domingo, 14 de marzo de 2010

Mexicanos monárquicos

Discurso de ofrecimiento de la Corona en Miramar, pintura de
Cesare Dell Acqua, 1877 Castillo de Miramar.
Una historia de notables
Por: Federico Zertuche


En el siglo antepasado la formación de grupos de notables fue un recurso manido en las incipientes naciones iberoamericanas. A falta de instituciones y tradición democrática, las élites los integraban con celebridades a fin de dirimir conflictos que no podían superarse mediante las endebles reglas establecidas y la general desconfianza hacia quienes las aplicaban.


Después de casi siglo y medio, parece que tal manía ha reaparecido en México: grupo de San Ángel, notables por la Alianza, los notables mediadores en el conflicto del sindicato de electricistas (SME) y otros de similares hierbas, salvadores todos de la Patria.


El 10 de abril de 1864, una asamblea de emperifollados notables -en representación de los conservadores y reaccionarios del convulso México de entonces-, hizo acto de presencia en el castillo de Miramar, vicino a Trieste, para manifestar al archiduque Fernando Maximiliano de Habsburgo el beneplácito de la nación mexicana que, encarnada en otro puñado de notorios, lo habían “elegido” como emperador de México.


Presidiendo a los notables, don José María Gutiérrez de Estrada pronunció en aquella ocasión el discurso de ofrecimiento de la corona. Alguien que, como señala Egon Caesar Conte Corti: “Con seguridad ningún hombre ha tenido nunca en una hora tan decisiva tan poca autoridad para hablar en nombre de un país y de un pueblo como este mexicano que desde hacía un cuarto de siglo estaba fuera de su patria y que, ahora, se atrevía a prometer en nombre de su pueblo al archiduque, desorientado y engañado sobre la verdadera situación...” (1)


“Con voz temblorosa por la emoción –narra el conde Corti en su espléndida biografía- el archiduque leyó en español su respuesta al discurso en francés de Gutiérrez de Estrada. Decía que gracias al voto de los notables de México, ahora se podía considerar como elegido del pueblo mexicano [...] Por eso podía aceptar la corona y se esforzaría en ostentarla trabajando incansablemente por la libertad, el orden, la grandeza y la independencia de México. De nuevo puso de relieve la intención de basar la monarquía en leyes constitucionales.”(2)


“Cuando Fernando Max terminó –prosigue Corti-, se apoderó el mayor entusiasmo de la asamblea que lo había escuchado conteniendo la respiración. La solemne presentación del acto y la gran importancia del momento no habían dejado de producir impresión en los oyentes, de los cuales sólo pocos estaban enterados de los detalles íntimos del asunto. Los gritos entusiastas y al mismo tiempo emocionados de: ‘¡Viva el emperador Maximiliano! ¡Viva la emperatriz Carlota!’, resonaron en el salón.”(3)



Castillo de Miramar
En ese momento la bandera imperial mexicana, saludada por las salvas de los cañones de las naves de guerra atracadas en el puerto, fue izada en el mástil de Miramar.


Luego del juramento y del tedéum de rigor, el emperador de México hizo sus primeros nombramientos que recayeron, ¡faltaba más!, en los más conspicuos notables de la ocasión, pues para eso se es notable: para recibir los frutos de tan notabilísima representación, nada más los ilusos se prestan para fungir sólo como figura decorativa.


Gutiérrez de Estrada, José Manuel Hidalgo y Esnaurrízar, así como Francisco de Paula Arrangoiz, artífices de primera línea en la imperial empresa, fueron nombrados embajadores ante las cortes de Viena, París y Bruselas, respectivamente; muy a su gusto y talante: alejados de los desmanes, tumultos y turbulencias acaecidos a diario en suelo mexicano, y más a tono con el orden, la civilización, la elegancia y el glamour de la aristocracia europea en donde se movían como peces en el agua. Juan Nepomuceno Almonte, hijo natural de don José María Morelos y Pavón, fue designado representante del emperador hasta su arribo a México.


