jueves, 11 de febrero de 2010

Variaciones sobre un tema de Norbert Elias


Individuo y sociedad: dos facetas, un proceso
Por: Federico Zertuche


Introducción
Por largos años ha permanecido el dilema tradicionalmente planteado sobre quien hace realmente la historia: los individuos o las sociedades. Las respuestas que en uno u otro sentido se han formulado condicionan los estudios históricos, creando tendencias, doctrinas y hasta escuelas.

Ideológica y políticamente tal disyuntiva se plantea de la siguiente manera: por cuál de esas dos entidades –individuo o sociedad- debe velar y privilegiar la acción política, gubernamental y/o estatal. El énfasis hacia uno u otra, define a grandes rasgos el carácter liberal o colectivista de las respectivas políticas.

Evidentemente, ciertos individuos situados en posiciones elitistas de poder han logrado marcar un sello personal –su impronta- en determinados sucesos clave de la historia. Todavía mas, su intervención y acciones han sido determinantes para que aquella haya tomado cierto curso y no otro. Winston Churchil sería un paradigma al respecto. Por otro lado, el devenir histórico es un proceso de carácter eminentemente social. En tal sentido, la Historia podría enunciarse como el estudio del hombre en el tiempo, en tanto integrado a un grupo social.

Configuración social
Si bien la biografía –un género de la historia- aborda de manera particular la vida del individuo, no puede eludir el hecho de su insoslayable interrelación con otros individuos en procesos dinámicos desde que nacemos hasta que morimos. A tales procesos de interdependencia les llamaremos configuraciones. El uso lingüístico habitual, señala Norbert Elias, “dificulta el hablar de individuos que conjuntamente forman sociedades, o de sociedades que están constituidas por individuos, a pesar de que esto es precisamente lo que uno puede, en efecto, observar”. (1)

Sin un estudio sistemático y una explicación de la configuración específica en la que se desarrolló y actuó cada individuo, así como de su imbricación en tal configuración, la historia o la biografía quedarían truncas, falsearían la realidad que tratan de estudiar y describir, amén que la faceta individual quedaría inacabada.

Individuo y sociedad
La respuesta al añejo y polémico dilema sobre quiénes son realmente los protagonistas de la historia –los individuos o las sociedades-, no podría ser otra más que ni unos ni otras, sino ambos indisoluble y simultáneamente.

El individuo como entidad aislada, independiente y autónoma de la sociedad, sencillamente no es posible, sino a lo mucho como representación ideal. La sociedad concebida así respecto al individuo, tampoco. No podemos ubicar en la realidad un ente llamado sociedad que actúe por sí mismo, aislada e independientemente de los individuos que la conforman.

Habitualmente los conceptos individuo y sociedad se utilizan como si se tratara de dos sustancias pasivas. Al emplear así estas palabras, se da la impresión de que aquello que denotan no sólo son objetos distintos, sino que existen absolutamente separados; en realidad son procesos que sin duda alguna pueden distinguirse, pero no separarse.

Siguiendo a Norbert Elias (2), la antinomia que contrapone las investigaciones históricas que concentran su estudio ya en fenómenos individuales o en fenómenos sociales, es irreal. Ella se explica en el contexto de dos tradiciones político-filosóficas que consideran a la sociedad como algo extraindividual y al individuo como algo extrasocial. Ambas concepciones son ficticias y, por ende, el dilema mismo constituye un falso planteamiento. Individuo y sociedad son fenómenos permanentemente imbricados en procesos interdependientes e inseparables.

Ningún acto individual, por más personal o íntimo que fuera, se produce al margen de determinada configuración social, en todo caso aquella a la que pertenece el individuo mismo, para empezar. Toda forma de expresión humana constituye un acto social por estar dirigida a otro u otros, a la otredad. Al propio tiempo los actos no son exclusivamente sociales, pues al ser actuados y realizados por individuos éstos les imprimirán en mayor o menor medida su impronta personal, un sello individual que podemos calificar de unicidad.

