Liébana, enaltece un aspecto venerable de la tradición literaria y devocional hispánica. En ningún lugar de la obra es tan evidente su gran ambición artística como en las imágenes preliminares: la gran Alfa a modo de frontispicio, con la imagen de Cristo en pie, la página con la cruz, el acróstico, las páginas dedicadas a los evangelistas, los árboles genealógicos y las elaboradas iniciales y título del folio 30. El detalle exquisito y la naturalidad con que son representados los ropajes en el ciclo de los evangelistas (ff. 7v-10), las voluminosas cabelleras, los pequeños puntos rojos en las mejillas y la ancha boca con el labio inferior bien perfilado, destacan estas miniaturas de las que, a continuación, ilustran el Apocalipsis.

Este manuscrito constituye el primer encargo artístico conocido de Fernando y Sancha y también el más tradicional. Pertenece a la familia de Beatos cuyo ejemplar más antiguo que se conserva fue realizado por Magio a mediados del siglo X (Nueva York, Pierpont Morgan Library, M644). Sin embargo, el Beato de Fernando I y Sancha no es fruto de la copia de este Beato ni de ninguno de los que se conocen hoy en día. De hecho, el sistema ornamental, especialmente las iniciales, incluyendo la gran Alfa, difiere de la fórmula empleada por Magio y es más próximo a la propiciada en Castilla, principalmente en el monasterio de Valeránica, donde, durante la segunda mitad del siglo X, trabajó Florencio, el más destacado calígrafo de toda la Península. ¿Sirvió un Beato castellano de modelo del Beato de Fernando I y Sancha, o, por el contrario, éste adquirió sus rasgos castellanos a partir de otras fuentes? A pesar de que no ha sobrevivido ninguno, estamos bastante seguros de que Florencio realizó por lo menos una copia de los Comentarios al Apocalipsis.

El estilo de la escritura ha sido tildado de “arcaico” y, artísticamente, el Beato de Fernando I y Sancha es, con la excepción del caso especial que es el Beato de Silos (Londres, British Library, Add. Ms. 11695), de 1109, el último Beato cuyo estilo puede catalogarse como “mozárabe”. Al mismo tiempo, la articulación de la figura humana anticipa la nueva dirección que va a tomar el arte de la época. En el arte del siglo X, cuyas fórmulas en la aplicación el color y composición fueron todavía seguidas en este Beato, los pliegues de los ropajes, incluso en las versiones más sofisticadas tales como las de las figuras del Beato de Magio, eran representados siguiendo una técnica rutinaria que ignoraba o incluso contradecía la relación natural entre esos ropajes y las figuras que los vestían. Sin embargo, en el Beato de Fernando I y Sancha, especialmente en los frontispicios antes resaltados como cualitativamente singulares, se emplearon formas elípticas con el fin de señalar la presencia de los muslos en su posición correcta, y formas circulares para resaltar las rodillas. Este énfasis en la estructura orgánica de las figuras confirió una mayor coherencia axial a su composición. Las figuras del Beato de Fernando I y Sancha permanecen firmemente ancladas al plano horizontal, incluso en los casos en que no se pretende abrir el espacio a través de una ilusión tridimensional. Resulta especialmente destacable que estos pasos en aras de una representación artística más racional, propia del período románico, emerjan incluso antes de que se produzcan los contactos de Fernando con la gran abadía burgundia de Cluny, en la década de 1050. Como resultado, o al menos eso parece, de tener un conocimiento más amplio de lo que acontecía al norte de los Pirineos, el estilo del Libro de Horas de Fernando I y Sancha (Universidad de Santiago de Compostela, Ms. Res. 1), realizado en 1055, refleja todavía una mayor proximidad con el estilo románico. Esta “evolución” es especialmente visible en la página con la gran Alfa basada en el Beato de Fernando I y Sancha.

El Beato de Fernando I y Sancha es un testigo excepcional del papel galvanizante que tuvo el patrocinio de los monarcas de Castilla y León en el ensalzamiento de la tradición hispánica, a la vez que se establecían los fundamentos de una transformación cultural de dimensión europea.
John Williams
Pittsburg University

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