Napoleón III
El 14 de abril partieron de Miramar los flamantes emperadores a bordo de la brillantemente empavesada fragata Novara que ondeaba en popa la bandera imperial mexicana. Poco antes de abordar llegó un telegrama de los emperadores de Austria, padres de Maximiliano, que rezaba: “Adiós, nuestra bendición –de papá y mía- nuestras oraciones y nuestras lágrimas te acompañan, Dios os proteja y os dirija, por última vez, adiós desde la tierra de la patria donde ya no te veremos más. Con el corazón acongojado te bendecimos de nuevo”.


Miles de personas apiñadas en el embarcadero, en las rocas de la costa y en las azoteas, les daban el último adiós, decenas de barcas fondeadas en el puerto acompañaron a la Novara para rendir postrer homenaje a sus queridos príncipes. De una de ellas “surgió potente una voz bien timbrada de barítono que cantó una bellísima canción de despedida, llena de amor, pero que a Carlota se le antojó siniestra:


Massimiliano...
¡non ti fidare!
¡Torna al castello
di Miramare!
Quella corona di Montezuma
é un nappo gallico, pieno di schiuma.
Del Timeo Danaos or ti ricorda:
Sotto la porpora trovi la corda. (4)


“El telón se levantaba, el drama podía empezar”, remata Corti el capítulo La aceptación de la corona. Cuatro años más tarde, la famosa Novara, en la cual el joven archiduque había hecho su primer servicio marítimo, transportaba el cadáver de Maximiliano para se exhumado luego con toda pompa en el mausoleo de sus antepasados de los Capuchinos de Viena.


Max con uniforme de marino
Fernando Max fue un verdadero marino que cultivó una larga carrera desde abajo hasta obtener con los años el rango de almirante y comandante de la flota austriaca, la que modernizó y puso al nivel de otras potencias europeas. Realizó muchas travesías marítimas y amaba al mar como pocos. La Novara fue reacondicionada como fragata blindada y artillada en astilleros de Venecia y Max recibió el encargo de supervisar su entrega: Desde entonces, la consideró como su barco insignia: 2,000 toneladas de desplazamiento, dos puentes, 1,800 metros cuadrados de velamen, 50 cañones y 400 tripulantes.


No fue casual, pues, que siendo gobernador general del reino Lombardo-Véneto, mandara construir su hermoso palacio de Miramar desde 1854 sobre una roca, no lejos de Trieste con magnífica vista al azul oscuro del Adriático. El despacho de trabajo del archiduque imitaba fielmente la cabina del almirante de la fragata Novara, y los salones estaban tapizados con damasco azul celeste con dibujos de anclas que recordaban la profesión del propietario.


¿Pero, quiénes fueron y quiénes eligieron a tan notorios notables que ofrecieran la imperial corona de México? ¿Bajo que circunstancias y con qué títulos fungieron en tan conspicua encomienda? ¿Qué jabón los patrocinaba al emprender tamaña empresa? ¿De dónde su nacional representatividad? ¿De parte de quién? ¿Qué pitos tocaban? ¿Eran realmente notables? ¿De dónde salieron y cómo acabaron?


Al poco tiempo que el ejército francés hiciera entrada triunfal en la ciudad de México (7 de junio de 1863), el general Elías Forey nombró una alta junta de gobierno integrada por 35 miembros, la mayoría de los cuales procedía de las filas conservadoras. De acuerdo a los planes previamente concebidos en Europa, dicha junta eligió a su vez una regencia provisional integrada por el general Juan Nepomuceno Almonte, el ex obispo de Puebla y a la sazón arzobispo de México, Pelagio Labastida y Dávalos, y por el general Mariano Salas.


De tal núcleo surgió “La Asamblea Nacional” que declarara la monarquía y eligiera a Maximiliano como emperador. Al propio tiempo, la regencia nombró una comisión presidida por Gutiérrez Estrada y a la que pertenecía José Manuel Hidalgo, para llevar la invitación a Miramar. Así se cocinaron estos notables.Ya hemos mencionado algunos nombres: Gutiérrez de Estrada en primer plano; José Manuel Hidalgo, Francisco de Paula Arrangoiz, y Juan Nepomuceno Almonte, un poco atrás, sin dejar de ser principales. A ellos se añadieron el arzobispo Pelagio Antonio Labastida y Dávalos, Francisco de Miranda, Ignacio Aguilar y Marocho, Joaquín Velásquez de León y otros más.