Cuando los estudios históricos tratan de explicar el origen del esplendor o decadencia de una determinada época a partir de la individualidad única e irrepetible de ciertas personalidades, Luis XIV por ejemplo, sin entrar en el necesario estudio de la configuración social en que fuera posible y actuara tal individuo, ofrecerían no sólo una imagen incompleta sino distorsionada de las relaciones históricas, una vista parcial, un plano limitado de lo que se intenta explicar. La historia, percibida así, aparecería como una conjunto de acciones y proezas individuales.

Dicha tendencia se basa en la falsa idea o imagen que considera al individuo como “un ser que existe por sí y se apoya en sí mismo, de un hombre solitario más que individual, de un sistema cerrado y concluso”. Esta idea, agrega Elias, “se relaciona con la representación equivocada de que la palabra ‘individuo’ se refiere a aspectos personales que existen fuera de las relaciones recíprocas de los hombres, fuera de la ‘sociedad’, y que éste término, a su vez, alude a algo existente fuera de los individuos, a un ‘sistema’, digamos, de roles o acciones”. (3)

Biografía e historia
Así pues, cualquier estudio histórico podrá enfocarse ya desde una perspectiva social o desde una individual, pero siempre deberá tomar en cuenta las necesarias implicaciones entre ambas dimensiones. Lo propio debe decirse de los enunciados políticos e ideológicos que están dirigidos ya al individuo, ya a la sociedad, de manera diferenciada, como si se tratase de entidades separadas, autónomas e independientes, como fines en sí mismos.

“Hace falta todavía –advierte Elias- una tradición de estudios en cuyos marcos sean elaboradas sistemáticamente las líneas de vinculación entre las acciones y méritos de los actores individuales históricos conocidos, y la estructura de las asociaciones sociales en las cuales aquéllos cobran importancia.” (4)

Las grandes acciones de individuos pertenecientes de manera señalada a elites de poder, sólo pueden explicarse por dicha pertenencia a grupos elitistas específicos. “Sin un análisis sociológico que dé cuenta de las estructuras de tales elites, apenas puede juzgarse la grandeza y mérito de las figuras históricas”. (5)

Siguiendo el símil de W. Churchil, éste no hubiera podido realizar sus proezas políticas, militares y estratégicas atenido sólo a sus características y cualidades personales, que por cierto fueron muchas, al margen de la clase social a la que pertenecía, en primera instancia, sin la concurrencia de los partidos políticos en los que militó, de las elites de poder en las que se desenvolvió, de los electores, y en última instancia, del sistema político del que era parte y acorde al cual ajustaba y trazaba sus actos y acciones y, por ende, su pensamiento político.

Configuración y sistema
En este orden de ideas, es pertinente valorar el concepto de configuración (propuesto por Norbert Elias) frente al de sistema (tan en boga hasta hoy), a fin de explicar con mayor claridad la interrelación dinámica entre individuo y sociedad, y eventualmente aventurar interpretaciones históricas lo más apegadas a la realidad específica que se estudia.

Los “hombres individuales constituyen conjuntamente configuraciones de diverso tipo [...] las sociedades no son más que configuraciones de hombres interdependientes”. (6) Al hablar de sistema, por lo general se emplea como si fuese una esencia ontológicamente aislada, independiente de los individuos que la conforman, lo cual se presta a equívocos. En tanto no se piense en los sistemas sociales como sistemas de hombres, sigue uno sin pisar tierra al usar este concepto. En cambio, el concepto de configuración necesariamente refiere la interrelación dinámica entre individuo y sociedad.

“En el análisis de la configuración, sostiene Elias, los individuos aparecen en alto grado, tal como se les puede observar, como sistemas peculiares abiertos, orientados mutuamente entre sí, vinculados recíprocamente mediante interdependencias de diversa clase y, en virtud de éstas, formando conjuntamente configuraciones específicas. También los hombres más grandes –en el sentido de específicas actitudes sociales valorativas-, también los más poderosos mantienen su posición como eslabones de estas cadenas de dependencias.”(7)

En sociología, ideas similares se expresan actualmente, de ordinario, en las teorías de la acción e interacción que, tácita o expresamente, se apoyan en la idea de que el punto de partida de todas las investigaciones sociales son los individuos que deciden libremente, como señores y amos absolutos independientes de su obrar, quienes en cuanto tales, interrelacionan.