No se incluyen en esta lista a los generales Miguel Miramón y Tomás Mejía, fusilados luego junto al emperador, puesto que más que artífices del proyecto fueron operadores militares de última hora; Miramón y Leonardo Márquez habían sido desterrados por el propio Max, y no regresaron a México sino hasta 1866 cuando el Imperio se derrumbaba. Por limitaciones de espacio, nos ocuparemos sobre todo de relatar la suerte que corrieron Gutiérrez de Estrada y José Manuel Hidalgo.


Un historiador, tratadista e ideólogo liberal del siglo XIX de la talla de don José María Luis Mora, se refiere a su tocayo y adversario político Gutiérrez Estrada, en los siguientes términos: “Este ciudadano es nativo del Estado de Yucatán, donde reside su familia, distinguida bajo todos los aspectos. No es necesario decir que Gutiérrez recibió una educación cuidada y escogida, basta haberlo tratado para conocer que fue así; y que supo aprovecharse de ella en la carrera del servicio público a la que se dedicó, y en la cual ha permanecido puro y sin mancha en medio de una clase corrompida [...] flexible por carácter, honrado por educación y principios, y expedito para los negocios, su servicio ha sido perfecto, y sobre todo leal y concienzudo.”(5)


Ciertamente el Gutiérrez Estrada que describía don José María Luis Mora, “no era aún el caudillo ideológico profundamente amargado, que tocaría a las puertas de las chancillerías europeas en demanda de un príncipe para México. Pero no puede negarse que había ya en él un germen de pesimismo, que llegó a su clímax en la sexta década del siglo XIX”, tal y como apunta Martín Quirarte en su erudita y clarificadora Historiografía sobre el imperio de Maximiliano.(6)
Maximiliano
Luego de servir en varias legaciones de México en Europa y ser titular del Ministerio de Relaciones Exteriores, Gutiérrez de Estrada partió de nueva cuenta al viejo continente aunque esta vez en calidad de exiliado, luego de rechazar el ofrecimiento del presidente don Anastasio Bustamante para ocupar otra vez dicha cartera, al tiempo de publicar un manifiesto a favor de la instauración monárquica en México, lo que provocó la ira del presidente y una orden de aprehensión en su contra.


A partir de entonces Gutiérrez inicia un largo y tortuoso periplo europeo a la búsqueda no propiamente del “tiempo perdido” sino casi: de un príncipe que instaurase una monarquía democrática como único requisito para aliviar los males del país: “Herida de muerte la república por los mismos que se dicen sus apóstoles, se muere de inanición después de ver consumido el jugo de su vida moral en esfuerzos estériles y cuentos...”, como escribiría don José María en su panfleto.


La última satisfacción de don José María Gutiérrez de Estrada ocurrió aquel 10 de abril en Miramar, cuando en ocasión solemne ofreció al archiduque Maximiliano la corona imperial de México al pronunciar en francés el memorable discurso a nombre del pueblo de México. Congruente con sus ultramontanas convicciones y conducta, muy pronto se distanció del emperador empeñado en adoptar políticas liberales que aquél se negó a aprobar. La vida le alcanzó para enterarse de los infortunios del segundo imperio y murió días antes de la caída del régimen que tan celosamente contribuyó a erigir.


Al igual que su mentor (Gutiérrez de Estrada), José Manuel Hidalgo Esnaurrízar, segundo en importancia como artífice de la imperial empresa en Europa, tampoco colaboró con Maximiliano en el teatro mismo de los acontecimientos, prefirió quedarse en el viejo continente en calidad de embajador del mexicano Imperio.