Cuando no es suficiente para resolver los problemas sociológicos mediante tal enfoque de la teoría de la acción, se recurre para complementarla a una teoría de sistemas. “Mientras que una teoría de la acción se basa en la idea que un individuo concreto situado allende todo sistema social, una teoría sistémica se fundamenta por lo regular en la idea de un sistema social más allá del individuo concreto.”(8)

El concepto de configuración, añade Elias, posee además la excelencia, en contraste con el de sistema, de no suscitar ni la idea de algo completamente cerrado o de una armonía inmanente. El concepto de configuración es neutral. Puede referirse a relaciones de hombres armónicas, pacíficas y amistosas, así como inamistosas y conflictivas. Cualquier sociedad está llena de tensiones, pero ello no altera su carácter de configuración específica de hombres.

Interdependencias
Al tratar de conocer los condicionamientos de los hombres, con frecuencia se recurre a las explicación de las “condiciones económicas, sociales y culturales”, pero al considerar el asunto más profundamente, sostiene Elias, “resulta que lo que mantiene unidos a los hombres unos con otros en una determinada figura, y lo que hace duraderos los lazos en tal figura a través de varias generaciones –con ciertos cambios evolutivos-, son tipos específicos de dependencia recíproca de los individuos, o, si lo expresamos con un término técnico, interdependencias específicas”. Se puede depender tanto de rivales y contrarios, como de amigos y aliados, pero en todo caso tratase de interdependencias.

La teoría de la interdependencia se atiene estrechamente a los hechos. “Parte de la observación de que todo hombre desde su infancia pertenece a una multiplicidad de hombres dependientes recíprocamente. Dentro del entramado de interdependencias en el cual ha nacido, se desarrolla y acredita –en grado y según modelos diversos- su autonomía relativa como individuo que decide por sí mismo.”(9)

Al situar claramente las distintas modalidades en que se dan las interdependencias entre los individuos, éstas suponen, necesariamente, una limitación a la autonomía, independencia y libertad de cada uno de ellos. “No se puede saber lo que significa la palabra ‘libertad’ en su uso general, en tanto no se entiendan mejor las coacciones que los hombres ejercen unos sobre otros y, ante todo, las necesidades formadas socialmente que hacen que éstos tengan una dependencia recíproca.”(10)

“Un rey poderoso tiene, en virtud de sus oportunidades de poder, un campo de decisiones mayor que cualquiera de sus súbditos... un soberano poderoso puede ser quizá considerado ‘más libre’, pero no en el sentido en que ‘libre’ es sinónimo de ‘independiente de los demás hombres. Nada caracteriza mejor el problema de las interdependencias humanas que el hecho de que toda acción de un soberano [...] por cuanto se orienta a otros hombres que pueden por cierto contrariarla o, en todo caso, contestar a ella en una forma inesperada, hace que el gobernante mismo dependa de sus súbditos. Y esto precisamente pone de relieve el concepto de interdependencia.”(11)

Coacciones y miedos
Las interdependencias específicas que se dan en cualquier tipo de configuración social son reguladas por una serie de coacciones externas e internas que prescriben el tipo de comportamiento correcto que se espera de cada individuo en su relación con los demás, así como las prohibiciones y sanciones para quienes incurren en la violación de las normas de comportamiento.

En su magna obra El proceso de la civilización, Norbert Elias aborda, entre otros muchos, el problema del comportamiento humano y su regulación a través de los mandatos y prohibiciones vigentes en la sociedad:

“El equilibrio de temores, como el conjunto de la economía del placer es diferente en cada organización humana, en cada clase y en cada fase histórica. Para comprender la regulación del comportamiento que una sociedad prescribe e inculca a sus miembros, no es suficiente conocer los objetivos racionales que se aducen para justificar los mandatos y prohibiciones, sino que es preciso retrotraernos mentalmente a los fundamentos del miedo que moviliza a los miembros de esta sociedad y, sobre todo, a los guardianes de las prohibiciones, obligándoles a regular su comportamiento.”(12)

“En consecuencia –añade Elias- se consigue una comprensión mayor para las transformaciones del comportamiento en el sentido de una civilización cuando se es consciente de en qué medida dependen estas transformaciones de los cambios en la estructura y la organización de los miedos sociales [...] la estructura de los miedos no es más que la respuesta psíquica a las coacciones que los hombres ejercen sobre los demás dentro de la interdependencia social. Los miedos constituyen una de las vías de unión –y de las más importantes- a través de las cuales fluye la estructura de la sociedad sobre las funciones psíquicas individuales.”