A decir de Martín Quirarte: “Pocos hombres de nuestra historia han podido llegar a los umbrales de la fama y del poder con tanta facilidad...” José Manuel nació en los albores del México independiente. Su padre tomó a Iturbide el juramento del Plan de Iguala, contagiado por un ambiente promisorio insuflado por las ilusiones de los políticos de entonces, que hacían creer que el nuestro era “uno de los países más ricos de la Tierra”, llamado a figurar entre las principales potencias del orbe.(7)


Pronto llegó el desencanto al instaurarse por prolongadas décadas la ingobernabilidad, la continua zozobra, las interminables intrigas, enconos y conspiraciones endémicas, la quiebra de la hacienda pública, los levantamientos y pronunciamientos como deporte nacional, la guerra civil, y, para colmo, la desastrosa guerra con los Estados Unidos y la mutilación del territorio nacional, como cruel desenlace de un drama que parecía interminable.


En dicha guerra, José Manuel Hidalgo, junto con otros “elegantes caballeros”, se batió noble y lealmente por su patria en la batalla de Churubusco contra el invasor norteamericano. Destaca Quirarte que el valor de aquellos improvisados combatientes fue tan grande que mereció el elogio y la admiración respetuosa del mismo general en jefe estadounidense, Winfield Scott, quien permitió a los vencidos conservar sus espadas.


Al término de la guerra José Manuel Hidalgo parte a Europa acreditado por la cancillería como diplomático. Gracias a su exquisito trato social, maneras distinguidas y al perfecto conocimiento de las reglas de etiqueta cortesana que practicaba con elegante soltura, Hidalgo se relaciona pronto con eminentes figuras de la nobleza española e inglesa y traba amistad con el emperador don Pedro de Brasil, con Isabel II de España, con la familia Montijo, de la cual Eugenia figuraría luego como emperatriz de Francia. El propio papa Pío IX, a la sazón desterrado en Gaeta, le dispensó su amistad, al igual que el influyente cardenal Antonelli.


En todo caso, José Manuel Hidalgo se había transformado en todo un cortesano, un figurín, a quien las casas y palacios más prestigiados de la aristocracia europea abrían sus puertas para departir en los salones entre la crema y nata del poder y la gloria decimonónicas. “De exterior atractivo, delgado y elegante, de una cierta suavidad de carácter y trato agradable, se hacía simpático en todas partes, especialmente entre las damas”, así lo describe Conte Corti.


Quirarte destaca que aquél “Estaba bien informado del ir y venir de las familias opulentas. Conocía al dedillo la vida social de Francia y de otros países del mundo. Pero su conocimiento de las cuestiones mexicanas fue muy limitado. Sus referencias a la historia patria son muy breves y escasas, más que opiniones se antojan sentimientos desdeñosos. Ninguno de los imperialistas mexicanos tuvo en el grado de José Manuel Hidalgo, una ausencia tan grande de nacionalismo.”(8)


Maximiliano y Carlota recién casados
Al contrario de la mayoría de los historiadores del segundo imperio, que desdeñan y condenan al más siniestro olvido al personaje que ahora nos ocupa, Martín Quirarte nos ofrece un conmovedor fresco de José Manuel hasta su muerte, no sin dejar en claro que para los efectos de la historia de México su vida carece de importancia a partir de que es destituido por Maximiliano como embajador en París. El resto de su biografía, sobrevivió al derrumbe del Imperio casi tres décadas, se aproxima más bien al género novelístico:


“El encumbramiento de José Manuel Hidalgo, fue tan rápido como su caída. Gracias a su amistad con Napoleón y Eugenia de Montijo pudo conspirar con eficacia a favor del proyecto para crear en México un sistema monárquico [...] aquel cortesano no estaba a la altura del puesto político que se le había conferido. Sus cualidades hacían de él un personaje de salón.”


“Si Maximiliano no hubiera sido casi tanto como José Manuel Hidalgo –sigue el relato de Quirarte-, un hombre de miras políticas estrechas, habría podido darse cuenta desde que lo conoció, del limitado valor del personaje. Por gratitud pudo haberle dado un puesto decorativo, colmarlo de honores y riquezas, pero nunca otorgarle la representación diplomática de su gobierno en Francia y menos en el momento en que comenzaron a enfriarse la relaciones entre Napoleón y él.”(9)


Tras la serie de tropiezos, malentendidos, desavenencias y abiertos actos hostiles que iniciaron la debacle en las relaciones franco-mexicanas, José Manuel Hidalgo fue llamado a México para explicar su actuación así como el estado de los acontecimientos que tenían lugar en Europa y en la corte ante la cual era responsable de los asuntos mexicanos. Al no poder convencer al emperador de su eficacia, éste lo destituyó intempestivamente de tal alto cargo, lastimando en lo más íntimo la sensibilidad de José Manuel. No obstante que Max trató de compensarlo con otro puesto, que Carlota misma insistió que aceptara, don José Manuel dio a entender que toda relación estaba rota. Su carrera había concluido.


Sin embargo, José Manuel retornó a Europa donde viviría los últimos veintinueve años de su vida en circunstancias de pobreza, miseria, privaciones y amargura que contrastaron fuertemente con el opulento tren de vida que hasta entonces se había dado.En su larga correspondencia con don Luis García Pimentel, José Manuel Hidalgo relata su penosa situación: “Rondando en los salones, codeando a gentes que no se estiman, a grandezas que no se envidian, en medio de una atmósfera no siempre sana y frecuentemente engañosa, falta de convicciones; pero si a mi no me importa quedarme en casa todo el día mientras hay luz, en la noche necesito huir de la soledad en donde estoy sin más compañero que la lamparilla y entregado a tristezas que me harían perder la razón.”(10)

Laurens. Los últimos momentos de Max
“Comprendió –observa Quirarte- la frivolidad del medio social en que se movía pero le faltó el valor para renunciar a vivir en él... Hasta el último día de su vida conservó José Manuel Hidalgo la amistad de algunos personajes aristócratas. Se vio en la necesidad de someterse a economías para guardar por lo menos las apariencias del señor elegante que había sido antes... A fines de 1893 y a comienzos del 94, fue víctima de una enfermedad que lo llevó a los umbrales de la tumba. Sin cloroformo le hicieron tres o cuatro operaciones y le quemaron con yodo la carne [...] su enfermedad se prolongaría dos años.”(11)


A comienzos del 95 un feroz invierno azoló París golpeando severamente a nuestro personaje que narra así este conmovedor fragmento de su existencia en la correspondencia citada: “A veces he pasado horas enteras como remachado a mi sillón, al lado de la salamandra –que es el único fuego que tengo en la casa-, sin valor, sin ganas de salir para ver a los amigos o cumplir con mis deberes sociales. Mis medios no me permiten tener fuego en el resto de mi pequeño aposento, y mi cuarto de dormir y saloncito son una nevera; el agua de mi cuartito de toilette se hiela y hay que romperla con un martillo...”


Finalmente, “El destino lo salvaba de muchas humillaciones y vergüenzas, al truncar su vida el 26 de diciembre (1896). ¡Había pagado muy caro el delito de ser imperialista! Las alegrías que pudo haber tenido en 29 años que sobrevivió a la tragedia del Cerro de las Campanas, no compensaron quizás las tristezas, los dolores y las humillaciones que aquel hombre albergó en el fondo de su corazón”. Así concluye el conmovedor relato de la vida de Hidalgo que nos obsequia Martín Quirarte.


Por su parte, don Francisco de Paula de Arrangoiz, antiguo ministro de Hacienda, ejerció como embajador del emperador en Bruselas ante la corte del rey Leopoldo I de Bélgica, padre de la emperatriz Carlota. Luego fue embajador en Londres hasta que dimitiera de tal honor como reacción a la tendencia liberal de Max y del rompimiento de la Iglesia con el Imperio.


Arrangoiz, no obstante sus críticas y alejamiento del emperador por las políticas liberales que emprendiera, a la postre escribió el mejor alegato en defensa del conservadurismo de la época a través de dos trabajos que se consideran fundamentales: Apuntes para la historia del Segundo Imperio Mexicano y México desde 1808 hasta 1867, inspirados sin duda alguna por la admiración que aquel profesaba por don Lucas Alamán, el más insigne intelectual de los conservadores y uno de los más notables historiadores de México, no obstante su pasión política y marcada parcialidad ideológica.