“Ninguna sociedad –continúa- puede subsistir sin canalizar los impulsos y las emociones individuales, sin una regulación muy concreta del comportamiento individual. Ninguna de estas regulaciones es posible sin que los seres humanos ejerzan coacciones recíprocas y cada una de estas coacciones se transforma en miedo de uno u otro tipo en el espíritu del hombre coaccionado. No hay que hacerse ilusiones, la producción y reproducción continua de los miedos humanos por medio de los hombres es algo inevitable e inexcusable siempre que los hombres traten de convivir de una u otra forma, siempre que sus anhelos y acciones se interrelacionen, ya sea en el trabajo, en la convivencia o en el amor.”(13)

“Pero –matiza Elias- tampoco debemos creer o imaginarnos que los mandatos y los miedos que hoy dan su carácter al comportamiento de los hombres tengan como ‘objetivo’, en lo esencial, estas necesidades elementales de la convivencia humana, y que, en nuestro mundo, se limitan a las colecciones y a los miedos imprescindibles para un equilibrio de los anhelos de muchos y para el mantenimiento de la convivencia social. Nuestros códigos de comportamiento son tan contradictorios y tan llenos de desproporciones como las formas de nuestra convivencia, y la estructura de nuestra sociedad. Las coacciones a las que hoy está sometido el individuo, así como los miedos correspondientes, están determinados, en su carácter, en su intensidad y en su estructura, por las coacciones específicas de interdependencia de nuestro edificio social.”(14)

En otras palabras, los códigos de comportamiento vigentes en determinada época no siempre son racionales ni obedecen necesariamente a una finalidad de armonía social, sino que en ocasiones son irracionales y están determinados por la estructura de poder que inculca en los individuos ciertos miedos coactivos para ejercer sobre ellos una poder específico. La idea del pecado y la condenación eterna, por ejemplo, han constituido un miedo inculcado coactivamente por la Iglesia Católica a fin de mantener bajo control y dominación a los fieles. No obstante, lo que prevalece es que ninguna sociedad ha sido ni es posible sin una estructura coactiva determinada, sin un conjunto de miedos impuestos a sus miembros.

Así, podemos distinguir distintos tipos de miedos, inculcados según la clase de coacción: miedo al despido, miedo a la posibilidad de estar a merced de los poderosos, miedo a padecer hambre y miseria, como sucede en las clases más bajas, miedo a la decadencia, a la disminución de la propiedad y de la autonomía, a la pérdida de prestigio o de una alta posición, lo cual tiene importancia en las clases media y alta. Miedo a la guerra, a la pérdida de la vida misma, a la violencia; temor a Dios, sentimientos de culpabilidad, miedo a las sentencias que aparejan una pena, miedo de sí mismo para ser víctima de sus propias pasiones, etc., etc., todos los cuales sin duda alguna han condicionado y condicionan la conducta de los hombres.

Limitaciones y riesgos
Los estudios biográficos pueden correr el riesgo de desvirtuar la historia al tratar al biografiado atenidos sólo a la faceta individual, destacando méritos o proezas al margen de la configuración social en que fueron posibles, como si éstos dependiesen exclusivamente de la voluntad o cualidades personales de un individuo aislado del contexto social en que se dieron, manifestaron y fueron posibles.

Por otro lado existe el riesgo de caer en historicismos deterministas o fatalistas al percibir la historia como un acaecer ajeno a la voluntad e intervención del individuo. Ya sea la concepción idealista de Hegel o la materialista de Marx, ambas dialécticas atribuyen a la Historia sus propias “leyes”, por lo general secretas o inescrutables, a las que el hombre –simple agente o instrumento de aquélla- sólo puede aspirar a adivinar su curso y sentido. Así, han cosificado a la historia, como si fuese un ente con vida propia y que además rigiese el destino de los hombres, dotándola de voluntad.

Individuo y sociedad: un proceso dinámico e inseparable
La historia y por ende la política, ni la hacen exclusivamente los individuos, por más grandes que sean, ni es sólo un proceso ajeno a los mismos. Aquí viene a cuento una reflexión sobre el énfasis que muchos historiadores ponen en los llamados individuos únicos e irrepetibles como sujetos principales o verdaderos protagonistas de la historia, como si su sola voluntad o virtudes personales fuesen suficientes para incidir de manera decisiva en el devenir histórico, lo que les otorgaría esa supuesta cualidad de unicidad e irrepetibilidad.

Por más influencia que una persona pueda ejercer en determinada época y lugar, ésta sólo se da y es posible por la posición social que dicho personaje ocupa y ejerce, particular y señaladamente una de carácter elitista. Ahora bien, tal posición no es única ni irrepetible, quien la detenta puede cambiar y la posición seguir igual; por ejemplo la presidencia de un país. La estructura de su posición ha fijado a su campo de acción estrictos límites dentro de los cuales aquel tiene que actuar en interdependencia con otras posiciones del sistema global al que pertenece.

“Así pues, agrega Elias, mientras que el desarrollo personal del detentor adquiere, de esta manera, dentro de ciertos límites, influencia sobre su posición, por otro lado, el desarrollo de la posición social que representa el desenvolvimiento social global al que ésta pertenece, influye en el progreso personal de quien la detenta.”(15)

Valga un ejemplo para ilustrar el anterior aserto. Ni siquiera durante la etapa en que determinado presidente de México haya ejercido el poder de la manera más autoritaria, lo que permitiría al individuo investido con tales márgenes de poder mayor grado de autonomía y libertades, podría explicarse su mandato atenidos sólo a sus rasgos personales e individuales, sin tomar en cuenta la configuración social en que tal ejercicio fue posible.

Por supuesto que el estudio del individuo, de la persona, es valioso y pertinente para establecer con razón cuánto debe determinado período y la política mexicana al mandato de aquel, al talento o limitaciones específicas del presidente estudiado, es decir a su individualidad.

Pero el estudio sería insuficiente si se detiene ahí. Sin un estudio sistemático de la posición específica del presidente, como una de las posiciones constitutivas de la configuración de la presidencia y de la sociedad mexicana en que ésta se da, no podría entenderse plenamente y a cabalidad la relación entre la persona individual del presidente y su posición social ejercida desde la presidencia de la República.

Unicidad e irrepetibilidad
El desarrollo de las posiciones sociales que un individuo recorre desde su infancia, no es único ni irrepetible, en el mismo sentido en que sí lo es el individuo que las recorre.

Volviendo al símil de la presidencia de México: El desenvolvimiento de la posición presidencial se realizó a un ritmo diferente que al de su correspondiente detentor, dado que esta posición sigue existiendo al retirarse un detentor particular y puede transmitirse a otro, por lo que respecto a la unicidad e irrepetibilidad de un individuo concreto tiene el carácter de un fenómeno repetible o, en cualquier caso, no es única en el mismo sentido.

Extendiendo el símil mexicano, creo que lo más importante a fin de cuentas no radica en determinar si Carlos Salinas fue más autoritario que Miguel de la Madrid, por ejemplo, sino en establecer que la posición presidencial, tal y como estaba concebida y estructurada, propiciaba un ejercicio autoritario independientemente de las modalidades y estilos personales que cada detentor imprimió durante su respectiva gestión. Aquí vemos como el autoritarismo no ha sido único ni irrepetible, no obstante que los estilos o modalidades si lo sean.

Conclusión
Así pues, biografía e historia participan del mismo objeto: el estudio del hombre en el tiempo en tanto integrado a una configuración social específica. La diferencia es de enfoque, dependiendo del énfasis que se dé ya al individuo, ya a la sociedad, pero sin descuidar su permanente y mutua imbricación en un proceso continuo.

Ambas deberían dar cuenta de las líneas de vinculación de los actos individuales con la estructura social en la que estos cobran importancia. En tal sentido, también podemos afirmar que historia y sociología están indisolublemente implicadas.