Juan Nepomuceno Almonte
Por último, Juan Nepomuceno Almonte, el hijo natural de don José María Morelos y Pavón, no corrió con mejor suerte. Luego de haber sido nombrado ministro de la Corte Imperial y gran mariscal, sustituyó a José Manuel Hidalgo como embajador en París, última chamba en su vida, y ciudad donde se exiliara y a la postre falleciera el 21 de abril de 1869, siendo sepultado en el cementerio de la Pere Lachaise, supuestamente junto a los restos de su ilustre progenitor. Este último enredo histórico –Los huesos de Morelos, que se suponía reposaban junto a los de su hijo- fue debidamente aclarado por el historiador José Manuel Villalpando César, quien exhumó el cadáver de Almonte –cuyo cuerpo y vestimenta encontraron casi incorrupto y en muy buen estado de conservación- en 1987, sin que se hallaran por cierto los restos del autor de los Sentimientos de la Nación.(12)


A raíz del decreto promulgado el 27 de diciembre de 1864 en el que Maximiliano confirmaba la nacionalización de los bienes de la Iglesia y autorizaba la libertad de cultos, las relaciones del Imperio con el Vaticano y la Iglesia mexicana se deterioraron irremediablemente. El nuncio apostólico abandonó el país y el arzobispo Labastida se distanció definitivamente de la empresa imperial que consideraba había traicionado al catolicismo. Los conservadores clericales empezaron a llamar a Max “El empeorador”.


Las cosas para el Imperio y para los emperadores fueron de mal en peor, Napoleón III abandonó la empresa mexicana y el apoyo militar y financiero a Max, Carlota emprendió una infructuosa gira europea en busca de ayuda, hasta que los sucesos desembocaron en el cerro de las Campanas, Querétaro, el 19 de junio de 1867 cuando Maximiliano fue fusilado junto a los generales Miguel Miramón y Tomás Mejía.

Tal parecería que el destino trágico que, decíase, marcaba a la familia de los Habsburgo, venía de antes y luego se propagó además de Maximiliano, fusilado en Querétaro, desde su abuelo, el emperador Francisco I, quien debido a la consanguinidad de sus padres (eran primos hermanos) padeció debilidad mental, sufría ataques de epilepsia y fue incapaz de procrear; su primo, el príncipe heredero Rodolfo de Habsburgo, se suicidó junto a su amante la baronesa de Vetsera en Mayerling, y Francisco Fernando asesinado en Sarajevo. Ni que decir de la desdichada emperatriz Carlota Amalia, que sobrevivió al infortunio sesenta años más poseída por delirios absolutamente demenciales hasta morir a la edad de 87 el Anno Domini 1927 recluida en el castillo de Bouchout en Bélgica.
Fusilamiento de Maximiliano, Edouard Manet 1867.



(Primera imagen arriba: José María Gutiérrez de Estrada pronunciando el discurso de ofrecimiento de la corona mexicana a Maximiliano de Habsburgo en el Palacio de Miramar, atrás de él aparecen los notables).


Notas bibliográficas


(1) Corti, Egon Caesar, conde, Maximiliano y Carlota, Fondo de Cultura Económica, México, 1976.
(2) Corti, Egon Caesar, Opus Cit.
(3) Ibidem.
(4) Luca de Tena, Torcuato, Ciudad de México en tiempos de Maximiliano, Planeta, México, 1990.
(5) Quirarte, Martín, Historiografía sobre el imperio de Maximiliano, UNAM, México, 1970.
(6) Ibidem.
(7) Opus Cit.
(8) Quirarte, Martín, Opus Cit.
(9) Ibidem.
(10) Verea de Bernal, Sofía, Cartas de don José Manuel Hidalgo Esnaurrízar, Un hombre de mundo escribe sus impresiones. Recopilación, prólogo y notas de. Editorial Porrúa, México 1961.
(11) Quirarte, Martín, Opus Cit.
(12) Reed Torres, Cuis, y Villalpando César, José Manuel. Los restos de don José María Morelos y Pavón: Itinerario de una búsqueda que aún no termina, Espejo de Obsidiana Ediciones, México, 1993.

1 comentario:

Anónimo dijo...

De: Irma de la Fuente

Mil gracias por el artículo, muy interesante el papel de los personajes que abogaron por traer a Maximiliano a México.