Desde luego que las anteriores ideas y formulaciones pueden perfectamente hacerse extensivas a los estudios ideológicos y políticos cuando tratan los conceptos individuo y sociedad. Es ampliamente conocido que los sistemas liberales han privilegiado más al individuo que a la sociedad, y los colectivistas a la sociedad frente al individuo, supeditando a éste último a los intereses de la primera.

En todo caso, ambas posiciones también incurren en el error señalado: concebir a uno y a otra como entidades aisladas y diferenciadas, y aún más, contrapuestas. Las críticas que al respecto se han enderezado en el presente trabajo, bien pueden y deben aplicarse a esas representaciones políticas e ideológicas.


Notas bibliográficas

(1) Elias, Norbert, La sociedad cortesana, Fondo de Cultura Económica, México 1996, p. 31
(2) Elias, Norbert, Opus Cit., P.31
(3) Ibidem, p.39
(4) Ibidem, p. 29
(5) Ibidem, p.30
(6) Ibidem, p.31
(7) Opus Cit. p.41
(8) Ibidem, p 191
(9) Ibidem, pp. 193 y 194.
(10) Ibidem, p. 194.
(11) Ibidem, pp.194 y 195.
(12) Elias, Norbert, El proceso de la civilización -Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas- Fondo de Cultura Económica, México 1994, p. 527.
(13) Opus Cit., pp. 528 y 529.
(14) Ibidem, p. 529.
(15) Elias, Norbert, La sociedad cortesana... Op. Cit., pp 33 y 34.



Comentarios acerca de Norbert Elias y su obra

La obra entera de Norbert Elías versa sobre el proceso civilizador, donde operan tres tipos de control básico como indicadores del desarrollo y la complejidad de la sociedad: el control de la naturaleza por los hombres a través de la ciencia y la técnica; el control social, es decir, el control de las relaciones de los hombres entre sí mediante la organización, sea a nivel nacional o internacional; y el control que el individuo ejerce sobre sí mismo. El proceso de la civilización consistiría en la sociogénesis y la psicogénesis, los desarrollos, interdependientes y a la vez autónomos, de las formas ideológicas de orientar la acción, de las formas de autocontrol subjetivo, de los medios de controlar la violencia intersubjetiva y el proceso de la economía-producción. Se puede ver en ello un continuo progreso de la disciplina y de la conjunción saber-poder en las historias nacionales, penetrando incluso la psique y el cuerpo de los individuos.

Elías descubre en la historia europea las crecientes centralización y monopolización de los aparatos político-administrativos y de pacificación en la formación del Estado; cadenas de interdependencia que se alargan y expanden; una “democratización funcional” que compensa el equilibrio de poder entre las clases y otros grupos; valores y normas sociales más refinados y elaborados que alcanzan a todos; la presión y la represión sobre la emotividad y la manera en que ésta impregna las relaciones sociales, una creciente importancia de la conciencia moral que regula la acción: la formación del superyó dentro del proceso social de la conformación del sujeto, que autorregula sus impulsos a los fines de la organización social. Por lo tanto, el concepto de civilización utilizado por Elías no es ni el de la etnología ni el de la historia cultural, pues se opone al concepto de barbarie. Lo inverso al proceso de civilización es un proceso de descivilización, tal como el evidenciado en el surgimiento de la Alemania nazi.

Por ello, Elías mostrará la tensión entre el compromiso y el distanciamiento, exigidos uno por la participación emocional en la realidad, tradicionalmente entendida como una conducta irracional, y el otro, el distanciamiento, por el control de la afectividad y los valores en la pretensión de conocimiento racional. El sujeto, individual o colectivo, que pretende conocer la realidad ha de tener el menor compromiso y debe guardar la mayor distancia con respecto a ella para evitar el peligro de caer en el mito o en la ideología: éste es el proceso de civilización en el proceso del conocimiento. Sin embargo, Elías repulsa la tajante división dualista de sujeto-objeto: se exige como imprescindible conocer la estructura de los impulsos, sentimientos y pasiones de los hombres para la comprensión plena de lo humano.

El sujeto no es una abstracción desvinculada de las determinaciones sociales e históricas, ni en una particularidad tal que se abandone a la deriva relativista. El hombre no es un ser cerrado sino abierto a la naturaleza, al mundo social, del presente y de las pasadas generaciones. Elías procede por ello también a analizar el cambio en los usos del tiempo como medio de orientación y reglamentación en la organización social y ante el universo natural. Otorga al tiempo su espacio simbólico, su situación histórica cultural que conecta a los hombres como símbolo comunicativo. Todos los análisis de Elías son históricos, una historia de la larga duración que sitúa en un marco global los procesos relativamente autónomos de civilización y conocimiento.

Enmarcando a su hombre procesual inmerso en redes de interrelaciones con otros hombres, con la naturaleza y consigo mismo, para ilustrar su teoría social Elías (poeta él mismo) recurre constantemente a la literatura para mostrar su noción de los Doppelbinder individuo-sociedad, individuo-naturaleza, individuo-individuo, etc. En sus obras se ve su recurso a autores como Edgar Allan Poe, Johann W. von Goethe, Rainer Maria Rilke, cuyos textos muestran las transformaciones de a largo plazo en las estructuras sociales y las estructuras de la personalidad. Recurre aun a la subliteratura de los libros de urbanidad y buenas maneras que han pululado desde la sociedad cortesana como muestra de su teoría de la civilización donde se incrementa el control del individuo, transformándose la coacción externa en formas de coacción interna, ejercidas sobre el sí mismo para la autoconstitución.

Contribuye así también Elías a una sociología de la literatura, donde este tipo de producción intelectual es vinculada su situación sociohistórica, respondiendo a sus determinaciones estructurales (de la sociedad mayor y de la personalidad exigida por los tiempos), estudiando la transición entre la civilización cortesana y la cultura burguesa, para ejemplificar el proceso civilizador, o, para localizar socialmente la literatura ante un proceso de descivilización, el recorrido de la Alemania vencedora de la Guerra Franco-Prusiana en los 1870, la unificación bajo Bismarck y el imperio del Káiser Guillermo II, la humillación de la Primera Guerra Mundial y Versalles, la caída de la República de Weimar, el ascenso nazi, la derrota en la Segunda Guerra Mundial, y la tragedia de la posterior división según los bloques soviéticos y aliados, hasta justo antes de la reunificación con la caída del Muro. Con su análisis de la sociología en la literatura, Elías señala cómo el proceso de la civilización es frágil y siempre corre peligro y que ello es denunciado en los productos culturales vinculados a los movimientos de la historia.

Resumen de: Emilio Lamo de Espinosa, José María González García, y Cristóbal Torres Albero (1994): Norbert Elias: literatura y sociología en el proceso de la civilización, en: Sociología del conocimiento y de la ciencia. Madrid: Alianza Editorial. Pp. 431-454.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy interesante, pero la pregunta para mí queda abierta: ¿Quién escribe la historia? A pesar de esta disertación, a pesar de que la humanidad pende de los lineamientos que los hombres marcan y el hombre individual, no es mas que una marioneta, pienso que esas marionetas que nacen con posibilidades, carisma y fuerza, en el momento preciso en el que se les necesita, tienen la fuerza para lograr el cambio.
Y nuestro país, cambiará?
Thelma Sandler
entro con cuenta anónima, me cuesta trabajo dejar mis datos a pesar de que tengo de todos...
Tengo un blog, a ver si lo visitas, está abandonado, (por causas de editoriales) pero pasea por allí
viapoesia@worpress.com

mi mail
thelma@kirsch.com.mx

Te recomiendo que note pierdas Muñecas de Arcadia estas semanas y Más bueno que el pan.

Anónimo dijo...

Sr. Zertuche: Muy interesante su publicación. Casualmente acababa de leer en Letras Libres de septiembre de 2003 un artículo a base de cartas entre Marcelino Perelló y Luis González de Alba: "El 68, cartas cruzadas". Con estas lecturas ni postre quise.
Saludos,
Rosa Martha

Anónimo dijo...

Por si a alguien le interesa màs sobre el tema y anduviera por Irlanda en estas fechas aquì està el dato de una conferencia que anuncia la Norbert Elias Foundation:

Globalisation and Civilisation in International Relations: Towards New Models of Human Interdependence
9–10 April 2010, UCD School of Sociology, Dublin, Ireland

This conference will bring together specialists in International Relations and sociologists, together with some representatives...

Saludos,
Rosa Martha